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Ya puedo decir que he vivido unos carnavales, fiesta casi proscrita o marginada en mi ciudad natal. Llevada al paroxismo en la última noche del año, las ganas de vestirse de otro como que languidecen en febrero, ese mes extraño dó los haya. Ahora que he pasado por ese trance de disfrazarme de carnavalero, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, entiendo mejor febrero, el mes cobra personalidad gracias al disfraz. No entiendo bien los carnavales y podría mirar ahora Wikipedia para hacerlo, pero no lo haré, tengo que llegar a tiempo para ver La clase con V y no sé si esto va a ser posible si entretengo demasiado.

Supongo que habrá algo de despedir el invierno, algo con cosechas, algo con conjuros para una buena siembra al final del verano, confieso mi ignorancia. Hoy en día, se me antoja una fiesta sin raíz, esto es, innecesaria, prescindible. Como casi todas, ciertamente, excepto, quizá, la del Orgullo Gay, una celebración que cumple todas las características que debe tener un fiestorro: alegría tras la consecución de algo, celebración de la salida de la clandestinidad, cosas aún por conquistar, desenfreno propio de esa dicha lograda y así. Como debían de ser las fiestas del Partido Comunista en los primeros ochenta, imagino, y que éste último año certificaron poco menos que su defunción, con la supresión de cualquier acto programado.

Así que uno va, se pone una capa encima, bailotea, siente la solemnidad barrocoide del CBA y nota la absurdidez de toda fiesta cuyo único medio y fin es la propia fiesta. Como tantas otras; creo que la fiesta por la fiesta es mala para la salud, deja un sabor de boca más agri que dulce, un vacío considerable en la cartera, un estropicio neuronal no pequeño y una mella frenológica nada desdeñable. Pero como leí ayer a Ramón Irigoyen "salir de casa siempre es mejor que quedarse", que contradice de punto a punto al Pascal de "todos los males le vienen al hombre por salir de su habitación". Sí, en la disyuntiva "salir o quedarse" parece que el salir puede reportar algo más, aunque, como todo, hay grados, y ver el edificio que pintó Antonio López (en cuadro, se entiende) de la Gran Vía, el de Metropolitan y caballero alado dorado encima, con las luces del alba, rosadas, es un salir bastante acentuado, convendrá la cátedra conmigo.

Comentarios

  1. Como fuera de casa de uno, en ninguna parte.

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  2. Lo peor del carnaval es que la gente se va dejando por ahí perdidos trozos de carne que cualquiera encuentra. Y dime tú a mí si eso no es un coñazo.

    Odio el carnaval. Este año me ha pillado de lleno pero uno y no más.

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  3. Contenedor amarillo23 de febrero de 2009, 1:15

    El carnaval creo que es un desbarre antes de entrar en la cuaresma, que antaño debia de ser recia.

    Me alegro de la defunción del partido comunista. Ya sólo queda un "ismo", social para más señas, para cerrar el nefasto siglo XX político, y empezar a mirar hacia adelante de una vez por todas.

    Y por fin, vamos al fiestorro.Discrepo de su diagnóstico doctor housegrafo. Y yo que creo que las fiestas a fecha fija son un coñazo, porque te exigen estar a pleno pulmón sean cuales sean tus biorritmos, así se desfeje el orgullo gay (aburrimiento asegurado y sudoroso sin camiseta, que te deja la tuya, en los garitos petados, para escurrirla)o el concurso festival de jota-villancico de Falces con chistorrada popular y vino cosechero.
    La fiesta es una catarsis necesaria pese a los destrozos, que como ya se sabe nunca nadie ha conseguido hacer una tortilla sin cascar los huevos ni correrse un farrón sin clavo travesero en la masilla encefálica (ence ¿fálica?), toque cuando tenga que tocar así caiga lejos de las fallas, el pilar o en los sanfermines. No recuerdo peor sensación que la de hay que salir porque es nochevieja, por ejemplo. Un asco.

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  4. Aludimos de pasada a la verdadera razón de pérdida de sentido de los carnavales: ya no hay Cuaresma. Pero tememos ahondar en el asunto. Todos. Vamos, todos excepto don Juan Manuel de Prada, que no para. Joven, siga usted los pasos del maestro y verá como acaba disfrutando de los carnavales como un enano. ¡Conviértase!

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