31.10.09

Bi: trapiellos y nocillas

El jueves viví una cierta bipolaridad literaria, como asistente a dos actos culturetas de la capital; el primero por trabajo, el segundo pues por estar un poco y ver lo que se hace y todo eso. Trapiello vs. Agustín Fernández Mallo y su laboratorio nocillesco, o Nocilla Lab.

El primero, en la March, Trapiello acompañado por Esther Tusquets y un tipo que no conocía y que me apeteció leerlo, Antonio Martínez Sarrión, dueño de un universo autobiográfico cargado de hiperlocalismos de su infancia en Albacete. En el tiempo en que estuve, Trapiello fue el más participativo, el más conferenciante, porque la Tusquets y Sarrión adoptaron un cierto tono más de mesa camilla que de mesa redonda. Algunas ideas interesantes. La construcción de un yo que no es el yo, sino un otro yo, un álter ego, vamos. Un personaje literario, una criatura que lleva el nombre y apellido del autobiografiado, pero que es, en realidad, otro. Alguien atravesado por literatura. Y la literatura es literatura, no es verdad, verosimilitud, ni acta notarial. Tampoco en la literatura biográfica, por mucho pacto autobiográfico de Philippe Lejeune y demás, al menos la lit. autobiográfica que defiende y practica Trapiello. "Los escribo como diarios y los publico como novelas", dijo. Un artefacto literario, pues, que diría Fdez. Mallo.
Si me obligaran a darle un consejo a Trapiello, le diría que forzara más la novelidad de sus diarios, y que los llamara directamente novelas. Quizá así llegará a ser recordado como el escritor de novelas que para mí que quiere ser, y no sólo como uno de los mejores escritores de diarios que tenemos en la literatura española.

Después de rechazar la idea de intentar ligarme a una guapa jovencita que se puso a mi vera, salí raudo hacia Matadero, para asistir a la presentación de Nocilla Lab, espectáculo after pop y tol rollo, donde esperaban Agus y Latinajo de Híspalis. El debate posterior, con ellos, sobre si bluf o no bluf (en el que yo defiendo el no-bluf) se me tornó algo más confuso cuando vi unos enlaces en el blog de Mallo. Eso de llamar no-presentación a lo que fue la presentación me pareció ya algo excesivo en cuanto a aunar todos esos conceptos Marc Augé y meterlos un poquito con calzador. Aunque lo cierto es que tampoco fue una presentación al uso...


El lugar, el no-lugar, mejor dicho, de Matadero, me pareció muy acertado para la presentación, perdón, no-presentación. Había unas no-colchonetas muy mullidas y chulas, unas no-trescientas no-personas y unas no-cervezas Carslberg que nos costó encontrar al principio pero que Latinajo logró conseguir. Aprovecho este momento para decir que Carslberg es una cerveza muy rica y que Heineken es la peor cerveza que uno se pueda echar a la cara, pese a la imagen de cooledad que, por desgracia, mantiene y que hace que la sirvan en excesivos no-sitios.

Leyeron unos textos que debían de ser muy interesantes pero que apenas sí se escuchaban, por una acústica mal estudiada. Se justificó luego Mallo: "Los técnicos de sonido son gente de otra galaxia". O algo así, dijo.


Acabada la no-presentación, fuimos a hacer algo de networking literario, como debe ser, no sin antes mantener un acalorado debate sobre el bluf o no bluf, que no reproduciré aquí por no hacer el post más largo de la temporada. Se produjo un momento metaliterario de no poca enjundia, cuando Agustín le pidió que le firmara el libro a Agustín. Quien haya leído Nocilla Lab se sonreirá con este detalle. Agustín le dedicó el libro Agustín como no podía ser menos, a mi amigo Agustín 'Fernández Mallo'.

También yo le pedí que me firmara el libro, bluf o no bluf (soy más de no bluf), el caso es que tiene bastante de libro-objeto para coleccionistas y con la estampa del escribiente aún más. Mientras todo eso, le planteé mi duda postpoética sobre la existencia de botellas de Coca-Cola de 33 centilitros, que se citan en el libro. Me aseguró que sí existían, pero yo no recuerdo haber visto ninguna, en España, en la actualidad.

Nos despedimos de Fernández Mallo, que nos cayó muy bien, y nos sumergimos en la noche madrileña.



*Próximante. Nocilla Lab, la crítica.




30.10.09

Bh

(Qué bicis aquellas...)

Ayer entré, como un poseso, en la Fundación March, en busca de una frase. La tenía a medias en mi cabeza, o me sonaba que así era, y resultó que la había memorizado tal cual, la semana pasada. Tracé una recta que resultó ser una diagonal respecto a la sala de exposiciones en la que se exponían dibujos de Caspar David Friedrich y me planté delante de esas letras pegadas sobre la pared ocre, esa frase del pintor Friedrich, tan simple y perfecta, grabándomela a fuego en las neuronas:

Lo divino está en todas partes, incluso en un granito de arena.



29.10.09

Bg

Pobres. Hay un par de ellos a los que escrutaba cada mañana, cuando era periodista con redacción y horarios (conocidos de mañana, inciertos de noche). A veces, cuando paso por ahí, veo que siguen, cada uno en su invisible garita de vigilancia de las horas. De uno ya hablé por aquí: el clochard meditabundo. Hasta lo metí en esa novela que no ganará el Herralde. Luego hay otro, un poco más arriba, Princesa con Evaristo Rey, dueño de un perillón espectacular, que me cae muy simpático.

El primero no es pobre, porque no pide. Es un pobre desgraciado, con perdón, pero es que es así. El segundo pide, aunque pide sin pedir, con un vaso de plástico azul que siempre lo veo vacío. Le he dado dinero en un par de ocasiones, y siempre te llevas algo a cambio. La sonrisa del tío y una hojita que lleva en su zurrón. Le he dado hoy la monedita a cambio del folio apocalíptico, y me dice: "¿Quieres la hojita?". Y yo, "Claro, una de las tuyas". "Ya sabes, la siensia ficsión", contesta y reímos un poco. "Más ciencia que ficción", le digo, para seguirle la corriente.

A continuación transcribo el contenido de la siensia ficsión, con las mayúsculas y todo. Les invito a leerlo:

PIDO A LA HUMANIDAD DE LOS PAÍSES O NACIONES DE LA TIERRA:

UN DUELO A MUERTE CON LOS CAMPEONES DE LUCHA DE TODAS LAS CLASES QUE EXISTAN... YO ELIJO MI ESTILO DE LA FORMA MÁS HONESTO Y HONRADO...: ¡¡¡SIN COMER NI BEBER NADA HASTA QUE MUERAN TODOS Y QUE YO SÓLO COMO ÚNICO CAMPEÓN!!! YO SOY ENFERMO; INVÁLIDO; MEDIO CIEGO Y DIABÉTICO, 2.... ¡¡¡¡POR ESO ELIJO MI ESTILO PESONAL!!! SI HAY ALGÚN PSIQUIATRA HOMBRE O MUJER QUE ME HAYA CALIFICADO (PSICÓPATA) TAMBIÉN PUEDEN UNIRSE AL DUELO..... CUANDO YO HAYA GANADO Y TODOS MUERTOS; ME DARÁN LO MÍO Y NUNCA MÁS SERÉ POBRE... "ENTONCES SERÁ LA PAZ MUNDIAL PARA LOS RESTOS"..............................................

MADRID, 22/9/2.009 DNI 41966703-Y. GUILLERMO EXPÓSITO ACOSTA

COMUNICARLO EN TODOS LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE LA TIERRA

Y yo, como dueño de este pequeño medio de comunicación que es este blog, obedezco.

Bf

Me llega un mail de Agus, siente ser "portador de malas notis". Y me temo que me llega, que comienza, un particular rosario de decepciones editoriales. Habrá que apechugar. Las corazonadas gallardoniles no sirve de nada. Cá!

Pinche en la imagen para conocer mi decepción del día.


Autoconsuelo megalómano (JAJJAJA): "Hoy hace cuarenta años, un ordenador transmitió un mensaje a otro por primera vez. AT&T, la compañía que rechazó el invento, entraría en la historia junto al ejecutivo de Decca que pasó de los Beatles".

Leído en Adn.es

Be

Sigamos con los Encuentros de Pamplona, 1972. Tengo que profundizar en el tema. Lo haré, poco a poco. El martes, en la inauguración de la exposición que le dedica el Reina Sofía, a la que acudí con el poeta por aquí citado Hasier Larretxea, me encontré con Emilio Pi, que me contó que anduvo metido en la organización, con 22 años. Me dijo que conserva una de las míticas figuras del Equipo Crónica, de las que hubo a cientos en el frontón Labrit, ocupando los asientos, mientras tocaba no sé qué formación demasiado pal body y los tiempos que eran a' changin' pero no tanto. Fue bonito ver, el martes, a algunos de esos muñecajos en el Reina Sofía, muñecajos que fueron medio descuartizados, contaba Emilio Pi, otros lanzados al ruedo del frontón, otros mangoneados y convertidos en viajeros en taxi: valiosas reliquias para la micro historia.

Curiosa nostalgia ésta la mía de un evento que no viví, por no haber nacido, y que vivo ahora de refilón con asombro y pena por no haber sabido más de él. Me decía Gonzalo de Pedro, por el Facebook, que qué pena que tengan que venir desde Madrid a recordarnos qué fue aquello y la relevancia de aquello. Borja-Villel, director del Reina: "Los Encuentros de Pamplona fueron el evento más importante de la segunda mitad del siglo XX". Apunta el poeta Ángel Erro, vía FB, que la Barcina (sin el la no es ella) baraja la idea de llevar la exposición a su origen, esto es Pamplona, una Pamplona que quizá nos empiece a parecer menos Pamplona, tras la experiencia 72. A ver si es verdad.

Comentamos con Hasier lo rarísimo que era ver, en Madrid, una exposición sobre Pamplona. Como si el calcetín cultural se hubiera dado la vuelta. Ahora lo interesante estaba allá (Pamplona), y la visión soñadora, admirada, aquí (Madrid).


Los elementos locales, hiperlocales, cotidianos, a-artísticos, tan nueschos, elevados a la categoría de evento artístico, con su cosa de relevancia, con su cosa de, coño, ocupar un huevo y medio de salones en el Reina Sofía, ahí es nada. Pamplona. Sí, Pamplona vista como objeto artístico, como abanderada cultural de algo que no sea el zurriaguismo sanferminero que, si bien libera y ofrece su cuota de magia, tiene sus límites también. Y sus excesos.

El paseo Sarasate, el paseo, convertido en escenario artístico con esas cabinas happeninianas, los muñecos-crónica desde el Niza en adelante, las carpas hinchables donde hoy se erige el Baluarte, las barbas oteizianas de John Cage, oculto tras una hilera de micrófonos como un bosque de cañas de bambú.

Veo aquellas fotos, aquellos tipos bigotudos salidos de una secuela de Easy Ryder que nunca existió y todo me parece un sueño, un verdadero happening del Reina Sofia, que se ha inventado todo eso en plan broma pesada a las instituciones navarras. Veo por ahí a Carlos Irijalba, con su porte conceptual elegante sin pretenderlo, no veo a Pedro Maisterra por cuya galería he pasado momentos antes, veo a Salvador Estábanez, a gente con pinta de interesante, e imagino un mundo local, el mío, que fue durante unos días epicentro del arte, HuArte mediante, y me queda la cosa amarga de pensar que tan sólo fue flor de un día.

Y me callo ya.

(La fuga de Ezkaba, Encuentros 72 y Sanfermines 78, interesante trilogía pamplonica sobre la que no teníamos ni idea, de los míos hablo, y que parece que poco a poco vamos conociendo.)

28.10.09

Bd


Luego escribiré más, pero primero quería dejar constancia de un gran por qué, un plañidero, palatetoso y picado whyyyyyyyyyyyy? Un por qué Molesto no con su historia reciente, esa ya no la cambia nadie, sino con la transmisión generacional de la misma.

Un mosqueo de tipo hiperlocalista universal, con el arte conceptual como hecho diferencial. Tal cual. Porque en Almería, pongamos, también habrá quien no supo jamás que John Lennon pasó por ahí en el epogeo de su carrera musical, y que celebró su 26 cumpleaños en el barrio del Zapillo. O porque en Cuenca, digamos, habrá quien no tenga ni idea de qué fue el Equipo Crónica o Manolo Valdés, o que desconozca que González Ruano, por ejemplo, eligió esa ciudad, entre otras, como descanso del alma y de ello escribió muchas y variadas páginas.

Pues bien. Ni yo, ni la mayoría de los pamploneses de mi generación, teníamos ni zorridea de qué fue aquello de los Encuentros de Pamplona 1972. Un Woodstock del arte conceptual y las vanguardias más radicales del que no tuve conocimiento en mis treinta años de vida. Irrepetible derroche de happenings e instalaciones locas que se me escamoteó vilmente. Mi relación con esa ciudad, tan cazurra a veces, habría sido distinta. La habría querido más, me habría sentido más cómodo en ella.

