V

Complicada letra, ésta, probablemente la más evocadora del abecedario. Ayer salí de casa, gracias a Latinajo de Híspalis, funcionario televisivo él, que me propuso un plan ultrafetén, que diría el esquiador dadaísta. Los premios Miradas 2, (mal)organizados por RTVE. Digo mal(organizados) porque se petó el aforo y se formó un corrillo de gente ansiosa, incluidos nos, a la puerta y eso que estábamos en "la lista". Parecíamos niños de posguerra a la espera de un mendrugo de pan, sólo que en con pinta de pijos y en esa zona quieroynopuedo señorial de Cuzco y alrededores. Ese Madrid de marisquerías horteras y cafeterías de nombres marinos, con nudos y salvavidas de palo, ciertamente lamentables. Como el Melia Castilla, esplendoroso en sus años setenta, de vergüenza ajena hoy. Si alguien pasa por ahí, de noche, que lo compruebe él mismo, por favor.

En esta cola redonda de la puerta de entrada me encontré con el fotógrafo artístico Luismi (nombre ficticio) y con la cantarina casera de Alberto Olmos, cuyo nombre también conozco pero que omitiré. Nos vimos y me dije: "¿De qué coño me suena éste tío?". Y caí rápido, justo para estrecharle la mano. "¿Qué tal Luismi?". "Bien, estoooo". "Eduardo, Eduardo". Soy bueno para los nombres, qué coño, y disfruté con esa supremacía nominal mía, me regodeé incluso. Y eso que el nombre real de Luismi es raro de huevos, quizá por eso lo memoricé. Aunque también me sabía el de la cantarina casera, que es como de gotitas en las hojas por la mañana en Andalucía.

Tras una caña en el bar El Zoquito, por fin entramos en el fiestojo. Desde el guardarropa, a dos euros la prenda, avisté a Agustín Fernández Mallo, cuyo blog acabo de descubrir y que enlazo aquí. Este escritor me parece a mí un escritor de ciencias, pensé, al verlo entrevistado por una cámara, cigarrillo apagado en mano, recién premiado por Miradas 2.

Entramos en la fiesta y vimos muchos tipos modernos por metro cuadrado. Tipas explosivas, quién sabe si contradas por la organización, porque ese local es capaz de eso y cosas peores, y flequillos imposibles, estéticas andróginas de un tiempo situado en el más allá de lo moderno, tanto que podía resultar déjà vu, a pesar de no haber visto nunca nada igual. Y las copas, eso sí, a once euros. Me pedí un whisky naranja que paladée trago a trago, y además el camarero, que parecía llevar un césped negro en la cabeza, espeso y puntiagudo, se permitía ademanes soberbios e insolentes. Le desprecié con mi simpatía, que es actitud que suelo practicar en ese tipo de situaciones, por desarbolar un poco más que nada.

Los premios habían sido dados, Amaral habían tocado, todo el pescado estaba poco menos que vendido. Por eso abrieron las puertas con tanta generosidad, quiá. Aunque aún quedaba la actuación del grupo de moda, Vetusta Morla. Recuerdo haberlos visto una vez en los conciertos de Radio3, en La2, sobre la 1 de la mañana, y haber memorizado su nombre. "Esta gente parece buena", me dije, jugando a Brian Epstein. Y, joer, ahí están, ganando el premio Miradas Dos y triunfando lo suyo. Aunque la basca pasaba bastante de ellos, y el murmullo conversacional se confundía con sus sentidas canciones. Al terminar la actuación el líder dijo "a los que habéis escuchado, gracias". Soberbios, como el camarero, sin apenas haber salido del cascarón. Cuidado.

