Fisgoneando bibliotecas ajenas

Mi amigo Pellísimo, de vacaciones en Albania, me dejó las llaves de su casa en la pza. Easo de San Sebastián. Arrancaba el Festival de San Sebastián y apetecía ir, ese canto del cisne del verano con promesas de aventuras y vida y películas que es un poco el Festival de San Sebastián.

Mientras hacía tiempo para conseguir las llaves del piso, me di una vuelta por el centro. Pasé cerca de donde un día estuvo el Tánger Bar y vi que había una tienda de deportes en su lugar. No sentí gran aflicción, porque ese bar nunca significó nada para mí más allí de un título literario evocador. Me tomé después, en el Bulevar, un vino blanco en compañía de Enrique Vila-Matas en formato libro (Extraña forma de vida). Algún cliente observador me habría tomado por un guionista o alguien del mundo de la tarántula, por mi aspecto entre solitario e intenso.

Me llamaron para darme las llaves y disfruté de un extraño tiempo en la soledad de la casa ajena, antes de mi cita con Agus. Había silencio y calma melancólica, de esa calma melancólica del cantábrico. Me puse a fisgonear en la biblioteca, con muchos libros, propiedad de la familia, de los que se nota han sido elegidos con tino. Coño, mis ojos dieron con un ejemplar de Tánger Bar, de Miguel Sánchez-Ostiz. Nunca leí ese libro, así que lo cogí y lo empecé. Hablaba de un tipo que vuelve a la ciudad en la que un día fue feliz, envuelto en la bruma de los recuerdos de un bar en que el fue feliz, el Tánger Bar, y que ya no existía o había cambiado. Era una ciudad del norte, y el personaje se va a cenar, solo, y creo que pide también vino blanco. Aquella metacausalidad metaliteria hiperpersonal me dejó un buen rato arrobado.

Me levanté al rato y cotilleé más en los libros. Vi un ejemplar de Los detectives salvajes, de Bolaño, con un marcapáginas. Lo abrí y comprobé que el lector había abandonado justo donde yo abandoné en su día, a partir de la página 140, cuando el libro da un esperado giro y el lector se sumerge en un extraño relato-río de polifonías varias que no sabe muy bien a dónde le llevan ni por qué le tienen que llevar a ningún sitio.

Vi también un ejemplar de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, creo que García Márquez, Auster, Mendoza, Allan Poe y cosas así. Lo cierto es que he olvidado los títulos que traté de recordar. Sentí, de pronto, que me gustaría habitar en esa biblioteca, como habitan los autores con sus libros en casas que no son suyas, para delectación del fisgón de bibliotecas. Le mandaré a Pello mis postales, pensé, como agradecimiento por la invisible hospitalidad, y porque me parecía muy honorable acomodarme en esa biblioteca. Biblioteca hecha de libros, por supuesto, y no de píxeles de los cojones.

Comentarios

  1. Hace unas semanas finalicé la ordenación de mi biblioteca, pues ya se estaba haciendo una operación casi imposible el encontrar algo en ese maremágnum de títulos (un inconveniente de los papeles sobre los píxeles). Al final, me decidí por una distribución básica de géneros y, dentro de ella, por orden alfabético de autores. Al hacerlo, caí en la cuenta de las sorprendentes, a veces divertidas, y en ocasiones enigmáticas vecindades que esta cohabitación alfabética imponía a los escritores. No sé por qué (quizá por el conocimiento físico) uno de los títulos en que me fijé, en los estantes de Narrativa, fueron, precisamente, las postales naufraguianas: allí había quedado entre “Caballeros de Fortuna” de Landero y la “Antología fugaz” de Larra. Por un momento pensé en si al señor Laporte le gustaría la vecindad de Landero, pero luego me tranquilicé pensando que, al fin y al cabo, podía estar casi seguro de que estaría más que satisfecho de la de don Mariano José. Cosas de bibliotecas.

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  2. ¿Y te dejó algo en la nevera?

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  3. Landero y Larra son dos vecinos que ya los quisiera para sí cualquiera. No me había puesto a pensar en eso, fíjese, y mire que soy dado a.
    saludos cordiales, como diría José María García

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  4. Yo no creo en las casualidades... y este tipo de cosas siempre te provocan un pequeño escalofrío. =)

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  5. Pero sí decías que sí creias en las casualidades! ;)

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  6. Anécdota real aunque no puedo decir el nombre: conozco un autor que aseguraba que iba a cambiarse de apellido para no ser vecino en los anaqueles de un despreciable creador de best sellers...

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  7. Qué morbo César... Ya te lo sonsacaré algún día, jaja.

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  8. Después de leer la anécdota sobre Los detectives salvajes he ido a comprobar dónde se había quedado mi marcapáginas. Aguanté un poco más, yo me quedé en la 172..

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