Ignorancia de la que uno es responsable por sí mismo, por no haber abierto más los ojos, pero que también es síntoma de una sociedad, la navarra, la pamplonica, que vivió aquello como quien ve a una mujer enseñar la tetica rápido y vuelve a esconderla, y siguió con sus rutinas y sus grisuras como si aquello hubiera sido un espejismo que pa' qué recordarlo.

Me jode.

27.10.09

Bc

Leo Nocilla Lab en un Starbucks, para la crítica en Ojos de Papel, y tomo un Tazo Chai Tea Latte pequeño con leche de soja por 3,80 euros. Un lujo por agua caliente con hierbas mojadas, pero bueno. Está rico. En todo el día sólo he gastado 2 euros en una cebolla y leche, 3,99 en una botella de Ribera del Duero, y otros 3,80 en té globalizado. Total: 9,79 euros.

El libro me parece o una puta mierda pintxada en un palo o lo mejor que he leído en tiempos. Cuando voy por la página cincuenta ni una cosa ni la otra. Quizá algo intermedio. Pero tiene algo este Mallo, Agustín Fernández, de estar hablando al lector de su tiempo, a ti, vamos, a un lector de su tiempo que piensa en el tiempo futuro. Porque ser de tu tiempo implica tener un pie en el hoy y otro en el mañana. Y no un pie en el hoy y otro en el ayer, o los dos en el ayer como un, digamos, José Luis Garci de la vida.

Mi colega Agus ya le dedica unas valoraciones en su blog.

Con la teína en vena, salí a la calle, ya de noche, algo influido por esos paisajes de Mallo, como de caja del Quimicefa, con su cadencia discursiva on my mind, y decidí enfilar la Gran Vía, o Gran Vía, como un espectador de granvías. Decidí que usaría mi teléfono móvil no para llamar, sino para hacer fotos. Sí: no sólo podemos llamar a cualquier persona del mundo con un cacharro que pesar menos que una lata de sardinas, sino que además podemos hacer fotos con él. Y navegar por vericuetos raros de la tecnología, internet. Los tiempos avanzan que es una barbarité. Esta obviedad hay que recordarla de vez en cuando, para que no se nos olvide dónde estamos.

Pasé por Callao, en ese estado algo sonrojante para toda la ciudad que es tener la vergüenzas al aire. Arrealismo en estado puro, ese movimiento que superará por goleada a la postpoética de Mallo, condenada a morir de elitismo, y al que sólo hace falta que me ponga manos a la obra, y tal.


Pasé luego por una tienda de relojes, o algo así, que hay cerca de La Casa del Libro. Una tienda relojes en la que parece que el tiempo se ha detenido. Paradojas comerciales y patafísicas. Hice una foto a ese reloj que sólo es puntual una vez al año, el 15 de septiembre a las 13 y 37. Prometo pasar por ahí a esa hora ese día para saber la hora.


Constaté como la Gran Vía es un jumelaje de décadas y estéticas, que conviven pegorruteadas esperando que el espectador de granvías repare en ello. Algún día se podría desarrollar este tema con más profusión. Inmortalicé este retrato de bodas completamente arrealista, es decir, perteneciente a ningún tiempo conocido, incapaz de descansar en ninguna cultura estética con su seguidismo histórico. Arrealismo: turmix cultural que implica reinventar y erigir toda una nueva cultura prácticamente desde cero. Estados Unidos: país arrealista, sobre todo a principios del siglo XX.


Pasé después por una placa que ponía CALLE GRAN VÍA. Y me dije, ¿es que acaso la Gran Vía es una calle? ¿No sería más correcto decir que es una avenida, o en su defecto una vía? Pues nada, calle. Alguien debería plantearle esto a alguien, algún día.

Pasé después por los Juzgados de lo Contencioso Administrativo, y me pareció ver allí sintetizado todo el kitsch de los años ochenta: Brigada Central, el Crack, el sida, la heroína, asesinatos de ETA día sí día también, asesinatos de GAL algo más dosificados, huelgas generales, cupones de la ONCE, bares con Celtas y vino peleón, y así.


Giré hacia Alcalá y me fijé en una atractiva mujer que me sonaba de algo. Caí que salía en Médico de Familia, como enfermera seductora. Me dije que es gracioso, de vez en cuando, ver a alguien famoso. Dos segundos después descubrí a Lluís Bassat, el famoso publicista o publicitario, en una terraza más bien casposa, rodeado de gente que parecía quererle.

Me sumergí en el metro Sevilla, rumbo a casa.


En el andén, el luminoso marcaba que faltaban siete minutos hasta el siguiente tren, así que salí de nuevo a la superficie, incapaz de pegarme ahí siete minutazos quietico.

Ese tramo de los bancos, final de la calle Alcalá, principio, mejor dicho, Tiene un potente encanto burgués. Estaba algo fantasmal, en aquel momento de la noche, ya sin coches. Hice una foto al oso y el madroño, en su nueva ubicación y pensé qué me haría para cenar.

26.10.09

Bb

Llego a casa y me encuentro un poema, en el buzón virtual, que me envía Hasier Larretxea (Arráyoz, Navarra, 1982) y en el que veo/leo unos hiperlocalismos de sus mundos baztaneses de origen que me gustan mucho y me hacen pensar también en Francisco Javier Irazoki, un poeta que es capaz de ponerle el adjetivo vieja, a hormiga.
Por todo ello me he tomado la licencia (poética) de colgar aquí estos versos de la casa de Larra, Larretxea, sin consentimiento de su autor pero sí con su sentimiento. Que los disfruten:

Lo efímero de las almas
convertidas
en suave ceniza.


Humo que no ruge
bajo la neblina;
tirita de chimeneas.
Musgo en las grietas
de las paredes
donde se jugaba a la pelota
en la infancia.

Sirimiri en
pétalos de incertidumbre del castaño
que desprendió
su propio erizo;
apertura de los pinchos,
quemados en el pandoril de la abuela.

Cesta a la espera de la culpabilidad adquirida
por diez dedos curtidos
en hachazos y ampollas.

Cencerro de la única oveja tumbada
sin esquilar;
cuervo que sobrevuela la vida,
la ventana abierta,
el coche que pisa la raya continua,
charco en el andén,
ramos que recuerdan
el día concreto en el que jóvenes
valoraron la importancia de sus vidas
colisionándose en el castaño

Aún hoy la grieta es visible
en la forma que adquieren las gotas
en el asfalto.

El dolor en la corteza, que no se cierra.

Impacto frontal
que recuerdan las motas de ceniza
atravesando la ventana abierta
y la distancia entre la oveja y el cuervo

deshaciéndose en la ausencia sin límites
del cielo,
mar blanco
sin instantes
ni recuerdos.

