28.2.09

R

Pasear por la Gran Vía cansa a cualquiera: todo esa hiperexposición de estímulos, de gentes, de niños, de silletas, de museos del jamón, los auténticos y la réplica, etc. Hay que salir cómo sea, hay que escapar. El edificio de torre Madrid, la Torre Madrid, donde Buñuel escribió Viridiana, ese en que un escritor amigo vio lanzarse en tromba a un suicida, hasta morir, ese primer rascacielos que vi en mi vida, desde Bailén, en un coche, aparecía hoy casi vacío. Una sola luz blanca entre toda la mole vertical. No entiendo esos rascacielos sin gente, bueno sí, la mayoría son oficinas. Pero también hay residencias estudiantiles; ¿no estudian los estudiantes? Lo dudo, un sábado-suar.

He subido Princesa y me he acordado de los días de periodista en fin de semana, en que me sentía como periquito enjaulado. Curiosa paradoja la del que se mete a periodista para vivir la vida, ver la vida, tener vivencias, y acaba enclaustrado de 11 a 23h entre cuatro paredes redaccionales, diez días por semana. Salir un sábado noche de esa redacción y enfilar Gran Vía era todo un impacto para el ojo tembloroso por exceso de pantallas.

Aún paladeo esa sensación de libertad que intuyo provisional pero que ahí está. Nada mejor que ese blanco y negro vital para apreciar la vida. Ahora preso, ahora libre. Porque en la prisión se está agusto también, sin esa angustia del vértigo de la libertad, que a mí me angustia poco, diré.

He enfilado una calle prácticamente desconocida (odio eso de prácticamente, tan de periodista deportivo, pero hay que reconocer que es eficaz), Santa Cruz de Marcenado. He visto una cafetería en la que estuve un día, hace unos seis años. Madrid tiene esas cosas, de pronto uno se rencuentra a sí mismo en lugares tan arrealistas como ése. Hay algo de vivir sin dejar huella en Madrid. Qué calle tan curiosa, oscura, amplia, casi Suiza. Escuela de Guerra del Ejército. Toma ya. Escuela de Guerra. He metido las napias por la solemne valla con el deseo de que alguien, algún segurata celoso, me llamara la atención, pero nada. A hacer la guerra también se aprende, claro, pero pensaba que ese tipo de denominaciones tan directas habían sido abolidas. Como aquello de Ministerio de la Guerra, que ahora se conoce como Ministerio de Defensa y tal.

He leído antes que Franco impuso la denominación de Avenida del Ejército en aquellas calles en que sus siniestras tropas entraron triunfales. Las leyes de la memoria histórica no han ido a por esa presa, quizá por la asepsia del término, ejército, ¿qué ejército?, pero da que pensar. Me pregunto si Franco y su gentuza entraron en Pamplona por la gran Avenida del Ejército. Aunque no veo mejor denominación que esa para la arteria pamplonil, teniendo en cuenta que están instaladas las dependencias del Ejército y hay una residencia castrense muy cerca. Recuerdo, de pequeño, que a la entrada de la Ciudadela de Pamplona, en una especie de garita, había uno o dos militronchos con esos cascos redondos, de bola de cañón, que parecían esos soldaditos de plástico que vendían en esos sobres de a veinte pelas que vendían los carros. Perdón por el hiperlocalismo infantilesco.

De pronto, he salido a otro cuartel, el de Conde Duque. Cerca de ahí viví un verano, año 2000, me he visto. Y me he metido por calles extrañas, calles viejas como de los ochenta más sórdidos, esos ochenta de peli de Armendariz, de etarras maquinando, de industrias venidas a menos. Es esa zona de Madrid, detrás de la plaza de las Comendadoras, que V identificó hace poco como Bilbao. Y eso que nunca ha estado, añadió. Es un pequeño Bilbao, totalmente, con sus talleres entre abiertos y cerrados, luces mortecinas, párkings de otra época, con rayas blancas y rojas... Llevaba en mi mano una novela entre negra y de humor del vizcaíno Ramiro Pinilla, Sólo un muerto más, para coronar la estampa de serie B.

Ha sido un buen paseo.

27.2.09

Q

A veces, lo único reseñable del día ocurre en el ámbito virtual, que es como una realidad fantasmal. Real, pero fantasmal. Kafka decía que las cartas eran una "comunicación con fantasmas". Algo de eso es Internet, en que no sabemos si las relaciones que establecemos son reales o fantasmales. También hay mucho fantasma suelto por ahí, pero de eso ha habido siempre.

Le escribí a Vila-Matas y me contestó. En el mundo de Internet estas cosas pasan, todo es posible. Algunas veces me han dicho si admiro a gente, que a quién admiro, y me suelo quedar en blanco. Hace tiempo que abolí esa admiración friki por los santones culturales; aunque en su día me dio fuerte y protagonicé más de un sonrojante episodio del tipo discipulillo pánfilo que se acerca timoranto y sobaquisudoroso al maestro. Hay un momento en que el calcetín de la admiración da la vuelta completamente, y lo que era admiración se torna en cariño, afecto, alegría por que esa persona exista. Uno lee o escucha o sigue las cosas de la gente que aprecia y estima, que admira en un sentido humano. Se trata de una admiración más madura, digamos.
Así que yo daba por extinguida mi mitomanía, pero mentiría si no me ha excitado los alveólos de la friquedad literaria recibir, a una hora imprecisa de la tarde, el mail de Enrique Vila-Matas, su vuelta de correo.

Hacía tiempo que no sentía esa infantil sensación de empequeñecimiento ante el contacto con el maestro, sensación que experimenté a menudo con otro maestro, el de aquella Umbría que ya no existe. Uno pincha en esa materia virtual que quiere ser netamente humana, el mail, y espera encontrar algo más de dos líneas frías y distantes. Le queda esa esperanza. Y así ha sido. Una frase personalizada, completamente irónica, sobre cacaolats, rues Vaneaus y que si soy incorregible. Me he sentido por unos segundos fan histérica de uno de los dos conciertos que los Beatles dieron en el Shea Stadium, Nueva York, el 15 de agosto de 1965 y el 23 de agosto de 1966, escribo de memoria.

Esa intromisión, fantasmal y humana, real y virtual, en el escritorio del escritor admirado y leído cuando queríamos ser escritores, tiene su miga. Recuerdo haber escrito El náufrago cosmopolita, novela de incierto destino, huyendo de su influencia. Me negaba a leer el libro que me salía al paso en todas las casas del libro, El mal de montano, por miedo a varias cosas. Miedo a encontrar una versión mil veces mejorada del yo escribiente que empezaba a ser yo, y deprimirme ante la perspectiva de no tener nada que hacer ante semejante realidad literaria, a la que como mucho podría aspirar a hacer ridícula sombra. Miedo a contagiarme demasiado de un estilo que intuía parecido al que yo quería adoptar y que, por tanto, me anulara en mis primeros pasos narradores o narrativos. Miedo también a que me hubiera robado mi idea, la de la parodia de los diarios íntimos de los escritores famosos. Con el tiempo he comprobado que tan genialoide idea, insólita desde la genialidad cervantina, no ha sido copiada por nadie, lo que me hace replanterme ciertas cosas, ejem.
Al final leí el libro, y no se cumplió ninguno de mis negros augurios. Es más, me vi reforzado como autor de metaliteratura sin ningún tipo de vida propia literaturizable, como era mi caso en aquellos años. Luego cambió todo un poco.

Me vienen a menudo a la mente unas frases de una especie de prólogo que Vila-Matas hace en Exploradores del abismo, sobre la cordialidad y el placer de practicarla. A mí a veces me cuesta, creo que hay que estar puesto de algún tipo de concentrado de litio para darle cuerda, aunque intento no flaquear y, al menos, superar en cortesía la media madrileña, cosa muy fácil por otra parte. Reproduzco el extracto, colofón ideal a este entrañable encuentro que nos ha brindado Internet:

Porque mis constantes vitales de esta mañana son el sol que saluda los despertares, el descubrimiento del placer de ser cortés, la revelación algo tardía de que todo trato es excepcional, el despliegue de gentileza en el trato a las personas, (...), la creencia de que los gordos son los demás, la utilización de la ironía templada como rasgo de elegancia, de tímida felicidad, en definitiva.

26.2.09

P

Vamos con la pe, la pe de Bro. (Autocoña.) Ayer comí galletas maría con colacao y estuve reflexionando y experimentado muchas cosas, hacia las 3am, en torno a las 103.000 y pico palabras. Palabras escritas, que no Palabras habladas, acto culturetil que se celebra esta noche en el PicNic, todo muy cool, Coolio, muy gafipasta, y al que a lo mejor Vamos.

No recordaba que había tantas técnicas implícitas en el acto de la ingesta de la galleta maría, que también es esa famosa y coñazo magdalena proustiana que cita todo el que no ha leído a Proust. Bro y yo nos hemos propuesto leer En busca del tiempo perdido de aquí a diez años; por Navidad me regaló las dos primeras entregas, Por el camino de Swann y A la sombra de las muchachas en flor. Creo que me interesa más la segunda entrega. Mi magdalena particular, y en esto coincido con Vila-Matas, ahí es nada, era el Cacaolat. Lo bebo hoy, lejos de los veraneos catalanes, y es un torrente de evocaciones infantiles.

También estas galletas, como los Rice Krispies de Kellog's, tienen su cosa evocadora. No recordaba cómo uno tiene que estar atento y concentrado para que no se ablande demasiado cuando se sumerge la galleta, previamente cubierta de Nocilla, en el colacao tibiorro. Es fracción de segundos, un tempo difícil de calcular y que requiere una destreza que ni de adultos. Poco tiempo, se mantiene dura y, demasiado, cae a las profundidades lechosas y se nos queda cara de tontos. Es un golpe violento, creémos que la podemos llevar a la boca y ¡plas!, se viene abajo jodiéndonos la marrana. Entonces toca operación rescate con la cucharilla y dan ganas de hacerle el bocaboca a la molicie galletosa, que presenta un aire desfallecido, descompuesto, casi indigno. Parece como si quisiera respirar por esos oyuelitos que presentan las marías, pobre.

Otra técnica que mi memoria institiva aún conservaba fresca es la de la división en trocitos de la galleta, y posterior repesca cucharilla en mano. Era otra opción, quizá más segurola, más funcionarial, que se podía emplear sin Nocilla de por medio. Recuerdo también haber descubierto, en el otoño ya de mi infancia, una técnica revolucionaria de extender la Nocilla entre las dos galletas. Bastaba poner una dosis en el centro y aplastujar las dos, que se distribuía a la perfección. "¿No lo sabías?", me dijo mi hermano mayor. "¿Cómo no lo habría descubierto antes, después de cientos y cientos de galletas ennocilladas", me lamenté.

Recuerdo también el mejunje pastoso que se formaba en el fondo, con la leche ya casi fría, y que nunca me dio por beber. El calentador de tazas que me regaló Molusco vendría muy bien en este caso.

Fue ayer una noche de recuerdos gastronómicos, en forma de galleta, que dan mucho de sí. Antes me crucé unos cuantos mails con X, y hablamos de Vila-Matas. Me dijo que le había escrito para unos asuntos y me contó que era "un tío majo". Me dijo también que ver en tu Inbox un mail firmado por Vila-Matas es toda una experiencia y que los correos que se han cruzado tampoco tienen desperdicio. Le pido, porfi, jurando discreción y respeto, que si me puede pasar el correo del escritor. Hace tiempo que quiero hacerle llegar mi post tríptico sobre la rue Vaneau, incluso en las postales del náufrago digital. Me da el mail y me anima a escribirle. Lo hago como lector/escritor, y no como periodista, y eso siempre da cierto palo. ¿Qué hago yo metiéndome en su correo? Porque entrar en el mail es como entrar en su casa, en cierta manera. El correo es algo personal. El suyo es de Terra, por ejemplo. Y eso dice muchas cosas. Hay ciertos correos que son como de carrocillas, de tipos de mediana edad que fueron captados rápidamente por Terra, Telefónica o Inicia, pobres éstos últimos. Siguieron fieles a ellos, en los tiempos en que Internet se reducía a cuatro portales que todos conocíamos de memoria. Inicia, Terra, Yahoo, no había ni Google. No había Google, señores. Hubo un mundo sin Google. Navegábamos en Internet de maneras extrañas, en buscadores como Altavista y a través de los directorios de Yahoo. Flipante.

