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A veces, lo único reseñable del día ocurre en el ámbito virtual, que es como una realidad fantasmal. Real, pero fantasmal. Kafka decía que las cartas eran una "comunicación con fantasmas". Algo de eso es Internet, en que no sabemos si las relaciones que establecemos son reales o fantasmales. También hay mucho fantasma suelto por ahí, pero de eso ha habido siempre.

Le escribí a Vila-Matas y me contestó. En el mundo de Internet estas cosas pasan, todo es posible. Algunas veces me han dicho si admiro a gente, que a quién admiro, y me suelo quedar en blanco. Hace tiempo que abolí esa admiración friki por los santones culturales; aunque en su día me dio fuerte y protagonicé más de un sonrojante episodio del tipo discipulillo pánfilo que se acerca timoranto y sobaquisudoroso al maestro. Hay un momento en que el calcetín de la admiración da la vuelta completamente, y lo que era admiración se torna en cariño, afecto, alegría por que esa persona exista. Uno lee o escucha o sigue las cosas de la gente que aprecia y estima, que admira en un sentido humano. Se trata de una admiración más madura, digamos.
Así que yo daba por extinguida mi mitomanía, pero mentiría si no me ha excitado los alveólos de la friquedad literaria recibir, a una hora imprecisa de la tarde, el mail de Enrique Vila-Matas, su vuelta de correo.

Hacía tiempo que no sentía esa infantil sensación de empequeñecimiento ante el contacto con el maestro, sensación que experimenté a menudo con otro maestro, el de aquella Umbría que ya no existe. Uno pincha en esa materia virtual que quiere ser netamente humana, el mail, y espera encontrar algo más de dos líneas frías y distantes. Le queda esa esperanza. Y así ha sido. Una frase personalizada, completamente irónica, sobre cacaolats, rues Vaneaus y que si soy incorregible. Me he sentido por unos segundos fan histérica de uno de los dos conciertos que los Beatles dieron en el Shea Stadium, Nueva York, el 15 de agosto de 1965 y el 23 de agosto de 1966, escribo de memoria.

Esa intromisión, fantasmal y humana, real y virtual, en el escritorio del escritor admirado y leído cuando queríamos ser escritores, tiene su miga. Recuerdo haber escrito El náufrago cosmopolita, novela de incierto destino, huyendo de su influencia. Me negaba a leer el libro que me salía al paso en todas las casas del libro, El mal de montano, por miedo a varias cosas. Miedo a encontrar una versión mil veces mejorada del yo escribiente que empezaba a ser yo, y deprimirme ante la perspectiva de no tener nada que hacer ante semejante realidad literaria, a la que como mucho podría aspirar a hacer ridícula sombra. Miedo a contagiarme demasiado de un estilo que intuía parecido al que yo quería adoptar y que, por tanto, me anulara en mis primeros pasos narradores o narrativos. Miedo también a que me hubiera robado mi idea, la de la parodia de los diarios íntimos de los escritores famosos. Con el tiempo he comprobado que tan genialoide idea, insólita desde la genialidad cervantina, no ha sido copiada por nadie, lo que me hace replanterme ciertas cosas, ejem.
Al final leí el libro, y no se cumplió ninguno de mis negros augurios. Es más, me vi reforzado como autor de metaliteratura sin ningún tipo de vida propia literaturizable, como era mi caso en aquellos años. Luego cambió todo un poco.

Me vienen a menudo a la mente unas frases de una especie de prólogo que Vila-Matas hace en Exploradores del abismo, sobre la cordialidad y el placer de practicarla. A mí a veces me cuesta, creo que hay que estar puesto de algún tipo de concentrado de litio para darle cuerda, aunque intento no flaquear y, al menos, superar en cortesía la media madrileña, cosa muy fácil por otra parte. Reproduzco el extracto, colofón ideal a este entrañable encuentro que nos ha brindado Internet:

Porque mis constantes vitales de esta mañana son el sol que saluda los despertares, el descubrimiento del placer de ser cortés, la revelación algo tardía de que todo trato es excepcional, el despliegue de gentileza en el trato a las personas, (...), la creencia de que los gordos son los demás, la utilización de la ironía templada como rasgo de elegancia, de tímida felicidad, en definitiva.