Ba

El domingo por la tarde es un buen momento para ir a la FNAC. Sobre todo porque está abierto, y su apertura se valora más aún en un momento en que todo está chapado. Pasear por sus rinconzuelos plagados de libros con autores más o menos amigos, con esa hipersensibidad que te da la ingesta de garrafón, no tiene precio. También mirarse en los espejos de las escaleras mecánicas: momento narcisista que es todo un rito ya en estos ritos madrileños que vamos fabricando en este Madrid inasible que intentamos asir como sea.

Una forma de asir, no ya Madrid, sino el universo mundo en su conjunto, es comprar libros. Libros de verdad, de papel, que son una experiencia real y no virtual ni fantasmal, como puede ser leer este post. Y no quiero entrar en el cansino debate e-book/libro en papel. La pantalla nos crea confusión, la pantalla es espectáculo. El libro es vida, es experiencia, es realidad. Sobre pantallas y espectáculo ha reflexionado mucho el artista Carlos Irijalba, un proyecto que llamó Outside comes first, y que voy a intentar colocar por aquí.

Fui a la FNAC de Kellog's en busca de un libro, Nuestro GG en La Habana, de Pedro Juan (Gutiérrez) que relata las andanzas de Graham Greene en la capital cubana, año 1955, antes del radical cambio de paradigma que se impondría en la isla, transformando por completo la vida de sus habitantes. En pocos casos la vida cotidiana de la gente ha sido tan determinada por la política, por tantos años, como en Cuba. Quizá en la URSS. Interesante ver aquella ciudad cuando el hotel Inglaterra era el hotel Inglaterra, y no lo que es ahora, una antigualla arrealista, de otro tiempo, como todo en La Habana es de otro tiempo, excepto el reaggeton y los blogs de los ciberactivistas.

Lunes bastante lunes éste, en el mejor sentido de la palabra que un lunes pueda tener; vuelta a esa cierta libertad, que produce su cuota de angustia y vértigos pero también de estímulo. El otoño empieza ahora, de verdad, porque octubre no es sino un mes telonero, y los lunes deberían significar lo que no significan, esto es, ganas de hacer cosas, ilusión, fidelidad entre lo que uno hace y lo que uno es. Yo no me puedo quejar, creo.


Objeto artístico de Carlos Irijalba (de Outside comes first)

22.10.09

Justo Serna, Antonio Muñoz Molina, autobiografía e historiografía: croniquilla del asunto

1. Hoy siento una extraña responsabilidad impropia en esta bitácora propia y libre, escrita siempre para uno mismo y para los demás, pero sin imposiciones de estos últimos nunca. Hoy noto la amable imposición de que Justo Serna me haya dicho que será "un honor" leer una crónica de este bloguer que si a algo aspira a ser es, como el propio Muñoz Molina, como el propio Pla, aunque luego decía que lo era pésimo, observador. Se puede hacer carrera de observador: ser luego bueno o malo es otra cosa, porque observar lo puede hacer cualquiera. No hacen falta títulos ni más herramientas que los ojos, en conexión más o menos directa con el cerebro. En esas andamos.

La presión serniana, y la de los lectores de su enjundioso blog, de los que alguno que otro se pasará por aquí.

He observado, pues, con "honor", que he sido el único asistente al que don Justo Serna ha saludado, antes de comenzar su charla en la Fundación March. Y permitirán estos yoísmos en un post que pretende dar somera e irónica cuenta (rigurosa sería mucho pedir) de una conferencia titulada Autobiografía e historiografía. El caso de Antonio Muñoz Molina . [Corrijo: fui el único privilegiado en recibir el saludo desde la sala, más que nada porque estaba a pocos metros del ponente, pero antes fueron saludados Ana Serrano, Manuel Alberca y Carlos García Gual.]

Después de esta caricia para el ego, después de constatar el poder de la blogosfera y su capacidad para generar contactos entre seres humanos, Justo Serna se ha metido de lleno en el tema. Ahí he visto, he observado, el particular estilo del conferenciante con horas de vuelo docente a sus espaldas. Así como Enric Sòria se apoyó el otro día en sus folios, Justo jugaba al juego de leo pero no leo con notable habilidad. Comentaré más aspectos metaconferencísticos extrapost. Antes, un dato para las fans de Serna: buena planta, elegante y gafas cuidadosamente seleccionadas. Cabeza holgada, sólida, de evocaciones orteguianas. Un ponente imponente, diría, si quisiera hacerle la pelota.

La cosa ha comenzado con una introducción sobre el concepto de historiador, y la particularidad de que un historiador lea novelas y que las considere poco menos que materia prima de su estudio. Cuántas veces hemos escuchado comentarios despectivos sobre la novela, despectivos y machistas, por cierto: "Las novelas son para mujerucas". (Luego resulta que esas "mujerucas" están más resabiadas que la madre que las parió: minipunto de cara a la galería feminista.) Pues sí, las novelas son para mujerucas y para historiadores (culturales) como Justo Serna, que para mí que coincido con él en el concepto de cultura, cultura como cosas que hacen los hombres (y mujeres), y no sólo como tal cuadro del Prado o el Louvre.

2. Serna se ha definido en su actuación historiográfica, y ha definido también a aquel historiador pionero que registraba sucesos como la batalla del Peloponeso. Unos historiadores/cronistas, quizá se podría decir también que periodistas, periodistas de gran alcance, pero que comparten metodología similar: recoger el mayor número de fuentes, las de la constatación propia y las ajenas, y contrastarlas en la medida de lo posible. Un historiador/cronista que rastrea todo lo que tiene a su alcance, todos los documentos posibles, y ahí la autobiografía es un documento de tomo el lomo, que el historiador no debe desdenar. Porque, como ha comentado Serna, la autobiografía y la historiografía comparten el motor de la verdad, el estar constituidos por materia verificable. Aquello del pacto autobiográfico de Philippe Lejeune.

Después de estas consideraciones generales, se ha pasado a hablar de Antonio Muñoz Molina, que presenta por cierto novela el próximo noviembre. La noche de los tiempos, y cuya crítica estará colgada en breves días en Ojos de Papel. Ya se pueden figurar quien firma el artículo. [Corrijo: la crítica aparecerá en el número de diciembre.]

Muñoz Molina como novelista, sí, pero ante todo como observador. Un voyeur que pasa por la vida dejando constancia de aquellas revoluciones, macros o micros, que van tejiendo la historia, la vida, la cultura, todo. La televisión por la que llegó a ver hasta El viento de la luna, o la aparición de la ducha, pequeñas bisagras que nos hacen avanzar hacia otro tiempo, hacia otro estado de cosas. El botón o el pasillo, recuerdo que nos hablaba el profesor José María Sesé, como factores relevantes en el curso de la historia. Un escritor, Muñoz Molina, que se encarga de poner en escena personajes que exhuman lo que ocurrió, sin caer en los dejes costumbristas. Es otra cosa.

