Invisible

Acudí el lunes a la presentación de un libro de Marc Levy, El primer día, en el Institut Français de la calle Marques de la Ensenada, en un acto lleno por cierto de fermosas mademoiselles, como también me pareció atractiva, vamos repartir loas que estamos en primavera, la periodista que condujo la charla, de nombre Fátima Uribarri.

Este Marc Levy es un tipo que ha triunfado, y que responde un poco al perfil de "hombre que todas las mujeres querrían poseer". Guapo, inteligente pero sin pasarse, activo, viajero, solidario, tierno, con sentido del humor, francés pero afincado en la cosmopolita Nueva York, culto pero no un erudito coñazo, amante de las etnias y las distintas culturas, aventurero, escritor best-seller... Entenderé que los lectores masculinos de este blog le odien a muerte en este momento, pero lo cierto es que el tipo me cayó simpático.

Fue una charla amena y nada densa, en la que el autor defendió que el éxito de sus obras no residía en las aventuras, sino en los personajes. "En la humanidad que esconde cada personaje, al que le pongo a hacer cosas para que aflore esa humanidad", vino a decir. Contó que uno de los resortes que le empujaron a escribir la novela vino de una charla con una amiga, durante una cena. Reconoció que la imagen era algo naíf, porque lo es, pero lo cierto es que, como él dijo, retrata muy bien la imagen de la soledad urbana.

La amiga le comentó, entre plato y plato, que llevaba tres años soltera: decía sentirse invisible. Vivía en un bloque de vecinos en el que nadie la veía, viajaba en un metro en el que nadie se fijaba en ella y llegaba a una oficina en la que trabajaba durante unas ocho horas sin que nadie la mirara, sin que nadie le saliera al paso para interesarse por su existencia (me temo que no debía de tratarse de un dechado de belleza) y volvía a una casa en la que tenía que mirarse al espejo para confirmar que, en efecto, no se había volatilizado. El fin de semana, como no tenía pareja, ni nadie a quien llamar (aquí la gente se rió), seguía sintiéndose invisible.

"Sé que es una imagen algo simple y naíf", dijo Levy, "pero es cierto que retrata muy bien la soledad urbana, cosa que me motivó en la creacíón de uno de los personajes".

En el turno de preguntas, le pregunté si tenía previsto volver a Francia, y me dijo que no, sin ninguna justificación, ni atisbo de nostalgia. Se decía amante de la diferencia, un adicto a la diferencia y, pienso ahora, esa Francia, ese París deshumanizado, frío, caro, sin taxis, malencarado, competitivo hasta parecer neoliberal, de copas infames en tubos de ensayo y cervezas calientes, atascazos y lluvia desde los cafés, quizá sea el escenario perfecto para la invisibilidad no deseada. Paradigma del mundo desarrollado que no sabe a dónde va, más allá del camino al trabajo con el que a duras penas logrará pagar la totalidad de las facturas.

Comentarios

  1. Tal vez las ciudades pequeñas (no tan pequeñas como CR, que no deja de ser un pueblo en donde todo el mundo termina conociéndose, que tampoco es que sea algo negativo mientras nadie te cuestione la vida, pero el riesgo del conocerse demasiado que desemboca en el prejuicio siempre está ahí en las pequeñas localidades) sean las ideales para encontrar el anonimato, y no esa descorazonadora invisibilidad.
    Las ciudades cosmopolitas son los escenarios ideales, pero no siempre es condicion sine qua non, a veces la invisibilidad surge de uno mismo, de nuestras propias rarezas, de la cada vez más deficiente interacción con cuanto nos rodea, del aislamiento o automarginación.
    Pobre amiga, la de Marc Levy, ¡tres años de soltería! que no es que sea raro, las conozco solteras (en el extenso concepto de la palabra soltera, que ya es difícil) desde el nacimiento, pero ni tan siquiera a quien llamar un fin de semana, eso es lo más triste que he oído en mucho tiempo.

    Pero tampoco la soltería es condición sine qua non para sentirse invisible, de vez en cuando se mira una al espejo y dice: anda, coño, pero si estás ahí, ¡existes!

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  2. Mira, ése es un demérito de las grandes ciudades. Lo de no tener lazos más allá de los laborales, que por eso muchas de las parejas que conozco de Madrid, casi que diría que todas, por ejemplo, se han formado en los trabajos, cosa que considero un absoluto desastre por motivos obvios: si sale bien te ves hasta en la sopa con el riesgo de ahogarse en ese magma, y si sale mal, te ves hasta en la sopa, con el riesgo de ahogarse de igual forma en ese magma (No nos engañemos, siempre-siempre hay uno que deja y otro dejado, que por eso el refranero a veces la clava: donde tengas la olla no metas la… eso, sí, justamente: la polla). Un asco. Sobre todo cuando eres como Mafalda y no te gusta la sopa, ni Mafalda, como en mi caso, que nunca le pillé el punto. El caso es que cuando viví en Madrid, me alegré de tener pareja entre otras cosas porque me hubiera parecido imposible la siempre difícil tarea de encontrar una, o media, o para un rato, con semejante fugacidad de los encuentros, para los que como yo, con jeto anodino, ni frío ni calor, no es una tarjeta de presentación que nos ayude a ello.

    Mola de las ciudades más manejables ir a los bares en los que te sueles encontrar con las mismas personas con las que vas tonteando día a día, noche a noche más bien, ora en la barra, ora camino del baño, ora en mitad del garito... ora et labora: a pico y pala, como un barrenero.

    De todas formas, de tanto leer a Vila-Matas, empiezo a desear, y a practicar más de lo que ya lo practicaba antes, la desaparición entendida como invisibilidad más absoluta. Me atrae, pero supongo que es porque no me falta compañía. Supongo... o no. No lo tengo del todo decidido.

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  3. El libro "¡Eh, petrel", de Julio Villar habla del caso contrario. Él, Villar, navega durante cuatro años solo por todo el mundo, con semanas en la más absoluta soledad, en medio de océanos, lo que le produce un hondo sentimiento de felicidad. También, a veces, de soledad. Es interesante su conciso estilo narrativo, muy sincero, y sus cambios de humor. Por cierto, tiene un sentido del amor bastante artúrico.

    Más que problemas de invisibilidad, que seguro que los hay (me recuerda a una peli de Sandra Bulok de la que no recuerdo el título), creo que son más frecuentes los problemas de afinidad, de encontrar amigos o pareja con la que te una una auténtica y profunda afinidad.

    Como dice Doña Patio, la invisibilidad la sufren muchas madres que no tienen ni un segundo para que alguien se preocupe de ellas, cuando ellas no dejan de preocuparse por los suyos.

    Me gustan más las ciudades grandes porque, de alguna manera, me gusta la soledad.

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  4. Em, bueno, no... no has dicho eso ni parecido.

    Así que, retiro lo dicho sobre Doña Patio en mi comentario anterior.

    Lo que tú has dicho me ha sugerido lo que yo sí he dicho, bueno, escrito. I'm sorry!

    Y Sandra es Bullock y no Bulok... que llevo un día.

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