Las conversaciones sectoriales

Sectoriales, por no decir sectarias. Son aquellas que alimenta un grupo social determinado y ante las que un individuo ajeno a esa comunidad siente una gran sensación de desplazamiento existencial. El grupo puede ser de teatro, de solidarios con los sin techo, de scouts, de amigos de la danza, de enemigos de la danza, de coreógrafos en paro, de lo que más os guste. Puede haberse forjado, el grupo, en el ámbito laboral (trabajadores de empresa), el del ocio (tamborileros de Calanda) o incluso en círculos más marginales, como el grupo que conforman los bebedores anónimos. También en el mundo de la enseñanza, por supuesto: grupos formados tras la cohesión que da recibir las mismas lecciones durante un periodo de tiempo determinado.

La formación de estos grupos no es criticable, todos hemos sido miembros de alguno de ellos, siempre que no suponga la totalidad de la vida social del individuo, que no suele ser habitual. Lo que es más criticable, o sencillamente lamentable, es la exclusión ocasional que padece el individuo que no pertenece al grupo. Normalmente, esta nefanda situación se da por accidente, o por error de cálculo en uno de los miembros del grupo, que invita al ajeno sin advertirle del abismo en el que se puede meter. A esta persona desplazada la llamaremos El infiltrado.

Estas Navidades fui uno de esos infiltrados. Por suplir mi baja del año anterior, con gripe, me dejé caer en una cena de empresa de la empresa en la que había trabajado en el verano de 2007, pero no en el de 2008. Sin darme cuenta, empecé a gestar este post ya entonces. Asistir a un rosario de anécdotas en las que uno no participó, en un restaurante chino, durante un total de cuatro horas cuatro, sin probar gota de alcohol y tan solo siete granos de arroz tres delicias (tenía las tripas completamente descompuestas), no tuvo precio. El arroz, además, frito con el peor de los aceites chinos, pasaría factura después. Por suerte, mi estado semifebril me sumió en una indiferencia tal que sobrellevé la noche con una entereza digna de elogio.

Ayer, desprevenido, caí en una similar trampa, sólo que pude escapar a las primeras de cambio. Trabajadores del ente público, periodistas, para más señas. Pero unos periodistas que no hablaban de periodismo, hay que descansar, sino de gentes, nombres, coñas, autocoñas, fíjate lo que hizo, qué fuerte lo otro, con pocas aperturas temáticas a El infiltrado. Bueno, que si Oasis, Joy Division y Su Puta Mother's, que tocan este año en Benicásim. (Últimamente, veo que la música, los grupetos guayses y malasañeros, se ha convertido en tema de conversación unificador, en verdadera pista búlgara, y me veo hablando del tema como si en realidad me interesara, hasta que me canso de ese desdoble zeliguiano.)

Otro de los momentos delicados para El Infiltrado son los intentos por integrarle en el grupo. Que él ya se integra solito, ojo, y dialoga también lo que se puede, pero es consciente que el flujo conversacional va por otros derroteros, y que lo mejor es callarse. Lo que se lleva es la conversación sectorial, y lo otro no interesa.
Me refiero al momento del brindis, esos brindis por causas ajenas a la vida de El Infiltrado como, yo que sé, "Qué hagamos una buena cobertura informativa de las procesiones". No es plan, claro, de no brindar, porque una cosa es no pertenecer al grupo y otra ser un borde, pero claro, se realiza el brindis con brazo melifluo y forzado, chocando tan solo las copas más cercanas al propio vaso. Siempre hay alguien que, por una especie de pena empática, se ufana en chocarte a ti, sí a ti, la copa. Gracias.

Ante El Infiltrado, la actitud del grupo puede ser de dos maneras. Integradora, cerrada o indiferente. Está quien hace por conocer al Infiltrado y buscar nuevas pistas búlgaras que generen incluso ulteriores temas de conversación; está el que mira con gesto hosco, elemento éste no muy frecuente; y está quien actúa con total indiferencia ante El Infiltrado. Como si éste fuera transparente. Estas tres actitudes se manifiestan con claridad en otro momento delicado para El Infiltrado, que es el de las despedidas. Ante la profusión de abrazos, promesas de excursiones a la Sierra y sonrisas extremas, El Infiltrado encuentra consuelo en la tuberculosis de Kafka, por ejemplo. Es ahí cuando se evidencia esa indiferencia insidiosa de quien pasa tres pueblos de El Infiltrado, que se ve obligado a forzar unos rácanos dos besos de despedida. Es un Don Nadie en ese contexto, pero tiene su dignidad, qué coño.

La solución a este problema o problemática pasa por no acudir jamás a ese tipo de reuniones en que uno pinta tanto como Maruja Torres en un cónclave papal. Y hacer pagar a quien te convirtió por unas horas en un Infiltrado con la misma moneda, venganza en plato frío de toda la vida de Dios.

Comentarios

  1. ¿Infiltrado? Eso queda a medio camino de sobrevenido -el cuñao, sin ir más lejos- y el quintacolumnista -un catalán que no sea del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat en Pamplona, por ejemplo. ¿No?
    Porque los ateos en la Semana Santa sevillana no somos infiltrados. ¡Somos multitud!

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  2. Ánimo, vaya cruz la tuya...!! Qué España nuestra, ayyy. abrazos

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  3. JAJAJAJAJAJAJA...

    Me he partido el culo. Apunta este post para la nueva antología.

    Yo, que si ya era de natural escurridizo, los años me han hecho huír, como de callejón sanferminero, a toda pastilla de esas situaciones.

    ¿Y esa peña que diez segundo después de que te la presenten te cuenta sus historias, con gente que no conoces, a las que se refiere a ellos on una familiaridad que te resbala, poniéndoles nombres y apellidos?
    No hay cosa que más me haga poner cara de Poker (siete de picas en concreto... pero podría ser el cuatro de diamantes) que enterarme de que la Mari se fue de vacaciones a Ulan Bator o a Peñiscola y allí se lió con el animador del hotel (el día que me metan en un hotel con animador nocturno me pego un tiro) o que otro, el Josecarlos, le acaban de operar de fimosis porque siempre deja todo para última hora.

    Joder... ¿No os vais a vestir de mozorros? Pecadores.

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  4. ¡JJJJJJJJJJJJJ! La del chino creo que me da pistas de la empresa.

    ¡Buaf! ¡Tantas veces me he metido en esos fregados! Me entran escalofríos al recordar algunas situaciones. Y el deseo de querer desaparecer.

    Me parece, sólo me parece, que con mis cuarenta éso cada vez me sucede menos. No sé si porque ya soy una invisible social o porque ¡ya no me van a pillar en ésas!

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