27.1.10

Impuesto TreBolucionario

Ayer tuve ración doble de Pepe Botella, vaya publicidad gratis que se están llevando. Descubrí que también es un sitio agréable para tomar una copa, y hasta allí me desplacé en compañía de Martina Perry. Ese café es punto de peregrinaje habitual de los vendecosas, esa subrama comercial que transita por la economía sumergida de la venta ambulante y que, no obstante, están más presentes que nadie, son más cojoneros que nadie. Ahí están los indios y sus rosas, ahora también los gorritos borsalino, los chinos con sus avalorios luminiscentes, los subsaharianos con los cedés, así como los sordomudos con los llaveros incomprables y hasta algún argentino plasta que te intenta colar alguna artistada que incluso nos gusta. Ah, y el tipo aquel que me recuerda a Nacho Vegas en viejo, que deposita en nuestras mesas esas laminillas mironianas cuyo precio es un misterio.

Uno se abona al NO por sistema y en lo que dura una consumición puede llegar a pronunciarlo en repetidas ocasiones. Los chinos y los indios necesitan, además, su NO bien marcado, con sonrisa a poder ser; si no, no se van contentos.

Entre ese tráfico ambulante, ayer me sorprendió un tipo curioso, cruce entre el clochard meditabundo y el poeta navarro afincado en París Francisco Javier Irazoki. Alguien a quien uno daría, así por las buenas, un abrazo. El tipo lo sabía, cá, y explotaba su imagen de rezumador de bonhomías y claro, ofrecía nada menos que un trébol de cuatro hojas. Por la voluntad. Imposible resistirse. Normal que rezumara aquella felicidad, el tipo ha hecho el negocio del siglo. Porque después de tanto NO, al final uno como que necesita compensar con un SÍ, y entonces llega ese tipo de barba cana, al séptimo NO, y te ofrece un trébol de cuatro hojas, por la voluntad. Le ofrecí dos euros y le pareció bien. Qué tío. Y pienso ahora, ¿tendrá una plantación de tréboles de cuatro hojas en su azotea? No debe de ser tan complicado, supongo.

Lo cierto es que aquel cincuentón era como para llevártelo a tu casa. Nos dijo que nos pedía un particular "impuesto trebolucionario" y yo le contesté que ojalá todos los impuestos fueran así. Joer, parecía un personaje recién sacado de Amélie o El erizo que aún no he visto, no apto para espíritus acaramelados. Al rato, después de contar sus monedillas sobre la barra, que le vi, vino a despedirse en plan leñador risueño. "Hasta pronto, amigo", le dije.

¿Se iría de putas con nuestro dinero?




5 comentarios :

  1. Pues yo creo que se compró un bocata de calamares que devoró mientras terminaba de leer el último capítulo de Anna Karenina. Vamos hombre, qué manera de romper el encanto "bohemil" que había recreado.
    Como curiosidad, he leído por ahí que hay un trébol de cuatro foliolos por cada 10.000 tréboles de tres foliolos. Cada pétalo representa, según leyenda, una cosa: esperanza, fe, amor y suerte.
    Existen incluso con veintiun foliolos, uno de esos se debió encontrar el tal Willi Gates, o Rokefeller.
    Hay un refrán que dice que la suerte no es para quien la busca sino para el que se la encuentra, me imagino que es extensible también para quien se la regalan por la voluntad de un par de euros.

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  2. Coño, pues allí mismo compré yo un trébol a ese personaje, tuvo que ser ese mismo personaje. ¿No te diría que esa muesca que tiene en la hoja inferior es un mordisco del gusano de la suerte?

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  3. Al final el marketing es jugar con la competencia, pero sobre todo disponer de un producto diferente.

    Estoy seguro que tiene una plantación. Es que yo soy un poco supersticioso y te aseguro que no he encontrado todavía un trébol de 4 hojas.

    Me gustaría que vienese ese señor a Sanfermín y se mezclase con todos los chinos, negros, indios,... que venden de todo.

    Igual para el año que viene también tengo uno de cuatro hojas.

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  4. Un trébol es, un trébol es, un trébol es...!!!


    De pequeño en la plaza debajo de casa había un arbolillo en el que a su sombra, en una mañana, sacamos más de diez tréboles de cuatro hojas. Nunca se repitió la hazaña.

    Me gustan esos artilugios naturales desde que vi que Indiana Jones llevaba incrustado uno en el Zippo.

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