Objetos y personas

Leo en La noche de los tiempos, flamante y monumental libro que me han dejado los Reyes, de Muñoz Molina, algo sobre el recuerdo que nos dejan los objetos sobre las personas que ya no están, un recuerdo más vivido que el de las fotografías. Voy a buscar la cita exacta:

El alma de las personas no está en las fotografías sino en las cosas menudas que tocaron, las que tuvieron el calor de las palmas de sus manos.
Hace unos días, el 5 de enero, tras el jolgorio de los regalos en familia, mi tío Ivlivs me enseñó una cámara fotográfica que usaba su padre, el escritor, el poeta, el periodista, el cronista de la ciudad. Era una cámara más pequeña incluso que las de ahora, de bolsillo, capaz de hacer, por lo visto, hasta 36 fotos en negativo. Antes de disparar, había que extraer un cilindro tipo acordeón en miniatura. Me dijo que tenía 70 años. "Un moderno", añadió sobre su padre, coletilla que tanto le gusta añadir al amigo Ivlivs. Hombre, ese punto es más discutible, lo de si ser moderno o no implica estar a la última en gadgets tecnológicos, que puede que sí, pero que puede que no. Esto ya para ulteriores debates.

Esta mañana, he cogido las pesas de mi abuelo, de 4 kgs cada una. Unas pesas que me cedió el pasado agosto, cuando le fuimos a visitar a Francia por última vez. Al usarlas, me he acordado de él. Siguen sus pesas pero él ya no está. Murió, precisamente, este 5 de enero. 1924-2010. Como Tolstói (1824-1910), pero cien años más tarde.

Las fotos están ahí, sí, nos evocan a la persona. Pero siempre es un gesto, a veces un gesto raro, una expresión artificialmente congelada. Una realidad que, en el fondo, es falsa. Falsa de tan precisa. La realidad es todo menos precisa. Las pesas, en cambio, me han hecho pensar en él, y las he alzado como con más fuerza, con más energía. ¿Cuántas veces las habría levantado él, tan abonado a esa gimnasia matutina que practicaba desde hacía decadas? Usar sus pesas, cada mañana, me conecta, de alguna manera, con él. Una suerte de continuidad, un tomar el testigo. Como el reloj que se transmite de generación en generación, que es un vehículo del tiempo compartido.

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Pienso ahora en un hidrógrafo que tenía, y que marcaba las pequeñitas oscilaciones, en tinta azul, de la presión atmosférica, lento, pero sin detenerse jamás. ¿Qué pasará con ese aparatito? ¿Qué pasará cuando se acabe el papel? Quizá me gustaría tenerlo, pero me conformaré con las pesas. Hay que asumir que, cuando uno muere, mueren también sus objetos, pues no hay nadie ya que les dé vida. Pero no podemos evitar que, al encontrar esos objetos, sintamos que no son sino prolongaciones de esas personas queridas.

Comentarios

  1. Rosie the Riveter8 de enero de 2010, 18:15

    Vaya,recibe mi pésame.

    Un abrazo

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  2. Y como Verne , lo siento hombre , si simulas que das puñetazos con las mancuernas se desahoga uno un huevo y encima te ahorras el saco.

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  3. Los Reyes se han puesto de acuerdo o les han hecho un barato de Muñoz Molina. Tengo el tocho de las mil páginas haciéndose rogar para meterle mano (valga la expresión) con idea, porque tanta hoja me desanima. Pero no desvele más, please, que entonces será como ir viendo secuencias de una película en la que el de la butaca de al lado ya la hubiese visto y fuese adelantando detalles en voz alta.
    El alma de las personas está en sus enseres, en todo cuanto les perteneció, y que a mí personalmente me resulta insoportable tenerlas delante, tocarlas, incluso verlas accidentalmente. Es como un latigazo, es constatar, evidenciar aún más ese tiempo de ausencia, a veces tan insoportable y tan terrible. Es la prueba de la existencia de la nada, de que esa camisa ya no se la pone nadie, de que esas gafas ya no las usa nadie. Mi madre guarda en un joyero unas gafas de un niño de tres años, y en un armario, que nadie usa, guarda un par de camisas y una chaqueta de un joven de veinticinco... Es cierto, no es lo mismo tomar testigo, continuar el ciclo vital, revivir el alma de los padres o los abuelos que se van a los ochenta o a los noventa (mi abuelo también murió en verano, a los 94), de los que podemos conservar su reloj, su cartera, su anillo, sus pendientes... que pueden consideranse eso, su prolongación, pero los enseres de los que se fueron a destiempo no prolongan su existencia, reiven el dolor y la rabia de su ausencia.

