Las últimas caladas del Che

La película de Soderbergh sobre el Che, dividida en dos partes, está basada en los escritos de Ernesto Guevara sobre su incursión en la selva boliviana. Guerrilla que duró cosa de un año, con sus muchos días y muchas noches, y que pretendía ser una segunda parte en buena de la revolución cubana. De la del Caribe se cumplen ahora cincuenta años; la boliviana nunca existió. Si acaso ahora, con Evo Morales haciendo cosas por mejorar la calidad de vida de unas gentes que, pese a hablar idiomas raros y pintar sus casas con colores vivos y llamativos, también tenían derecho a derechos.

(Ando viajando últimamente, en forma de libros, Cuaderno boliviano, Atrapados en el paraíso (Filipinas y Papúa-Nueva Guinea) y ahora Viaje a la Alcarria.)

En ese cuaderno de notas de los avances del Che y sus hombres por la maleza boliviana, ese avance de la revolución II de la que yo no tenía mucha idea hasta ayer, que vi la peli, en ese cuaderno, digo, protomoleskine bélico, apuntó detalles sobre sus incursiones, internadas y demás lances revolucionarios.

Lo que no apuntó, porque no pudo, son los últimos instantes de su vida. Nadie puede escribir sobre el hecho de estar muriéndose: ese último post te lo tiene que redactar otro, porque el que muere está más pendiente de ver luces anaranjas y flash-backs vitales apelmazados que escribir más nada.

Así que las últimas escenas del Che, que Soderbergh filma con el habitual tono documental-objetivo-lírico, son muy intensas, bellas, incluso. El tío está preso en un chamizo de un poblado de cuatro casuchas. Su aspecto es ripioso (él mismo lo advierte antes: "Se va a convertir en ripios humanos") y recuerda a un mujik echado a perder, que vuelve a casa tras superar cuatro años de trabajos forzados en Siberia. Porque Benicio del Toro tiene unos rasgos rusoides, casi esquimales.

Sabe que al día siguiente le matarán. Es un Santiago Nasar con una muerte ya anunciada para mañana. A Ernesto/Ramón se le acabaron las batallas. Quizá su destino fuera ese, morir para que su mensaje calara. ¿Qué mensaje nos ha llegado de él? Esto daría para ulteriores posts.

Volvamos a la escena. Un chaval, militarcillo, le custodia. No entiende bien quién es, pero sabe que está ante un mito. Y que es su última noche. Me llamó la atención el personaje y me dije: aquí hay un post. Luego le pregunta el Che: "¿Cómo te llamas?". "Eduardo". Vaya. Eduardo le pregunta que si quiere fumar, y el Che le dice que "sí", sin malditismos ni poses. Es un "sí" lleno de bondad. Sobre la autoridad del Che también se podría hablar en futuros posts: era capaz de meterle una bala en la mollera a uno de los suyos que caía en alguna indisciplina, pero también daba directrices sin alterarse, sin llenarse la boca de autoridad. Así al menos lo retrata Soderbergh, que aborda al personaje desde una perspectiva a mi juicio bien madura y ancha de miras. Los críticos le han reprochado su "neutralidad"; a veces parecen buitres en busca de carnaza. Ver estas dos pelis es ser testigo de primera fila en dos acontecimientos históricos sin parangón en la historia reciente, sin maniqueísmos ni sesgos flús, y hay gente que se queja, que rezonga, que no le gusta. Allá ellos. Miel en boca de asno.

Esas últimas caladas que el Che recibe del cigarrillo de Eduardo, que éste coloca un segundo en la boca del preso, son cine de altura. ¿Fue así realmente ese momento? ¿Existió el tal Eduardo? ¿Qué marca de cigarrillos fumaba? ¿Se le han hecho entrevistas? ¿Vive? ¿Me concedería una?

Se acaba el cigarrillo y el soldado pide el relevo. "Anda, entra tú", le dice a un compañero. El Che le había pedido antes que le soltara, que le cortara la soga de las manos. No se había rendido.

Comentarios

  1. Contenedor Amarillo13 de marzo de 2009, 20:15

    Pues la veremos, claro, como vimos la otra, pero me cae tan gordo el personaje del Che, uno de tantos mesías psicópatas que sólo saben redimir al prójimo acabando con él, que no creo que me conmueva que pida tabaco, ni que fume. Yo lo hago también y me doy asco por ello casi todos los días.
    En el fondo el pijazo del ché me recuerda a los maridos que se cargan a su mujer y luego se suicidan, por el hecho de que podrían haber invertido el proceso y así nos ahorrábamos el pozal de sangre ajena.

    Tengo al personaje demasiado bien estudiado desde hace un porrón de años, "Ganges" del oficio, con lo que espero no aburrirme mucho si es igual de lenta que la primera parte, de la qué, no lo sé por qué, he olvidado todo menos el discurso en blanco y negro en la ONU. Misterios de la memoria.

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  2. Me temo que una revolución, como fue la francesa, implica derramamiento de sangre. No estoy de acuerdo con tu opinión. Es cierto que era un justiciero y todo eso, y que se cargó a peña, pero no creo que disfrutara mucho con la idea. Y cuando podía haber disfrutado de los boatos del éxito político, cargos y carguetes, se empantanó de mierda hasta las cejas por seguir fiel a sus ideales de justicia.
    También fue crítico con la deriva digamos estalinista que empezó a tomar Cuba a mediados de los sesenta, con normas rígidas y supresión de libertades y derechas. El personaje del Che no fue tan héroe, seguramente, pero tampoco fue tan psicópata cabrón como nos venden ciertos maniqueísmo de droite y gavana.