Comentarios

  1. Contenedor amarillo27 de febrero de 2009, 23:02

    El escepticismo, eso es el ser adulto, o eso es lo que se me ha acrecentado conforme me marcan, como a las reses (y resas) los años. Idolatrar... esperar la obra del idolatrado como quien aguarda bajo una escalera a que baje la chica que te gusta, y tienes trece años, y que siempre usa falda, y ella lo sabe, y tú crees que ni se de cuenta.
    Venía pensando en esto mismo hoy, mientras conducía, escuchando el nuevo disco de U2 que ya me lo he bajado de internet. Pensaba, digo, en como me compré el Achtung Baby con catorce años, en cinta (que no preñada), en una tienda de la calle Estafeta que ya no existe, como mi ansia por la espera, como mi ansia por descubrir que aunque fuera criticado por mediocre, yo estaba dispuesto a justificarlo enfrentándome hasta a mis propias conclusiones. Con aquel disco no fue el caso, porque es el que más veces he escuchado en mi vida, y me alegro. Ahora no me ha hecho ilusión, simplemente lo he analizado que es tan malo como lo otro, pero más viejo, que no se si es peor.

    Y no sólo con la música pasan cosas, recuerdo que la primera vez que entré en el café Gijón, busqué en todas las mesas la mirada de Pérez-Reverte (no me voy a justificar. Paso) y que no encontré. Aún iba de uniforme y Madrid era la primera vez que me hacía dejar de sentirme niño.
    Años más tarde, con otro uniforme peor y que obligaba la corbata, bajaba desquiciado por Castellana, con ese calor que queda en Madrid cuando el sol de julio se ha puesto ya y es de noche, y que es aún más insoportable, por incomprensible. Me senté en la terraza del Gijón a tomar una cerveza y a cenar algo, por darme el último homenaje antes de tirarme a la cuneta y desertar. Es ahí donde me crucé por fin con esa mirada que sostuve todo lo que me salió de los huevos, y cabreado, porque había descubierto ya que era un escritor sin estilo, y que yo nunca llegaría a ser ni eso.

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  2. Contenedor, me ha encantado tu comentario. Qué grande, joder.

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  3. Mi amiga Teresa escribió a Miguel Delibes, en una carta (manuscrita en dina A4), metida en sobre y certificada en correos para asegurarse de que llegaría a su destino. En ella le exponía su profunda admiración, y que dicha admiración por su obra también intentaba despertarla en sus alunmos, con los que estaba realizando un trabajo en torno a la vida y obras del maestro. Dos meses más tarde, recibía una carta del puño y letra de Miguel Delibes. El e-mail debe ser la leche, pero una carta a puño y letra del mismísimo Delibes debío ser, como ella misma califica los hechos extraordinarios, poco menos que un orgasmo metafísico, (o virtual), sobre todo cuando no se espera respuesta o, como mucho, una contestación formal mecanografiada de su secretario personal, agradeciendo en nombre de.
    Y me va a premitir, señor Laporte, que aunque este sea su espacio, le diga a contenedor amirillo que su comentario ha sido precioso, TREMENDO.
    Saludos.

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  4. Contenedor amarillo28 de febrero de 2009, 14:49

    Vaya... gracias. Jajaja... qué corte me han dado siempre estas cosas.

    Dicho lo cual (Pascual), el que tiene mérito es el dueño del chiringuito este, que la clava en el centro de la diana siempre. Empiezo ya a envidiarle demasiado... jejeje.

    Mi ego henchido y yo nos vamos a tomar un café y a leer un rato el último cuaderno de Sánchez-Ostiz.

    A sus pies.
    Mol bona tarda.

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  5. Jajjajaj, mira el buzón de vez en cuando(el postal, el de Delibes) para mitigar esa envidia lacerante que te paraliza. Guiño. También ando yo por Bolivia, pero en breves visitas.

    A sus pieses

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