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Ya vuelvo a ser yo, aunque ese yo implementado, algo mejorado, que es el náuGrafo tras el viaje. Me temo que hay cierta unidad en nuestro ser, que se desmorona, me gusta la palabra decay, que repite Leonard Cohen en alguna canción, o se descojona, deconstruye, regurgita, como la copla en manos de Albert Pla, si uno lo provoca. Y yo creo que conviene desordenarnos un tanto para volver a ordenarnos después.

Hoy he pensado en una anécdota para acto público. En lugar de imaginar a todos desnudos, creo que podría aligerar la tensión pensar que un día todos estarán/emos muertos. Hablar ante un auditorio de moribundos en potencia está claro que quita espesor a las lenguas. Por fortuna, no tengo ninguno de esos actos tensanucas a la vista y me alegro de ello, me alegro con cobardía de avestruz, pero me alegro. Me alivia no verme en la piel del protagonista de Doctor Pasavento, de Vila-Matas, que montando en AVE dirección Sevilla sólo sueña con desaparecer para eludir ese marrón de tipo actisocial que se le viene encima, cual albodigón intelectual.

Puedo entender esa angustia chiriquiana, y de hecho la he sentido en mayor o menor medida en alguna ocasión. Y me temo que en menor medida, porque el pinzamiento existencial de un tipo como Vila-Matas yo creo que es, o al menos era, de aúpa, en todo lo que sea acto público y salirse de su mismidad.

Mis dias, ya digo, pasan sin cuentas atrás angustiosas. No me espera ningún dentista sin anestesia, ningún banquillo kafkiano, no tengo que hacer ninguna presentación en PowerPoint ni defenderme en ningún parlamento de ningún opositor agricoñazo. Me mezo, o mezco, ¿cómo se dice, Mario Moliner? en la mullicie de unos días que, hasta que venga alguien a demostrarme lo contrario, tiendo a pensar que son merecidos.

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Música: Who by fire, en versión de House Of Love

Comentarios

  1. ajajajajaja, buena idea lo de los muertos. AAunque no se si me tranquilizaria o me daria todavia mas miedo.

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