Por no volver a casa

El otro día estuve en Barbastro, Huesca. Allí nació el fundador del Opus Dei, nacido José María Escrivá Albás, en la plaza del Mercado que, en efecto, es un plaza recoleta pero con un descomunal y feísta Eroski que compone un extraño cuadro. Cerca de donde estuvo la casa del beato más rápidamente santificado que se recuerde, hay una pastelería que se llama La Moderna. Han pasado cuatro generaciones por esa fábrica de dulzainas, pero se sigue llamando La Moderna. Entré, en compañía de Lorenzo Durruti, en esa tiendita cuando pasaban las nueve. Entró también un pobre, un pobre velazqueño, buñuelesco, con pinta y cara de pobre, y pidió "hay algo para un pobre". La dependienta, siempre sonriente, le dio una barra de pan, y el pobre se fue tan avinagrado y con su rostro enjuto y relamido de mugre como entró. Ni un alma más en la calle, pero La Moderna abierta, al pie del cañón.

Nos pasamos antes por la Frutería del Vero, un lugar de esos con encanto, rollo delikatessen con quesos franceses pero también yogures Danone y salchichas Oscar Mayer. En su día fue una fábrica de chocolate, y tenía una magia digamos que dickensiana en cada rincón. En el sótano, habían dispuesto siete u ocho mesas en donde servían elegantes comidas y cenas, propias de suplemento de tendencias gastronómicas.

Nos atendió el alma máter del establecimiento, un tipo de 81 años, creo que llamado Pablo Mur, con bata azul y corbata barroca, veneciana, de nudo amplio, un amable toque de lujo en la sobria Huesca. Nos enseñó una foto de una familia del Opus que venía a menudo a comprar, formada por nada menos que 17 miembros (y miembras). Sus nombres eran completamente los que emplean este tipo de familias: Pepe, Pepa, Álvaro, Lolita, Perico, Magui, Cuqui, Rosita, Gaby, Juanpi, Pablo, Tomás, etc. (No me los invento que hice una foto a la foto.)

Platicamos con el carismático tendero sobre esto y lo otro, cuatro lugares comunes y tal, entre los que despuntó alguna brizna de autenticidad. Que antes la gente salía adelante, con ocho o diez hijos, que todos se colocaban, que la vida era dura, quizá no tanto como ahora, quién sabe, pero que "hoy no hay felicidad". Así de claro.
El tal señor Mur, octogenario, llevaba medio siglo en aquel local, no sólo como relaciones públicas y demás labores, sino también al frente del restaurante de la parte de abajo. Y la gente claro, se queda hasta la una o las dos. "El trabajo es nuestra esclavitud, pero no pasa nada", vino a decir.

Pensé en que quizá el espíritu del santo aragonés que tiene un aire a Luis Antonio de Villena se hubiera impregnado del pueblo todo, y el amor por el trabajo no conociera límites. El tendero se plantaba en la Frutería del Vero desde las nueve de la mañana a la una o dos de la madrugada. La pastelera moderna no cerraba antes de las nueve o nueve y media.

Me pareció muy simpática la gente de este pueblo, como toda la que nos salió al paso en Huesca, pero me quedó un amargo interrogante, el de pensar si aquellas buenas almas lo único que no querían, lo que evitaban con todo su empeño, era volver a casa al anochecer y encontrarse consigo mismos, con su pequeña soledad, con sus malencaradas cuatro paredes, con el aliento del fracaso en sus cogotes.

Comentarios

  1. Josemaría, Ed. No sé porque lo ponen todo junto, pero lo ponen. Quizá porque también iba así de eléctrico el hombre antes de ser santo.

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  2. Lo puse adrede, Ang. En plan, Robert Zimmerman/Bob Dylan. Lo he corregido, para no dar lugar a error.

