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El otro día me pasé por una exposición, en Pamplona, de Carlos Ciganda. Vi el anuncio en la prensa, y me acerqué. Galería San Antón. Dudo que haya sitios más tristes para exponer que esa calle San Antón, en la que parece que es siempre otoño, uno de esos otoños nublados y perezosos de Pamplona. Además, tiene algo esa galería que no invita a entrar. Si ya de por sí las galerías no invitan a entrar, esta lo hace más, aire como de panadería reciclada en artódromo. Pequeños detalles, tan sólo la entrada, como desangelada, feota, no sé, quizá es cosa mía.

Porque en las galerías el visitante se siente como un intruso, alguien que hace un favor por visitar esos cuadros que enseñan sus vergüenzas a un público que nunca aparece. Nunca me he cruzado con nadie en esas galerías de provincias que no fuera yo mismo. Y luego está la galerista, que mira y no mira al visitante, y el visitante, que mira y no mira a la galerista, y entonces se produce el ambiente menos propicio para la contemplación de arte. Quizá sea todo una estrategia para que el personal compre cuadros para poder verlos tranquilamente en su casa, en un ambiente esta vez sí acorde.

No me fascinaron los cuadros del amigo Ciganda-Newman, pero esta opinión vale lo que todas las opiniones: mera subjetividad estética. La idea me pareció interesante, homenaje a la historia de la pintura reciente a través de personales remakes de clásicos modernos como el Doctor Gadget de Van Gogh (este estaba vendido), una señora en el tren de Edward Hopper, el Papa Inocencio X de Velázquez/Bacon y así. Ojos separados y grandes cabezas como leit motiv, musiquita constante, de la serie de cuadros. Me fijé en su firma, ágil, estilosa, con sello propio. Una firma de pintor tiene que transmitir talento reconcentrado: si no lo expresa mínimamente ahí no hay artista sino impostor. Basta ver las firmas de algunos pintores de tercera regional para entender por qué el cuadro nos repele tanto. Pero era una firma, la de Ciganda, completamente de otra época, los ochenta. Me recordó a esos carteles de San Fermín de Xabier Idoate, a la estética de neón y colorín, hombreras, tupés femeninos, Eusebio Poncela con camisa horrible y tropical y La ley del deseo de Almodóvar.

Parece como si algunos artistas tuvieran su época, como si se amoldaran como un guante a un tiempo dado, y que fuera de allá estuvieran, de algún modo, proscritos, obligados a colarse de estrangis en las otras épocas. Se cuelan a falta de relevo generacional y aguantan lo que les echen, con eternas reinvenciones o directamente sin ellas. Creo que lo dijo Eduardo Arroyo, sobre Miquel Barcelò: "Desarrolló todo su discurso artístico en los ochenta". Y ahí está el tío, forrándose a cúpulas, sin que nadie haga nada por evitarlo.

Comentarios

  1. Ferrer Lerín hablaba el miércols en la vanguardia de l arte involuntario, sin intención y cascaba una foto de balas de heno cubiertas de plástico...ni Hristo, muy chulo sin intención y efímero. Ya sé que está muy dicho pero los vertederos son minas de arte y Barceló vió un día a un yesero modernizado y se lo copió y algún pardillo se lo compró , lo de la cúpula digo, antes , y aún queda alguno , los yeseros tiraban la primera capa a sartenazos sartenes viejas de peltre llenas de yeso batido y líquido lanzadas con prisa y sin furia que preparaban la pared para el lomo gordo y luego el fino... puro paleolítico que ya copió Pollock. Yo montaría una galería en una obra parada ahora que hay tantas y si tuviera intención y capacidad igual ganaba algún euro, seguro que a alguien ya se le ocurrió, que si la crisis , land art industrializao , blablablabla y a poner la gorra , la intención es lo que cuenta dicen y lo que mata también . Buenas tardes a todos , perdón por no saludar al entrar.

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  2. Repasando los carteles de Sanfermín no sé decir dónde entra la modernidad en Pamplona, o en sus fiestas. Me resulta curioso la cantidad de carteles, setenteros sobre todo, en los que no hay diseño... sólo fotografía. Y, yo no lo hubiera dicho, la estética tan moderna que se puede apreciar en más de uno sesentero. ¿Será verdad la historia que nos han contado cuando nuestros estereotipos se caen con un simple cartel de fiesta de pueblo? Cada vez estoy más convencido de que todo es mentira... empezando por nuestros recuerdos.

    Siempre he dejado de entrar en un montón de sitios, galerías incluidas (o sobre todo en ellas), por no saber cómo comportarme. ¿Una galería puede ser visitada como son visitados los museos? ¿Hay que pagar, se tiene que aparentar ser un comprador de chequera gorda? ¿Tienes que ir más allá del saludo educado y descubrir al galerista la verdadera motivación de tu acceso? ¿Qué se espera de ti en un sitio como ese? Nadie me ha enseñado cómo actuar en un montón de circunstancias. Tengo unas carencias sociales que si no me han retraído más en la vida es por el hecho de un arrojo chorras que me ha acompañado hasta hoy.

    Los pintores navarros no tengo ni idea, pero me gusta mucho todo el color verde que hay en un cuadro del pintor Basiano colgado del restaurante de Las Ventas de Ulzama”

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  3. Yo, cercano a la treintena, más cerca de ser un viejales por encima de la ley, me voy acercando a ese placer de hacer lo que te da la gana y que dé todo un poco igual (aprox.). Por ejemplo, el otro día hice varias cosas solo que en Pamplona antes daba palo hacer. Me tomé un Sprite en una de las terrazas abigarradas de peña de la plaza del Castillo, sábado al mediodía. Con un par. Fui el domingo por la tarde, también conmigo mismo, a ver una peli a los Yamaguchi y me tomé, solo, un café con leche. Luegó me cené, solo, un menú big mac en el mcdonalds contiguo y un grupo de adolescentes me miraron. Les debía de resultar exótico, en esa solitariedad de fast food, con el suplemento Domingo de El País como único acompañante. Y me dieron completamente igual sus miradas escrutadoras.

    *Aunque diré que en Madrid esas acciones solitarias se desarrollan con más naturalidad.

    En cuanto a galerías, yo entro y a veces pongo cara de que a lo mejor compre un cuadro. Suelo hacerlo sobre todo si ese día llevo una americana de cultureta: los galeristas no saben si soy dueño de una cuantiosa fortuna. Actuar como si así fuera puede tener su gracia. Pero si no, pues se entra. Creo que lo mejor de trabajar de periodista es que uno va perdiendo las vergüenzas hasta límites casi obscenos.

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  4. Es que la verguenza sólo para pecar... En las galerías uno contempla cuadros, y ya está.No hace falta ser Gladiator para entrar a los sitios normales y comportarse con naturalidad. Sobre todo si es una naturalidad educada como la de usted.

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  5. Poncela. Es Poncela.

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