Un cúmulo de hechos que configuran la cosmovisión, digamos, de un tiempo, y ante la que el historiador, como ha dicho Serna, actúa, ojo, como un traductor. "Porque aunque pueda parecer lo contrario, de nuestros antepasados nos separa un abismo". Y para traducir ese tiempo, novelas como las de Muñoz Molina son material valioso.

3 (y último). ¿Qué diferencia, entonces, a un Muñoz Molina de un Pérez Galdós?, he pensado. ¿Es acaso Muñoz Molina un simple notario de la realidad, un copista que almacena hechos más o menos relevantes de la historia y les da formato novelesco y a correr? El profesor Serna ha revelado las motivaciones que operan en el hacer de Muñoz Molina, que tiene que ver con asuntos más personales y menos universales, asuntos de la identidad. Asuntos incluso subjetivos, y ya dijo González Ruano que nada más objetivo que la subjetividad. Ha hablado Serna de novelas en clave de ficción autobiográfica como Beatus Ille, Ardor guerrero o Sefarad, con más énfasis en esta última. Novelas, como Sefarad, en la que desfilan un sinfín de personajes que podrían no tener relación alguna con el autor, pero que no son sino conjeturables proyecciones de antonios muñoz molinas posibles, en otros tiempos, en otras vidas, en otros contextos. ¿Cómo sería yo de haber nacido en, supongamos, la Alejandría de Hipatia, la Roma de Caravaggio, o el Madrid de Azaña? Qué tomas de postura habría tomado, qué derivas habría tomado mi existencia, qué poso habría dejado en mi tiempo, en mi época. Muñoz Molina es lo que es por haber nacido en Úbeda/Mágina, por haber estudiado Historia del Arte (que le confiere, según Serna, un valor añadido a su yo observador), por haber hecho la mili, por haber sido académico con tan sólo 40 años. Por etc.

Porque la historia, ha concluido Serna en sintonía con la concepción autobiográfica-historiográfica de Muñoz Molina, no está marcada por el destino, ni mucho menos por la fatalidad. Es el resultado de unas elecciones (misteriosas elecciones, diría yo) en las que la empatía y la piedad, esa piedad que despliega el novelista para la minuciosa recreación del dolor, son herramientas fundamentales para entender el mundo. O al menos, intentarlo.

20.10.09

De la medida de las cosas

Este martes he estado en una conferancia en la Fundación March, sobre Pla y su influencia en Cataluña. Toma ya. Como para decirle a algún amigo que te acompañe. Enric Sòria de ponente, uno de esos catalanes que se les ve como un escalón por encima de la castellanidad rampante, a veces más cercana a un torrezno que a un, yo que sé, cuadro de Juan Gris.

He ido por trabajo y placer, que es un placer doble cuando ves que tu trabajo te proporciona placer. Un placer cuadrado pues, que es mejor disfrutar solo. Nada más incómodo que ver una peli coñazo que a uno le entretiene con un acompañante que no para de revolverse en la silla y suspirar.

No obstante, por mucho que me guste lo de las andazas culturetiles periodísticas, nada en exceso es bueno. Y albergaba mis temores con que la cosa se alargara más de la cuenta, como es habitual en estos saraos, con las insufribles preguntas del asistente-ponente, que en la propia cuestión suelta su propia conferencia, haciendo bueno aquel famoso dicho añejo de "A las 7 de la tarde, en Madrid, o das una conferencia o te la dan".

Cueranta y cinco minutos. 45. Ni más ni menos. Eso es lo que ha durado la conferencia y ha terminado de un modo conciso, certero, limpio, ¡zas! Muchas gracias: y hasta otra. Y todos nos hemos ido a casa tan contentos. Porque hay cosas que se alargan sine die, y ya está bien. Recuerdo un dicho del profesor David Isaacs, avezado conferenciante, que usaba al principio de sus intervenciones: "Para que una conferencia sea inmortal, no es preciso que sea eterna".

Las conferencias, las cañas sociales, las bodas, el peaje post-amor que solicitan ciertas mujeres, ciertos finales de las canciones (a So far away, de Dire Straits, le sobra, exactamente, un minuto entero) se disfrutarían más con una medida más severa de los tiempos. Con los posts lo mismo, así que acabo ya.

19.10.09

Atraco a pecho descubierto

Ya van en un año dos 'atracos' en Madrid por un saldo de casi cincuenta euros. No me puedo quejar, tampoco es mucho y de ellos he podido sacar dos posts, que es lo mismo que decir que han tenido su aquel de historieta, de aventurilla, de batallita madrileña. El primero lo titulé Atraco a mano tendida, cuya secuela viví la madrugada del domingo. ¿Me joden los 30 euros? Pues sí, pero recordando las imágenes en la mente me entra la risa floja y lo cierto es que no me escuece tanto.

Era casi el alba cuando me sumergí en unos andurriales completamente lumpenianos, por la calle del Pez y sus ramificaciones, en busca de un plato de tallarines o arroz a tres euros con los que saciar mi hambruna post-guateque de cumpleaños. No vi ningún chino esquinado, sino dos mujeronas que se aproximaban hacia mí mientras me decía a mí mismo: "Vaya par de travelones que se me vienen encima".

Sin tiempo para decir esta boca es mía, me los encontré poco menos que en los morros. En éstas, una de ellas, ellosellas, se abre el escotazo y me muestra dos pechos como pomelos. "¿Te gustan, eh, guapo?". Iba a soltar una respuesta más o menos cortés cuando descubrí una ausencia en mi bolsillo izquierdo, que es donde guardo la cartera desde hace como quince años. Me vi rápido de reflejos, porque acto seguido les denuncié el robo con un firme: "¡Eh! ¡Mi cartera!". Como de una nube que arrojara carteras en vez de lluvia, cayó, sonora, la mía cartera al suelo. "Cabronas", creo que les dije, y se hicieron las longuis no sin antes dedicarme un pico en el boquino con el que pretendían pasar por inocentes.

Abrumado por la escenita, decidí que pasaba de tallarines y que mejor irse ya a dormir la mona de una vez, cuando se me ocurrió que a lo peor me habían sisado los dineros. En efecto, billetes ninguno. Las tarjetas, gracias a dios, seguían intactas. La ira me habría invadido hasta límites ingentes de haberme dejado mangar la cartera (tarjetas, DNI, carné de conducir, etc) por las mangutas del pecho caliente, pero sólo era dinero, y el dinero, por suerte, se puede comprar.

