7.11.09

Br

Me he dado cuenta que, apenas he comenzado la obra literaria de un autor, me intereso casi más por su obra biográfica. Memorias, diarios, entrevistas, opiniones más o menos contundentes, etc. Me ha pasado con muchos, Baroja, Tolstoi, Nabokov y ahora con Thomas Bernhard. No me he leído más que cuatro de sus Relatos autobiográficos, y en seguida caí en Conversaciones con Thomas Bernhard.

Di que necesité, de pronto, que alguien me rescatara de la prosa locoide y excesiva de Manuel Vilas en su Aire Nuestro. Me temo que estoy viejo para un tipo de literatura, que solo tiene en el humor corrosivo y lisérgico su motor, al menos hasta la página 50 o así en que abandoné. Un motor cuya gasolina es meter a Jonnhy Cash actuando en la catedral de Santiago de Compostela a las siete de la mañana, ante de misa de ocho, antes de ponerse ciego a cochinillos por Castilla-León. O que José Luis Rodríguez Zapatero sea, en realidad, un profesor de inglés de instituto de Getafe que cobra 1.936 (eh, vaya cifra, qué coña..) euros al mes y que dice: "Hey, babies, I'm Zapatero". O que Pedro Laín Entralgo habla con Dámaso Alonso. El primero es "Pedrito" y el segundo es "Dam". Y hay diálogos como "Eres un crack, Pedrito".

Eso de colocar a los personajes ilustres de la literatura reciente metidos en situaciones absurdas y payasescas ya lo probó con mucho éxito Juan Manuel de Prada en Las máscaras del héroe, y luego Rafael Reig, con no menos éxito, en su muy recomendable Manuel de literatura para caníbales. El resto, como que suena ya a un déjà lu clamoroso.

Creo que el humor por el humor, por muy inteligente que sea, no lleva a ningún sitio. Me estoy haciendo viejo, ya digo, en cuanto a gustos literarios, al menos. Empiezo a pensar que no me gusta la literatura, sino las personas. Y que si me gustan los libros, cuando me gustan, que tampoco ocurre con tanta frecuencia, es porque descubro a la persona que se esconde detrás de esos velos literarios. Y que cuando esa persona me gusta, entonces me gusta lo que leo.

2 comentarios :

  1. A nosotros también nos pasa. En el caso de Pushkin por ejemplo, es sorprendente que fuera nieto de un esclavo abisinio que fue favorecido por el zar. Y, en consecuencia, era mulato. Es divertido.

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  2. Hubo un tiempo en el que a mí me sucedía lo mismo, la lectura me terminaba llevando a la curiosidad por el autor: cuál podría ser la razón de la exitencia de tal personaje, de tal idea, por qué ese título y no otro... Todo, absolutamente todo me conducía a querer saber quién había detrás: año de nacimiento y muerte (si es que ya había muerto, claro), lugar, familia, contexto histórico, relaciones personales, etc, etc. Me pasó con Oscar Wilde, con Byron, con John Fante, con Süskind, con Margarita Duras... Era como releer la obra dos veces, o matizarla subjetivamente, cosa que me encanta porque es como jugar a detectives... en fin, manías.

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