22.10.09

Justo Serna, Antonio Muñoz Molina, autobiografía e historiografía: croniquilla del asunto

1. Hoy siento una extraña responsabilidad impropia en esta bitácora propia y libre, escrita siempre para uno mismo y para los demás, pero sin imposiciones de estos últimos nunca. Hoy noto la amable imposición de que Justo Serna me haya dicho que será "un honor" leer una crónica de este bloguer que si a algo aspira a ser es, como el propio Muñoz Molina, como el propio Pla, aunque luego decía que lo era pésimo, observador. Se puede hacer carrera de observador: ser luego bueno o malo es otra cosa, porque observar lo puede hacer cualquiera. No hacen falta títulos ni más herramientas que los ojos, en conexión más o menos directa con el cerebro. En esas andamos.

La presión serniana, y la de los lectores de su enjundioso blog, de los que alguno que otro se pasará por aquí.

He observado, pues, con "honor", que he sido el único asistente al que don Justo Serna ha saludado, antes de comenzar su charla en la Fundación March. Y permitirán estos yoísmos en un post que pretende dar somera e irónica cuenta (rigurosa sería mucho pedir) de una conferencia titulada Autobiografía e historiografía. El caso de Antonio Muñoz Molina . [Corrijo: fui el único privilegiado en recibir el saludo desde la sala, más que nada porque estaba a pocos metros del ponente, pero antes fueron saludados Ana Serrano, Manuel Alberca y Carlos García Gual.]

Después de esta caricia para el ego, después de constatar el poder de la blogosfera y su capacidad para generar contactos entre seres humanos, Justo Serna se ha metido de lleno en el tema. Ahí he visto, he observado, el particular estilo del conferenciante con horas de vuelo docente a sus espaldas. Así como Enric Sòria se apoyó el otro día en sus folios, Justo jugaba al juego de leo pero no leo con notable habilidad. Comentaré más aspectos metaconferencísticos extrapost. Antes, un dato para las fans de Serna: buena planta, elegante y gafas cuidadosamente seleccionadas. Cabeza holgada, sólida, de evocaciones orteguianas. Un ponente imponente, diría, si quisiera hacerle la pelota.

La cosa ha comenzado con una introducción sobre el concepto de historiador, y la particularidad de que un historiador lea novelas y que las considere poco menos que materia prima de su estudio. Cuántas veces hemos escuchado comentarios despectivos sobre la novela, despectivos y machistas, por cierto: "Las novelas son para mujerucas". (Luego resulta que esas "mujerucas" están más resabiadas que la madre que las parió: minipunto de cara a la galería feminista.) Pues sí, las novelas son para mujerucas y para historiadores (culturales) como Justo Serna, que para mí que coincido con él en el concepto de cultura, cultura como cosas que hacen los hombres (y mujeres), y no sólo como tal cuadro del Prado o el Louvre.

2. Serna se ha definido en su actuación historiográfica, y ha definido también a aquel historiador pionero que registraba sucesos como la batalla del Peloponeso. Unos historiadores/cronistas, quizá se podría decir también que periodistas, periodistas de gran alcance, pero que comparten metodología similar: recoger el mayor número de fuentes, las de la constatación propia y las ajenas, y contrastarlas en la medida de lo posible. Un historiador/cronista que rastrea todo lo que tiene a su alcance, todos los documentos posibles, y ahí la autobiografía es un documento de tomo el lomo, que el historiador no debe desdenar. Porque, como ha comentado Serna, la autobiografía y la historiografía comparten el motor de la verdad, el estar constituidos por materia verificable. Aquello del pacto autobiográfico de Philippe Lejeune.

Después de estas consideraciones generales, se ha pasado a hablar de Antonio Muñoz Molina, que presenta por cierto novela el próximo noviembre. La noche de los tiempos, y cuya crítica estará colgada en breves días en Ojos de Papel. Ya se pueden figurar quien firma el artículo. [Corrijo: la crítica aparecerá en el número de diciembre.]