Las vi, minutos después, que se largaban en un coche, con unos tipos extraños. Daban por concluida la noche. Yo también, algo más pobre, pero con ese optimismo casi enfermizo de pensar que podía haber sido peor y que tuvo su gracejo la estampa.

15.10.09

Un poeta entre porras

En esta etapa reciente (y provisional) de empleado de ocho a tres, he desarrollado un cierto gusto por la rutina. Decían que Kant, en la extinta Königsberg, salía a pasear siempre a tal hora por los mismos tales sitios durantes tales exactos minutos. Los habitantes de esa ciudad alemana apenas usaban reloj: se valían del puntualísimo Kant para saber que eran las cinco de la tarde, pongamos.

A media mañana, a una hora no tan definida, bajo a un bar cercano al trabajo por un café descafeinado con leche en vaso y tres porras tres. Fui tradicionalmente antiporra, producto cauchesco, aceitoso, tosco, castizoide en el peor sentido del término... Pero por alguna extraña razón, ahora ingiero cada día mi ración triple con avidez propia de Roberto Canessa y Nando Parrado en el chamizo de Sergio Catalán.

En esos hábitos kantianos míos, pronto me fidelicé con un bar, el Anjupe, calle Gaztambide nosecuánto. Me ganó el camarero, un sudaméricano de esos que rebosan dignidad; el segundo día que bajé me disparó nada más entrar: descafeinado con leche en vaso, ¿verdad? Sí, claro que sí, oh, sí, le dije. Dos euros, porramen incluido.

Encontré en ese barucho cualquiera un algo que no hay en el resto de los bares. Me fijé en el sorprendente cuadro dedicado, en aquel barillo tan madrileño, ¡a un poeta polaco que por lo visto era habitual del local! Excitado en menor grado por la cafeína del descafeinado, entré en un bucle fantasioso en el cual la Guerra civil española nunca había existido, e íbamos ya por el enésimo presidente de la Segunda República. España era España y no Estado español, Cataluña vivía en paz, vascos y gallegos también, y se disfrutaba de un federalismo cohesionado tipo alemán. En fútbol no nos comíamos una mierda, pero España era potencia mundial en Arte, Literatura, Industria, Import-Export y Flamenco. Y Cine. Obama soñaba con hacerse una foto con nuestro presidente, y parecía que el tipo, tenaz, lo iba a conseguir. En los bares, había alguno que pedía porras como exótico y nostálgico gesto para llamar la atención.

Al final volví a la realidad, y decidí sacar una foto al poeta inmortalizado, Josef Lobodowski, que ni siquiera sale en Wikipedia, pero al que el bar Anjupe, ejemplarmente, dedicó un rinconcito entre sus paredes, como si viviéramos en otro país, mejor.

13.10.09

Beyond the sea


Al decir ciertas cosas en inglés, se obliga al receptor a un ejercicio semántico. En esa automática traducción, se realiza el acto de re-ver algo, y el mensaje cobra un nuevo significado. Por eso el auge de los anglicismos: ofrecen un plus de significado al manido sonido castellano. Beyond significa más allá, pero tiene un matiz nuevo, o al menos tiene el matiz que obliga a fijarse por dos veces en la construcción más allá del már. O lo que toda la vida ha sido allende los mares.

Tras esta introducción completamente inútil, quería hablar de lo que hay más allá del mar, claro. Me he dado cuenta de que llevo desde hace casi dos meses la misma foto en el móvil, que no es sino la foto de un mar. Me extrañó esa permanencia de la foto, dado que suelo cambiar con frecuencia de fondo de pantalla. Es un mar de plomo, cegador, gaditano. Es un mar como otro cualquiera, pero no tanto, señores. Es un mar que apunta nada más y nada menos que al Nuevo Mundo y eso le confiere un prestigio evocador que pocos mares, o balcones al mar, tienen. Por eso lo mantengo en mi móvil, hay algo de esperanza/espíritu-de-superación/descubrimiento-de-algo-que-nos-superará-y-traerá-dicha-y-que-aún-no-sabemos-qué-es en esa foto.

Otro día, desde la playa de los alemanes, en Zahara de los Atunes, vi Tánger, África, y esa visión me gustó pero no tanto. África como la parte enferma del mundo. Me inquietó la visión del Caribe/Miami desde el Malecón de La Habana, otro mundo promisorio para los habaneros como en su día lo fue el puerto de Cádiz o el de Palos de la Frontera para los navegantes de la época. Nada que ver con la vieja conocida perspectiva que nos ofrece el Mediterráneo, o al vasto panorama más bien frío que nace de la cornisa cantábrica.
Mares, qué lugares.


*A Jorge Garret, por la estupenda ronda que nos dio por el Cádiz nocturno


Ciudadela con agua (Cádiz)

11.10.09

Pequeñas molestias del trato humano



Hoy me he acordado de aquel libro de Juan Crisóstomo de Olóriz (1711-1783), intitulado Molestias del trato humano, que algún día leeré. Reflexiona De Olóriz, en el siglo de las pelucas, sobre el placer de estar solo y el riesgo de esta actividad en un tiempo de sacralización de lo social.

No hablaré yo de molestias, pero sí de pequeñas molestias del trato humano. Pequeñas molestias que pican con gusto, porque antes de abordar este post aclararé que nada mejor que estar con gente, como decía el indio de Dr. en Alaska, "nada mejor que estar con gente". Con amigos, o familia, a poder ser. De acuerdo. Pero el problema de estar con gente es que impide estar con uno mismo, y sólo estando uno con uno mismo es uno mismo, y a veces nos apetece estar con unos mismos pero no se puede estar todo el rato con uno mismo y tal. Aunque uno quisiera. Bien, aparte de eso, de nuestra animalidad social se derivan dos pequeñas molestias que paso a glosar, a riesgo de quedar como un maniático y un gilipollas, advierto de antemano.

1ª pequeña molestia: la sacralización del alcohol
A principios del siglo XXI, hacer vida social y no beber es considerado un exotismo que no se puede permitir. Como el grueso de la masa social es bebedor, no tolera que alguien no practique, ni siquiera muy puntualmente, el noble arte de empinar el codo, ya sea de noche, de aperitivo, de comida o de mojitos dominicales por La Latina o Lavapiés. El individuo que por alguna (extraña y estrambótica) razón decide no beber, es sometido a toda clase de juicios, miramientos, presiones, lobbys gays, maledidencias, males de ojos, conjeturas, dimesydiretes, imcomprensiones y conatos de marginalización o abandono del grupo. Al sujeto abstemio, sin duda un provocador, no le queda más remedio que explicar las razones de su atrevida y asocial conducta. "Coño, que estoy con antibióticos". Si puede mostrar la prueba de la excusa, mejor que mejor. No obstante, cada vez que pida una consumición no alcohólica, y pese haber demostrado su imposibilidad de mezclar espirituosos con la medicación, será sometido a miradas poco menos que de desprecio por parte del resto del grupo.

