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De nuevo, sin mucho que contar pero con ganas de hacerlo. Sigo en ese estado disociado post-viaje (puede que me quede así para siempre) en el que la cabeza parece se ha convertido en un lugar cuyo acceso se te ha restringido. Una cabeza que dice a su dueño "ay, déjame un poco en paz". Como si trajinara sus propias cosas, como cuando tu novia se prueba modelitos y no está para conversaciones de ningún tipo. Mi cabeza y yo estamos en ese trance, pues, de ir cada uno por su lado, podría decirse. Ella me manda, y yo obedezco, pero conservo la esperanza de que no muy tarde me invite a entrar en ella, a formar parte de sus cosas, de sus novedades, de sus descubrimientos, sorpresas, asociaciones. De momento, paciente, espero.

Por la noche, me viene aún el descoloque. Dice Dragó que, resumiendo, turista es el que viaja para volver igual que fue y viajero el que viaja para volver cambiado. Y no sólo más moreno, sino cambiado de verdad. Debe ser que he viajado poco, como viajero, porque me noto un si es no es bastante cambiado. Los sueños. El otro día soñé que Raúl Castro acudía a una fiesta vestido de vaca de peluche. De pronto, asumía su rol político y decidía que no podía permitirse esas guisas, por lo que se retiraba del festín. A menudo me despierto desubicado, no sé si Madrid es La Habana, donde por cierto nació Emilio Aragón, o sigo en La Habana pensando en Madrid. Repaso como por un Google Earth mental las casas ajadas, arrealistas, con la piel rota, ese Stalingrado con calor que dijimos, y no sé si esas latitudes aún me pertenecen o las dejé atrás.

"Quién solo conoce España no conoce España", dijo Hugh Tomas un día de octubre de 2006, en la madrileña Casa de América. Mi vuelta a Madrid, tras conocer lo que fue España ultramarina, me devuelve a un nuevo Madrid, renovado, por ir descubriendo. Quizá Madrid no se acaba nunca, va a ser que. Un Madrid que fue metrópoli, origen de idas y venidas, travesías y demás. (Paréntesis: una mujer llora desconsolada a mi espalda, en el locutorio, encerrada en su cabinita. Dan ganas de entrar en el minúsculo territorio a darle un abrazo, se va a ahogar.)

No soy el que fui, o soy el de siempre ampliado. Como si me hubieran instalado una actualización, (como llora la tía..., joer), un extra, un nuevo algo. Leo, por ejemplo, una biografía sobre José Martí, El inadaptado sublime, de 1948, en edición original, antigua, vaya, y lo que es peor, me entretiene. No quiero más estímulos, ando sobreestimulado, recolocando un poco todos esos nuevos ítems que ahora me pertenecen y tengo que gestionar, poco a poco, haciéndolos míos, incorporándolos, casándolos que el yo que era yo antes de ser el yo que soy ahora. Toma yoez.

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Visito el blog de Yoani Sánchez, a la que tuve la suerte de hacer una entrevista cerca de la avenida Prado y veo este video, que me impresiona. Es del Primero de Mayo, de anochecida ya, tras los desfiles y los cánticos patrios y propagandísticos. Es sencillo, apenas tiene nada, un par de repiqueteos de cacerolas, pero eso es mucho. Es mucho en La Habana callada del miedo a la represión. Del miedo también a lo desconocido.

Comentarios

  1. A ese video le falta tanta información que lo convierte en muy sugerente. ¿Quién da las caceroladas? Me gusta pensar que es la típica señora mayor cubana harta de tanto Fidel, o algún joven revolucionario, el nuevo Che.

    Espero que tome control de su cabeza pronto.

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  2. Me alegro que nuestro primer y esperado encuentro te haya pillado un poco en ese estado fronterizo emocional. Seguro que es en parte responsable de que ayer fuese una velada cojonuda.

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  3. He leído esta entrada en el móvil, mientras tomaba café a media mañana. He perdido la frescura del comentario porque no puedo comentar desde ahí.

    Pero me ha parecido una entrada honda, muy honda, buena, muy buena, definitoria de lo que eres y puedes llegar a ser.

    Saludos, pollo.

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