Muñoz Molina como novelista, sí, pero ante todo como observador. Un voyeur que pasa por la vida dejando constancia de aquellas revoluciones, macros o micros, que van tejiendo la historia, la vida, la cultura, todo. La televisión por la que llegó a ver hasta El viento de la luna, o la aparición de la ducha, pequeñas bisagras que nos hacen avanzar hacia otro tiempo, hacia otro estado de cosas. El botón o el pasillo, recuerdo que nos hablaba el profesor José María Sesé, como factores relevantes en el curso de la historia. Un escritor, Muñoz Molina, que se encarga de poner en escena personajes que exhuman lo que ocurrió, sin caer en los dejes costumbristas. Es otra cosa.

Un cúmulo de hechos que configuran la cosmovisión, digamos, de un tiempo, y ante la que el historiador, como ha dicho Serna, actúa, ojo, como un traductor. "Porque aunque pueda parecer lo contrario, de nuestros antepasados nos separa un abismo". Y para traducir ese tiempo, novelas como las de Muñoz Molina son material valioso.

3 (y último). ¿Qué diferencia, entonces, a un Muñoz Molina de un Pérez Galdós?, he pensado. ¿Es acaso Muñoz Molina un simple notario de la realidad, un copista que almacena hechos más o menos relevantes de la historia y les da formato novelesco y a correr? El profesor Serna ha revelado las motivaciones que operan en el hacer de Muñoz Molina, que tiene que ver con asuntos más personales y menos universales, asuntos de la identidad. Asuntos incluso subjetivos, y ya dijo González Ruano que nada más objetivo que la subjetividad. Ha hablado Serna de novelas en clave de ficción autobiográfica como Beatus Ille, Ardor guerrero o Sefarad, con más énfasis en esta última. Novelas, como Sefarad, en la que desfilan un sinfín de personajes que podrían no tener relación alguna con el autor, pero que no son sino conjeturables proyecciones de antonios muñoz molinas posibles, en otros tiempos, en otras vidas, en otros contextos. ¿Cómo sería yo de haber nacido en, supongamos, la Alejandría de Hipatia, la Roma de Caravaggio, o el Madrid de Azaña? Qué tomas de postura habría tomado, qué derivas habría tomado mi existencia, qué poso habría dejado en mi tiempo, en mi época. Muñoz Molina es lo que es por haber nacido en Úbeda/Mágina, por haber estudiado Historia del Arte (que le confiere, según Serna, un valor añadido a su yo observador), por haber hecho la mili, por haber sido académico con tan sólo 40 años. Por etc.

Porque la historia, ha concluido Serna en sintonía con la concepción autobiográfica-historiográfica de Muñoz Molina, no está marcada por el destino, ni mucho menos por la fatalidad. Es el resultado de unas elecciones (misteriosas elecciones, diría yo) en las que la empatía y la piedad, esa piedad que despliega el novelista para la minuciosa recreación del dolor, son herramientas fundamentales para entender el mundo. O al menos, intentarlo.

6 comentarios :

  1. Extrapost:
    Como eterno aspirante a observador, como cronistilla provisional de ponencias en cuya piel me he metido, he jugado a registrar algunos gestos y actitudes del conferenciante.

    He observado aplomo en el acto de beber agua, engorroso trámite que no todos los conferenciantes dominan ni mucho menos, y que suele ir acompañado de incómodos ruidos guturales.

    No reseñaré nada más sobre los aspectos formales del ponente, pero sí he anotado unos breves deslices en los que no ha reparado nadie más que yo, en mi calidad de herodotillo con pantuflas.

    Ha habido un momento que en ha pronunciado Antonio Muñoz MELENA, o casi, en vez de Molina, y me ha parecido divertido. También ha dicho el pesado pesa, en vez de el pasado pesa, sin duda influido por todo el peso de la expresión.
    Cuando iba a decir arrastramos, le ha salido un arrostramos, que ha aprovechado como quien no quiere la cosa para arma la frase: "Arrostramos y arrastramos", y absolutamente nadie se ha percatado del apurillo lingüístico.

