Tres gentes del metro

El jueves vi a un predicador, negro, recitando la palabra del Señor en el metro, e invitándonos a todos a arrepentirnos. "¡Arrepentíos!", exhortaba, y yo pensaba, hurgaba en mi interior, como pensando "¿de qué?". Era todo un poco violento, los vagones temblando, las paradas que llegaban, y el buen hombre intentando hacerse oír. "El Señor Jesucristo vino al mundo para salvarnos". Me lo imaginé en su casa, o residencia cristiana, donde viviera, preparando su speech, su monserga, su filípica, ante ese auditorio efímero. Se consolaría con la idea de que, al menos, Dios le escuchó y se sintió orgulloso de él, pues el personal del metro pasaba tres pueblos de su cara, si no era para reírse en silencio de su estrafalaria actuación.

Poco después, me crucé con el hombre paralizado. Me recordó al Dustin Hoffman de Rain Man, pinta de pardillo inteligente. Se vio con la masa encima, él iba en la dirección menos popular, y se quedó literalmente clavado en el sitio, una de esas encrucijadas de metro sin leyes peatonales, rendido ante la inmensidad humana. Verlo era todo un fotograma, y sentí que la vida es un gran cine que se despliega ante nosotros, con escenas impactantes que se proyectan a todas horas.

Este lunes he visto a tres tipas inquietantes. Ha sido entrar en el metro, sentarme, y descubrirlas a mi lado, extrañas. Eran jóvenes y peligrosas, jóvenes y viejas. Una de ellas tenía incluso arrugas en las ojeras, y la mirada perdida, absorta, pero no melancólica ni derrotada. Había algo de serenidad enigmática. Llevaban un carrito de la compra con sus cosas, eran más que perrofláuticas, jóvenes reclusas que acababan de lograr la libertad, o que huían de la Justicia como quien huye de una madre pesada. Eran feas, una no tanto, y se ajustaba el jersey y dejaba ver piel, casi el culillo, con una piel ajada, con manchas, que había sufrido lo suyo.
Se han puesto a comer pipas, y a tirar las cáscaras al suelo, sin complejos. Creaban un ambiente que no llegaba a apestar, pero que no era precisamente bienoliente. Eran como brujillas, lamiak, en tiempos menos democráticos las habrían quemado sin demora.

Comentarios

  1. Ole ole y ole!! Aplaudo el post de hoy. No tengo nada que comentar sino alabar el post. Le animo a seguir en esta línea. Me ha gustado especialmente la imagen del señor siendo engullido por la riada.

    ResponderEliminar
  2. Yo comento que "Creaban un ambiente que no olía mal, aunque tampoco apestaba." quizás sea un desliz.

    ResponderEliminar
  3. Cierto Arnold, esa frase sí que apestaba. Cambiada.

    ResponderEliminar
  4. Y yo digo:

    Hoy he visto a un tipo peculiar en el metro. Era rubio, enjuto, con una vaga perilla en su rostro macilento. Estaba allí, emocionalmente fuera de sí mismo, medio asustado y medio indiferente, como una cría de pájaro fuera del nido. Miraba desde el fondo de sus ojos a un predicador negro que sermoneaba a la gente. Luego le vi mirando a un hombre atrapado entre la multitud y a tres tipas de olor aceitoso que comían pipas. Al verle tan impávido pensé que era un psicópata en busca de su próxima víctima. Pero luego comprendí que no era más que un escritor.

    Mucho ánimo, Edu!

    ResponderEliminar
  5. Sí, Gabi, yo también vi al tío ese, ¡vaya personaje!

    ResponderEliminar
  6. Y yo... y yo... Yo era el que vigilaba todo eso desde las pantallas del circuito cerrado de televisión, pirateado por internet. Qué casualidades, joder.

    ResponderEliminar
  7. He de decir que la descripcion de las tres fugadas me ha parecido magistral, hasta las he olido un poco.

    ResponderEliminar
  8. Coño, yo esta mañana hacía de barrendero en ese andén, mientras tatareaba la canción de "me siento seguroo", me pareció ver a Molusco conduciendo el Metro, y a Miguel Veyrat escribiendo unos versos

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares