Otoñerías

A veces, uno se acuerda de algo sólo por los factores medioambientales. Es sentir tal presión atmosférica y, tac, venirse a la cabeza tal recuerdo, recluido en remotas regiones cerebrales.

Este súbito entrar en el otoño me ha recordado a esos primeros días de colegio, pero ésta vez de un modo nuevo. Me ha venido a la cabeza una tienda de deportes, Deportes Olympic, sita en la calle Amaya de Pamplona, regentada por una tía que pienso ahora que sería bollera, en la que comprábamos nuestros chándales para la Educación física, nunca gimnasia.

Aquel periodo septembrino era el apogeo de Deportes Olympic, establecimiento tan poco poético como lo son todas las tiendas de deportes del mundo. Quizá, y aviso que viene hiperlocalismo del bueno, la única que podía/puede tener su gracia es Zariquiegui, en calle Mayor 25 de Pamplona. No por la tienda, sino por el dueño, el señor Zariquiegui, un tipo con unas orejas capaces de batir el Récord Guiness de orejamen al por mayor. Recuerdo un día que fui a comprar unas pelotas de ping-pong. Me habían advertido ya de las orejas de aquel señor, así que acudí prevenido y con un firme propósito: compraría las pelotitas sin mirarle ni un segundo aquellas orejas de elefante. Eran tan grandes, no obstante, que incluso centrando mi mirada en sus ojos y nariz, me llegaba información visual de aquellos colosales pabellones auditivos, llenos de pliegues y recovecos nunca vistos. Decidí que sería el primer cliente que no miraría esas orejacas y así lo hice. Fue harto complicado, pero lo logré. Noté una extraña gratitud en el señor Zariquiegui, q.e.p.d., y estoy convencido de que fueron pocos los clientes que, a lo largo de su vida profesional, actuaron con esa ausencia de sorpresa ante su peculiar anatomía. Medallita que me cuelgo, y fin del hiperlocalismo.

Decía que comprábamos la ropa del colegio, aquellos chándales grises y naranjas, infames, gigantescos, con el C.C.F. estampado, en aquel establecimiento de dos plantas. Solia llover esos días. Era parte de ir formalizando la vida, de ir asociando el otoño, de ir acotando un poco todo. La ropa deportiva, el material escolar en Nova o Comedias23, las actividades extraescolares a las que nunca me apuntaba. Ah, y el uniforme en Irca. Había un cierto extraño placer en volver al uniforme, porque el uniforme daba una cierta dignidad, te unía a algo, esa uniformidad te ingresaba en una comunidad. Era bonito que todos fuéramos iguales, estar todos en aquella guerra blanda que se llamaba colegio y que superaríamos juntos, previo paso por Deportes Olympic.

Comentarios

  1. No me ha quedado claro lo de la bollera. ¿Se te ha colado por los pabellones auditivos del señor Zariquiegui? Y, la gran pregunta intergeneracional, ¿el tal Zariquiegui no sería, por un casual, el árbitro de fútbol más grande que ha dado la España peninsular? De ser así, mi asombro y admiración. De no serlo, mi estupefacción ¿es posible que haya habido dos zariquieguis, dos?

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  2. Si adu1.Zariquiegui fue árbitro de jurgol (así lo dice Villar, a mí que me registren). Al colgar el silbato, que no pito, montó la tienda de deportes de la que habla el Náugrafo, y le hicieron delegado de campo de Osasuna. Toda una institución por estas pamplónidas tierras.

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  3. Nunca he llevado uniforme de nada, así que no sé si entiendo muy bien esa dignidad de la que hablas. Pero sí entiendo esas sensaciones enfrentadas del otoño, la asociación entre ese tiempo gris el olor de la tinta fresca en los libros que acabábamos de comprar. Era siempre el principio de algo. El año no empezaba el 1 de enero sino algún día de finales de septiembre o primeros de octubre.

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