    Tiempo: 1h y 5 minutos.
    Aplausos.

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  2. Eduardo, muchas gracias por tu exhautiva e irónica crónica de los hechos ocurridos. Un lujo. Hay un par de cosas que no exactamente como tú las cuentas. Primera: tú eres el único al que he saludado desde la mesa, instantes antes de empezar. Pero antes había saludado a Ana Serrano, a Manuel Alberca y a Carlos García Gual. Y segunda cosa: la reseña del libro de Muñoz Molina en Ojos de Papel no saldrá en breves días. Saldrá para el número siguiente: acabo de recibir la novela en galeradas y no me da tiempo material a acabar 958 páginas en pocos días.

    Lo dicho. Muchas gracias. En cuanto a la puesta en escena, creo que también debo agradecerte tus irónicos comentarios. Un abrazo.

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  3. Sesé... veo que decía las mismas cosas en aulas diferentes. Creo, y sólo por no ser injusto con asertos sin fisuras, que ha sido el único profesor universitario que te tenido. Le pillé en una etapa en la que lo estaban descalabrando y venía un poco desquiciado a clase. Los demás que pasaron por la tarima de la facultad, no llegaron ni a profesores de la EGB, por lo que tampoco es ensalzarlo demasiado.

    Sesé decía que la fuerza de la historia estaba en el amor, pero ahí hacía trampa, porque le bastaba con poner amor delante de todas las demás ideas para darse la razón: amor por el dinero, amor por la violencia...

    Me dio teoría de la Hisrtoria, por cierto. Ahí queda eso.

    Por lo demás, a ver si leo otra vez mañana el post y la postilla, que Muñoz Molina a estas horas a donde me lleva es a cuestiones muy superficiales. El otro día repasé por causalidad sus fotos, y hay que ver cómo ha cambiado... joder, menuda metamorfosis. Es imposible que todas esas fotos sean de una misma persona... ¿será una franquicia? jo-jo-jo... Sería divertido. Para mi, cuando no se pone rural, es uno de los mejores.

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  4. Y Saramago dice que la Historia no es otra cosa que una constante sucesión de oportunidades perdidas, lo que personalmente interpreto como que la elección de una cosa conlleva la no existencia de otra y los hechos que de ella se derivarían. ¿Qué hubiese sido de la Historia si...? Unos observan al mundo, otros deciden por resto del mundo, otros improvisan su paso por el mundo, y a otros les importa tres "ces" el mundo y el trascurso de la historia.
    Macropost, señor Laporte, con el que concluyo que dado que siempre hay alguien que nos observa, me voy a comprar el libro de Vallejo-Nájera de Aprender a hablar en público hoy, que cuando expongo alguna sesión clínica me palpita el corazón en la garganta y digo Falete por diabetes y cosas similares. En el atuendo me parezco al señor Serna: cuando se va a exponer delante del público, aunque sea escaso, ni el más mínimo detalle debe descuidarse, porque usted es el ejemplo de que siempre habrá alguien para quien no pase inadvertido.

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  5. Y otros solamente pasamos por él. Es duro admitirlo.

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  6. Buena crónica, Eduardo. Supongo que, como me sucedió a mí, te sentiste más joven que nunca entre el auditorio de la Fundación Juan March. Esos señores trajeados y esas mujeres perfumadas del barrio de Salamanca (un profesor de mi facultad les llama a esos alumnos mayores de la Universidad, "alumnos valetudinarios") que confirman el público habitual de esas conferencias y que suelen acudir a todo tipo de saraos académico-literario, independientemente de su tema u objeto, son honrosas excepciones que refutan la tesis que defiendo en mi blog.

    Como miembro del gremio de historiadores, me alegro especialmente de que estuviese llena la sala el otro día para escuchar a Justo.

    Paco Fuster

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