9.9.09

La sociedad del espectáculo

Leí un artículo en Soitu que me invitó a acercarme a uno de esos libros que tenemos apuntados en la lista de 'libros por leer' y a los que caemos cuando algo nos empuja a. Me refiero a La sociedad del espectáculo, de Guy Debord, publicado en 1967. Fui a buscarlo a la biblioteca de Conde Duque y ahí estaba; me lo llevé a casa como quien lleva un preciado tesoro. Ese libro cambiará mi vida, pensé. (Y cuando digo cambiar, me refiero a alterar en mayor o menor grado un estado de ideas. El cambio no tiene por qué ser radical, un giro de 180º, hay cambios que son sutiles y no por eso dejan de ser cambios. Esta idea quería soltarla hace tiempo, aahh, ya lo he hecho. Cierro paréntesis.)

Sí, pensé que ese libro cambiaría mi vida, como dice Miguel Sáez que cambian la vida la literatura de Thomas Bernhard, que creo en parte lo ha hecho con la mía, mi vida, digo, quizá unos grados, que no es poco. Pensé que el libro de Guy Debord daría armazón teórica a unos barruntos metateóricos socioculturales que vengo cociendo a fuego lento en los últimos tiempos. Creí que encontraría en La sociedad del espectáculo la muleta para apoyar esas ideas ávidas de apoyo.

Pero no.

En primer lugar, encontré a un tipo soberbio, un soberbio tipo que escribió el libro en 1967, que desencadenó de alguna manera la movida de Mayo del 68 y que se jacta de no haber cambiado ninguna coma en las sucesivas reediciones de la obra, que han llegado hasta nuestros días. "No soy de los que rectifican", dice en el prólogo.

En el prólogo al prólogo, José Luis Pardo, que me parece un autor al que seguir la pista, dice que las vanguardias artísticas fracasaron, ya que su propósito era cambiar la realidad, cambiar las mentalidades de los que contemplaran esas obras de arte, y no acabar en museos o, peor aún, siendo pasto de interpretaciones académicas.

Yo no sé si el libro de Debord desencadenó los sucesos del 68 y tampoco sé si se habría sentido orgulloso de ello, de haber sido así. En ese caso, habría sido un éxito, pero un éxito relativo, ya que la rebelión contra toda aquella situación alienada y por el nuevo opio del pueblo, el espectáculo, sólo duró un mes.


No me cambió este libro la vida porque se me acabó la paciencia para terminarlo, asín de claro. Porque me parece una soberbia intelectual hablar de sociedad del espectáculo sin definir qué queremos decir con espectáculo (lo de sociedad se entiende).

¿Es espectáculo el cine? ¿Es espectáculo el circo? ¿Es espectáculo la televisión? ¿Es espectáculo el fútbol? ¿Son espectáculo los toros? ¿Es espectáculo el arte? ¿Es espectáculo la prensa, los informativos, los documentales de los canales culturales? ¿Es espectáculo un desfile militar, una fiesta de disfraces, un concierto de Georges Brassens, un happening, una situación situacionista en las que participaba el propio Debord?

Siendo más soberbio que el propio Guy Debord (q.e.p.d.) diré que, ante esa endeblez de planteamiento, me jacto de abandonar su libro en la página 56, y le acuso de una conceptualitis insoportable a día de hoy.

Pero, ¿cómo pudo un libro tan abtruso influenciar -o hacer que influenciaba- tanto? Quizá hubiera que hablar de influencias voluntariamente adoptadas, quicir, de grupos revolucionarios que encuentran a su teórico de turno, sin haber éstos haber abierto las solapas del libro en cuestión.

2 comentarios :

  1. Jean-François Revel mola más, lo que pasa es que visto lo visto, ha influído poco en la sociedad actual. Una pena.

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  2. Tal vez no entendiste nada...

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