Le escribiré a Vila-Matas, el del Cacaolat, a riesgo de que me mande a tomar por el culo, que viene a ser una clamorosa no-respuesta, un silencio administrativo lacerante y ensañado. Ya os contaré qué tal. Me espera V.

25.2.09

O

Ayer puse O en vez de Ñ, debe de ser que tengo que repasar más el ABCdario, pero parece que nadie se dio cuenta. Me recordó a una vez, en un diario digital en el que trabajé, en que hicimos/hice una noticia de portada, con fotazo, sobre una inyección económica que el Gobierno habia aprobado como medida contra la crisis. Así titulé:

El Gobierno inyectará 10.000 euros para paliar la crisis
Claro, eran 10.000 millones de euros, porque con millón y medio de pelas poca crisis se puede paliar. Nos costó cosa de varios minutos descubrir el salchucho, a un compañero y a mí, y para cuando corregimos el asunto tuvieron que pasar otros largo cuatro o cinco minutos para que el titular fuera decente. Nos sobrevino un ataque de risa ante lo lamentable de esa información, diez mil euros, y el subdirector nos veía reír sin entender muy bien. Al final, el cacharro se actualizó y nadie pareció advertir la cagada, también di que era un domingazo por la tarde y el personal no estaba para muchos digitales.

A veces parece como si hubiera un gran despiste general. Con ciertas informaciones pasa, cuando se sueltan conceptos que no usamos a menudo. A mí siempre se me escapa el de prevaricación, sé qué viene a querer decir, pero su sentido último lo pierdo. No es otra cosa que ésto:

f. Der. Delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez o un funcionario.

Tampoco sé qué significa aforado, Tras la querella del PP, Garzón amenaza con imputar a aforados. Esto dice el diccionario: 1. adj. Dicho de una persona: Que goza de fuero. U. t. c. s.

Supongo que se refiere, pues, a esos senadores y diputados por los que sobrevuela la sombra de Garzón, y que gozan de cierta inmunidad por ser aforados. Es habitual en los medios incluir términos no del todo asumidos por la sociedad e ir soltándonos y dispersándolos por las informaciones al lema de "que lo explique otro". Suelen aparecer, de vez en cuando, este tipo de términos, y yo no puedo evitar no sentirme ofendido por mi ignorancia: retén, catenaria, recusar, diligencias, etc. Ya las he aprendido, pero bueno. El periodista, si quiere realmente informar, creo que no está de más que aclara ciertos términos no habituales de la taberna de Luisma.

Me noto poco suelto hoy para nauGrafear, no tanto para lo otro, la población de Barakaldo en palabras. Quizá hay días en que uno se levanta más ficción que no ficción. He pasado por el quiosco de libros de Santa Bárbara y dividían los libros en ficción y no ficción. Apenas he retenido ningún título, los he contemplando vagamente, como se contemplan los zapatos de la zapatería a la que entras para que tu novia se compre zapatos. Había uno de Aznar, con bigote tupido, La España en que yo creo. También otro de Javier Tomeo, Napoleón VII, al que siempre comparo o confundo con Justo Navarro. Me parecen los mismos. De cada uno de ellos he leído un título: F. de Navarro, y La noche del lobo de Tomeo. Libros discretos, que la humanidad no echará en falta. Me gustó leerlos, no obstante. El de Tomeo me lo compré en un Vip's, cuando en los Vip's aún había libros decentes, proceso éste que ha ido en declive hace tres o cuatro años.

Recuerdo contemplar con orgullo, en su día, los libros del Vip's. Ahí estaban los mejores títulos de Anagrama, Seix-Barral, Tusquets, Planeta (y sus filiales Destino y demás), Espasa, Alfaguara, Siruela... Grandes editoriales, gigantonas, sí, pero que ofrecían títulos y autores cojonudos. Ahora todo son templarios, griales, secretos de sábanas santas, quién se comió mi salario, lograr ser infeliz es fácil si sabes cómo, técnicas para volver a fumar, recetario de la señorita Pepis, cómo realizar tu propia peli porno casera, y así. Autores como Menéndez Salmón, Martínez de Pisón, Isaac Rosa, Muñoz Molina, Javier Marías siguen ahí, aún se les ve, pero parecen testigos de una época condenada a extinguirse.

Todo llegará y éste canto jeremiíco mío será una realidad, intuyo. De momento, es para sentirse feliz porque aún pervivan esas editoriales de fuste, y que hasta surjan otras menores, periféricas, que se cuelan con elegancia en las librerías. En Francia e Inglaterra ya ha pasado. Uno deambula por las librerías de los aeropuertos o de los equivalentes Vip's y sólo encuentra grosuras, novelas negras, históricas, terroríficas, biografías políticas, historias de autosuperación personal medio inventadas, guías para amasar fortuna sin que se entere tu vecino y así. Y en unas ediciones tristísimas, con reclamos de coloringos, que dan pena verlas. En Francia ahí sigue Gallimard, con esas pastas, creo que se dice así, color mantecado, decimonónicas pero modernamente sobrias, casi eternas.

Es fácil ser nostálgico y salir con aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor, también es relativamente cómodo ponerse en plan agorero y cenizo, como leí el otro día a Javier Ortiz, en Público, sobre Obama y que al final no hará nada que nos sorprenda, y que Guantánamo sigue allí y las tropas en Irak, Afganistán, etc. Lo complicado es ser consciente de una realidad actual y señalar su bonanza. A mí se me pasó ya la oportunidad, porque ésta edad de oro editorial me temo que ya inició su lento camino de degradación.

24.2.09

Ñ

A punto de franquear la barrera más que psicológica de las cienmil palabras, hago cualquier otra cosa antes que ponerme a ello, a por esas últimas diezmil necesarias para culminar esta etapa de varios meses ya. Nada más poético, pienso, que escribir así sin red, sin ningún contrato firmado, sin nadie detrás, en plan suicida, salto al vacío, y ya es la tercera vez. Tan poético como lamentable, claro.

Las razones de ese leve rechazo no las acabo de ver, pero creo que se trata simplemente una cuestión de pereza. Quizá de mente cansada, necesito unas progresivas mentales, puede ser. La acción es buena terapia en estos casos, la acción es terapéutica, llamadas de teléfono, faxes, gestiones, horarios, ve y vuelve, coge el coche, monta, baja, etc. Siempre queremos lo que no tenemos, oh, compleja existencia ésta. No obstante, desormais, entre exceso de quietud o exceso de acción, me quedo con el estatismo. Siempre puede uno escribir, que es como la acción del quieto.

Así, antes volver a enfrentarme con mi saco de palabras, hago cosas como instalar el USB Cup Warmer, regalo navideño que me envió Molusco desde Canadá y que llegó sano y salvo. Es un calientatazas que se enchufa al ordenador y que, entiendo, se aprovecha de esa energía turbia que hay por los bajos de la maquina, cosa que no sé si me agrada. El té es un líquido de extremos: o está muy caliente, y por tanto, imbebible, o pronto enfila la recta del enfriamiento global hasta convertirse en un bebedizo deprimente. Espero, Molusco, a que llegue esa fase para postrar la taza encima de tu rutilante cachivache.

Hago cosas como pasarme por el mercado de los Mostenses y comprar un filete de hígado de ternera. Ayer vi Léolo, y no sabía de las propiedades de tipo onanista que poseen este tipo de vísceras. Una incisión en el tronchaco de carne y el resto os lo imagináis. El caso es que el cuadro no era tosco ni grosero, con el niño oradando esa masa visceral con esa gama de tonos tan curiosa que presentan esos productos: entre morado, rojo, azul y marrón. No hay manuales en el autodescubrimiento de la sexualidad y cada uno se encuentra con ella de la manera más variopinta, haced memoria.

El mercado de los Mostenses es uno de esos lugares completamente españoles y no otra cosa, que ahora además muestran esa fuerte carga multicolor de las Américas. Más español, si cabe, porque lo americano también es España. Hugh Tomas: "Quien sólo conoce España, no conoce España". Por eso me largo a Cuba, en un par de meses.

He descubierto un nivel de casquería de altos vuelos, en ese mercado. Mi filete de hígado de ternera (más tierno que el de cerdo, he aprendido), era el producto más sobrio de todo ese escaparate capaz de provocar un desmayo en uno de estos vegetarianos sensibles. He visto cosas increíbles, amigos. Patas de ternera, sí, una suerte de pantorillas, blanquecinas, como de plástico (voy a conectar el calentador de tazas, de té-tazas), morros de cerdo, visibles morros, tripas de cerdo, gallinejas y un montón más de entresijos cárnicos que no he retenido en mi memoria. Ah, sí, los callos, qué limpieza la del callo, oiga. Se trataba de una especie de toalla blanca, un blanco entre hueso y sábana de Ariel, esponjosa, mullida, que no producía ningún tipo de rechazo, así desde fuera, como insisten los detractores del callo "ay, qué asco". Ah, y las criadillas de choto, unos bolos del tamaño de una patata, reconcentrados, venosos, con esas venillas negras de las que habló incluso Gómez de la Serna, que parecían prestos a explotar. Le he preguntado al tendero: "Esto son...", "Los huevos". Curiosamente, no me he acordado de Mariano Fdez. Bermejo en ese momento.

También escribo en el otro blog, leo a Ramiro Pinilla (Sólo un muerto más) y eludo mi verdadera responsabilidad. Cuesta volver, sí. En la novela se está o no se está, y en eso estamos. Sirva este post para abrir puerta, esta tarde tengo que rezongar entre sus tripas, bazos, hígadicos y criadillas y hacerme con el control de la víscera novelil.

Por cierto, el USB Cup Warmer es un gran invento.
Y Gmail sigue sin funcionar(me).

WP

Algunas pinceladas sobre La clase, la fe en la educación, Francia, España, Yenis, Vanesas, institutos..., en el otro blog.

23.2.09

N

Vivo cerca del Ministerio de Justicia y por ahí he pasado cuando el ruido de sables estaba en lo alto. Sobre las doce y media le cortaban la cabeza y Mariano Fernández Bermejo reconocía su salida por la puerta falsa, su dimisión. Con fama de kañero, cuando sustituyó a López Aguilar ya advertían de su fama de duro. Estaba cantado que acabaría mal y la cacería a la que le han sometido al final ha acabado con su cabeza presta para ser rellenada con la paja con la que los taxidermistas dan solidez a sus cuerpos inertes.

Hace sol en Madrid en este 23F que será recordado por la salida de este ministro kreshta, que tuvo la poca inteligencia de irse a cazar con el juez que urde el destape de una trama de corruptelas del partido opositor y, además, sin licencia válida para practicar "la cinegética" en Andalucía. La foto que publicaron diarios como el ABC con las decenas de venados muertos era sencillamente grimosa. Diría que hay algo patológico en quien disfruta cargándose criaturas silvestres de ese modo, como hay algo patológico en los coleccionistas de arte, compulsivos obsesos de la posesión, como nos contaba el galerista de Arco.

Antes de todo eso, bajaba por las escaleras de V, y me fijaba en la erosión que hombres y mujeres han causado en esos peldaños, con unos cien años de antigüedad. Tanta, que los peldaños del primer y segundo piso fueron sustituidos, quién sabe cuándo, por otros más asépticos y resistentes. "Claro", he pensado, los primeros pisos son los más sufridos, todos pasan por ellos. Quien tiene que llegar al cuarto como quien se queda en el segundo, los pisotea. Su desgaste es potencialmente mayor, y esto daría para un problema de matemáticas escolar: si el vecino del tercero sube tantas veces, y el del segundo tal, ¿cuántas pisadas se producen en un año.., equisequis por dos?

Debería haber actas para ese tipo de nanohechos de patio interior, que las hay, pero a saber dónde. A mí me gustó saber que mi casa, la casa de la vida, trazada por Víctor Eusa, se construyó en 1933. Casa republicana, de cuando ningún español conocía a Franco, ni se imaginaban los nubarrones que ensombrencerían el paseo Sarasate, y todos los paseos de España, durante décadas. ¿Quién y cuándo decidió cambiar esos peldaños por otros? ¿Qué grado de erosión sufrían esos peldaños para que alguien decidiera, un buen día, que se había llegado demasiado lejos? Como las escaleras, retorcidas como una toalla que se escurre, de esas construcciones verticales que siempre acabamos subiendo, el Miguelete de Valencia, la Giralda, el campanario del templo de San Nicolás, en Praga. La piedra más bien parece una mantequilla pétrea, durísima, pero mantequilla al fin y al cabo, que va ablandándose con los años. Creo que la expresión "duro como una piedra", debería someterse a una revisión.

Lo que me pregunto yo ahora es por qué el suelo, las calles, no se desgastan de parecida manera, arqueándose por el medio, por el uso diario y continuo de transeúntes espídicos. Sí, porque hay toda una manera de disponer el cuerpo en el Universo que dice mucho de nosotros y que también debería someterse a revisión. Sé de unas chicas a las que llamó la atención la vecina de abajo, por horarios y ruidos raros. Para mí que la razón última (o primera) no era esa, sino el modo violento y vertical, desconsiderado total con el pobre suelo, de andar, de hacer pasillo. Bumbumbum. Un compañero de piso que tuve también andaba así, como clavando los pies en vez de hacerlos transitar y avanzar en convergencia con el suelo; si además llevaba esas inefables botas de monte la casa, de 1890 por cierto, temblaba literalmente.

Los objetos tienen su alma, coño. O al menos, las personas que dieron forma a esos objetos, el creador de escaleras, el colocador de parqueses, no los despreciemos con nuestra desconsideración, por favor, porque luego ulteriores discursos del tipo salvemos a las ballenas serán más papel mojado que las Tena Lady de Miss O' Connor, que falleció en el Titanic. Mi madre me enseñó una vez cómo debía de sentarme en un sofá: no había que tirarse, sino simplemente sentarse. Un respeto, pues, por los ciervos, las escaleras, los suelos y hasta por los ministros.

PostPost: leo en Soitu que el sustituto de Bermejo será el actual secretario de Estado de Asuntos Constitucionales y Parlamentarios, Francisco Caamaño. Recuerdo haberle hecho una nanoentrevista en El Escorial y me pareció un tipo con un perfil diferente a Bermejo, mansurrón, ojipequeño, regordete, y con grandes palabras para los políticos de altura, como Jordi Solé Tura. Tendrá un recorrido más discreto que el de Bermejo, vaticino.

22.2.09

M

Ya puedo decir que he vivido unos carnavales, fiesta casi proscrita o marginada en mi ciudad natal. Llevada al paroxismo en la última noche del año, las ganas de vestirse de otro como que languidecen en febrero, ese mes extraño dó los haya. Ahora que he pasado por ese trance de disfrazarme de carnavalero, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, entiendo mejor febrero, el mes cobra personalidad gracias al disfraz. No entiendo bien los carnavales y podría mirar ahora Wikipedia para hacerlo, pero no lo haré, tengo que llegar a tiempo para ver La clase con V y no sé si esto va a ser posible si entretengo demasiado.

Supongo que habrá algo de despedir el invierno, algo con cosechas, algo con conjuros para una buena siembra al final del verano, confieso mi ignorancia. Hoy en día, se me antoja una fiesta sin raíz, esto es, innecesaria, prescindible. Como casi todas, ciertamente, excepto, quizá, la del Orgullo Gay, una celebración que cumple todas las características que debe tener un fiestorro: alegría tras la consecución de algo, celebración de la salida de la clandestinidad, cosas aún por conquistar, desenfreno propio de esa dicha lograda y así. Como debían de ser las fiestas del Partido Comunista en los primeros ochenta, imagino, y que éste último año certificaron poco menos que su defunción, con la supresión de cualquier acto programado.

Así que uno va, se pone una capa encima, bailotea, siente la solemnidad barrocoide del CBA y nota la absurdidez de toda fiesta cuyo único medio y fin es la propia fiesta. Como tantas otras; creo que la fiesta por la fiesta es mala para la salud, deja un sabor de boca más agri que dulce, un vacío considerable en la cartera, un estropicio neuronal no pequeño y una mella frenológica nada desdeñable. Pero como leí ayer a Ramón Irigoyen "salir de casa siempre es mejor que quedarse", que contradice de punto a punto al Pascal de "todos los males le vienen al hombre por salir de su habitación". Sí, en la disyuntiva "salir o quedarse" parece que el salir puede reportar algo más, aunque, como todo, hay grados, y ver el edificio que pintó Antonio López (en cuadro, se entiende) de la Gran Vía, el de Metropolitan y caballero alado dorado encima, con las luces del alba, rosadas, es un salir bastante acentuado, convendrá la cátedra conmigo.

21.2.09

L

Julian Green fue el autor de diario íntimo más prolífico y de long durée de la historia de la literatura. Fueron cincuenta años, de 1926 a 1976, escribiendo sus entregas diarísticas, que se publicaron en diez tomos. Leo en Wikipedia que utilizaba mucho el passé simple, abandonado por la mayoría de sus colegas escritores, fans del passé compossé. Bravo por Green, no entiendo cómo el francés, siendo la lengua de la literatura por antomasia, margina a un tiempo verbal tan útil y necesario como el pretérito perfecto simple. ¿Cómo pueden decir: maté, amé, lloré, jodí, bebí, poté, cagué, compré, cargué y me suicidé en passé compossé? He matado, he amado, he llorado, he jodido, he bebido, he potado, he cagado, he comprado, he cargado y me he suicidado. Mire ushhté: non.

Plantearse un proyecto similar, versión blog, puede tener su morbo. Pero para eso habría contar más cosas íntimas, y eso da cierto canguelo. Ese es el valor de esa literatura de la memoria, íntima, cierta exposición, pero no creo que la desnudez de Internet sea el mejor formato para ese strip tease. Me temo que el papel sigue teniendo aún exclusividades que ningún Kindle podrá arrebartarle.

Hoy hemos pasado por el mercadillo de la pza Dos de Mayo, y V se ha comprado unos diarios de esa tal Anaïs Nin, en una edición rosa vagina muy rincón de estantería familiar, que uno descubre con sorpresa y morbo. Como yo descubrí con sorpresa y morbo una edición, también rosa coño, de Las edades de Lulú, ediciones La sonrisa vertical, que leí de púber en el baño estrecho y con pestillo de la casa vieja. Recuerdo unas páginas en que el tío que le gustaba a la prota, un gacho mayor, le rasuraba el vello impúdico a la nena, creo que con una navaja de afeitar de éstas como de Albacete.

También había un libro, un anuario, grueso, del año 1984, en que descubrí alguna imagen más o menos erótica, Grace Jones medio en pelotas y así; qué apasionantes eran esos descubrimientos hots, y qué poca emoción debe tener en ese sentido un preadolescente actual, con todo el mundo prohibido abierto a golpe de click. La dosificación en el placer, opino, es fundamental. Como esas revistas guarras que descubrimos en casa de Don Vecino, esa insonsable complejidad de las primeras vaginas visionadas casi en PPP, de una Penthouse que no olvidaré nunca. Ese primerísimo primer plano, peludo, como una araña peluda, y dedos completamente eróticos, largos, pintados del mismo rosa que la portada del libro de Anaïs Nin y el de Almudena Grandes, autora, por cierto, de Las edades de Lulú, que se me había olvidado. También estaban El Jueves y El Papus, en que se colaban imágenes más o menos picantuelas, que el hijo de Don Vecino y yo fisgoneábamos con emoción furtiva. Capítulo aparte en el tema de la iniciación erótica tenía también la revista ¡Hola! omnipresente en casa de mis abuelos, con impresionantes anuncios lencéricos a toda página, que al niño que va dejando de serlo le dejaban poco menos que ojiplático. Y me voy a callar ya. Pero sí, qué curiosa toda esa aproximación a esas mareas novedosas del sexo, que llegaban en pequeñas pero intensas dosis a través de peculiares canales.

Me sonaba muy de lejos esta Anaïs Nin, y en la contra decía algo así que escribir diarios era para ella algo así como su droga, su hashis, su vicio, su pecado, su opio. Un rollo cocteauiano como trasnochado, que en su momento escandalizaría. Yo he cogido un ejemplar algo cutre de poemas de Yeats, en una horrible edición de Mondadori con una llamada brillantosa: "Oferta, 350 pesetas". "Esto qué cuesta, ¿dos euros", le digo al vendedor, un frikazo con ropa normal. Teniendo en cuenta que a V le ha pedido cuatro por un libro con cientos de páginas, pensé que dos era un precio más que correzto. Y me salta, sonriente, que a él le gusta mucho Yeats, peregrina razón que ha encarecido el producto. "Hombree, yo le pondría tres euros, este tío es muy bueno, son motivos subjetivos, pero creo que válidos, bla, bla...". "Ya, ya, pero si en su día costaba 350 pesetas, es decir, dos euros...". "Ya, ya, pero se ha revalorizado...", me decía medio en coña medio en serio. Total que le he dado dos con noventa y algo y me dice "Perfecto, perfecto". En este tipo de comercios no hay vez en la que uno consiga algo sin sentirse timado de alguna manera, en fins. Eso sí, luego nos ha despedido con un rutilante y oriental: "Bienvenidos, espero que seáis felices". Qué tío, estoy seguro de que es poeta, como mínimo, en sus ratos libres.

Me voy a disfrazar.

19.2.09

K

Meterse en un locutorio es como viajar a Bolivia; en ambos sitios uno es el raro. En el locutorio de la calle San Nicolás y en el de La Paz. Quizá en el de San Nicolás, Pamplona, pueda pasar por algún inmigrante del Este, búlgaro, digamos. Pero si uno se abstrae un poco, y escucha las conversaciones con sus dejes amerindios, pues sí, podría estar ahora mismo en Bolivia.

¿Y qué?, me diriáis, escasos lectores que os pasáis por aquí. Como Jordi, que sigue entrando en este espacio desde Brasil, o Molusco, desde Nova Scotia, un lugar en plena nada, con poco que hacer más allá de beber alcohol y arrimar the little ognion. O Violetera, que pronto deberá comprarse un libro titulado Dejar de beber zumi es fácil si sabes cómo. O ese corpus lector que forman El Kafkiano desoxidado que lee con Zinzano y no fuma con Sir Alser Bert. ¿Y qué? Sí. Viajar es hoy la cosa más vulgar del mundo. Mas lo vulgar no es viajar, qué coño, lo vulgar es creer que viajar no es vulgar. Hay cierta ostentación del viaje tremendamente provinciana, si se me permite usar esa palabra tan provinciana. Hoy me contaba Iban Basten algo sobre unos tipos que se han ido a tocar la txalaparta al Perito Moreno, pasando por Jordania, Sidi-Bu-Said y Benarés, que no es ciudad colindante con Javea o Picassent, Benarés, sino que está en el corazón de India o la India. Y que han hecho un documental, porque ahora todo el mundo hace documentales y eso.

Aquí el náuGrafo se plantará en Cuba en un par de meses y seré uno más, otro código de reserva de Iberia en este caso, otra maleta vagabunda de culo inquieto. Lo elegante es, hoy, quedarse en casa, ejercer un epicureísmo de salón a contracorriente. Viajar es fácil, que te pasen cosas en los viajes también lo es, exprimir la nada de Nova Scotia sin estar en Nova Scotia, Canadá, y ser feliz con ello, es más complicado y meritorio.

Chesterton decía, citemos, que una ciudad que no se puede recorrer de punta a punta en media tarde es demasiado para el body. Es cierto que nunca abarcamos las ciudades, y nada más vulgar, pedante y despectivo que esa frase que hemos dicho todos alguna vez de "[ciudad de provincias] se me ha quedado pequeña". Los cojones. Otra cosa es que el kitsch provinciano (léase La insoportable levedad del ser para abordar el concepto de lo kitsch, palabra tan difícil de escribir de memoria como Nietzsche), que el kitsch provinciano, digo, haya horadado nuestra capacidad de sorpresa y nos canse ya. Hoy nos cansamos pronto de todo, me temo, pero la gente sigue leyendo novelones del sueco ese a tanto el kilo, y ladrillos de tipo histórico en plan bulímico.

Ese dilema entre el viaje interior, los viajeros inmóviles, y el viajeviaje, a lo Reverte, a lo Hemingway, a lo Orwell, está ahí siempre. También están los que, aburridos de sus aventuras de papel y butacón con orejas, se lanzaron de cabeza a un, pongamos, Bolivia, en este caso real y no de pega, como mi viaje vespertino de locutorio. Antonio Soler, el de El camino de los ingleses, me dijo en entrevista que él era más de viaje interior, a lo Kafka, que de literatura de la experiencia, a lo Hem.

Creo que un hijo entre Kafka y Hemingway habría dado buenos frutos: Kafkingway. Con K de Joseph K.

Gracias.

18.2.09

J

Empieza este post como el último que terminé. Con esa letra musical, ribera. La Ribera, Navarra, esa denominación viene de estar cerca del río, río Ebro, descubro. Tengo que salir de la provincia, Negra provincia de Flaubert, con sus hiperlocalismos que vienen o van, noto ciertas apreturas extrañas en este cuarto días pamplonil: pensaré en ello.

Ayer, me hablaba I sobre aquel cronista de la ciudad, Pascual, particular sufridor del franquismo, pues en teoría era "de los suyos". Pero no tanto, ser de la Falange no era estar a fuego con el Movimiento, aquellos eran los raros, digo, unos tipos hechizados por los vientos modernos que venían del fascismo italiano, del futurismo, incluso, de un mundo más envidiable que el analfabeto y esquilmado español de los años veinte y treinta y cuarenta. Había poetas, novelistas, en fin, era rara la Falange.

Pero en la España post-39, había que obeceder a los vencedores aunque uno estuviera también en ese afortunado bando. Habíamos ganado la guerra, como el libro de la Tusquets, pero las directrices eran también de plomo, si bien a uno no le fusilaban a la mínima disensión, o lo forzaban al exilio, como pasaba con otros pascuales de peor suerte. Acabó escribiendo de santos, callejuelas y otros hiperlocalismos estetas por no meterse en líos, pues poco menos que hizo un viraje comunistoide al final de sus días, me cuenta I. Comunistoide, anarquista, ácrata, llámalo X, pero distante de aquel estático y apisonador régimen que se hacía llamar Movimiento.

También ellos se las veían con la censura, y su teléfono no se libraba de ser intervenido. Con Izurdiaga, socio periodístico en la prensa de guerra y posguerra en el Arriba España!, gustaba de hablar en latín, sí, en latín, y el censor-controlador de turno les espetaba, de pronto, con un "¡hablen ustedes en cristiano, coño!". Una stasi, pues, a la española, cutre, que hasta vigilaba a los suyos no fuera que tocajaran los cojoncillos. Como se ve que lo hacían, y se entretenían en dar la vuelta a un artilugio ideado para suprimir frases poco ortodoxas de los artículos del periódico, para que quedara en evidencia la acción censora del Caudillato. Manchones negros que manifestaban la represión mediática que todos conocían, pero que rara vez se mostraba con tanto descaro en papel tintato. Y en Madrid, claro, saltaban con un irritado: "¡Ya están otra vez los de Pamplona!".

La ausencia de matices, el maniqueísmo imperante, no nos permite conocer, apreciar, personajes en tesituras tan dispares como la de este Ángel María Pascual, tipo peculiar per se, y más en la Pamplona con la boina hasta las cejas. Esta mañana leí la columna de Chivite, en La Mandarra de la Ramos, con M, tres vinos en plan funcionata de la Dipu, y hablaba, en plan oscuro, sobre gustos y tendencias. Citaba un libro del hijo de Susan Sontag, reportero de guerra con una sensibilidad, por lo visto, de la que carece el académico murciano, me temo. Hablaba el hijo de Sontag de los últimos ratos en compañía de su madre moribunda, en un réquiem sutil, sostenido, tenue, no apto para todos los públicos: miel en la boca del asno. Se quejaba Chivite, con tono de escaldado, de que ese tipo de libros, de historias, de miradas, cotizaban a la baja, y que él se cuidaba muy mucho de recomendar según qué cosas, cansado de incluso reproches "joer, menudo rollo me recomendaste".

No sé muy bien a qué venía esto, un poco al embrutecimiento, no creo que el de ahora sea mayor que el de la España bélica, quien sabe. Pensar en un Pascual, conocedor de seis idiomas, japonés, latín, euskera, educado poco menos que en soledad, educación personalizada, en la Pamplona cafretona de la posguerra, es para deprimirse un rato. Él sí que era un náufrago no digital, pues se quedaba hasta las ocho de la mañana en el periódico con las planchas y demás, sino náufrago real aferrado a una cultura y un deseo de aprendizajes que hoy, en estos días de Pamplona, me ha dado por evocar y conocer más de cerca.
Me temo, como dice Chivite, que a nadie le importa, pero bueno.

17.2.09

I

Invierno, Italia, India. El ciber de Julián estaba abierto esta mañana, también la librería de La Hormiga (calle Curia, Contenedor). No sólo es política, como me dijeron, porque he visto títulos de, qué sé yo, David Foster Wallace, Roberto Bolaño, Borges, Pombo y así. He encontrado un ejemplar de El santo al cielo, de MSO, que me faltaba en mi colección, de aquellos de Pamiela que ya quedan pocos. Cuatro euros.

Ayer me acosté con el prólogo a las Glosas de la ciudad qué este hace sobre Pascual, en una endogamia literaria digna de psicoanálisificismo. No recuerdo mucho qué leí, últimamente noto amnesia para ese tipo de cosas. Algo de que Pamplona, decía MSO, era ciudad de prensa y que en los primeros años de posguerra había nada menos que tres periódicos: El Pensamiento Navarro, Diario de Navarra y Arriba España. Era en éste último donde el cronista de la ciudad publicaba sus proto-post, sus Glosas, que ayer leí hasta encontrar el sueño, tres de la mañana, tras una sesión intensiva de laúd nocturno con I, al que dedico el post de este 17 de febrero, día también personal por otras razones, y al que pondré a prueba, de paso, por ver si ha hecho la tarea. ¡¡Escapulario!!: esa será la palabra que tendrá que pronunciar, si no quiere que le coloque virtualmente en mi lista gris, y haga votos por entrar en la beltza.

Me llamó la atención que Pascual, cual Fígaro-Larra, usara seudónimos en sus post de periódico viejo: Alenier y el otro ahora mismo no me acuerdo pero luego* lo pongo. Amnesia, ya digo. *Biyek.

Ángel María Pascual, del que MSO dice que tenía las trazas de personaje literario, también anduvo metido en política municipal, que es la mejor manera de conocer las tripas de la ciudad, como lo es también ser periodista, reporterillo, plumilla local. Las ciudades son como los Bingos: parece que no tienen vida hasta que uno penetra realmente en ellas.

Como he penetrado yo en La Hormiga, en esta vida de ocioso pamplonés que me toca cultivar estos días de gestiones y asuntos a-literarios. Me he hecho coleguilla de Eduardo, que así se llama el librero y hemos comprobado cómo mi libro no estaba en su establecimiento y cómo tampoco era fácil dar con él por las vías secretas que los libreros tienen para dar con los títulos. Yo le quería decir que estaba aquí, pero me ha dado pereza comunicárselo en lenguaje real-analógico.

Ya digo que es un Bandido versión pamplonica con su temática política. Mucho Palestina, Gaza, Sáhara Occidental, pero también unas muy comprables memorias del superhéroe hiperlocal, Espoz y Mina, que combatió en la Guerra de la Independencia y que se ganó su travesía eterna en la ciudad. Los periódicos, a la entrada, daban cuenta también del kitsch del local: Público, Berria y Diagonal. No esperen encontrar por ahí a Jaime Ignacio del Burgo, del que he leído que pide un año de cárcel para un tipo que le llamó "chorizo". Y, joer, al menos le insultó hiperlocalmente, qué insulto más pamplonica que que digan "chorizo" y no "morcillón", "torrezno" o, no sé, "butifarro".

El otro Eduardo me ha hablado también del Barrio de los Artistas, una iniciativa que se ha desarrollado este sábado por aquí, montada por los de El vértigo de la trapecista. Hay que entrar en la ciudades, en los Bingos, incluso para perder. Mucho artisteo, no lo vi, me lo han contado, y catas de vino, y expos de pintura, y cosas visuales y, ojo, escultores que abrieron sus casas para mostrar sus obras. Eso es cultura y no las jotas de la Tómbola, oñññe.

16.2.09

H

Efe, ge, hache, i. Me he metido en un locutorio de la calle San Nicolás, Pamplona, a colgar mi particular letra. No sé muy bien a qué responde este deseo mío por seguir con este macropost, este post-río, este postón, postonazo, nadie me exige, pero me sentiría peor de no hacerlo, eso está claro. Pero evitemos estas metapalabras, estas metaexplicaciones, que a nadie interesan.

Antes me acerqué hasta el ciber aquel de la calle Curia, donde el amable Julián, creo que así se llama, te atiende simpáticamente. Me apetecía conocer La Hormiga, La Hormiga Atómica, que es una nueva librería que, vamos a decir aun sonando tópicos, era como muy necesaria en Pamplón. Venden sólo libros de política, aunque olvidan quizá que la literatura es también política. Así lo dice Orwell en su Why I write?: él escribía guiado por estrictas motivaciones políticas. La mera elección y desarrollo de una estética, de un continuum estético que se sostiene en doscientas páginas, ya es hacer política (y esto lo explica Orwell con más tino). Un borroka con su forro polar está haciendo política, y lo sabe. Esa estética de oposición a lo burgués, al pijomari con el pelo postbeso de lengua de vaca, es toda una actitud política, de resistencia, de desgaste, de "aquí estoy yo" y me opongo a ti, a tu ramillete de creencias, aunque sea con mi chándal Karhü.

Porque, amigos, ¿qué es la política sino una lucha, más o menos belicosa, hacia un tipo de opción vital, que comprende no sólo la organización territorial, administrativa, etc., sino también la estética, el gusto por unos modos, modales, formas y protocolos? Pensemos en el Tercer Reich, en el kitsch del Tercer Reich. Todo es kitsch, léase La insoportable levedad del ser, y cada uno lucha por imponer su particular kitsch. Algunos tenemos un kitsch más complejo que el que pueda dictar tal organización política o tal marca de bolsos y eso nos convierte un poco en náuGrafos-náufragos, pero en fin. En náuGrafos-murciélago, si me apuran, pero bueno.

Esta librería, La Hormiga Atómica, me recuerda mucho a El Bandido Doblemente Armado, de Madrid. A la primera la abrevian y la llaman 'La hormiga', a la segunda 'El bandido'. Las dos son librerías-cafeterías, un híbrido hostelero quizá necesario para sostener el negocio librero. Todo el mundo sabe que el café es el producto más rentable del mundo: agua con polvo, 2 euros. Ganancia neta: 1,99 euros (cálculo a ojo). Dudo, de todas formas, de la boyancia (palabro) de este negocio al que le puede pasar, ahora sí, como al murciélago, ni con los pájaros ni con los ratones: esto es, ni con los libreros y con los hosteleros (de la ANAPEH).

Al final estaba cerrada, abrían a las 17h, y no he podido acceder a ese microuniverso. También estaba cerrado el ciber de Julián, y por ello he recaído en ese locutorio que he permutado después por el escritorio de Molusco, dó ahora escribo, y si a nadie le interesa esto pues lo siento, pues muy bien. Quiero ser Molusco, dirigida por Tobías Chalupa, en los mejores cines.

Me temo que hoy tengo muchas ganas de escribir, pero quizá poco que contar. Extraña frustración.

Podría, quizás, forzando un poco, dar algún detalle costumbrista, algún hiperlocalismo suelto. Como que me he encontrado a la que fue mi óptica, cuyo nombre he acertado a dar tras un intento fallido, empleando el método del ensayo-error. "Teresa"..., "¡Myriam!". Debo decir, modestia aparte, que a diferencia de buena parte de la población, soy muy bueno para los nombres. Pese a llevar gafas desde hace cinco años y no requerir de sus servicios de lentillas, me acordaba de su nombre, y no sólo del nombre, sino también de esa y griega personalísima incrustada en el mYriam.

Me he acordado después de algo que ha dicho mi hermano, sobre la posibilidad de instaurar un sistema para agilizar el tránsito por las calles de la ciudad de provincia. Y no tiene nada que ver con el párrafo anterior, pero es cierto que en el microcosmos de un espacio como Pamplona los encuentros son frecuentes y no son ganas de no-saludar, sino un deseo de llegar al destino en el menor tiempo posible. Decía mi hermano de crear la tarjeta de "no-te-paro-a-saludar-pero-me-caes-bien" y así facilitar, sin caer en malentedidos, una circulación más eficaz y fluida por, digamos, el Segundo Ensanche.

Porque una cosa es el encuentro, que a veces es grato y otras menos, y otra el concepto visita, del que hablaremos otro día. O los espontáneos encuentros programados. A veces nos apetece que nos encuentren, otras menos. Por eso, las Hormigas, los Bandidos, para dejarte caer y, con suerte, ser encontrado.

15.2.09

G

Me faltan 874 palabras para llegar a la meta volante de las cien mil. De las 100.000. La mitad de una ciudad como Pamplona, en palabras. Hay muchos habitantes en las ciudades que decimos pequeñas, puesto que han sido varios meses tecleando palabras cada día, y sólo he llegado a la mitad de la población de esa ciudad de censo modesto. Uno se podría pegar tecleando toda la vida que no llegaría a asignar una palabra para cada terrestre.

¿Cuántas palabras he escrito, en tono literario? Creo que unas 600.000, en unos diez años. Las periodísticas no cuentan, pero son menos que las literarias, no podría calcularlas. He gastado más palabras en cosas literarias que en mails, eso seguro. Por el msn, como un tinayer compulsivo, también habré gastado unas cuantas. Me veo a veces un poco Benjamin Button, nací viejo y me fui bebizando con los años. Cuando cumpla treinta seré mas joven que cuando celebré los veinte.

Es frustante dejar esas palabras atascadas, quietunas, cuando uno tiene que hacer recados, gestiones, un pequeño viaje, que implican no avanzar una palabra. Decía este hombre, Luis Landero, que escribir no le hacía feliz, pero que necesitaba escribir cada día para poder ser feliz. Me faltan diez mil, a lo sumo quince mil, para terminar, y me dice Bro, que anda en cosas de guiones, que el tercer acto tiene que ser breve y conciso. Una traca final sin fisuras, como aglomerado y apretado. En esa pre-traca algo tensa me encuentro.

Los fines de semana no (me) sirven para escribir. Onetti, cuando trabajaba de periodista y publicaba novelas como La vida breve o El astillero, se encerraba de viernes a lunes por la mañana en su escritorio, a novelar; metido hasta las trancas en su en su Second Life particular: Santa María. Quizá la semana laboral fuera más descansada que el propio tiempo de descanso. Como el Quijote: mi cama las duras peñas, mi dormir siempre velar.

Los fines de semana se puede quedar quieto el contador de palabras y tampoco pasa nada. Estuve en Arco, ARCOmadrid_2009, y al final no vi casi ningún cuadro. Pero lo hice con disimulo, eso sí; escuché a un tipo jactándose de ello a viva voz: "No pienso ver ni un puto cuadro". Pues muy bien. Me colé en 'Panorama India' y pude saludar a una galerista india, que me ayudó en un reportaje sobre todo esto. Llevaba el artículo en una carpetita negra de plástico, el primero. Tenía cuadros de Kanishka Raja, a unos 24.000 euros. Me pareció caro pero luego me hablaron de cuadros de 200.000 euros y no me pareció tanto. Me gustó esa conexión madrileña-india, ese contacto entre dos habitantes del mundo que se unen por arte (de magia).

X, galerista joven, nos describió el perfil del coleccionista, figura básica para que los Arcos sobrevivan. "Lo primero que tienen que tener es un tipo de patología". Se refería a "poseer, poseer, poseer". Contó que muchos compraban cuadros para guardarlos en el garaje, junto a las cajas de vino de navidad y las bolsas de patatas y cebollas. Sin marco ni nada, arte a granel, poseer, comprar, gastar, uff, atracón de arte, mi médico me lo prohibió. Y que algunos cuadros se compraban sin apenas haber sido vistos antes, tan sólo un fragmentito en Internet, en plan bulimia consumista.

El arte contemporáneo es burgués, en la acepción más alambicada, excesiva, casi viciosa, opulenta, tripigorda, turismo sexual en Indonesia, de lo burgués. Pienso en la dimisión de Rafael Doctor como mandamás del Musac y entiendo o vislumbro sus razones. Histrionismo, adolescencia mental, "qué fácil es provocar", dijo un visitante, rizamientos vanos de rizos, apatía creadora y avidez daliniana de dólars. Primeras impresiones tras una visita rápida al rastro del arte.

Después, el síndrome post-feria, esa flojera como de piernas, cansancio vago, ganas de quedarse dormido por las esquinas, y una sensación de "pues muy bien" en cada célula del cuerpo, que se aniquila después por los tabernones de Madrid.

14.2.09

F

El hijo de una amiga de mi madre, que venía a veces, en verano, a casa, Andrésssh, porque así se hacía llamar, hola, soy Andréshhh, tenía algún problema con la efe. Le gustaba demasiado, así que la colocaba donde debería ir una ce. Nunca había estado en Franfia, pero decía a menudo aquello de "si eres franfésshh, a las ocho en casa estéshh". También recuerdo su pasión por las tostadas, cómo se las comía de cuatro en cuatro, y las miradas que le echábamos algo reprobatorias, en el desayuno fraternal algo sectario nuestro.

Me he acordado de él por la F, la efe, que toca hoy. Pensaba no escribir, porque no tengo tiempo, me voy a ver cuadros en masa, pero aquí estamos, Victor Serra. Dicen que la efe de la Agencia Efe la puso Franco y a joderse. Ahí quedaría para la posteridad su inicial, hoy más que nunca, basta abrir cualquier diario digital para ver esa efe franquista. Quién sabe. Fuck off. No sé si dice así. Fornication Under Consult of the King. FUCK. Creo que eso se colocaba, en cartel, en ciertas casas británicas, no sé si para controlar la natalidad o no molestar al vecindario con gemidos excesivos. Follaje bajo ordenanza municipal: los días pares, y en postura misionero.

Iba a decir que no se conozco ningún gobierno que se haya metido en tales intimidades, y ahí está ese caso británico, China con sus controles de natalidad y, claro, las órdenes religiosas. Hace poco me habló, un buen amigo, muy informado él, de diversos métodos anticonceptivos empleados en la Obra de Dios. Que nadie piense que el sexo con amor está proscrito en esa comunidad, porque fornicio haylo. Me refirió unos métodos dignos de Mendel que tenían que ver con jugos íntimos y vasos de agua. Si flotaba, se podía uno dar un festín. Si se hundía, pijama de felpa. (Quizá fuera al revés, se ruega no experimentar en casa, por favor.) La viscosidad íntima como termómetro, o barómetro, medidor, vaya, del riesgo de embarazo, del mejor no arriesgarse y ni mucho menos cuentatrás. Ya vendrá la semana dulce, es decir, justo la siguiente al periodo, mes, regla o, como decía una amiga de Salou: la bajada de la berza. Semana sin riesgo alguno para engendros no deseados (¿engendramientos?) en la que poder gozar con toda paz de los cuerpos que se aman ganándole la partida, una vez más, jiji, a la goma profiláctica diseñada por el mismo Demoño.

De esto Fesser no habla.

Sí, la efe puede dar mucho juego. Freír, fregar, follar. Ángel Duarte, el del Tinglado, tiene un coche con esa matrícula: FFF, y además con un 69 incluso.

Fesser empieza por F.

Me foy.

13.2.09

E

Ya solucioné mis desarreglos con WordPress. Pero demasiado tarde. Anthony y Sheri, a través de la página de Automattic, me ayudaron, en fluido inglés, a poder acceder a un blog que era legítimamente mío pero que me denegaba la entrada. Ahora puedo entrar a mis anchas, tengo de nuevo las llaves, pero nada que hacer ahí. Es un piso vacío, si alguien le interesa se lo alquilo. De todas formas, creo que gané, definitivamente, con la mudanza. Blogger tiene más ventajas que WordPress y un día, si me animo, puede que hasta las enumere por escrito.

Aproveché para certificar la bajada en las visitas; parecía la cotización de Fórum Filatélico tras destaparse el piramidal timo. Esto de las visitas tiene su gracia, hoy he descubierto una entrada desde el Gobierno de Navarra e imagino a algún funcionario foral colándose en esta isla, con su café con leche funcionarial, después de la hora del pintxico y antes de la hora del aperitivo o marianito (odio esa palabra). También hay un nuevo lector parisino, visitas desde Bélgica (Brussels Hoofdstedelijk Gewest), Suecia, Berlín, ah, y Alsasua. Ese lector fiel de Alsasua, óle.

Hoy es 13 de febrero, viernes 13 de febrero. Ayer hacía doscientos años del nacimiento de Darwin, 25 de la muerte de Cortázar, y se celebraba el también doscientos aniversario del nacimiento de Abraham Lincoln. Hoy se cumplen 172 años del suicidio de Larra, que se pegó un tiro siendo ya legendario con tan solo 28 años. Más de uno se podría suicidar ahora, que el mundo seguiría girando.

También hoy sale a la venta, aunque creo que también fue ayer, Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, editado por Alberto Olmos. Lo leí hace ya unos días y me suscitó algunas sensaciones que voy a comentar aquí. Pensé dedicar un post al respecto, pero no lo veo claro con estos nuevos bríos que está tomando este blog. Ya lo hice, además, hace poco.

Es un libro que me gustó leer, y esto no es fácil decir de muchos libros. Es un libro muy regalable, de hecho se lo pienso regalar hoy a Bro, que nació hace 25 años; espero que no lea este post antes de que se lo entregue, aunque reconoce que hace tiempo que no se pasa por aquí. Un libro para regalar y quedar estupendamente, porque es un libro original, un concepto nuevo de edición, que da aire fresco a las propuestas editoriales, sin ser una idea alambicada y pseudogenialoide. Una idea que estaba en el aire y que alguien tenía que haber sacado a flote. Pienso ahora en otras obras que también quieren ofrecer su punto de dinamismo creativo, como Otro final, que acaban de sacar los de 451 Editores, con Manuel Hidalgo y Amparo Serrano de Haro inventando otros finales para quince pelis famosas. Pues muy bien, pero no me compraría nunca ese libro, deudor del talento de otros al que se quiere dar la vuelta con, me temo, bastante menos talento. (Se presenta el día 18, a las 12.30h, en la Filmoteca, por si alguien le apetece.)

Pensé en titular ese post que se subsume en estas líneas, el dedicado a Algunas ideas... como Fast food literario del bueno. La literatura es un arte complejo, al que parece que le cuesta aligerarse. La música lo consiguió con el rock y se convirtió en un fenómeno de masas, pero no sé por qué, con los libros no pasa. No se lee masivamente. Falta de tiempo, dicen algunos, me aburro, dicen otros. Hay una revolución pendiente en la literatura. El día en que los poppys de Malasaña confiesen que leen masivamente, y hablen tanto de libros como de grupos coñazo, entonces habrá culminado esa revolución pendiente. Mientras estén más preocupados de la cartelera de conciertos de la esquina de la FNAC, serán necesarios muchos más libros como el de Olmos.

Fue Flannery O'Connor (citemos un poco), la que dijo que, si el público esta ciego, había que escribir con letras grandes, que si estaba sordo, había que gritar. Este libro, pues, tiene letras grandes y bastantes gritos. Pero no es chirriante ni estridente. Es buen fast food, fast good, y ese puede ser un buen modo de entrada en el mundolibri. Porque de los porros se pasa a la coca, decían las profesoras de reli, y de Olmos se puede pasar a Faulkner, y eso es bueno. ¿Por qué es bueno leer a Faulkner? Pues no pienso responder a esa pregunta.

