Ai

Recuerdo cuando instalamos internet en la casa de Sarasate, año 1999. Coño, hace diez años. ¡Enhorabuena! Diez años de internet. Hacíamos cosas extrañas, entonces, como mandarnos correos comunes a través de una cuenta compartida por varios. Lo hacíamos los miembros de aquel grupo de teatro universario y mucho más, Prometeo, en la cuenta prometeos99@hotmail.com. Al tiempo, la cuenta murió por falta de actividad, pero en sus inicios tuvo su agitación. Era como cuando enviabas sms's a amigos que vivían en Barcelona o Burgos sólo para saludar. Por la ilusión de comunicarte con alguien a través de esa forma nueva y encapsulada en una pantalla.

En marzo de 1999, pues, podía entrar a través de mi ordenador portátil, en mi cuarto, en el vasto (ya lo era entonces) mundo de internet. No había tanto como ahora, ni blogs, ni apenas diarios digitales, ni muchas cosas, pero uno se podía pegar toda una vida, un tiempo infinito, si le daba la gana, navegando por internet. Aquello era divertido, pero me inquietó. Un monstruo que emanaba luz azul se había instalado en mi cuarto, y me había robado algo. La vida real, quizá. A través de esa pantalla estaba todo, pero era un todo alterado. Ya nada sería igual. Parecida sensación tuve cuando nos regalaron un perro: era un capricho infantil, pero comprometía la vida, el jodío. A las dos semanas, convine con mi madre que lo mejor era dar salida al chucho. Un teckel que seguramente habrá muerto, porque recuerdo que entró en casa un 17 de noviembre de 1992, por lo que ahora tendría 19 años, demasiados para un perro salchicha.

(Hay fechas que no sé porqué se fijan en mi memoria. Como el cumpleaños de una señora de orondo culo que limpiaba y cocinaba en casa, Raimunda, que cumplía el 10 de mayo. ¿Vivirá? También recuerdo que un 20 de mayo de 1998, hace once años, se jugó la final de la Champions entre el Madrid y la Juve y Mijatovic marcó un gol, creo que el segundo. Esa misma noche, los padres de mi novia de entonces vinieron a cenar a casa, y mi padre preparó costillas agridulces. Me extraña ahora esa madurez y formalidad mía, sin apenas haber cumplido los veinte. Quizá me divertía entonces jugar a ser mayor, como ahora jugar a ser joven, o algo parecido.)

Venía todo esto a cuento de las casas analógicas y la entrada de internet en ellas, haciéndolas digitales. Quizá sintieron algo parecido, una suerte de feliz intrusión, las familias que instalaron sus primeras teles en los años cincuenta y sesenta. Ahora, sin internet en casa de manera provisional, noto una limitación, incluso un poco de soledad lejos de ese conectismo que, qué coño, aligera la existencia. Pero hay menos barullo, menos cosa, menos estímulos, menos chorraditas. Cuando vengan los de Tele2 les propondré un apagón digital de 20h a 10am. Sería muy sano y fabuloso, pero dudo que semejantes excentricidades técnicas sean contempladas por las telecos.

Comentarios

  1. Ai significa amor en japonés, creo.

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  2. A mí las fechas no se me fijan para nada, enseguida van a la "papelera de reciclaje" que vacío más o menos cada tres días...
    E Internet... en casa, sin internet ni ordenador, paz absoluta, no pasa nada si no informas de todo a cada momento, si lees los e-mails al día siguiente... Qué pena que no se pueda dejar también el móvil en el despacho... Y qué pena cuando el proceso de escolarización con ese ordenador por alumno (?) nos conduzca a tener que contratar Internet en casa...

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  3. Si a mí me apagaran internet sería más productiva, lo reconozco. También saldría más en bici y hasta visitaría más a mis padres. Por otro lado, no me imagino mi trabajo, pasado ni futuro, ni mi vida social, ni mi salud, ni mis vacaciones, ni siquiera mis compras básicas, sin internet. Está claro que hemos cambiado para bien o para mal con ella. No hay nada que no sea consultable, oraculizable, en internet. Además la inmediatez alivia, presta confianza... y nos hace impacientes de paso.

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