9.11.09

Bs

Leí que el número 9 tenía un alto componente creativo. Quizá por estar cerca de la rectitud del diez, antes de llegar a esa planicie, se haga acopio de fuerzas y caiga un do de pecho creativo. Este 2009, como todos los años 9, está siendo un año cargado de efemérides. Ciencuenta años de la Revolución cubana, cuarenta de la llegada del hombre a la Luna, treinta del nacimiento de Eduardo Laporte, veinte de la caída del Muro de Berlín, diez de la formación del grupo Estopa. Un no parar.

De los veinte años de lo del Muro, podemos evocar algunas cosas, y exponer ciertas ignorancias supinas que vamos disipando. Evoquemos primero. Recuerdo que en aquellos años de la EGB nos enseñaban muchas cosas, pero no entendíamos ni una. Nos hablaban de comunismo y no sabíamos qué era comunismo, nos hablaban de capitalismo y no sabíamos qué era capitalismo, nos hablaban de nacionalismo y no sabíamos qué era nacionalismo (¡¿los vascos nacionalistas? Pero si odian España!), y así con todo. Nadie se preocupó de decirnos, o quizá yo no estaba atento, cosas así: "Mirad, niños, el comunismo es como si tus padres dieran el dinero de su trabajo al ayuntamiento de Pamplona, en vez de quedarselo ellos, y que el ayuntamiento os comprara luego la comida y la casa".
Hablaban de comunismo, Perestroika, Gorbachov y caída del Muro de Berlín como si tuviéramos pajolera idea de algo, cuando jamás fue así. Si queríamos aprobar, a memorizar se ha dicho. Pero de saber, nada. Y de esos polvos vienen estos lodos, o al revés.

Yo sabía que había dos alemanias por las máquinas recreativas de fútbol. A veces había que elegir entre la RFA de Beckenbauer y la RDA. A uno le sorprendía esa bi-locación de la plantilla alemana, pero prefería no hacerse muchas preguntas y seguir jugando. Ya lo entendería de mayor. Tampoco entendía muy bien que la capital de Alemania fuera Bonn, cuando pa' mi que era Berlín.


Recuerdo eso sí, a una profesora, Cobi la llamaba todo el mundo, que sí que se preocupó de infundirnos cierto entusiasmo con la cosa histórica. Hace veinte años, se desvivía por despertar nuestro interés con los acontecimientos que se estaban desencadenando. "¡Estáis viviendo momentos históricos!", dijo, y se me quedó grabado para siempre. Y a mí me gustaba oír aquello, aunque daba por hecho que esos acontecimientos estaban fuera de mi alcance cognitivo. Sabía que se caía un muro, pero no sabía muy bien qué pintaba ese muro en medio de esa ciudad alemana. Aquel año, por cierto, estuvimos mi familia y yo en el París que celebraba los doscientos años de la toma de la Bastilla y los cien de la construcción de la Torre Eiffel, vaya par de efemérides, también terminadas en 9.

Después de lo del muro se cargaron a Ceaucescu, en plan ahí te mueras sabandija, y vi su careto en Informe Semanal y me dije que sí que tenía razón la Cobi.

En cuanto a ignorancias supinas, que se entienden en la infancia y con ese sistema educativo basada en la criptología, me sorprendí el otro día, en el paseo por los diversos especiales sobre el Muro, descubriendo, de nuevo, otra concepción errónea de las cosas. Es un recurso cómodo echar la culpa a alguien en estos casos, así que no lo haré (aunque a veces los medios de comunicación dan las cosas por supuestas, por sabidas, y hacen pensar que a lo mejor ellos no estaban tampoco muy enterados). (El otro día un amigo preguntó a seis compañeros periodistas de un puntero diario digital a ver cuántos conocían a Jorge Herralde y el resultado fue: 6 a 0. Vamos, que no lo conocían. ¡Periodistas!)

Mi último des-encuentro con la verdad tiene que ver con el Muro, y con la estructura de éste. Siempre pensé que Berlín Este estaba encerrado: para eso el Muro. Para que los comunistas no escaparan y se fueran a Berlín Oeste o a otras partes del mundo. Pues no: los que estaban encerrados, en realidad (aunque podían salir en avión), eran los ciudadanos de Berlín Oeste, en torno al cual el bloque comunista construyó un muro de más de cien kilómetros.

Había carestía en Berlín Este: brócoli y cuatro verduras para comer todos los días. Me hizo gracia un tipo que comentaba que al pasar al otro lado, le abrumaba toda esa variedad, tantas clases de chocolate para elegir, y que se sentía perdido. Había carestía y falta de libertades varias, pero no vivían encerrados. De hecho, podían moverse a sus anchas dentro de los países que firmaron el Pacto de Varsovia, y solían veranear a menudo en Hungría. Las fronteras, eso sí, eran verdaderos telones de acero.

Conclusión: 1) la enseñanza debería mejorar mucho y enseñar las cosas como a tontos y 2) no tenemos ni puta idea de nada.


Fuente: rtve.es/noticias
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