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  4. A mi los Reyes no me lo trayeron. No fuí bueno. Bien, la cuestión es que ando por la fase previa, me lo compro o no me lo compro. ¿Podría usted, don náuGrafo,resolverme la duda? Siempre evitando, claro está, desvelar contenidos que retraigan a otros comentaristas de la lectura.

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  5. Ángel Duarte, cómprese ya usted ese libro, hombre de Dios, y no me pida explicaciones racionales a mis pálpitos literarios. Hay que leerlo y punto!

    abrazos para todos

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  6. Perdona, Naúgrafo , pero discrepo. Sr. Ángel , no se compre el libro hombre, es un pastel y AMM un bluf , polvo que se llevará el viento . Ejercicios aplicados, pero faltaría más , cada uno hace con su tiempo y su dinero lo que quiera o pueda.

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  7. Bienvenida sea la discrepancia. Pero vamos, "bluf".... no sé, no sé, un poco duro. saludos

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  8. Un bluf es Ruiz Zafón, por ejemplo, pero Muñoz Molina... no creo.

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  9. Me ha encantado este post, precioso.
    Un abrazo!

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  10. Vaya, siento lo de su abuelo. Acertado y emotivo post. Es cierto lo de ese aura especial que tienen los objetos que tantas veces hemos visto en manos de aquellos que quisimos y ya no están con nosotros. Mientras esto escribo, jugueteo con un abrecartas en forma de espadín que, durante años y años de mi infancia, me fascinó viéndolo reposar, inalcanzable, en el escritorio de mi abuelo. Su contacto me trae instantáneamente el recuerdo de sus ojos azules y su voz calmada. También me ocurre a menudo con los libros (recuerdo este post) y otros objetos y desde luego coincido en que la impresión es bastante más intensa que con las meras fotografías. Esperaré a leer el libraco de Muñoz Molina, que también recibí como regalo, solo que en mi caso de cumpleaños, no de navidad. De momento lo he reservado, dado su tamaño, para un hueco de más enjundia en mi lista de lecturas pendientes.

    Un saludo.

    P.S.: Lo de su abuelo ¿no sería un barógrafo? O, en su defecto, ¿no medirá la humedad? Es que hidrógrafo y medida de presión atmosférica no cuadra.

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  11. Gracias Carlos.

    Pues no sé, creo que el lo llamaba hidrógrafo. Era una linea azul que marcaba las oscilaciones de algo, llamémosle humedad, llamémosle presión atmosférica.

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  12. El "cilindro metálico tipo acordeón" que cita, es un cilindro metálico rígido que hay que sacar a mano, haciendo un pequeño esfuerzo. Es el mismo cilindro que sale movido por un pequeño motor eléctrico en las modernas compactas, a cambio de consumir energía eléctrica de la batería.

    La cámara, una Fiedrich Deckel con obturador Compur, que ellos mismos fabricaban para sí y para las mejores marcas de cámaras hasta los años 90.

    Debía ser, como dijo el Náugrafo, cosa de espías. Viene a corroborar ésto el hecho de que no he conseguido encontrar una imagen de este modelo en Internet. Parece como si fuera una cámara secreta.

    Todavía está en uso. Utiliza carretes 127 que aún se fabrican en blanco y negro y color con grano más fino y sensibilidades mucho más altas que entonces.

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  13. Un abrazo y nuestras condolencias, Eduardo. Quizá otro día, algo más alejados de ese personaje innombrable, se puede hablar con más tranquilidad de los objetos y lo que nos evocan.

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