14.5.09

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He pegado en mi pared unas postales de Hemingway en Finca Vigía, La Habana. Dicen que sobre el terreno en que se construyó la mansión, los españoles hacían labores de vigilancia antipiratería, de ahí lo de La Vigía. Por cierto que esa casa fue su residencia oficial durante más de veinte años, no era un rinconcito vacacional como el de Carlos Fuentes en Mallorca: era su casa. Donde un escritor tiene (y escribe) sus libros, su casa.

No sé por qué esa fascinación mundial por Hemingway. Es ver a los turistas en el Floridita haciéndose fotos con la réplica dorada de Hem y no entender bien. En Pamplona, hay una réplica parecida, en El rincón de Hemingway, plaza del Castillo, que bien merece una visita y un marianito (odio esa palabra para decir Martini).

Esa horda de turistas que para mí que jamás leyeron ni leerán un libro de norteamericano. Hago examen de conciencia y tampoco he leído tantos, reconozco que mis lecturas llegan al plural por los pelos. Quizá el atractivo del personaje estaba más en el personaje que en los libros. Ese vitalismo que acabó con su vida. Como el de Violeta Parra, que escribió Gracias a la vida y luego se mató, me dijo ayer mi tía Christine.

El guía de Finca Vigía, Ilaberto Batista creo que era su nombre, resultó ser un tipo entrañable y amante de la cultura por la cultura, rara avis en la yerma Cuba. Abordaba al personaje con amplitud de miras, de modo global, sin dar nada por supuesto ni finito. Sobre su muerte, nos dijo que cuando se vio enfermo, viejuno, con cirrosis, no podía beber, impotente, cansado, se dio cuenta de que no podía hacer precisamente todas aquellas cosas que le daban la vida. Y vivir así no era vivir. Así que mejor morir. Discutible opción, pero bueno. Lo dice alguien que no necesita de la pesca, la caza en el África negra y la seducción de innumerables acosadoras para ir tirando, claro.

Ilaberto Batista nos contó muchas cosas interesantes, pero esta mañana me ha venido una a la mente. Que a Hemingway no le gustaba "diletar sobre literatura". Que no le emocionaba el debate literario, la disquisición sobre libros, autores, y si el poeta es más excelso que el prosista y que si los libros son esto o lo otro. Que alguna vez terminó a mamporros y todo, así que los frecuentes invitados que venían a su casa debían buscar temas alternativos de conversación. Supongo que hablarían de la pesca. Un cubano que me aseguró que no era como todos los cubanos pero que acabó siendo como todos los cubanos me dijo que a todo hombre que se precie le gusta la pesca. "Pues aquí tienes a un hombre que no se precia", le vine a decir. Ojo, que tampoco es que haya incursionado mucho en el tema, aunque digo a mi favor que he visto muchas veces El estanque dorado y me emocioné cuando pescaron a Walter.

Se tiende a creer que al ser que escribe le apasiona la literatura. Creo que los libros gustan más a los lectores, que a los escritores. Los escritores leen porque escriben, y leen porque leer es parte más de la vida, pero hacen otras cosas. Opino que el escritor/escritor quiere escapar del exceso de lecturas, y pienso en cómo Philip Roth abandonó la docencia universitaria/literaria y como Nabokov daba unas clases de literatura completamente objetivas: que si cuántas patas tenía la cucaracha en que se convirtió Gregor Samsa. De hecho, Nabokov solía responder a las entrevistas previo cuestionario escrito, con todo el tiempo para formular con acierto sus opiniones contundentes.

Cogí un mango pequeño del jardín de Finca Vigía. He puesto la semilla en un vasito con papel higiénico mojado, a ver si florece. Si prospera, hay negocio seguro.

6 comentarios :

  1. Imagino que con Hemingway sucede lo que con Wilde y otros muchos, el interés por el personaje supera el interés por su obra. Yo que hacía a Hemingwey hablando de toros a todas horas, así lo creía hasta que su post me hizo pensar que tal vez de pesca también, porque no sé yo cómo anda la afición taurina en Cuba. Mi lugar de trabajo está pegado a un parque dedicado a Marcial Lalanda, lleva su nombre porque fue dueño de casi la mitad de los montes de Toledo en donde ubicó sus fincas y sus reses bravas. Murió viejo y arruinado. Marcial Lalanda conoció a Hemingwey, gran amante de la fiesta nacional y todo cuanto la rodeaba (imagino que de ahí la escultura en Pamplona), de él escribió que era el maestro indiscutible de la lidía del momento... En fin, yo soy sanitaria y no es precisamente tomar tensiones lo que más me gusta en esta anodina vida que en nada se parece a la de Hemingwey, aunque igual me da por hacer un viajecito a Cuba y sembrar marihuana.

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  2. HemingwAy, si no le importa.

    Buenas tardes,
    Mario

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  3. Con el permiso de don Mario Moliner, diré que a Hemingway le atrajo de España, sobre todo, la fiesta de los toros, lo que todo el mundo sabe pero quizá no en su dimensión. El guía cubano nos contó que tenía una biblioteca taurina de las más importantes del mundo, y su relación con los toreros era estrecha y fecunda, más allá de poses para fotos.

    Si ese fue el enganche con España (y concretamente Pamplona, ya que además de toros en la ciudad del norte también había priba en cantidades ingentes, lo cual fusionaba sus dos pasiones), el enganche con Cuba fue el mar. El mar y lo que el mar conlleva, como la pesca, la incursiones por el litoral que le llevaron a 'descubrir' el cayo Levisa y así. Hoy Cuba recuerda esa pasión con la base náutica que lleva su nombre, Marina Hemingway, en La Habana, y la organización de un torneo anual de pesca de aguja.

    De pequeños ibamos a Burguete, donde el amigo Hem también pescaba. A veces, los paralelismos geográficos tienen su chicha. Quizá sin su 'pamplonidad' no me interesaría tanto el personaje, con esa mitificación infantil que en mí se añade al tipo.

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  4. Pues HemingwAy, sin importarme, error al trascribir cual se pronuncia, señor Mario, que después de tanto tiempo sin aparecer por estos lares... Si se apellidase Rodríguez no me hubiese empeñado en poner la E.
    Muchas gracias y saludos. No deje de estar al quite, ya que de HemingwAy y de toros, entre otras, va la cosa.

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  5. El otro día me apoyé sin darme cuenta en esa estatua para pedir un par de cafés matutinos. La pose de colegas les hizo mucha gracia a unos guiris que se ponían en la barra ciegos a Martinis (yo tampoco soporto lo de marianitos) y me tiraron un "afoto" de la que no me di cuenta hasta el flashazo. Vete a saber a dónde me habré ido yo en esa foto... Le quité la mano del hombro a Ernesto y me di cuenta de su mirada. Me costó mantenérsela. No se por qué no me gustó que fuera tan fija.

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  6. La secretaria de Hemingway, Valerie Danby-Smith, publicó hace unos años un libro con sus relaciones con la familia del escritor (que fueron muchas y profundas) y el retrato que da de éste es el alguien cansado, vencido por la vida y su propio pasado, que no soporta envejecer y que vive en un mundo que no es real, salvo unos escasos momentos de lucidez. Desmitifica mucho al personaje, la verdad. Al final del libro, lo que el viejo Hem da es pena.

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