Mirar hacia abajo

El otro día pasé por una tienda en la calle Amaniel que me llamó la atención. Me fijé en el escaparate, de una cuquedad parisina, en unas letras de Scrabble que formaban la siguiente frase:

Y triunfó el amor.

Encima, un árbol genealógico hecho con gracia y figuritas que podrían recordar a los clicks, en más básico. De las dos de la cúspide, surgían, nacían, otras tres. De esos tres, dos más, que se dividían en más parejas y parejas, que generaban hijos e hijos que se juntaban con otros hijos para crear más hijos e hijas. Así hasta el infinito. Cuerpos cuerpos y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo, que diría Ángel González, sobre este viaje milenario de la carne.

Hace años que, en mi entorno familiar, las bajas, digamos, se compensan con altas. Empezamos a mirar hacia abajo y se nos hace raro, porque siempre hemos mirado hacia arriba. Siempre había gente allá arriba, en una suerte de azotea existencial, padres, abuelos, tíos abuelos, incluso alguno tenía bisabuelos. Pero cómo pasa el tiempo, que de pronto son años, y nos damos cuenta de que, felizmente, se nos asegura el relevo por abajo. Por el sotano de la existencia, digamos. ¿Qué es un feto? Alguien en el subsuelo de la vida. Una fresa aún oculta por la tierra, que un día brota de pronto. (Y no confundamos nuez con nogal, como recuerda mi tío Ivlivs, para los debates del aborto y demás.)

Recuerdo, con cinco años, sentirme como nuevo en la vida, como zapato recién estrenado. Pero esto es otra historia, un Je me souviens raro que quizá algún día desarrolle.

Decía que es asombroso asistir a ese proceso de regeneración de la propia entidad de uno, que descansa en la familia. Ahora que hemos asumido que vamos a morir, asumir esa otra realidad, de la que no nos hablaron tanto, y que no es otra que la de nuestra prolongación en el tiempo. A través de los otros, los que nacen nuevos. Como un canal intergeneracional, pozo sin fondo de los tiempos, relevo metafísico, tráquea de genes y vida y olé.

Dice también Ivlivs que hay que mirar lo justo el retrovisor; lo necesario para adelantar. No sé cómo se llamaría un aparato para mirar hacia abajo, un hipocopio, pongamos. Me gusta, anyway, mirar cada vez más por ese hipocopio, porque de ahí sólo salen cosas buenas.

Comentarios

  1. Me ha robado usted el post.
    Esta semana pasada la viví en el hospital: mi padre con una trombosis pulmonar.
    Mi abuelo hace medio año que murió. Dejó cuatro hijos y muchísimos nietos, veinte. Y una no puede evitar, en esas horas que se dilatan entre pasillos y habitaciones de luz tenue de hospital, en que ha llegado la hora (ahora sí) de aferrar el testigo que irremediablemente el tiempo se encarga de entregárte. Pensaba precisamente en ese árbol se ensancha por arriba y se estrecha peligrosamente por abajo. Yo, en la mitad, en medio de una peligrosa pirámide invertida. Mi padre con sus muchos hermanos y sobrinos, mi madre con otros tantos hermanos y sobrinos. Tuvieron cinco hijos, y tienen tres nietos. Diría que ese pozo sí tiene fondo, en algunos se ve perfectamente donde acaba. Yo (sola, me siento como hja única en muchos casos) ejerciendo ahora el rol de madre con mi padre, mirando hacia arriba y sintiendo que puede quedar un suspiro, mirando hacia abajo y presintiendo sólo el vacío, los muchos huecos sin llenar, como esos portafotos horteras que venden en los chinos, con forma de árbol y muchas ramas con pequeños espacios colgando con forma de manzana para poner las caritas. Caritas que no existen si miro hacia abajo, salvo las dos que he traído al mundo, tan solas como yo bajo el peso de decenas por encima de ellas, a las que empuja el tiempo convertido en años como el techo de un pasadizo secreto de una pirámide que te atrapó en sus entrañas.
    Asisto, sin que nada pueda evitarlo, a la extinción de mi árbol por falta de ese relevo generacional, metafísico, traquea de genes que las circunstancias de la vida se empeñó en estrangular.
    Me ha encantado su post.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por el comentario y por lo del final del comentario.

    Ya le puede decir a sus hijas que suban un poco la media, mujer.

    ¿Son guapas?



    (broma)

    ResponderEliminar
  3. jajajajaja, son pequeñas.
    Súbala usted, que en esta vida hay tiempo para todo y en eso no se tarda na.
    ;)

    ResponderEliminar
  4. Menos mal que de vez en cuando me asomo por aquí y me alivias un poco este sentido trágico que gana casi siempre a lo cómico. Miro demasiado atrás. Mi árbol familiar ha menguado mucho, mucho en los últimos tiempos. En estos momentos tengo dentro una futura relevista. Pero su llegada no me alivia lo suficiente de ese árbol escuálido al que miro con dolor y rabia. Y pataleo como una niña grande ante la idea de la muerte.
    Prestame unos días al tío Ivlivs.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario