TASIO25 (notas sentimentales)

Fue emocionante ver Tasio a los 25 años de su estreno, y también fue emocionante verla, por primera vez, este miércoles, a las dos horas de haber compartido con sus autores impresiones y espárragos.

Tasio era esa película, había un runrún durante nuestra infancia, un eco mediático que llegaba hasta nuestros tímpanos infantiles. A veces la pasaban y me padre decía "esta peli es muy buena". Lo cierto es que decía a menudo lo "esta peli es muy buena". Easy Ryder: Esta peli es muy buena. Tasio, lo mismo.

Y es una buena peli. No sé si mis lagrimillas cuando el chavalín se mete hasta las trancas en la carbonera fueron producto de la destreza del director o consecuencia de un activarse cosas de tipo raigambre que hacía tiempo que nadie activaba. Me emocionó esa sobriedad navarra, tan poco plañidera, tan poco dada al quejío, al histrionismo emocional, cuando saca Tasio al niño moribundo de la carbonera ardiente, con el padre del mismo ahí al lado, que mantiene el tipo en todo momento. Ese carácter nuestcho que tiene sus muchas limitaciones, pero que también rezuma una nobleza extraña, no tan común como podría pensarse.

Me vino a la cabeza una de las siete vidas que mi abuelo León, el gato León, salvó, de niño, en su pueblo natal, Ochagavía. Se le cayó un camión de escombros encima. De abuelo, me enseñaba las cicatrices que aún conservaba. (Luego tenía esas manchas propias de la edad y yo le decía "¿qué es esto abuelo? Y él, "una lenteja". Y yo pensaba "y qué coño hace ahí una lenteja". Me costó años desentrañar la verdad, que ahí no había ninguna lenteja. Mentirijillas de abuelo, entrañable género del que era todo un maestro.)

Uno se plantea, entonces, si el éxito de Tasio en nuestras latitudes se debe al rescate de esas nuestras raíces polvorientas o porque la peli es buena en sí. Yo diría que por las dos cosas. Me voy a centrar en la primera, en el tema raíces. Del tema cine, yo diría que es una película que ha envejecido magistralmente, con los años.


AnasTasio Ochoa (izq) y Patxi Bisquert, el actor (dcha)

Hay en muchas casas de amigos nuestros de Pamplona, y las había también en la de nuestros abuelos, retratos de gente mayor, fotos de pastores, fotos de iglesias en un día nublado, fotos de un mundo fantasmal, de un mundo tan remoto para nosotros como el de los pobladores de Atapuerca. En esa ignorancia nuestra con la que vamos luchando, hemos pasado toda la vida por esos pueblos, pero pasado de largo. Ibamos a San Sebastián, a Biarritz, a San Juan de Luz. No a una aldea despoblada de la Sakana. Pasábamos de largo por esos escenarios rurales desconocidos para nosotros, sin curiosidad si quiera. Pueblos en su mayoría con un aspecto ya algo desolador, con la estética dura del borrokería rampante, las batallas políticas más agresivas y rupturistas, pintadas, herrikos, miradas hoscas. Brotó un cierto rechazo por aquel mundo.

Sin embargo, de aquel mundo (en parte) venimos. Esos retratos, esa Josefa Goñi, ese José Mari Navascues, tenían su vida. Y vaya vida. Esa vida anterior al famoso éxodo rural, una vida precaria, recia, austera, que puede recordar poco menos que a los poblados prehistóricos. Las escenas domésticas que dibuja Armendariz en Tasio son asombrosas al desvelarnos con nitidez ese tipo de vida rural. Familias en torno a un perolo con piezas de caza muchas veces pilladas el día anterior, en una austeridad mayúscula. Los comedores de patatas de Van Gogh parecen señoritos, a su lado. El Neanderthal, sin peyoratismos lo digo, a cincuenta, sesenta años de hoy día. Acojonante.

Y luego esa existencia libre, libérrima, que encarna el personaje de Tasio. La vida juguetona que reclamaba el otro día por aquí el cubano Pedro Juan. Una vida completa al menos para Tasio, una vida activa, variada, rica, concreta, tangible. "Queremos que te vengas a Vitoria a vivir con nosotros", le dice su hija. "Antes me suicidio", parece pensar Tasio, para quien Vitoria, y para el espectador que ha empatizado con el personaje, suena como a Nueva York. Y se queda, claro.

Entiende uno a todos esos abueletes y no tan abueletes que cayeron en las pamplonas, en las vitorias, de los años sesenta y que, bien, bueno, vale, se adaptaron a un mundo tecnificado que, bien, bueno, vale, no estaba mal, pero, no sé, era otra cosa.

Era lo que había que hacer, se ganaba más, era lo que tocaba. El progreso y todo eso. El progreso, sí, vaya cosa.

Comentarios

  1. Muy buena su visión de Tasio.
    Esta pelicula tiene algo que resiste al paso del tiempo. Tiene el ideal de valerse por si mismo, lo más libre que se puede ser en este mundo: Del valor trascendente de la naturaleza y de la vida. Del Espiritu acrata y romantico . Creo que para un chico que se ha criado en esos pueblos, que ha visto como ese estilo de vida desaparecia,representa la perdida de algo. Tasio es como un "Gatopardo" a la Navarra .

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  2. Vaya, ni idea de qué va la peli, pero mientras leía me acordaba de tantos Tasios. Lo que describe tan divinamente sigue aconteciendo en algunos lugares de España, lo vivo casi a diario en alguna que otra visita domiciliaria a mis queridos ancianos, que con ochenta años (y algún que otro de noventa) reniegan de las comodidades de la ciudad y de un piso de ochenta metros cuadrados con ascensor en un barrio de Madrid o de Barcelona. Se niegan a dejar de vivir como viven. Y lo hacen en un cociniche de seis metros cuadrados, con un humilde dormitorio, un wc de tiempos de posguerra y su corral (o su patio), pero sobre todo con su olor a monte.
    Mientras desenfundo el tensiómetro y busco el fonendo y la libretilla de anotaciones en mi maletín, no dejo de observar los rincones de esas casas en las que tengo que agacharme al entrar por la puerta, con escasos muebles de madera resquebrajada llenos de enseres cubiertos de polvo, anacrónicos, perpetuados en el lugar eternamente asignado, día tras día, año tras año. Un par de fotos en color sepía, péndulas en la pared, que parecen secuencias de Los otros, o sacadas de una de esas tiendas que ahora están de moda que venden las toquillas de la abuela y sus retratos viejos, donde las niñas parecen viejas y viejos que parecen esperpertos. Y otras muchas en un humilde aparador, éstas de las bodas de sus hijos, de la mili de sus nietos, de las comuniones de bisnietos... Me gusta empaparme de estas imágenes, percibir toda una vida con el simple vistazo a una habitación porque sé que detras hay mucho. Me gusta encontrarme su cara lozana en alguna de esas fotos para saber como era esa mujer o ese hombre al que sólo le queda la espera, pero que te habla de tragedias con igual calma que te habla de lo que cenó anoche.
    En fin, señor Laporte, que sigue habiendo muchos Tasios y casi idéntica manera de vivir que hace sesenta o setenta años, porque para muchos la llamada modernidad les llegó tarde, cuando ya tenían muy poco que ganar y mucho que perder... sí ésas, sus raíces.

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