Ce: La ventana de Julia Núñez

Hace frío en estos locutorios madrileños y los dedos pesan, y fuerzan a una escritura certera, con poca floritura. Allá vamos. Ayer, en el relato de mis andanzas cubanas, que ya llegan a su fin (si hay algún editor interesado, que me llame) me tocó el pasaje de mi visita a Julia Núñez, una de esas valientes y abnegadas Damas de Blanco, que son mujeres cuyos maridos están presos en la putrefactas cárceles cubanas por haberse salido de la línea oficial. Por haber escrito tal artículo denunciando tal cosa, por haberse manifestado en contra de tal medida, por no haber pasado por las ruedas de molino de la dictadura.

Me acerqué hasta el piso de Julia Núñez, en mayo pasado. Vivía en una zona céntrica de La Habana, en un piso luminoso pero bien humilde, con una nevera de tiempos de Batista. "Y aún insinúan que nos financia Estados Unidos", me dijo, resignada. Su marido está preso en Ciego de Ávila, condenado a 15 años de prisión por escribir articulos contrarios al régimen en publicaciones de fuera de Cuba, ya que en ese país siempre encontró el rechazo y la censura.

Recuerdo bien aquella tarde conmovedora, la amabilidad de Julia, su ternura, su bondad. No olvidaría, ni olvido, aquella breve visita. Como tampoco olvido las vistas que se veían desde su ventana y que, ahora, el poner por escrito lo vivido, han cobrado un valor nuevo. Pensé entonces en cómo Julia pasaría las tardes muertas (tiene prohibido trabajar, está condenada poco menos que a la indigencia por ser quién es) observando el Caribe que mira a Miami, pasado el Malecón. Y el edificio, imponente y ostentoso símbolo del castrismo y su inflado mito de la sanidad, del hospital Hermanos Ameijeiras.

En aquel momento pensé en cómo incomodaría aquel lúgubre edificio la visión límpida del mar. Ahora, tras la penosa muerte de Orlando Zapata en una de sus habitaciones, me acuerdo más de Julia Núñez y su ventana carcelaria.

Comentarios

  1. Zapatero se negó a condenar no ya la dictadura cubana sino la tortura y muerte de Zapata bajo esa cúpula de Barceló que sufragamos los españoles para hacer bonito, 20 millones de euros, en la sala de los Derechos Humanos que la ONU tiene en Ginebra.

    Moratinos, apoyado por su jefe, ha cerrado la embajada española a la disidencia, poniendo punto y final a un gesto de comprensión y afecto, sólo era eso, que habían repetido todos los presidentes anteriores.

    Tanta miseria no la entiendo, o sí, y entonces es peor.

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  2. Ya estoy deseando leer ese libro... Y volver a La Habana. Esto último lo veo más jodido, así que, dale, dale fuerte, acere.

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  3. La miseria cotidiana de la vida en esa hermosa ciudad se entiende bien leyendo los libros de Pedro Juan Gutiérrez. Consigue hacer poesía de lo sórdido. De lo muy sórdido.

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