7.7.09

Je me souviens sanferminero (1/2)

Es imposible sustraerse, abstraerse o retraerse a los Sanfermines, cuando están omnipresentes en medios y redes sociales y, también, de alguna forma en la memoria. Quizá los Sanfermines se vivan mejor así, desde la distancia. Ayer día 6 una compañera añoraba 'chorrear tintorro por las coletas', tipo de cosa que a mí no me acaba de entusiasmar. Sobre la necesidad, casi terapéutica, de hacer el cafre de algunos se podría escribir mucho, si alguien tiene ganas. Yo no le acabo de ver la gracia a rebozarse en huevo, harina, kalimotxo y colacao de la abuela, puede que tenga un concepto muy rarito de la diversión, llámenme delicado.

Ayer, al ver en la tele, sin apreturas, el famoso Chupinazo, vinieron algunos 'Je me souviens', o pequeños recuerdos hipersonales (¡qué palabro!). Veíamos siempre el mágico momento en la tele del cuarto de estar, cuando de pronto llegaba el 6 de julio, San Fermín, y el niño veraniego empieza a sentir que el verano ha arrancado y que no lo hay quien lo pare. Que ojo con despistarse que esto se acaba en un tris. Recuerdo que el cohete sonaba primero en la tele, y luego en la realidad de nuestra ventana, allá por entre las torres de San Cernin y el monte San Cristóbal. Vivíamos, pues, un acontecimiento real que la tele se encargaba de deformar, o de contar a su manera. (La misma plaza del Ayuntamiento parece muy grande en la pantalla, y luego se sorprende el turista al ver que no lo es tanto.)

Aquellos Sanfermines de mi maricastaña eran como más gitanos y menos chundachunderos. Para mí tenían como más gracia, pero digo esto por ser un nostálgico irredento. Pero es cierto que no existían, digamos, metrosexuales, por ejemplo, ni había reaggeton, ni esa música negroide barata que no sé cómo se llama, y quizá el número de zurriagos y gandulfos por metro cuadrado era menor. Pero yo era un crío y no me enteraba de nada, así que no sé muy bien por qué digo todo esto.

Recuerdo también, en ese gitanismo gracioso que digo, cómo a lo largo del paseo Sarasate se disponían un hilera de tiendas o jaimas bereberes en las que vendían todo tipo de baratijas. Las vendían negros, que eran esas personas que sólo habíamos visto antes vendiendo relojes por las playas de Salou.

También andaba por ahí el mítico Donan Pher, enigmático personaje que combinaba una imagen de aventurero cazaserpientes con la de vendebolis, que de tan antagónica dejaba al niño como rechiflado. "El boli, el mejor amigo del hombre", y otras leyendas de ese tipo rodeaban su casetilla. Y ahí estaba Donan Pher (Fer-nan-do), que un día descubrí por la matrícula de su Citröen que venía de Oviedo, siempre con su indumentaria de Safari, con bermudillas caquis y Salacot. También llevaba un micro pegado a la nuez, por el que soltaba sus márketings, pero pienso ahora que también porque era un poco afónico o escaso de voz, puede ser.

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