8.12.09

Libros de viaje

No me refiero a la literatura de viajes, a Los anillos de Saturno de W.G. Sebald, ni a La isla de Juan Fernández, de MSO. Tampoco a Atrapados en el paraíso, de Patxi Irurzun, ni a Habana 2009, título provisional, que estoy escribiendo. Me refiero a los libros que uno lee cuando está de viaje.

Los libros que uno lee cuando está de viaje son libros que te apartan del viaje. Son viajes dentro del viaje, un doble viaje, y eso es un doble placer. No así la doble ficción, esto es, cuando un amigo te cuenta un sueño (relato ficticio de otro relato) o cuando en una novela (ficción) te cuentan una peli (ficción), cosa cansina ésta hasta el extremo.

Hay que leer durante los viajes, aunque sean cuatro páginas al día. La lectura durante el viaje te separa, un rato, del viaje. Olvidas que estás en tal sitio y cuando cierras el libro, recuerdas que estás en tal sitio. El viaje es acotación del tiempo, de la vida, un paréntesis sagrado en unas coordenadas espacio-temporales determinadas; un viaje es como una novela, un relato, una ficción. Tiene principio y final, tiene un escenario, unos personajes. Tiene complicaciones, sorpresas, puntos de giro, grados de intensidad. Un libro, lo mismo. Leer es viajar, viajar es escribir la propia vida (para luego leerla). Por eso, leer durante el viaje es una experiencia muy interesante.

En estos recientes días en Praga leí Invisible de Paul Auster. Me metí un rato en un bar, alejado un rato de mi familia viajera, pagué 33 eslotis checos (euro y poco) por una pinta de cerveza y me puse a leer esas guarradas austerianas de Adam Walker tirándose a su hermana Gwyn Walker, en 1967. Otra vez que estuve en Praga, leí Mis amigos, de Emmanuel Bove, ese Walser afrancesado. En Bruselas, La última estación, de Jay Parini, sobre los últimos días de Lev Tolstoi, huyendo de su histérica esposa y abrazando la austeridad en la cabañuela de Astopovo, Rusia. En Croacia me metí en el mundo sobrio, tenue, triste, robinsoniano, de Coetzee en Vida y época de Michael K. Otro día, en un camarote de barco mediterráneo, leí Insomnio de Fernando Chivite. En el París de mis veinte años, leí París era una fiesta, de Hem, y L'étranger, de Camus.

Los libros, como complementos a la vida, al viaje de la vida. Para eso están.
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