Todos tenemos hambre, a menudo, de cierta comida rápida. No podemos ser sublimes sin interrupción, ya sabéis. Hay domingos en que apetece ver películas como Bienvenido al norte, después de haberse metido un menú XXL de hamburguesas adictivas con extra de esto y aquello. No toda la comida tiene que alimentar, como lo hace Faulkner, también hay comida de supervivencia y placer. Comida de saciarse, que no es poco. Más si además está rica y entra fácil.

Decía Unai Elorriaga, gran lector de Faulkner y, además, amante del jazz, que leer ciertos libros tenía algo de esfuerzo, de esfuerzo satisfactorio, como escalar una montaña. Llegar a la cima y ver el camino recorrido con sudor y lágrimas, la mejor recompensa. Y eso que él había escrito Un tranvía en SP (SP, Shisa Pagma es uno de esos picos de más de ocho mil metro, un ochomil), como queriendo llegar a la cima tan ricamente sentado. Uno de los méritos, pues, de leer a Faulkner reside en eso que dice Unai: en esa cosa de superación de las dificultades, de conquista, de pequeña empresita personal que uno vence. Como leer uno de estos post, qué coño. Si has llegado hasta aquí, escribe ¡Modigliani! en el apartado de comentarios. Envío un ejemplar de postales del náufrago digital al primero que lo haga. Y va en serio.

Pero a veces no estamos conquistadores, nos apetece ver Telecinco. Creo en la literatura como zápping, debe haber documentales de La2 y Ruleta de la fortuna y La Noria. Así lo tenemos que entender quienes creemos en esa revolución pendiente, que es la de coger un libro, de papel, con sus tapas y guardas de respeto, y sentarse a leerlo. Masivamente.

12.2.09

D

ABCD. De las letras y las artes. Ya he formado el acróstico del suplemento cultural yo creo más interesante de la prensa española. Contración: aquí. También me fijé ayer, en el archivo de los post o postes aquí publicados, y formaba estas composición:

C
B
A.

Como el Círculo de Bellas Artes, vaya, en el que comeré mañana con Cotión Durruti, y perdone Jordi Santamaría por esta yoez. Círculo de Bellas Artes, CBA, como un abecé al revés, como un desorden ordenado, la antítesis de ese diario recto y centenario. Y rima: centediario.

Entra una luz cegadora, que diría Silvio, por la ventana, luz de cuatro de la tarde. Luz de febrero, por la tarde. Queda mal. Luz de noviembre, por la tarde, sí. En Pamplona y alrededores los ríos desbordados, Rochapea empantanada y aquí un sol arrogante y español, que canta Christina Rosenvinge. Quizá haga falta sol para la cohesión española; los partidos constitucionalistas vascos deberían organizar un sistema que ampliara la luz solar en Euskadi (pronúnciese Ushhcadi), y así españolizar al votante separatistón. La lluvia pertinaz, el jarrea, jarrea, que cantaba el txiki-txiki euskaldún, genera, a la larga, una inquietud espiritual que en pueblos como el vasco se traduce en un deseo de hacer patria, de deshacer patria, de no quedarse quietos. Y esto no lo digo yo, quita, lo leí en un sesudo volumen de Ramiro Torcuato de Osuna, intitulado De la influencia sociopolítica del sirimiri en las Vascongadas, Éibar, 1978.

Es coña.

Tengo a mi vera a Patxi López, completamente tuneado por el photoshop, en una propaganda electoral. Sus ojos recuerdan a las límpidas aguas del nacedero del río Urederra, a cascadas de paraíso suizo. Tiene un aire, parecido razonable, a Eduardo Madina, un tipo admirable de la política vasca, al que el terrorismo le voló la pierna. Me dice Carmen por mail que no me exponga mucho en los textos y lo entiendo como consejo de tintes maternosos, pero me rebelo. A veces hay que exponerse. Me gusta Patxi López o me disgusta bastante menos que ese Ibarretxe pasado de vueltas. Un López que se obamaniza, con el eslógan copieteado de 'Motivos para el cambio'. A ver si cuela.

Una vez me colé en un piso de Deusto, Bilbao, para hablar con un viejillo que había sido amigo de Blas de Otero. Gregorio San Juan, creo que se llamaba. Voy a comprobarlo en Google y me entero, ahora mismo, de que murió, hace ya tiempo, en 2006. Copio y pego de El País:

Antes de morir, Gregorio San Juan concedía entrevistas en su lecho de dolor (y no es una metáfora) haciendo honor a su condición de agente y agitador literario.
Pues sí, a mi también me acogió en su habitación densa de enfermedad, y venía de sufrir un ictus o un derrame, un algo serio, y apenas podía abrir media boca, para hablar. De daba igual mostrar ese aspecto quizá indigno, con babas espesas, estaba enfermo, moriría al año, pero no morían un sentimiento de dignidad, una elegancia intelectual, de esas que en el País Vasco se oyen como menos. Era un Marsé en Cataluña, al que hace poco oí lamentarse de su ninguneo institucional, "como hacían con Vázquez Montalbán". Así son los nacionalismos, apuestan por algo y por no otra cosa. Y tienen que ser coherentes, claro. Un nacionalismo va en una dirección, podrá premiar en un momento dado a un escritor ajeno a la causa, pero será una excentricidad programática bien estudiada.

Este Gregorio me habló de Blas de Otero, pero no recuerdo muy bien qué dijo. Me impactó más su entereza de enfermo y por sus comentarios, resignados, me trasladó su vitalicia sensación de extranjero en casa, de palentino mal recibido, de agitador cultural con las alas cortadas en el feudo peneuvista. Me dijo algo apocalíptico, oscuro, en esta tarde de marzo, sábado, de 2005: "Pero, claro, aquí nunca cambiará nada".

Y no sé cómo he acabado hablando de política. Creo que el espoleo de Santamaría (véanse comentarios en A) me ha forzado, tan débil de carácter soy, a ponerme serio, grave, casi adulto. Se lo haré pagar en mojitos. Me ha dado pena, la verdad, enterarme, así por la prensa, de la muerte de este poeta que trabajó en la banca, pero que desprendía un gran kitsch casi comunista. Escribió unos poemas, que guardo por ahí, en papel, dedicados a los miles de oficios de los currantes de los altos hornos y demás fundiciones. Homenaje a esa gente noble que rodea y atraviesa ciudades como Bilbao, aunque el bilbaíno de bien haga como que no existe.

Yo al bilbaíno de bien le diría que tuviera, el 1 de marzo, endrinas para el cambio.

11.2.09

C

Cabronazo. Me dijo Sir Alsen Bert que empezara este post, el tercero, el de la letra C, con la palabra cabronazo; la C es, para él, la de cabronazo. No lo haré, he pensado. Pero al final lo ha conseguido. Será cabronazo...

Escribo desde el propio Blogger, así que si se va a la mierda el texto, lo siento por mí. Me recuerda a los tiempos en que trabajaba en aquel periódico digital y, cuando uno había redactado toda la noticia, el reportaje, lo que fuera, se descuajeringaba todo aquello y a tomal por cul. No había controlzeta posible, vuelta atrás, Internet había encontrado un error y necesitaba reiniciarse. Lo hacía sin preguntar, ahí te jodan, y el cabreo era uno de esos cabreos que realmente cabrean. Producto de un accidente ni tan grave para solicitar el consuelo ajeno, ni tan leve como para que se pasara a los cinco minutos.

He pensado que este Macropost vitalicio al que algunos vaticinan un corto metraje (todo se verá), me da manga blanca y carta ancha para hablar de uno de mis temas de cabecera: el tiempo y sus luces. Sin olvidar al lector, no, eso no, nunca, no, claro. Sin escribir de espaldas a él, cosa bastante difícil, por cierto. Hay que ser muy virtuoso para escribir de espaldas, como Hendrix tocando la guitarra con los dientes, poco menos. También Eric Clapton tocaba al principio de espaldas, en sus inicios de tímido, hasta que se licenció. Vivir es ir superando y dejando atrás es timidez congénita con la que nacimos. A ciertas edades, la timidez se confunde casi con la mala educación, decía Bernie del Coso.

Hoy ha hecho uno de esos días tipicamente febrerianos, con un sol resplandeciente que viene como de la primavera, de atrás hacia adelante. Me ha dejado un cuerpo raro, demasiado expuesto, demasiada luz. No podría vivir yo en Almería, me temo, con su viento desasosegante y sus estaciones sin asiento. Un invierno cargado de luz es como una noche de insomnio. Quizá sean unos pirados insomnes los que se han dedicado a tocar los cojones al John Lennon estático de la Rambla de Almería, hasta que el Ayuntamiento ha decidido retirar para siempre la réplica de su cuerpo. Aquel con el que V me sacó una foto, en mayo de 2007, creo. Un monumento al paso del músico por la ciudad que le inspiró, como todo almeriense debería saber y pa' mí que no es así, su Strawberry fields for ever. Así iba a titular un post que ha quedado subsumido aquí, en este Macropost postfago, que se come al post pequeño: Strawberry fields for Never. No hay que olvidar que John Lennon pasó por esa ciudad que esconde un secreto encanto, más allá del subdesarrollo cultural de algunas esferas. Estuvo, sí, en 1966, rodó no se qué película, celebró allí su 26 cumpleaños, en el barrio del Zapillo, un barrio cutre y tirando a deprimente, en el que vivió por cierto el escritor Antonio Orejudo. Un Orejudo que publicó hace poco Almería, crónica personal, y que me descubrió en esas páginas el paso de Lennon por esa ciudad difícil de catalogar con cuatro brochazos. Busco los datos del hecho histórico-musical en el libro, pero no los encuentro. Debería haber un Control+F en los libros del papel. Libros, 0, Kindle, 1.

Anochece ya y me preocupa esta querencia mía por el abrigo de la oscuridad. Ayer entrevisté a Victor I. Stoichita, experto en sombras y pude ver, by the face, la exposición del Thyssen sobre sombras. La sombra se titula, cómo no, pero en cada letra se incluye un color. La sombra no tiene por qué ser oscura, primer lugar común roto. Los impresionistas así lo entendieron y casi descubrieron, la sombra es un color más oscuro que el cuerpo que les da origen. Pero no tiene porque ser oscura, negra, ni nada de eso. Hay sombras marrones, sombras rojas, sombras azules.

Dice el húngaro Stoichita, personaje que parece sacado de algún texto de Vila-Matas, que esa concepción lúgubre de la sombra ensombrece a la propia sombra. Pero es cierto que tiene más encanto lo sombrío. Vende más. Los románticos explotaron esa potencialidad, porque la sombra es como muy del XIX. A veces pienso en ese siglo como un siglo sombrío, un siglo oscuro, invernal, de Capotes de Akaki Akakiev, de frío ruso, de escaleras oscuras de Dostoievski, como las que se pueden ver en esta exposición: museo Thyssen.

Según Stoichita, la sombra es más literaria que visual. La increíble historia del hombre sin sombra, que ha ganado el Goya en los últimos Goyas, corto de animación. Más literaria que visual, y hablamos de un efecto óptico, que si se conoce es por los ojos, por los sentidos. El mito del doble, los aspectos filosóficos, psicoanalíticos de la sombra, más palpables en los libros que en los cuadros. Literatura, 1, Pintura/Cine/Fotografía, 0.

Pero vayan a ver esta exposición, hombre. Es mi consejo de hoy, como decía el chinorri aquel que salía en Lo+Plus, y que creo haber visto hace poco en la tele, rapadito al cero, eso sí.

10.2.09

B

Escribir, aunque te lea una persona. Creo que es suficiente recompensa, suficiente para el placer que proporciona depositar algo en el mar de la blogosfera, quitarse ese peso de encima, esos pensamientos de encima, que han ido cobrando forma dentro y que están listos para salir. Mente como horno de pensamientos, que trajina esas briznas cerebrales hasta convertirlas en palabras hechas y derechas, o series de palabras que forman algo escribible, material. El otro día, una catedrática de arte de Valladolid me dijo que en la tradición hindú, el arte es el modo de hacer material lo sagrado. Aquí aspiramos a hornillo a lo sumo, uno de esos que sirven para calentar morcillas o paninis, pero a fijar, de alguna manera.

