3.6.09

Ar

Salí del baño, donde me introduje mientras se pochaban unas cebollas y de pronto la vi. No, no era Ella ni nada parecido, era una cebolla, unas nanas de cebolla como nunca las había visto. Ni siquiera me acordé de Miguel Hernández entonces ni de ese título cebollil que nunca he tenido en mis manos. Sentí un extraño impulso de fotografiar la estampa, esa naturaleza muerta, o semimuerta (porque la cebolla mientras esté más o menos fresca yo la trato como a un ser vivo), que se desplegaba en mi pequeño estudio como le hacían los objetos a Matisse, en su vasto piso doble del Hôtel Régina de Cimiez, Niza.

En Matisse estaba precisamente trabajando, en un artículo sobre una próxima exposición que prepara el Thyssen. Ingerida la cebolla en su correspondiente pasta carbonara con jamón serrano en vez de bacon, me senté de nuevo a la mesa de trabajo. Leí entonces un artículo del propio Matisse que apareció en Le Courrier de l' Unesco, vol. VI, nº 10, en octubre de 1953 titulado Debemos mirar toda la vida con ojos de niño.

Quizá las declaraciones que ahí descubrí suenen hoy a déjà écoutées, quizá tengan hoy algo de tópico pero no sabemos si hace más de cincuenta años también era así. Yo diría que no. Reproduzco:

Para un artista la creación comienza en la visión. Ver es ya una operación creadora y que exige un esfuerzo.

El artista ha de ver las cosas como si las viera por primera vez: es necesario ver siempre como cuando éramos niños.

Nada resulta tan difícil a un verdadero pintor como pintar una rosa, ya que para hacerlo debe primero olvidar todas las rosas pintadas.



Nanas matissianas, jun 09, náuGrafo®.

(Pinchen en la foto para ampliar)

9 comentarios :

  1. Soy consciente de que este bodegón tan absolutamente matissiano os ha dejado mudos.

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  2. Todas las rosas están y hablan, seguro, cuando se pinta otra rosa

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  3. ¿Mudos? Yo no he podido evitar un desbordado llanto...

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  4. Estamos todos igual... a moco tendido!!!

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  5. La cebolla es lo que tiene.. Gracias!!!

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  6. Es curiosa esa obsesión (o sensación, o pulsión) en los pintores por “pintar como un niño”. Siempre me impresionó la frase de Picasso “A los doce años sabía dibujar como Rafael, pero necesité toda una vida para aprender a pintar como un niño” y supongo que, sobre todo, porque en cierto modo lo consiguió: de hecho, cuando alguien no versado en pintura (o, quizá, con su visión no deformada en demasía por la “gran cultura”) ve por primera vez una obra del último Picasso, es muy probable que acabe diciendo: “¡Pero si eso lo pinta hasta un niño..!!”. No sé… quizá sea la libertad de no necesitar otro impulso que el puro gozo, o quizá la desinhibición completa frente al futuro observador, o puede que el estar exclusivamente centrado en tu propia mundo interior y nada más (¿os habéis fijado en la cara de intensa concentración de un pequeñín cuando garabatea…?). Un anhelo de pureza expresiva a la postre, imagino…

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  7. Carlos, qué alegría tu por áqui. Pues sí, es sorprendente esa aniñación de muchos artistas, y que para mí que tiene que ver con una vuelta a una visión de las cosas limpia de los engaños de la razón. Aquello de Nietzsche de sólo las personas maduras son capaces de jugar y hasta reír como los niños. La manera en cómo sienten los niños no está adulterada por prejuicios, poses, voluntades, y otras vainas, por lo que quizá sea más pura y hasta certera al dar con las esencias. También está más nueva, menos maleada, aún se fascina por las cosas, por los árboles, las tejas, los escalones. Objetos en los que el hombre adulto, con la cabeza llena de ruido y cosas, apenas sí repara. abrazos

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  8. Muy bueno el artículo, por cierto.

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