    ¿Eléctrico? jajjajajja

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  3. Por una de esas cosas extrañas de la mente, Barbastro siempre me ha sugerido el nombre de Barrabastro. Algo asi como el de Pamplona/Pamplina, por que no digan que el cachondeo es solo con lo foraneo y no tambien con lo foral. (Me he quedado otra vez sin putas tildes. Que cruz, que viacrucis).

    Del santo en cuestion, por lo que se ve electricamente enchufado, recuerdo una exposicion en el hall del edificio central de la UN, que me miraba cada vez que iba a clase, pocas, y que tenia en el frontispicio una frase del curilla que rezaba asi: Yo he venido a este mundo a escribir libros de fuego. Nunca entendi muy bien lo autodestructivo del mensaje. El fuego me acojona mucho.

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  4. Este post me ha recordado Monzón, un pueblo de Huesca cercano a Barbastro. Viví allí unos meses por motivos laborales y si os soy sincero... jamás he sentido la necesidad de volver a visitarlo.

    Monzón era conocido por Cochita Martínez (la tenista) y Sergio Moracho (el atleta). Pero en esa zona, la referencia era Torreciudad (santuario del Opus Dei en Barbastro) y Fraga (santuario de la juventud discotequera por Florida 135).

    Me quedo con el término "chiqué" que se usaba en aquel pueblo para referirse a "chaval"... era un Aragón con influencias catalanas.

    Ah! Y nunca olvidaré cuando descubrí que en el gimnasio del pueblo, no había chorrito de agua fría que salía de forma vertical cuando pisabas un botón... había botijo.

    Saludos!

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  5. Me parece que eso de tener las tiendas abiertas hasta las tantas pasa en todos los pueblos. Y cuanto más pequeños son menos se entiende que haya horarios. Una de mis tías, hace mucho, tenía un establecimiento de esos en un mínimo pueblo de Castilla, y la gente iba a comprar a cualquier hora y cualquier día de la semana, y mi tía les atendía encantada, porque suponía un rato de conversación.

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  6. Este finde he podido comprobar algo parecido! Pequeños pueblos de Castilla donde sólo había un bar y todos se congragaban ahi!
    Por no volver a casa... sinceramente... creo que sí. Muchas opciones en estos sitios no tienen, y con cualquier cosa diferente se distraen. Nos pasaría a todos a la larga...
    De todas formas los pueblos ya no son lo que eran, o nosotros, somos los que no somos los mismos...

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  7. Este comentario me sugiere la coincidencia espacio-tiempo en la que a veces pienso: el discurrir de miles de vidas que se van entremezclando sin que sus protagonistas lo sepan.

    Creo en el más allá como si de un recuerdo muy lejano se tratara y, aunque no me lo imagino, algunas veces pienso que cuando me muera pasaré a una sala de cine donde veré mi vida y, a la vez, la vida de todas aquellas personas que coincidieron en el tiempo con la mía y me reiré, me asombraré y lloraré.

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  8. He estado pensando en este tema y me he percatado de que los pequeños comerciantes fruteros y pasteleros normalmente son propietarios del negocio y lo comparten con sus familias, así que si se quedan abiertos más de lo normal no es por no querer volver a casa, sino por sacar adelante el establecimiento.

    Además, son trabajos en los que hay que estar constatemente de cara al público, y eso, durante muchas horas, más que una huída debe propiciar unas ganas de huir tremendas.

    Los que probablemente no vuelven a casa para no encontrarse a sí mismos son aquellos en los que el ámbito laboral y el personal está claramente diferenciado. Se me ocurre.

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  9. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos...

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  10. Creo que en eso de los horarios nos llevan la delantera en los pueblos a la capital. Que a estas alturas de la película no se pueda abrir una tienda hasta la hora que uno quiera tiene delito.
    Como Ela, no creo que alargar el horario sea miedo a pensar en su fracaso. ¿Es un fracaso quedarse a vivir en un pueblo? Quizá el fracaso es no conseguir lo que uno busca, en el pueblo o en la ciudad.

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