Monolitos invisibles

Pronto cumpliré cinco años de residencia ininterrumpida en Madrid. ¿Soy madrileño? Bueno, he pasado una sexta parte de mi vida aquí, un 16%, aprox, algo lo soy. También lo soy, algo, porque he vivido aquí esa sexta parte de mi existencia en la que uno empieza a ser autónomo (cotice o no), dueño y esclavo de sus decisiones. Dueño y esclavo también de su falta de decisiones. Es una vida nuestra ya, nos guste o no.

En estos cinco años pues, uno ha vivido, no hacerlo es imposible. Y se da cuenta uno de eso cuando pasa por determinados lugares de la ciudad y reconoce una ausencia, el brillo de la ausencia, ese vacío de los cuerpos (y almas) que un día estuvieron, estuvimos, ese preciso instante, y que ya no están, estamos. Se crea automáticamente uno de esos monolitos gallardonianos, una de esas placas de las de aquí pasó sus últimos días tal poeta polaco, quizá Lobodowski. Monumentos privados que nos conmocionan un segundo, dos, que nos distraen de la charla del interlocutor que tengamos al lado, y que nos unen secreta, íntima, estrechamente, a la ciudad.

Escribió Pío Caro Baroja su Itinerario sentimental, Guía de Itzea. Quizá también podamos escribir nosotros, más cuando ese 16% sea un 32%, nuestro propio itinerario sentimental de Madrid. En tal costanilla me robó un beso, en tal callejón nos hicimos una foto, en tal estatua de Lorca quedamos una tarde de julio, en tales jardines le entregué un manuscrito del que ahora reniego, en tal taxi de la ronda de Atocha, monolito invisible y móvil, lloramos ante la evidencia del final, en el Km 0 tuvimos una sonada y tempranera bronca, en tal boca de metro nos despedimos una tarde con luz de enero preprimaveral, en tal rincón descubrimos la placa de Carmen de Burgos, Colombine, placa invisible frente a la placa, en tal travesía estuve haciendo tiempo, nervioso como el actor antes del estreno, antes del encuentro.

Por suerte, no hace falta publicar esa Guía sentimental de Madrid en Caro Raggio. Basta con echarse a la calle y patearse un Madrid en el que los recuerdos no están tan abigarrados como en el lugar en el que nacimos, solapados hasta la confusión, pero donde quizá sean más intensos, valiosos, más intrínsecamente nuestros.

Comentarios

  1. Esa sensación de "recuerdos" se multiplica por mil cuando ves un vídeo de hace algunos años. Nostalgia, personas...

    Incluso un perfume, una melodía, un olor a castaña,... son "monolitos invisibles"

    Salu2 Naufrancemadrinavar

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  2. Qué buena náuGrafo, qué bueno.

    Me ha recordado al google maps, o al earth, o los demonios... con todos esas chinchetas con fotografías que la peña cuelga. Los recuerdos solapados, los espacios vacíos, las distancias entre la realidad y nuestros recuerdos, la vida y las calles y la luz tenue de los portales. Las noches y los pasos de cebra y las farolas en color que tiembla. Amores y desamores y malditos vientos de enero que cuando vuelves a los sitios a recordar, adrede, solo encuentras una farsa ridícula. En fin. Ponte un diez de mi parte.

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  3. Yo viví de los 0 a los 12 años en Burgos, así que cuando quiero viajar a mi infancia, no tengo más que conducir durante 2 horas para reencontrarme con mi niñez.

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  4. Vaya, tras leer tu entrada he procurado descubrir dónde están alojados mis recuerdos nostálgicos en la ciudad donde vivo... y no hay casi recuerdos a pesar de llevar aquí varios años.

    Qué decepción; tan sólo asocio recuerdos nostálgicos a lugares donde he vivido o visitado y a donde sé que no voy a volver, salvo esporádicamente.

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  5. Eso es que Ela ni ha roto ni le han roto el corazón. JAJAJA. Eso o que es menos teatral de lo que somos algunos, y menos tremendista.

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  6. Pudiera ser... pero ni yo misma me lo esperaba!

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