Encuentros (no del 72)

Esta tarde de jueves, de tamizado y hermoso sol de febrero, el sol de febrero es cobrizo, me crucé con Javier Marías. Bajaba por la carrera de San Jerónimo, dirección Sol, como un madrileño más. Sentí algo parecido a esa excitación, ridiculoide, de cuándo veíamos a un famoso, de pequeños. Me dije que quedan pocos escritores, muerto Umbral, que aún rezumen esa aureola entre dandiesca y grave del hombre de letras. De tipos tan serios como soñadores. Quizá Juan Manuel de Prada, confieso que pensé. Un rato después me crucé con Juan Manuel de Prada por la calle San Bernardo. A este escritor, cuya obra Las máscaras del héroe escrita bien mozo le hace ya admirable per se, me lo encuentro a menudo. Un día en una larga y desangelada galería del metro Colón, otro en la también desangelada entrada del metro Santo Domingo, esa parada extraña, de Leganitos.

Quedan pocos, ya digo, escritores con hechuras. De los que parece que llevan a cuestas una biblioteca, de los que uno piensa que, tomando un café en su compañía, nos transmitirán algún saber poderoso y exclusivo. Curioso, también, seguir sientiendo ese leve pálpito al cruzarse con ellos.

Comentarios

  1. Releo 'Tu rostro mañana' y me descubro ante el ilusionista que es Javier Marías. Ilusionista: sabe deslumbrarnos con sus trucos, con sus ardides, con sus digresiones, con sus erudiciones filológicas, con sus guasas. Es algo más, claro. Tras la tramoya sabiamente administrada hay dos o tres cosas graves, muy graves, que aparecen y reaparecen en este novelista en muchas de sus obras. Ya lo diré en otra ocasión (que me he comprometido a escribirlo).

    Hace unos años, al poco de acabar el tercer volumen de 'Tu rostro mañana' --en mi primera lectura de dicha obra-- dio la casualidad de que me encontraba en Madrid. Caminaba por el centro, como un peatón sin premuras. Me acompañaban otras tres personas que, como yo, procedían de Valencia. Disfrutábamos de Madrid. Como me ocurre siempre. Por supuesto fuimos a la Plaza de la Villa. Yo tenía la intención de enseñarles el portal de la casa en la que vive Marías. Una bobada, sin duda, pero me hacía ilusión.

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  2. Gracias por el comentario, Justo. (Admiro, por cierto, tu capacidad para la relectura. [De obras nada ligeras precisamente.])

    Pensaba que vivía en la plaza Mayor; lo tendré en cuenta cuando pase por la plaza de la Villa. Y, bueno, esas "bobadas" son un complemento enriquecedor a la literatura.

    Saludos.

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  3. Me parece, Eduardo, que no hay muchos elementos para la comparación entre los dos escritores que te has encontrado. Uno es muy grande, el otro no lo es. Y estoy seguro de que sabes quién es a mi juicio el grande y quién no.

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  4. Jejeje, me temo que sí (aunque uno de los dos es grande en términos objetivos..). Pero, vamos, a veces uno hace apreciaciones meramente subjetivas, y no sale el correlato entre la calidad o no de las obras escritas y etc, y queda ese cierto deslumbrón ante la figura literaria. Porque está claro que JdP ambiciona, o ambicionó, a ser un grande de las letras, y eso se impregna de alguna manera en la apariencia.

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  5. A mí me valen sus libros. Las personas, en buena medidad, decepcionarán. Más cuanto mejor sean sus libros. Me valen los libros. Y aquí, la machada del día: no daría ni dos peniques por conocer a Dostoievski (soy un fabricador de titulares, no me digas). Y ahora, sí, vamos, ¡lapidadme!

    PS. como puede verse, querido náuGrafo, he vuelto tras mi retiro estudiantil de exámenes.

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  6. Yo es que de Juan Manuel de Prada sólo tengo una dimensión pública, que me ha impedido siempre coger un libro suyo. No sé si me pierdo un gran escritor o un escritor mediocre, pero como tampoco tengo ninguna necesidad de saberlo, me seguiré quedando con la duda, por muy injusto que sea por mi parte con él.

    De Marías siempre me ha pasado al contrario, me ha gustado más su pose que sus escritos, que siempre he dejado a medias, pero mucho más avanzados que si no me gustara su figura. A él si que le concedo la duda porque sospecho que ha sido un problema mío, por intentar leerlo demasiado joven que de su forma de escribir. Algún día sé que volveré a intentarlo.

    ¿Marías no vivía en la calle Mayor de Madrid? Recuerdo un artículo de Reverte, cuando compartían vecindario en el Suplemento Semanal, que se descojonaba de él porque una horda de ingleses mamados, hinchas de un equipo de fútbol, los vio mear en su portal.

    Por cierto, yo también siento esa cosilla cuando me cruzo con un escritor.

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