Renuente (odio esa palabra) a pagar otros once eurazos por una copita en estrecho vaso de tubo, me hice con una pulserita de esas azul VIP, que proveía copas gratis a discreción. Así, me interné en los más VIP de la zona VIP, la VIPPEST, con V de Vip, Vip, Vip, hurra!, y me encontré con un camarero ésta vez con pinta de matón. A pocos metros, en ese rinconcito selecto con cortinas negras a la entrada, estaban los exitosos Vetusta Morla. Ése era el éxito, una sala VIP y bebida gratis, aunque el camarero era lento y el guitarrista cogía las Heineken (odio esa cerveza) directamente de la cámara. "Son unos niños de papá de Tres Cantos", me había informado previamente Latinajo. Su ex compañero de piso, un rockero con canas en las patillas, abonado al fracaso, los conocía y les ayudaba a descargar la batería. "Nunca llegarán a nada", decía. Y ahí estaban, en ese rincón del éxito, soberbios, creyéndose señores de algo, estrellitas del rock. Recuerdo una cita de Bro: "Hace años tener un grupo era algo guay; hoy, da casi pena". Si te premia Miradas 2 no tanto, Bro.

Observando la fama y sus formas, un tipo me pidió que le pidiera una copa. Había visto el poder de mi pulsera azul. Cómo no. Le dije si era del grupo o algo así, y me contestó que era "el que les suministraba el vino". Joder, esperaba cualquier respuesta menos esa, y al poco estuvimos charlando sobre vinos navarros, Castillo de Monjardín ("es muy bueno"), y el tinto Campanas, que era el que llevaba él. Le sugerí Guelbenzu, que me pareció rico hace poco que lo probé. Él trabajaba para Bodegas Domecq, me dijo. Le dejé con los vetustos y salí de nuevo al festén-fetén. Me encontré con Luismi (nombre falso) y su hermana, la cantarina casera de Olmos, que estaba poco menos que escandalizada. "Nos largamos. No me gusta nada cómo mira la gente. ¿Pero tú has visto eso?". Qué candidez, qué incorruptez, qué admirable.

Luego la cosa languideció con unos dj's que pinchaban música para que una tipa en transparentoso camisón, o algo así, hiciera unas contorsiones entre niña del exorcista y Jane Birkin (por poner algo) y optamos por coger, tomar, como se diga, el último metro, dando la noche por bien empleada.

Comentarios

  1. "disfruté con esa supremacía nominal mía, me regodée incluso".

    -Regodeé. Tercera persona del singular, pretérito perfecto simple del indicativo.

    Buenas tildes. Digo, buenas tardes.
    Mario

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  2. O sea que entras a una sala VIP donde hay un grupo de rock que parece que son buenos y el tipo más interesante del lugar es el proveedor de vino. Eso da que pensar. Quizás Bro tenga algo de razón.

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  3. 11 euros la copa. Jo-der.

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  4. Anónimo superior a este comentario es mío. ¿11 euros la copa? Jooooo-der!

    (El Sir)

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  5. Contenedor amarillo6 de marzo de 2009, 21:44

    Hace un par de semanas me metieron en una de esas fiestas vip, con lista y portero malahostia. Iba vestido tan desastrado, que precisamente por eso, creo, triunfé entre la parroquia rastrera, como si fuera el nuevo premio lo-que-sea. La noche era un pijerío que metía miedo, y yo sin mechero. Un panorama para salir por patas. Pero para variar, me equivoqué. Nunca nadie me había tratado con tanto servilismo ni con tanta sonrisa nauseabunda. Cada vez que me giraba y, al primero que pasaba por allí, le pedía lumbre, era como si estuvieran hablando con alguien que ellos consideraban importante por cojones, porque si con semejantes pintas de vagabundo estaba allí, con barbas especialmente descuidadas, era porque sin duda era alguien, que lo soy claro, pero no en el mismo sentido con el que ellos fantaseaban.

    La noche fue asquerosa por lo asqueroso que puede llegar a ser el ser humano, pero por eso precisamente me lo pasé bien. Me emborraché a seis euros el pelotazo.

    Algo saqué en claro: Pamplona cuando se emperifolla para su horterada local, puede ser tan jujana como cualquier otra ciudad del mundo, y que mi misantropía aumentó una decena de puntos sin proponérmelo. Después resaca. Lo de siempre.

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  6. El aliento de mi gato huele a comida de gato.

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