Eterno descanso

A Braulio lo despidieron en enero de Lucigás, una empresa privada de lectores a domicilio de luz y gas. Mañana y tarde, se pateaba los barrios que le asignaban semanalmente: Orcasititas, Valdebernoso, Canijetas, Parque de los Apósteles... No era un trabajo horrible, entraba en las casas y como Braulio era de natural fisgón, husmeaba en cada una de ellas en los pocos segundos que había entre cruzar la puerta, lectura, y volver a la puerta. Las tardes, eso sí, eran más deprimentes, sin que hubiera una razón clara.

La empresa, subcontratada por la Comunidad de Madrid, no estaba del tono saneada. Su contratación fue un mero conchaveo entre el consejero de Limpieza y la presidenta de turno. Tenía más deudas que El jugador de Dostoievski y le dieron la patadita en el culo un miércoles, por la tarde, al asumir que había que recortar gastos.

Los primeros días de descanso fueron felices. Es cierto que Braulio tenía la retina ya cansada, de ver tantas casas y casas; cuando llegaba a la suya muchas veces no sabía ni dónde estaba. Gozó de la ausencia de horarios que fijaban su jornada, y se entregó con regodeo a las antiguas maquetas navales, que tenía abandonadas. En un mes, se montó La Pinta, La Niña y la Santa María. Con un par. Luego acometió la construcción de Nuestra Señora de las Mercedes, pero aquella tardó más. La ociosidad no era tan "fetén" cómo le habían dicho. Se encontraba con su sombra a todas horas, las 24 horas del día, y no había manera de escapar de ella, ni de su reflejo en el espejo. "Ojalá fuera Drácula", se decía a sí mismo, poniendo dientes de vampiro.

Descansar le cansaba, así que para descansar de ese cansancio que le producía el descanso, se metía en la cama a las cinco de la tarde. Se levantaba a las once de la noche, completamente cansado. Colocaba una ficha o dos de la fragata, lo más complicado era el velamen, cenaba dos croquetas sin ni siquiera descongelarlas, y se volvía a la cama, con el estómago pesado, por cierto. Se levantaba tarde, con el cuerpo dolorido. Tan cansado se levantaba, que tras hacer de vientre sentía que debía recostarse otra vez, cual Oblomov perpetuo.

Del INEM no sabía ni la hora y nadie le rescató de ese descanso eterno que tanto le cansaba. Era un muerto en vida, hasta que un día llamaron al timbre. Era el revisor de la luz y el gas. Su fatiga era tan crónica, que sólo llegó a pensar en pegarle un golpazo con una llave inglesa y suplantar su identidad. Quedó en pensamiento, porque ni siquiera abrió la puerta. Ya deliraba, se hacía pis y caca en la cama y había acabado ya con todas las croquetas congeladas. Al no pagar sus facturas, le cortaron todos los suministros. Pronto las cucarachas se convirtieron en inquilinas y hasta a alguna de ellas se la llevó a la boca, pero le resultaron amargas.

Un día de marzo, puso el despertador con la idea en firme de que su vida debía de tomar nuevos rumbos. A las nueve. Un vecino del sexto, desesperado por el soniquete constante, derribó la puerta y se encontró con la dantesca escena. Braulio, cubierto de cucarachas negras como zapatos, descansaba ya eternamente.

Comentarios

  1. Contenedor Amarillo17 de marzo de 2009, 21:19

    ¿José Luis se apellida Braulio o es su seudónimo? ¿Y el despertador es marca Casio?

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  2. La respuesta es no, y no me preguntes qué relación hay entrambos cuentos, que la hay. Digamos que son cuentos parientes, y que comparten ese clásico tema literario de personas que han muerto y sus despertadores sonaron horas y horas. Ya los presocráticos lo tratan en algunos de sus barruntos narrativos de la época, te diré.

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  3. Contenedor Amarillo17 de marzo de 2009, 21:44

    Acertijos... interesante, interesante. No hay mejor forma que fomentar la curiosidad que diciendo que no se puede hacer preguntas. Dios qué cotillas so y mos. Me voy a poner a enredar, a ver si sale algo.

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  4. Jajaja, qué no, qué no, que son cuentos encadenados pero por la coña "temática" del despertador y la muerte. Digamos que forman parte de mi "serie de microrrelatos sobre despertadores y muerte", tan citada por la crítica.

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  5. Contenedor Amarillo17 de marzo de 2009, 21:58

    Ah coño... lo veo, lo veo. ¿Pertenece a la recopilación de relatos de casio-reloj con calculadora? Edición limitada, numerada y con dedicatoria autógrafa del autor. Una joya. Se vendía conjunta e inseparablemente con el CD de Antonio Machín "Reloj no marques las horas" pero hoy quizás en la cuesta de moayano se pueda encontrar solo,pero vete a saber el pastizal que pueden pedir por él.

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  6. Curiosa versión microliteraria del efecto iceberg: pensamos que era sólo lo que veíamos, y resulta que había trozo sumergido... Interesante línea la de los relatos.

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  7. Gracias, Anónimo. Container, has dado en el clavo.

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  8. Qué tétrico, señor Laporte. Vaya "perra" que ha cogido usted con los despertadores y los "exitus letalis”, ya van dos que la aparición del despertador va seguida (o precedida) de un muerto. Curioso giro el de sus post a micro- macro relatos… Lo de las cucarachas, nauseabundo... así no hay quien se tome un café a gusto.

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  9. relato real? historia verídica? fábula? cuento? leyenda? premonición??? besos

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  10. Prefiero ir de enigmático, julia! (Pero vamos, ficción de toda la vida...)

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  11. Se cansó de vivir, o de tocar timbres?

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  12. Pensé que la historia tenía un final feliz.

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