    Se sacrificó y mucho por sus causas, mientras otros se dedicaban a darle al puro al ron. Quizá fuera un workaholic de las revoluciones, que también, pero fue un ejemplo de disciplina y tesón y qué coño, eso es de admirar, sea del color que sea. Como si es san Patxi Javier, el padre Ángel o el hermano del Maricha, ya me entiendes.

    salut

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  3. Contenedor Amarillo13 de marzo de 2009, 22:34

    Escribo, a golpe de tecla rápida, que tengo la pizza en el horno y se me va a quemar. Tampoco quiero entrar en una discusión político-histórica, reconociendo que soy yo al que se le ha calentado el morro por el hastío infinito que me produce el personaje, alzado como santo laico o dios laico o cosa similar de todos los amantes del despotismo iletrado, que lo reducen todo a una camiseta y a una frase: Hasta la victoria, siempre.

    Prefiero la literatura, que conste, que es mi placer, esto otro es la profesión para la que me preparé, que no deja de ser curro, con todas las connotaciones negativas del conceto y del palabro, por eso nunca he pensado en ejercer, pero bueno, intentemos hacer de esto al menos algo poco plúmbeo.

    ¿Victoria de quién y para qué? Ellos ganaron, y el resultado ahí está, cincuenta años de igualitarismo desigual, como siempre: la burguesía del proletariado de traje verde oliva y pistola al cinto. El miedo como ley, la cárcel (o el paredón) para los no ortodoxos, que una revolución nunca acepta disidencias, y no sólo las violentas, sino también las más pacificas de ellas (aquí podemos meter hasta a los homosexuales, tachados como contrarrevolucionarios por el propio Guevara). Más vale que siempre hay un yanqui cerca al que culparle del fracaso, el chivo expiatorio como mejor y más fiel amigo del hombre (incluso para los propios yanquis, ojo).

    En cuanto a que toda revolución tiene que ser sangrienta, no puedo estar más en desacuerdo contigo. Mayor revolución que la de pasar de una dictadura a una democracia, como pasó en España (y que como fue pacífica, sin sangre, sin fusilamientos, se llama transición) no ha habido nunca. La utopía, por lo tanto, es posible, y sin fusilar y fusilar y fusilar, que es lo que hizo el iluminado argentino nada más entrar en una ciudad en la que no había estado nunca. Algo tendrá que ver que no luchara por implantar una democracia, sino por un nuevo orden tan totalitario como el que había tumbado. Ponzoña sobre ponzoña.

    (Mañana mismo me pillo un libro de Zoe Valdés, por sus ovarios y como homenaje, que nunca he leído nada de ella y tengo ganas de descubrir si la puedo admirar por algo más que sus actos)

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  4. Contesto también rápido, que me tengo que ir a patiperrear. Hay revoluciones pacíficas, como la de Terciopelo, en Rep Checa, por la cual "el partido comunista de Checoslovaquia perdió el monopolio del poder y se volvió a la democracia", nos dice la Wikipedia.

    Está claro que el Che se apuntó al camino más rápido, el de las armas. El Partido Comunista de Bolivia, según la peli, no apoyó esos modos y muchos hombres se des-enrolaron. Ole.

    El tema cubano es muy complejo y lo condenamos como demócratas que somos. Hay demasiadas sombras. Pero también luces que, sacadas de ese contexto, nos pueden servir para iluminar nuestras occidentales vidas.

    (En fin, no sé si respondo nada, pero tampoco nos vamos a poner tan estupendos un viernes a las 23.24. horas. abrazos.)

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  5. Coincido contigo en la admirable abnegación de un Che capaz de morir por sus ideales, aunque se le puedan discutir los ideales. Pero eso es harina de otro costal.

    Manolete -otro al que discutir los ideales-, también pidió un cigarro antes de morir. Tengo entendido que ciertas culturas indias (de los indios de América del Norte) consideraban que el vaho que se escapaba de las heridas de los moribundos que morían en combate eran el alma, que les abandonaba.

    Supongo que el humo del cigarro, exhalado por la boca, es de una belleza lírica impactante. Un espíritu que escapa de un cuerpo y que invade -también contamina- otros cuerpos. Bonita metáfora de la muerte, de como se escapa un espíritu rebelde y de cómo se inocula en otros. Y así, supongo, las ideas se hacen eternas.

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  6. Contenedor amarillo16 de marzo de 2009, 20:24

    Voy a poner la puntilla.

    Hombre, lo de morir por unos ideales pues qué quieren que les diga, en sí mismo no tiene mucho de admirable; dependerá, digo yo, de cuáles son esos ideales.

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  7. Yo pienso que cuando el Ché fumó ese cigarro simplemente le apeteció la nicotina porque estaba nervioso y cuando le pidió que le liberara fue porque tenía miedo a morir. Ernestito era un hombre de carne y hueso.
    El Ché mató, sí. Y también tuvo actos elogiables. Asesino? Héroe? Yo me quedaría con sus ideales, con un hombre que luchó por hacer justicia con un pueblo esclavizado en lugar de disfrutar de una vida acomodada en la esplendorosa Buenos Aires.
    La derecha siempre le llamará asesino porque era el enemigo y porque hoy en día sus ideas siguen siendo enemigas.
    Pero al margen de leyendas, política, juicios morales, historia, etc.., el Ché fue un hombre de carne y hueso llamado Ernesto Guevara que sacrificó su vida por la de los demás y sólo por esa "solidaridad absoluta", creo que se merece un respeto. Hasta los derechistas que sólo pronuncian la palabra solidaridad los domingos en misa, saben reconocer esta.

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  8. Mitxel, gran comentario. Estoy de acuerdo todito.

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