Nuevos lugares viejos

Este jueves vi La ley del deseo, que Almodóvar dirigió en 1986. La peli, como me pasa con muchas de Almodóvar, me dejó un poco ni fu ni fa, y hasta me eché una cabecita estilo Abraham Simpson en el momento clave del flín, cuando Banderas se carga a Miky Molina.

Hay un plano que me hizo gracia, en que se ve la plaza de los Cubos, con unos Cubos que ya está allí y, de fondo, difuminado, unas letras antiquísimas del Burger King, que ya estaba allí en 1986. La película, de tan hortera que resulta su estética, esa estética imposible de los ochenta, nos hace pensar que se filmó en las profundidades ochenteras, un 82 u 83. No hay más que ver los coches de policía que aparecen al final, tan analógicos y medievales, cutres, españoles, inverosímiles hoy día.

Por la noche, desde el TempoClub, pude re-ver esa localización, la de los Cubos, paradigma de la modernidad en su día, Umbral posó allí sobre una moto en plan hortera, y me puse reflexivo.

Pisé mi primer McDonalds en 1984, Madrid, Centro Comercial La Vaguada. Comí un Happy Meal, por supuesto, y me sentí feliz, como quería Ronald McDonalds. Hoy, de mayor, sigo empapuzándome de vez en cuando con esas hamburguesas que tiene algo sospechosamente adictivo. Glutamato monosódico, quizás, como la sopa agripicante del chino.

Pero a lo que iba, quizá vaya siendo el momento de que nazca un nuevo José Joaquín Arazuri* de nuestros días. Me encantaría que alguien editara un libro en ese plan suyo, sobre aquellos espacios que ya son antiguos, porque empieza a haber llovido mucho, si nos ponemos. También si uno tiene memoria, porque yo era un canijo, pero viví los ochenta, a mí manera, como un niño que está en el mundo, que no es poco.
Esa estética de Café Niza, de Casino Eslava, de ciertos carteles de SanFermín tan eso, los tupés de Ana Torroja que imitaban mis primas, Madonna, Bruce Springsteen, y todos esos grupos españoles que yo odiaba cuando salían por la radio o en Tocata: La Unión, Radio Futura, Nacha Pop. Nacha Pop, vaya nombrecito.

No nos desviemos. Esos lugares que un día fueron nuevos son ya viejos, carnaza de nostálgicos, y a mí me gustaría verlos en soporte fotográfico. Como todas esas cafeterías que irrumpieron entonces y que Almodóvar rescata precisamente en esta peli que comento. Cafetería Manila, en Gran Vía, con esos camareros con chaqueta blanca, y las cocacolas, que siempre han estado allí.

En Pamplona, recuerdo varias de ese tipo, algunas sobreviven, y su denominación daría para un capítulo sobre técnicas extrañas de branding: la Jamaica de Ppe. de Viana, la Miami de Avda. Baja Navarra, las múltiples Floridas... En Madrid, ahí sigue la colosal RíoFrío. Y Nebraska, California (de la que mi tía Gloria era fan) y alguna otra que me dejo fuera. O esas Delicias, de Pamplona, también, que pasaron a mejor vida. La de la calle Mayor con San Francisco es hoy una tienda de alimentación chinesca.

*Cronista hiperlocal que se dedicaba a recopilar y comentar fotos antiguas de Pamplona, autor de libros de referencia como Pamplona, antaño o Pamplona, belle époque. N. del B.

Comentarios

  1. Contenedor amarillo20 de marzo de 2009, 19:03

    Y las hombreras, y aquellas baterías que no tenían parches y que eran planas...

    Cómo me alegra el haber empezado a emborracharme en los noventa, años maravillosos de descreimiento y cinismo absoluto. Sin metas, sin héroes, sin trascendencias mentales llamadas pajas idem. Joder... me llena de orgullo y satisfacción ese alejamiento de esos ochenta en los que todos los borrachuzos y drogatas creían estar haciendo historia por ponerse hasta las orejas. Y así acabaron la mayoría, mal.

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  2. Sí, en los noventa asumimos en el fondo del vaso, no había más que vacío. Pero igual nos pasamos. Con el nihil y los copuces.

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  3. Contenedor Amarillo21 de marzo de 2009, 1:59

    Y a mi que me pone esa postura completamente abrasiva, que no esa otra con la que se convivió, esa especie de hedonismo de encefalograma plano tan estúpido como los anteriores ciegos culturetas, pero bueno, cosas de uno, supongo.
    Nihilismo como resultado de un proceso reflexivo. Un hasta aquí hemos llegado porque no hay nada más, esto es todo... y se acaba, mucho más pronto de lo que creemos, con lo cual, que le den por culo a cualquier tipo de creencia o de esperanza o de anhelo o de buenismo de misa de una o de fumada hippie; a las poses, a las culturas, a las tradiciones, a las modas, a las tribus, a las ideologías, a las corrientes, a las militancias. El mundo es un estercolero y asumirlo como algo inmutable es la única forma de tener algún que otro pellizco de felicidad. Por todo esto nunca me haré ni de greenpeace, por no perder el tiempo.

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  4. Discrepo. Cabe una religión estética. Y si el último tren es drogarse, mejor LSD y compañeros.

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  5. Y todo acto estético es, en cierto modo, una actitud política. Véase las señoronas del barrio de Salamanca o los borrokas de la Jarauta. Ahí política en sus estéticas.

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  6. Aupa Eduardo, llego a tu chamizo vía un armario ropero de Valcarlos con el que creo que compartiste galera remando para una entidad financiera la ostia de social. Y ya de paso te hago un linkamiento desde mi blog y cuando se pueda iré picoteando en el tuyo. A seguir, por donde sea.

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  7. Don jorgenagore, qué honor recibir tu visita. Creo qeu deberíamos fundar una generación literaria pamplonica bajo el título 'Ni perplejos, ni enanitos, ni gruñones'. O algo así. Te linko yo también y te añado a mi derrotero bloguero habitual, y tanto que sí.
    Un abrazo,
    Eduardo

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