Escribir, digo, aunque no te lea ni dios. La dependencia del comentario esclaviza al bloguer. Parece que si no se comenta, no se ha leído. Pero no es así, como demuestra StatCounter, con sus verdades estadísticas. Hay gente al otro lado, de ahí la fascinación de/por los blogs. Por fin alguien te escucha. Escribir es hablar sin que te interrumpan: Jules Renard. Walter Scott escribió su Diario y llegó hasta mí en una feria de libros en San Lorenzo del Escorial, con sus menudencias de hace doscientos años. Ese tránsito de siglos ya merece la pena, me digo, basta un solo lector, hoy o dentro de siglos para que escribir merezca la pena. Imaginemos a alguien atascado en una página de Internet, quizá ésta, moriría de la depresión. Pero sería un buen lector, quizá el lector ideal. Un lector ideal que, como su propio nombre indica, es ideal. No necesita personificarse, ni tener sexo, como los ángeles. Es algo angelical, sí.

El otro día soñé que entraba dentro de un blog. Sí, como en una película (que V reconoció al instante, a pesar de ser casi de los años setenta) en que un tío se metía dentro de la maquinita de videojuegos, de puro viciao que era. Sus amigos jugaban luego en ella y él gritaba que le liberaran, pero nadie lo hacía y se desgañitaba ahí, enanillo, hasta el fin de los tiempos. En mi sueño, yo estaba dentro de la barra de comentarios de Blogger, como atascado en una zona libre de html, tierra de nadie internáutico, y subía y bajaba sin saber cómo escapar de allí. Me preocupé.

No sé si voy a completar el abecedario. Me noto raro en este cuerpo nuevo.

A

¿Qué pasaría si una vez escribiera un post largo, un macropost, un antipódico nanopost, sin morderme los dedos digitales, jugando un poco con esa cosa automática del hilar ideas y fusionando ese tipo de proto-posts que no llegan a la categoría de tales pero que también ansían, cual espermatozoides nietzschianos, su poquito de vida y atención? Sé que a más de uno/a esta posibilidad le puede tocar sus santas partes, soy consciente.

Me encuentro en cierta fase experimental, el blog se me queda corto, los post o posts piden paso y pienso en Carlos y sus quejíos sobre ritmos trepidantes. Hablo del Carlos que compra el Babelia el sábado y lo va leyendo a cachitos durante el resto de la semana. Lo siento, Carlos, ya tienes bastante con esa penitencia que te has autoimpuesto, yo te eximo de esta obligación bloguil.

Sé de alguien al que se le secó el cerebro de leer tantos blogs. Aunque aún no lo conozco.

No temáis, no pretendo emular a Hikikimori. No habrá una serie de los unos, los doses, los treses y los cuátroses, ni una regularidad regular. Yo quiero ser John Malkovich, no Alberto Olmos. El John Malkovich que quiere ser John Malkovich, quicir: tengo que ver esa peli de una vez. Quiero ser el espectador de esa película. Pero sí, es cierto, no puedo evitar sentirme en la piel del Hikiko, aquí, pariendo ideas como panes. Sólo me faltaría introducir expresiones como 'Mi cantarina casera' y decir las marcas al revés. A mi lado tengo una tableta de chocolate Tdnil y unas galletas Aíram. A mi doPi se le acabó la batería pero suena en el ordenador Detener el tiempo, de Nacho Vegas. Ya no fumo, así que prescindo de un tema fecundo y facundo, el de la descripción de las volutas del humo de las que un amigo, Holzer, veía la demostración empírica del determinismo y la ausencia de libertad.

Llamaré a esta serie A, como el musical de Nacho Cano. Pero luego habrá un B y un C y un D y así hasta que acabe el abecedario. Cuando éste se me agote, digo, vendrán los AB, AC, AD, AE, AF... Y BA, BB, BC... y DA, DB, DC, DD... y AAA, AAB, AAC, AAD, AAE... hasta que muera. Sí, será un Post en marcha, como la novela en marcha de la vida de Trapiello, un Macropost, un conato de En busca del tiempo perdido, un proyecto nacido para no ser terminado, una obra inconclusa desde sus comienzos, un ya iremos viendo.

Y ese ir viendo me dice que acabe aquí este post que no ha quedado tan macro, ciertamente, y eso que tenía ganas de poner bastantes cosas por escrito. Colocaré antes una cita, en plan colofón, de Virginia Woolf, dicha por Amélie Nothomb y que ahora escupo yo: "Nada sucede hasta que lo ponemos por escrito".

Sobrevaloración del chándal

Esa prenda, el chándal, es el pijama de los comandantes. Pensemos en Fidel, que a ver si llega a celebrar los cincuenta años de su Revolusión. Un Fidel en chándal, sin galones, sin color aceituna, con las rayas de Adidas y los colores rojo, blanco y azul, que son los mismos que los de su odiado Estados Unidos. La bandera cubana comparte esos tonos, y los de la Francia de la libertad, igualdad y fraternidad. En el caso cubano, póngame de lo segundo y tercero, nada de lo primero.

Pero volvamos al chándal, esa prenda que brilla por su ausencia en mi armario. Y hoy, que me ha dado por salir a correr, sí, me he cruzado con Latinajo de Híspalis y me ha dicho que cómo es que iba a correr sin chándal, en vaqueros. "Bueno, puesto que uno va a realizar un gran ejercicio físico que se presupone desagradable, no creo que un mayor o menor grosor de un pantalón importe mucho". ¿Quién busca la comodidad en el sacrificio? Es como sí los soldados de la batalla de las Termópilas fueran con bufanda a la batalla, para no enfriarse el gargajo*. Además, los vaqueros estaban para lavar.

No corro a menudo, suelo hacerlo cada vez que hay elecciones en el País Vasco, aprox., y cuando lo hago experimento sensaciones que escapan a mi control. Es como si uno ingiriera una droga de la que no tiene referencias: todo es posible, e inquietante. Me asusta ese proceso en que la mente se instala después de una pateada in extremis. Por lo pronto, se me echa encima el sufrimiento de la Historia humana, de los barcos con negreros y escorbuto, de las cruzadas, de las torturas de la Inquisición, de los patios carcelarios, de los atletas de la maratón, o el maratón, de Garzón, de Michael Caine en la guerra de Corea, de Tolstoi en la guerra de Crimea, de Eduardo Haro Tecglen en la División Azul, de Altolaguirre en un campo de concentración francés, del pueblo judío, famélico, frío y cansado antes de ser genocidado, del destierro siberiano, de la Intifada X, de las cestas de ojos sacados de la guerra de los Balcanes.

Mi corazón se tranquiliza poco a poco, todo tiende al equilibrio, a la búsqueda de la paz, y sigo pensando que el chándal está sobrevalorado, y la indumentaria deportiva. Para sufrir, no hace falta táctel.

*Guiño a Contenedor Amarillo

9.2.09

Reflexiones húmedas

No, no, este blog no se va convertir en uno de esos bloguarrillos, aunque nunca digas deste cura no beberé ni este agua no es mi padre. O al revés. El post nuestro de cada día (dánosle hoy) ha surgido en la ducha. Sí, íntimo momento del que habría que hablar más bien lo justo, pero que parece que últimamente da sus frutos por este pago. (Hoy hubo correcto uso de los elementos de aseo, sí.)

Decía Arcadi Espada, esclavo (y pionero) en su día de la blogosfera (hoy no sé si tanto), que paría sus artículos en la ducha, mentalmente hablando. Si existieran libretas impermeables, más de uno las usaría. En ese cubículo que reproduce una lluvia caliente es donde encontraba la inspiración o lucidez para arrancar con el tema del día. Ahí mascaba toda la información acumulada la víspera y, sobre las siete de mañana, en pelotas (odio el correctismo de en pelota), encontraba la clarividencia necesaria. Creo que había otros nombres más o menos célebres que hacían lo mismo, pero no lo recuerdo y empiezo a temer que este post ya lo escribí hace tiempo. Eterno retorno bloguero, no sé qué opinará de esto Sir Alsen Bert o el nietzschiano y gayo Jordi S.

Dicen que los templos modernos, las nuevas catedrales, son los museos. Pues bueno, sí y no. Sí que es cierto que las iglesias cada vez son más recintos curiosos en los que organizar conciertos con instrumentos antiguos, pero no creo que la gente acuda a los museos con la actitud en que antaño se iba a los templos sacros. Los museos no dejan de entenderse como un jumelaje consumista de imágenes, de turisteo voraz de estímulos que se mascan y digieren en cuestión de segundos. Aunque hay quien acude con actitud reflexiva y esponjil, pero me temo que una minoría de los dos millones que pasan anualmente por El Prado.

Cuando las rémoras del pasado me obligan a ir a misa (un funeral, una boda, un bautizo), confieso que encuentro cierto placer (o algo parecido) tras la experiencia. Como cuando uno va a un concierto de un desconocido pianista y encuentra una insólita paz quasi mística. Tiene que ver con el encierro y con la escasez de estímulos, que propician que la mente escale posiciones, que se recomponga, que descanse, en suma. Como viajar en tren.

Son pocos, extinguida la tradición de la misa diaria o semanal, los momentos en que poder encontrar ese encierro místico. Quizá el metro, sí. Pero hay en el metro un componente de ansiedad, de sudor metálico, de gente fea, que nos impide relajarnos, destorsionar una mente que a veces recuerda una toalla escurriéndose.

Por eso la ducha se reivindica como un espacio único de reflexión en que las ideas, como el vapor, transitan al alza. Húmedas reflexiones que convendría apuntar, pero que casi siempre se quedan en ese estéril espacio en que el realizamos higienes de todo tipo.

7.2.09

Bienvenido a Casa

Por fin he entrado en la casa del señor, el palacio de papel, La Casa del Libro.

"No soy digno de que entres en mi casa, pero una compra tuya bastará para sanarme".
Cartas a los náuGrafianos, 19:06-79:88

6.2.09

El humor de los Beatles

Ando medio gestando un post sobre el malditismo. Sobre los autores que van de malditos, para con ello compensar quizá sus carencias, con un halo de pose misteriosa, oscura, tirando a ridícula ahora que vamos cumpliendo años.

Los Beatles estaban por encima de todo eso. Ayer descubrí una grabación durante una gira por Australia. La manera con la que John (Lennon) presenta la canción, esa espontánea y vacilona forma de pronunciar el YOU de She Loves You, riéndose un poco de él mismo, de todas las fans chillonas y de lo famosos y dioses del mundo que son, no la alcanzarán jamás los nachosvegas ni las christinasrosenvinges de hoy. Ni los wilcos ni los planetas ni los adamgreens, ni los siguresross, ni todos esos grupos tan poca cosa que nos intentan vender los suplementos guays.

She loves YOU.

Jóvenes en Red: plan trampa

Hace un año me dijeron que el Gobierno, a través de un plan de difusión del uso de Internet y nuevas tecnologías entre los jóvenes, ofrecía gratis dominios. El Plan Avanza. Me di de alta y en pocos días recibí unos modelos de plantillas, algo que parecía un blog, pero que no se sabía bien qué era. Para darlos de alta había que saber poco menos que programación java, html, jarewear e indexación patcheada. En nada recordaban a las herramientas conocidas hasta entonces, Blogger, principalmente.

Me pareció una iniciativa como muy moderna, de tipo holandesa, digamos, pero me decepcionó su aplicación. Era un jodío lío, así que seguí en mi blog impersonal de siempre, parasitando dominios ajenos.

Violetera también se apuntó en su día y hoy me envía el mail que le ha llegado, que procedo a pegotear, para asombro de propios y ajenos:

Hola Violeta J. B., ha pasado casi un año desde que conseguiste tu dominio .es y tu plan de alojamiento totalmente GRATIS, gracias a la promoción de Jóvenes En Red mediante el Plan Avanza.

Ahora, la decisión es tuya. Si has utilizado tu dominio, si has comenzado un proyecto en Internet, si quieres seguir adelante con tu propio blog o foro, si te gusta presumir de tener un email personal... Ésta es tu oportunidad. No la desaproveches!