2ª pequeña molestia: la cohesión grupal
La vida social, ese estar con gente, es la sal de la vida. Pero, ¿por qué dilatar ese estar con gente más que el horario de un Seven Eleven? Es decir, ¿no sería maravilloso verse un rato, no sé, un par de horas, tres, incluso, y luego cada cual a su casa y Dios en la de todos? Esta circunstancia se sobrelleva perfectamente con la ingesta alcohólica. En caso contrario, en la excepción abstémica, el individuo sobrio puede experimentar un cierto deseo de irse a su puta casa en un momento dado, pero encontrará un muro imposible de franquear que es del decir, "oye, que me voy". Cualquier comentario en esa dirección, la del abandono del grupo, será repelido con todas las fuerzas del mismo, hasta conseguir minimizar las intenciones libertarias del individuo. "¿Cómo que te vas? "¿Ahora? "¿A dónde?" "¿Qué tienes que hacer?". Al sujeto sobrio, ante la falta de ninguna excusa de peso, le quedarán dos opciones: o tragarse sus intenciones y pasar el resto del día tomando cocacolas, o realizar un Houdini en toda regla, que viene siendo hacer una despedida a la francesa, mutis por el foro o largarse cuando nadie te ve. Técnica ésta eficaz, pero que deja un considerable regusto amargo en quien la práctica.

Dos molestias, dos, pequeñas, sí, quizá exclusivas del ser ibérico, y ante las que el PPC ha elaborado un boceto con soluciones:

-Ante la primera: no decir nada si uno pide lo que le sale de los güevos.
-Ante la segunda: despedirse con cariño y con un hasta pronto y que lo pases bien y sin preguntar mucho.

8.10.09

Verdades tolstoianas

Llevo casi siete años leyendo el primer tomo de los diarios de Tolstói (Diarios 1847-1894) que me regaló mi hermano en los Reyes de 2003 (niños, no leáis esto). Desde entonces, he dosificado su lectura como el niño que lame una piruleta gigante. Su fotografía de viejo barbudo y decimonónico me ha acompañado en mis diversas residencias desde entonces. Siempre ha estado cerca de mí, cerca de mi cama, de alguna manera ha velado por mí mientras dormía, mientras los demoños y las oscuridades amenazaban. Aún no lo he terminado, pero quizá es porque no quiero.

Quizá ese sea el poder de la literatura, ya lo he dicho alguna vez, esa capacidad de trascender, de sobrevivir, y de proveer un cierto amparo a los que te suceden. No es poca cosa.

En sus diarios, Tolstói no hace grandes ejercicios estilísticos. Son diarios contra el olvido, diarios desahogo, diarios para aclarar conceptos. A veces, anota un simple "me levante tarde", otras da cuenta de la esclavitud de las pasiones ("soy un lascivo"), otras ofrece apuntes literarios ("...la lectura de Schopenhauer sobre el arte. ¡Qué frivolidad y cuántas paparruchas!"). En otras, y de esas tengo unas cuantas subrayadas, Lev Tolstói se pone profundo y proclama grandes verdades al viento.

Ayer, subrayé una, en grande, en círculos, con exclamaciones, y me dormí con la placentera sensación de que alguien había dado forma, hace 120 años, a lo que entiendo que debería ser el ideal de una sociedad y su tendencia:

La organización más ventajosa de todas se obtendrá cuando el objetivo de cada uno no esa el provecho, el bienestar material; y eso se conseguirá sólo cuando el objetivo de cada uno sea el bien independientemente del bien material, cuando cada uno diga desde el fondo de su corazón: bienaventurados los pobres, bienaventurados los que son perseguidos. Sólo entonces, cuando las personas no busquen la felicidad terrenal porque estarán en la búsqueda de la felicidad espiritual (...), sólo entonces se alcanzará la felicidad suprema.

7.10.09

La conquista del Polo Sur, 1911

Hallada la única imagen de la primera expedición al Polo Sur. Sucedió en 1911, cuando Pío Baroja publicaba El árbol de la ciencia y mi abuelo León cumplía un año. La foto es de cuadro. Fuente y foto: El País.

5.10.09

Un sueño

Soy el primero que pongo pies en polvorosa cuando alguien trata de contarme un sueño. Los contadores de sueños, además, creen que son los únicos a los que les pasan cosas surrealistas en los sueños. Un sueño realista no sería un sueño, sería un pensamiento. Me revolví en mi butaca de placer cuando René Descartes (encarnado en Josep María Flotats) dijo algo parecido: "Nada tan aburrido como escuchar sueños ajenos". Por aquello de desdecirme un poco, hoy voy a contaros el sueño que he tenido. Lo pondré en cursiva, para contribuir al onirismo:

Me encontraba en un parque, sentado en un banco de piedra que de pronto se convertía en una mesa negra de Ikea con capacidad para freír pescado. Tenía hambre, así que ponía a freir un gran fletán blanco que se desbordaba como el huevo frito de Dalí en aquel cuadro famoso del huevo frito. No tenía aceite y el pescado se estaba medio pegando en aquella extraña superficie, así que decidí ir a casa, a mi cercana casa, en busca de aceite.

En el camino, pienso que me gusta mi casa, la zona en la que vivo, y veo que debo de vivir en las inmediaciones del parque de la Media Luna de Pamplona. Doy un giro de 360º para admirar toda esa belleza provinciana, que me pertenece, con un sol cobrizo que puede ser de primavera o de otoño. Qué suerte tengo.

Llego a la cocina, que está en un bajo, como un taller mecánico. Todo es nuevo para mí. Al entrar, un tío calvo me sigue, suspicaz, con la mirada. "Otro que no sabe dónde están las cosas", dice al verme abrir todos los cajones en busca del aceite que no encuentro. Abro un grifo para llenar un vaso de agua y sólo sale un agua del color del té de la que no me fío.
Salgo a la calle otra vez y aparezco en mi piso, un piso muy grande que comparto un viejo conocido de tiempos de la universidad. No está. Siento que es más su casa que la mía.

