Finales de junio



La vida nos retiene, precisamente porque no es como la esperábamos, acaba Gil de Biedma su poema Noches del mes de junio. Tampoco los veranos son ya como los esperábamos, cada uno distinto, cada uno una masa de tiempo (con calor) con la que hay que lidiar, hay que gérer un poco con él. No basta dejar que el tiempo pase por encima, sin hacer nada, haciendo todo, como cuando éramos niños.

Quizá la infancia sea vivir en un viaje organizado, un foto cli-clá, una bolsita con picnic, un a las cinco tiempo libre y luego cena. Puede que ahí resida la completa sensación de felicidad que, al menos yo, tuve de los tres a los trece años. Un cojonudo dejarse llevar donde todo era nuevo: la infancia como museo. Y si uno es de natural, digamos observador, aquello se acrecienta.

Parece como si hacerse viejo implique, o te obligue, a abandonar esa posición contemplantiva, espectadora, y te obligara a pasar a la acción, a hacer más que a ver. Puede que sea hora, ya, sí, después de treinta años como un Jean-Baptiste Grenouille de baratillo y de la vista. Pero supongo que jode.

Y sobre esos finales de junio, qué extraña sensación de placer inconmensurable dejar atrás a los profesores cercenadores de todo y observar ante ti un verano que acababa de empezar. Aquello de querer detener el tiempo, que es como unas escaleras mecánicas y al final siempre se llega al destino, pero si uno se concentra parece que se para, y el verano dura más. Luego uno no se lo podía perdonar, allá por septiembre, cuando en el triunfante final de junio no había intentado aprehender, apresar, estrangular el tiempo a su favor.

La valoración del calendario es ahora más plana, y nos da un poco igual esto que lo otro, pero es inevitable recordar las noches de junio, leyendo despreocupado esa literatura juvenil, inmerso en ese viaje organizado a la felicidad sin fisuras que duró diez años.

Comentarios

  1. ¡Melancólico, que eres un melancólico!
    Por cierto, no te pierdas Filología catalana, el libro de 'memorias' de Xavier Pericay. Verás lo que es el paso del tiempo, entre otras muchas cosas.
    ¡Toma ya! Propaganda... y gratis.

    ¡Viva el asaltador de caminos!

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  2. El señor Duarte me quitó la palabra del pensamiento... ¡Melancólico! Cuantisma nostalgia me embarga al recordar los eternos veranos de mi infancia, esos días sin fin que derivaban en noches de sillas en las puertas y la sana costumbre de salirse a "tomar el fresco"... n fin, es lo que más echo de menos en mi ciudad y en mi adultez: las sillas en cada puerta de una calle cualquiera de un pueblo de La Mancha, y las azoteas en donde poder dormir sobre un colchón de espuma mientras se contempla el cielo estrellado en la noche de San Lorenzo. Mierda.

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  3. Me ha encantado ese final: mierda.

    Y oye, que matas un perro y te llaman mataperros (por lo de la melancolía y tal...jeje).

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  4. Eso de "dejar atrás a los profesores cercenadores de todo" sigue siendo para un humilde universitario un placer inmenso. Y sí, el veranito infantil -y universitario, quizá añadiría yo- es una de las quintaesencias de la felicidad. De todas formas, para la felicidad nunca es tarde, y si uno echa de menos sentarse "a tomar el fresco" con la silla en la puerta, pues que pruebe a hacerlo en Madrid, ya verá qué sensación tan grata, en plena ciudad.

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  5. Yo hacía eso muchas mañanas en la calle Industria de Centro Habana. Pero claro, allí no se desentonaba (bueno, yo sí q desentonaba un poco, jeje), pero en Madrid... No sé, pero bueno, tomo nota yo también.

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