Renueva tu dominio y alojamiento con nosotros y conserva todas las ventajas que has tenido durante este año por sólo 39'95 € al año (IVA incluido). Sólo contéstanos:
¿Pero qué vergonería de Gobierno de izquierdas se permite lanzar una iniciativa de este tipo, en plan trampa absoluta, cebo salvaje, gancho para incautos, para luego pasarle, sibilinamente, la minutaza? Un dominio no vale tanto, además. Que no nos ofrezcan ayudas si luego sólo quieren hacer negocio, hombre, y encima con un producto deficiente.

Sería de investigar qué empresas andan metidas en este ajo virtual. Y escrutar las amistades circulantes.

* Interfaz de inicio de la susodicha herramienta.

Jueguecito metabloguero

El post que escribí ayer, aquel de Así actúan los bancos, lo hice al margen de la actualidad política y económica. Lo escribí en caliente, dando por sentadas algunas afirmaciones que admitirían más un matiz, témome. Esto es un blog y no una columna periodística. Hay más literatura que periodismo. Más pathos que faction.

Olvidé la reunión del otro día de Zapatero con los grandes banqueros, en que insinuó que no estaban facilitando el flujo crediticio.

Veo ahora en un informativo las portadas que llevarán este viernes los diarios nacionales y, al menos dos, creo que Público y ABC, abren sus portadas con la defensa de Botín de su generosidad prestamil.

Me ha gustado imaginar, en una fantasía megalómana, que estas portadas no son réplicas a las suspicacias del Gobierno, sino una respuesta a las insinuaciones o reproches vertidos aquí hace dos posts. Como jueguecito de antes de ir a dormir, me ha parecido divertido. Este viernes compraré Público o ABC.

5.2.09

Penosa estampa

Ya van dos días seguidos. Estar en la ducha, absorbiendo el calor del agua y descubrir, tras las cortinas traslúcidas, que, oh, sí, mierdaputa, nopuedeser, el albornoz está en la otra punta del minipiso, y no en el ganchito dónde debería. Y la ridícula y fría estampa de ir a buscarlo, empapando de agua la estancia, es tan penosa que no podía dejar de comentarla.

Así actúan los bancos

Cada vez me caen peor los bancos. Juegan sucio, se aprovechan de la crisis, después de haberla creado. No conceden préstamos, así que la gente vende sus acciones, para poder pagar letras del coche, vacaciones del hijo, los gastos de la universidad, la endodoncia de la nena. La gente vende acciones porque ellos no conceden créditos y las acciones de devalúan hasta extremos irrisorios, y quienes confiaron en ellos se cagan ahora en sus respetables padres y madres.

Hace poco fui a pedir un creditillo para pagar unos gastos varios. Al verme medio ninja, me dijeron que iba a ser muy difícil. La chica que me atendió me sugirió que usara los fondos de mi tarjeta de crédito, con un límite más que laxo. Conseguí esa tarjeta dorada cuando era alguien solvente y estable: ahora que lo soy bastante menos me giran la cara.

Sin embargo, ayer me llamó uno de esos comerciales que entra en tu casa sin pedir permiso. Pero nada de "¿Hola, tiene Vd. cinco minutos?". Qué va, les han formado para entrar a saco, en plan kamikaze. Un día ya me encaré con una señora, me llamó mientras cocinaba y la mandé elegantemente a la mierda. "Pregúnteme si tengo al menos dos minutos para escucharla", le dije. Luego me dio un poco de pena.

Decidí en cambio escuchar al tipo que me llamó ayer, a ver qué se contaba. Me ofreció un crédito de hasta 16.000 euros. Le dije que, bueno, igual hasta me interesaba. Paso de seguir malvendiendo sus infravaloradas acciones putrefactas. "¿Cuánto le interesaría?", me dice. Un poco por jugar, le contesto que "4.000 euros". Entonces me hace un cálculo de las cuotas y yo flipo en colores. Veo ahí toda la indignidad del sistema bancario, su usura absoluta, sus prácticas miserables de hacer leña de los árboles caídos, con 8.000 millones de euros de beneficios anuales y unas tripas más que llenas y orondas.

El gacho me explica, como si me estuviera vendiendo duros a cuatro pelas, que puedo pagar el crédito en comodísimas cuotas, y me hace la estimación. En tres años, nada más, tan sólo 150 euros al mes. Mientras habla, cojo papel y boli y hago la operación. 150 euros x 36 meses = 5.400 euros. Esos %&grr(##" me van a clavar 1.400 euros por concederme un creditillo a tres años, en las condiciones menos ventajosas que la peor conciencia pudiera diseñar.

Y le digo al comercial: "Oye, es que el crédito me va a salir a 1.400 euros". "Ya", me dice. Y añade que, bueno, que al menos los intereses no crecerían en ese tiempo. Sólo se me ocurren insultos gordos y maternofiliales para definir su conducta. El colmo sería que hubieran aceptado la ayuda del Estado. Pero el banco del que hablo tuvo la suficiente lucidez para declinar la oferta, consciente de los riesgos que entrañaba para una rutilante imagen que esconde porquería a espuertas y que me genera un rechazo absoluto. Eso es engañar y timar a la gente. Y abusar de su posición de fuerza.

4.2.09

Faulkner y los no-conceptos

Marc Augé publicó en 1995 aquello de Non-Places: Introduction to an Anthropology of Supermodernity . El término parece que gustó y con un retraso extraño y achacable a no sé qué causas, hace poco se empezó a hablar aquí de los no-lugares. Quizá se debiera a la traducción al español de ese libro llegó en ese momento.

A mí me hizo gracia el supuesto hallazgo y escribí, en el anterior blog, varios post al respecto: los no-días, los no-cigarros y las no-respuestas. Pesé a basarme en el presunto hallazgo de Augé, me sentí muy original por hacer tal aplicación, como por dar la vuelta, al estilo calcetín, a las palabras, a los conceptos: su negación los afirmaba.

Las no-respuestas. Semanas después escuché una famosa canción de los Beatles: No reply.

And I'll forgive the lies that I,
Heard before when you gave me no reply
(Y olvidé las mentiras que había escuchado antes, cuando me diste no-respuesta).
Los Beatles, el inglés, en vanguardia de cualquier neologismo.

Ayer abrí mi primer libro de Faulkner. ¡Absalón, absalón! El "más Faulkner" según Onetti, faulkneriano de pro. Hay mucho faulkneriano por ahí, el propio Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Unai Elorriaga y yo no conozco a Faulkner, que me recuerda por cierto a Eduardo Mendoza, en su bigotillo. Seguro que Mendoza intentó plagiar su allure. Así que lanzo la pregunta, al estilo Contenedor Amarillo: ¿Cuál es el mejor libro para empezar con Faulkner?

La nota de la traductora me sorprendió. Eran como advertencias antes de entrar en una cripta oscura y con escorpiones agresivos. "He mantenido, asimismo, las largas tiradas, llenas de incisos, que caracterizan la prosa de Faulkner: de ahí el tono ocasionalmente pesado de esta prosa" (la cursiva es mía).

Y luego cita los neologismos que WF inventa: "no-husband" (no-esposo), "notpeople" (no gente), etc.

Las dos primeras páginas, en efecto, me parecieron densas y me aturdieron. Planteé seriamente si seguir adelante, decisión que he dejado madurando hasta nueva orden. Sin embargo, ese descubrimiento del uso de los no-conceptos me generó una vinculación para con el escritor de quien no he leído nada bastante inquietante. De ahí este post, que pensé resolvería en dos párrafitos, nanopost incluso, y ha sido realmente no-corto pero creo que enjundioso.

3.2.09

La vida de Roth

He enviado una crítica a Ojos de Papel sobre Los hechos, autobiografía de un novelista, de Philip Roth, que se vuelve a publicar, veinte años después de su aparición. Una vez leída, cabría preguntarse en qué medida debe el autobiógrafo escribir pensando en el público, o si todo es vómito vital y para qué pensar en el lector. Abogo por una sabia mezcolanza entre vómito del bueno e ingenieria literaria.

Kanishka Raja

'In The Future No One Will Have A Past'
(detail)
2007
oil on canvas over panel
panel 2: 32 x 60 in.

"Con la globalización, siempre hay ganadores y perdedores. Cada acción buena, acarrea una mala". Kanishka Raja (Calcuta, 1969), reside desde hace 18 años en Nueva York.
Participa en ARCOmadrid_2009.

Pincha en la imagen para ampliar.

Y vota en la encuesta, hombre, que tiene su gracia la cosa, joo.

2.2.09

Normalidad invernal

No me acaba de gustar febrero. Enero es mes siglo XIX, es decir, tiene un pliegue temporal en el que uno se puede refugiar. Se está a gusto dentro de enero, protegido, una protección fría, como la de los huskys siberianos que duermen bajo la nieve, arrumacados bajo una manta de nieve.

Pero febrero te deja el culo al aire, como a los escarabajos ermitaños sin cáscara, me hace pensar en esas fachadas de casas destrozadas por que alguien dejó escapar el gas, o porque alguien puso una bomba, o porque se vinieron abajo de puro viejas. Se ven los dormitorios, las batas colgadas, el espejo que ahora refleja la calle y toda esa intimidad refrescada por el viento de la ciudad.

Febrero y marzo son dos meses normales, de lo más normal que hay en el calendario. Unos meses 'como dios manda'. Ya escribí hace tiempo sobre esto, pero me apetece repetirme y buscar nuevas aristas, nuevos puntos de apoyo para este tiempo a veces inasible. Ayer me dijo un quiosquero de Gran Vía: "Este invierno va a ser histórico, lo recordaremos todos". La verdad es que yo tengo ya varios inviernos en la chepa de la memoria meteorológica: el de 2005 que heló Bilbao, con el Guggenheim alfombrado de nieve; el de 2007 que peinó de blanco Ciudad Real... y veremos 2009.

Pero pasa que no siempre hay temporales memorables (el de hace unas semanas, también el Bilbao, lo ha sido), y los inviernos pasan sin que nos enteremos bien. En Madrid, por ej, hay muchos días que no llega a hacer frío. Es una temperatura estándar, como de recinto ferial. Porque febrero y marzo son meses indoor, para ir de feria en feria, para hacer vida más que pensarla. Hay toda una normalidad social, es tiempo de agentes comerciales, empleados de banca, abogados laboralistas, reuniones sindicales, rediseño de organigramas, tiempo de pintar la casa, de operarse, de ir al dentista, sí, mucho dentista, de quitarse un quiste, una variz, corregirse la miopía, cambiarse de gafas, arreglar la pata coja, planear vacaciones futuras, pensar en casarse, en reformar la cocina. Normalidad, cotidianeidad, nada emocionante. Es un mes de ir a visitar a enfermos al hospital.
*
De pequeños, solíamos ir mucho en invierno a Barcelona, por cosas de trabajo. Ahí el invierno era aún mucho más indefinible, una no-estación, unos meses de tránsito hacia las verdaderas estaciones. Muchos días salía el sol, y era una primavera sin calor y sin flores, y la gente no sabía muy bien dónde meterse ni a qué atenerse. Yo prefiero el frío, un frío recio que te achante el espíritu y que te haga un tipo duro, no un blandengue mediterráneo con alma de escalibada. No me gusta ir a la playa en febrero, ni pasear por el Passeig Maritim, ni por la Barceloneta, ni por el Borne, con cazadora ligera. No. Tampoco quiero un invierno ucraniano sin gas, ni diluvios levantiscos. Pero sí un cierto dramatismo estacionario, coño.

PostPost: Acado de ver el telediario y no he podido evitar sentirme muy frívolo y caprichoso. Que si dramatismos estacionarios... Londres colapsado, nevado y sin aeropuerto, París con aguaceros y temporales varios, 25 heridos en Málaga por un tornado... A ver, yo sólo decía que me gusta cierto frío en el invierno, que me deprimen los inviernos tibios e insulsos, nothing else.. (No sé porque me estoy justificando ni defendiendo, si nadie me ha agredido, pero prefiero poner la venda antes de la herida. Y, sí, ay, esto de ser blogger te genera como un constante sentimiento de culpa o de pulsión defensiva permanente que no sé si es muy sana.)
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