Estoy agobiado, porque intuyo que el pescado blanco, esté donde esté, andará más bien chamuscado. Entro en la cocina verdadera, donde hay una placa de vitrocerámica al rojo vivo y una sombra/mancha del tamaño del pescado escamoteado. Decido bajar a la calle, al banco de antes, no sin antes sorprenderme de lo grande que es esa casa, en la que debo de vivir, en esa ciudad, en la que debo de vivir. ¿En qué trabajo? ¿Dónde? ¿En Madrid o en Pamplona? Los fines de semana en Madrid, el resto en Pamplona. ¿O era al revés? ¿Estoy en un sueño?

Me meto en el ascensor, y el ascensor tiene la superficie de un piano de cola. Hay sillas como de los años setenta para sentarse. Noto que puedo estar en un sueño o en una broma pesada, una broma tipo The Game. No me gusta del todo. Llego abajo y estoy en una gran recepción de un hotel atemporal, como de los años setenta, como de un franquismo que va de moderno. Moqueta verde estilo inglés. En recepción, veo a Fernando Sánchez Dragó, pero en su versión de Muchachada Nui. Le habla al recepcionista de unas pastillas milagrosas.

El techo es muy alto y busco la salida, la calle. Me cruzo con unas señoronas que hablan de espectáculos, lo hacen en francés, pero en un francés malo. El suelo es endemoniado, hay como unas grecas de madera sobre las que debería haber un cristal para andar con fluidez, pero no lo hay. Hay que colocar el pie entre los huecos que forman las grecas y voy lento, me desespero. Poco a poco, se disipan las imágenes y le cojo al sueño de las solapas, me despierto.

3.10.09

Fisgoneando bibliotecas ajenas

Mi amigo Pellísimo, de vacaciones en Albania, me dejó las llaves de su casa en la pza. Easo de San Sebastián. Arrancaba el Festival de San Sebastián y apetecía ir, ese canto del cisne del verano con promesas de aventuras y vida y películas que es un poco el Festival de San Sebastián.

Mientras hacía tiempo para conseguir las llaves del piso, me di una vuelta por el centro. Pasé cerca de donde un día estuvo el Tánger Bar y vi que había una tienda de deportes en su lugar. No sentí gran aflicción, porque ese bar nunca significó nada para mí más allí de un título literario evocador. Me tomé después, en el Bulevar, un vino blanco en compañía de Enrique Vila-Matas en formato libro (Extraña forma de vida). Algún cliente observador me habría tomado por un guionista o alguien del mundo de la tarántula, por mi aspecto entre solitario e intenso.

Me llamaron para darme las llaves y disfruté de un extraño tiempo en la soledad de la casa ajena, antes de mi cita con Agus. Había silencio y calma melancólica, de esa calma melancólica del cantábrico. Me puse a fisgonear en la biblioteca, con muchos libros, propiedad de la familia, de los que se nota han sido elegidos con tino. Coño, mis ojos dieron con un ejemplar de Tánger Bar, de Miguel Sánchez-Ostiz. Nunca leí ese libro, así que lo cogí y lo empecé. Hablaba de un tipo que vuelve a la ciudad en la que un día fue feliz, envuelto en la bruma de los recuerdos de un bar en que el fue feliz, el Tánger Bar, y que ya no existía o había cambiado. Era una ciudad del norte, y el personaje se va a cenar, solo, y creo que pide también vino blanco. Aquella metacausalidad metaliteria hiperpersonal me dejó un buen rato arrobado.

Me levanté al rato y cotilleé más en los libros. Vi un ejemplar de Los detectives salvajes, de Bolaño, con un marcapáginas. Lo abrí y comprobé que el lector había abandonado justo donde yo abandoné en su día, a partir de la página 140, cuando el libro da un esperado giro y el lector se sumerge en un extraño relato-río de polifonías varias que no sabe muy bien a dónde le llevan ni por qué le tienen que llevar a ningún sitio.

Vi también un ejemplar de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, creo que García Márquez, Auster, Mendoza, Allan Poe y cosas así. Lo cierto es que he olvidado los títulos que traté de recordar. Sentí, de pronto, que me gustaría habitar en esa biblioteca, como habitan los autores con sus libros en casas que no son suyas, para delectación del fisgón de bibliotecas. Le mandaré a Pello mis postales, pensé, como agradecimiento por la invisible hospitalidad, y porque me parecía muy honorable acomodarme en esa biblioteca. Biblioteca hecha de libros, por supuesto, y no de píxeles de los cojones.

Sobre 'El lamento del perezoso', de Sam Savage

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Lea aquí la crítica de la segunda novela de Sam Savage, para Ojos de Papel.

1.10.09

Agitadoras de alfombras

El otro día, a través de la ventana del despacho de mi jefa, me llamó la atención una señora que agitaba una alfombra amarillenta, color huevo podrido, dejando caer una polvareda de uñas y pelos al vacío del patio. ¿Quién barre toda la mierda que acumula esos lugares tan no-lugares como los patios de vecinos? ¿Quién elimina las migas que escondemos bajo esas mismas alfombras, los mocos pegados debajo de las butacas, los restos de excrecencia que se quedan pegorruteados en las escobillas de medio mundo? No lo sé.

Pero me llamó la atención aquella señorona, desde mi perspectiva de tipo encerrado en un edificio de oficinas, en calidad de empleado, es decir, privado de la libertad para estirar la hora del café hasta la de comer. Automáticamente, la mañana era nublada, sentí envidia por la libertad de esa ama de casa que manifestaba su entera libertad agitando su pesada alfombra al viento y ofreciendo, con desprecio y soberbia, toda su costra doméstica al universo.

Mi mente puso la opción flash-back y me acordé de todas esas amas de casa que se llamarían Mirentxu o Asun, Goñi o Navascues de apellido, quizá tambien Suescun o Mugueta, de todas aquellas señoras, digo, que veía con envidia desde mi pupitre de colegio/zulo. Aquellas señoras estaban fuera, y no tenían que aguantar el coñazo de ninguna profesora, ningún discurso lleno de poquedad y exceso cosas como dios manda. Aquellas señoras no eran guapas ni feas, tenían varices y hacía años que no hacían el amor con su marido gordinflón de nombre Fermín, Patxi, Satur o simplemente Javier. Quizá los próximos Sanfermines.

Aquellas señoras llevaban una vida de barrio feo como la calle Azpilicueta de Pamplona o el barrio Delicias de Madrid (imposible mayor petulencia que esa madrileña de bautizar Delicias a un barrio como Delicias), de visitas a la madre y charlas vagas con el carnicero, vida de día nublado y poco más. Pero eran libres, agitaban sus alfombras con polvillos de la torta de txantxigorri y daban envidia al niño encerrado en ese colegio de tintes penitenciarios. El niño crecería y, las llevaría, sin darse cuenta, alojadas en cierta parte del cerebro como peculiar símbolo de libertad.
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