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Pasear por la Gran Vía cansa a cualquiera: todo esa hiperexposición de estímulos, de gentes, de niños, de silletas, de museos del jamón, los auténticos y la réplica, etc. Hay que salir cómo sea, hay que escapar. El edificio de torre Madrid, la Torre Madrid, donde Buñuel escribió Viridiana, ese en que un escritor amigo vio lanzarse en tromba a un suicida, hasta morir, ese primer rascacielos que vi en mi vida, desde Bailén, en un coche, aparecía hoy casi vacío. Una sola luz blanca entre toda la mole vertical. No entiendo esos rascacielos sin gente, bueno sí, la mayoría son oficinas. Pero también hay residencias estudiantiles; ¿no estudian los estudiantes? Lo dudo, un sábado-suar.

He subido Princesa y me he acordado de los días de periodista en fin de semana, en que me sentía como periquito enjaulado. Curiosa paradoja la del que se mete a periodista para vivir la vida, ver la vida, tener vivencias, y acaba enclaustrado de 11 a 23h entre cuatro paredes redaccionales, diez días por semana. Salir un sábado noche de esa redacción y enfilar Gran Vía era todo un impacto para el ojo tembloroso por exceso de pantallas.

Aún paladeo esa sensación de libertad que intuyo provisional pero que ahí está. Nada mejor que ese blanco y negro vital para apreciar la vida. Ahora preso, ahora libre. Porque en la prisión se está agusto también, sin esa angustia del vértigo de la libertad, que a mí me angustia poco, diré.

He enfilado una calle prácticamente desconocida (odio eso de prácticamente, tan de periodista deportivo, pero hay que reconocer que es eficaz), Santa Cruz de Marcenado. He visto una cafetería en la que estuve un día, hace unos seis años. Madrid tiene esas cosas, de pronto uno se rencuentra a sí mismo en lugares tan arrealistas como ése. Hay algo de vivir sin dejar huella en Madrid. Qué calle tan curiosa, oscura, amplia, casi Suiza. Escuela de Guerra del Ejército. Toma ya. Escuela de Guerra. He metido las napias por la solemne valla con el deseo de que alguien, algún segurata celoso, me llamara la atención, pero nada. A hacer la guerra también se aprende, claro, pero pensaba que ese tipo de denominaciones tan directas habían sido abolidas. Como aquello de Ministerio de la Guerra, que ahora se conoce como Ministerio de Defensa y tal.

He leído antes que Franco impuso la denominación de Avenida del Ejército en aquellas calles en que sus siniestras tropas entraron triunfales. Las leyes de la memoria histórica no han ido a por esa presa, quizá por la asepsia del término, ejército, ¿qué ejército?, pero da que pensar. Me pregunto si Franco y su gentuza entraron en Pamplona por la gran Avenida del Ejército. Aunque no veo mejor denominación que esa para la arteria pamplonil, teniendo en cuenta que están instaladas las dependencias del Ejército y hay una residencia castrense muy cerca. Recuerdo, de pequeño, que a la entrada de la Ciudadela de Pamplona, en una especie de garita, había uno o dos militronchos con esos cascos redondos, de bola de cañón, que parecían esos soldaditos de plástico que vendían en esos sobres de a veinte pelas que vendían los carros. Perdón por el hiperlocalismo infantilesco.

De pronto, he salido a otro cuartel, el de Conde Duque. Cerca de ahí viví un verano, año 2000, me he visto. Y me he metido por calles extrañas, calles viejas como de los ochenta más sórdidos, esos ochenta de peli de Armendariz, de etarras maquinando, de industrias venidas a menos. Es esa zona de Madrid, detrás de la plaza de las Comendadoras, que V identificó hace poco como Bilbao. Y eso que nunca ha estado, añadió. Es un pequeño Bilbao, totalmente, con sus talleres entre abiertos y cerrados, luces mortecinas, párkings de otra época, con rayas blancas y rojas... Llevaba en mi mano una novela entre negra y de humor del vizcaíno Ramiro Pinilla, Sólo un muerto más, para coronar la estampa de serie B.

Ha sido un buen paseo.

Comentarios

  1. estás hecho un ¡Modigliani!,

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  2. Contenedor amarillo2 de marzo de 2009, 1:22

    Me voy a permitir una licencia y, pese a que Madrid me flipa y que podría contar mil historias de las... no sé, pero creo que se acercan a más de trescientas seguro y casi quinientas... improbablemente, casas, pisos y covachas en las que he tenido oportunidad de entrar: desde la corrala más ruinosa de Lavapies hasta el ático más irreal e impagable, con piscina y todo, en la calle Ortega y Gasset; quiero comentar las elecciones vividas hoy, por aquellos cometarios de hace algún día en el que me columpié a medias.


    Primero Galicia (que mal me suena lo de Galiza, dios...), que tiene poco análisis. La gente estaba hasta los cojones del nacionalismo y de que el psoe cediera todo su programa al Bloque para que campara a su gusto con políticas del pleistoceno, con tal de que Touriño pudiera disfrutar de un cochazo, que tiene cojones el asunto, vale casi el doble de lo que les cuesta a los yankis la tanqueta de su presidente Hussein Obama.

    Y ahora lo bueno, el País Vasco. Me he metido en un colegio de San Sebastián como acompañante, por ver el ambientillo. Poca cosa, tranquilidad casi monacal y como curiosidad, una vasca empeñada en votar con el dni idem a la que el presidente de la mesa le negaba el placet con una firmeza que no recordaba para estas cosas en esas tierras nunca antes. Al final no se qué ha pasado, pero las miradas de todos los allí presentes eran como si lo que vieran fuera a un extraterrestre o algo anacrónico al menos, como si fuera a votar un caballero medieval con armadura y espada.
    Algo se mueve, creo... o lo espero o lo quiero, pero algo se mueve.
    Ahora todo está en manos de Patxi Lopez, que si él quiere, será lehendakari. Pero me da que para eso no tiene ni voz ni voto, pese al órdago de postularse para liderar el cambio de régimen antes de que se recupere su jefe del susto y tome las riendas de la cosa de nuevo. Se va a dar la paradoja de que el PNV puede mantener el poder en Madrid, precisamente con lo que pretendía acojonar a la masa, porque quien va a tener que decidir es Zetaparo, que necesita los votos peneuvistas para tener mayoría en el parlamento y seguir dando la murga, y si le deja a López tomar el poder, los otros, los de siempre, el Partido... no le van a dar ni los egunones. No sé... espero que Zetaparo tome nota de lo que ocurre cuando te alías con nacionalistas trogloditas y deje su histórico egoísmo y su megalomanía (que se lo pregunten a Jesús Caldera, Jordi Sevilla o Trinidad Jimenez)para dejar que el cambio fluya... que, por fín, parece que es lo que la pipol desea. Ya era hora, coño.

    Siento el coñazo, pero necesitaba escribir mi alegría en algún sitio, y éste es en el que más a gusto me encuentro.
    A ver si de una puñetera vez entramos en s. XXI.

    Buenísimas noches.

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