Versos en la nuca

Reconozco que el cóctel de violencia terrorista y poesía puede resultar, cuando menos, explosivo. Se pregunta uno si es de ley (poética) que un autor nutra sus versos con la materia prima más pútrida posible: la violencia terrorista. Esa violencia que, como gota de aceite, se desparrama más allá del golpe, del tiro en la nuca, del cajero quemado, de la pierna amputada, e impregna miradas torvas, silencios clamorosos, delaciones viles y justificaciones injustificables.

Pero el poeta no debe ser un esteta, un lila, un contemplajarrones, un rapsoda de atardeceres turquesa. Tampoco un obtuso intérprete de sensaciones, siempre con esas palabras tan manidas en el tinterio de los líristas de domingo: olvido, sombras, niebla, esperanza, inexorable, desgarro, voz, susurro, vacío.
El poeta es, debe ser, un decidor de verdades como puños que emplea el lenguaje poético, que es un lenguaje superior, pues se mueve no en terrenos raciones sino en otros de más raigambre, álmicos, capaces de aportar el verdadero conocimiento, en vez de tanto cínico en los parlamentos. La poesía, cuando se entiende, es más elocuente que cualquier tratado psico-sociológico-histórico-culturalizante. Es lo más.

Por eso son necesarios poetas como Hasier Larretxea (Arraioz, Baztán, 1982). Presentó su poemario Azken bala / La última bala (Point de lunettes, Sevilla) en Madrid, en el Bandido doblemente armado, y se curró la presentación muy mucho. Recitó en un eusquera que sonaba plástico, nutritivo, e intercaló lecturas en castellano que los allí presentes recibimos como versos en la nuca, balas poéticas que no matan, sino todo lo contrario.


Al parecer somos el pueblo más viejo de Europa.
Y el único que, para seguir viviendo, mata.

Ese parece ser nuestro hecho diferencial.





No puedo dejar de llorar.
Y si por cada muerto
lloro,
espérame sentado.

Que llegará el diluvio.


Son versos nítidos, últimas balas que llegan directas a la cabeza, y que dentro germinan como una extraña y poderosa semilla de paz. Versos que ojalá atravesaran la nuca de ciertos destinatarios con pasamontañas, para que bajaran de sus montañas siniestras de odio y locura. Hasier Larretxea esperará sentado, como todos nosotros, a que eso ocurra algún día. Escribiendo versos, que es lo que debe.


Porque la palabra permanecerá en el tiempo.

¿Y la violencia?

Comentarios

  1. Contenedor amarillo26 de enero de 2009, 14:11

    "¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes
    Y por qué hemos matado tan estúpidamente?
    Nuestros padres mintieron: esos es todo"

    - Jon Juaristi -

    ResponderEliminar
  2. Si fuese así, tan fácil; la paz en "el país de los vascos" (como dice mi suegra) bien vale un verso. Y los que no entendemos nada, nos preguntamos por qué, si son tan pocos, o tal vez son muchos pocos con su gran arma, mucho más poderosa que el tiro en la nuca, y que se llama miedo. Ustedes lloran, y los que nos sentimos parte de ustedes aunque muchos de ustedes deseen sentirse solos, quienes sentimos la sangre derramada como nuestra, también lloramos y se nos revuelven las tripas, y cada acto de violencia lo sentimos como una dolorosa amputación a sangre fría, inesperada, inútil, absurda... y no dejamos de preguntarnos por qué.

    ResponderEliminar
  3. Contenedor amarillo26 de enero de 2009, 14:45

    Pues yo para la comprensión del "conflicto" recomiendo dos libros. Uno, el de Fernando Aramburu, "Los peces de la Amargura" realizado desde el epicentro del miedo. El otro, "Gomorra", escrito por Roberto Saviano desde el extrarradio del miedo.

    Si con esto no es suficiente, el que quiera, le doy una vuelva por el Goyerri.

    ResponderEliminar
  4. Mar de Euzkadi, patria abierta,
    tú que no tienes fronteras
    di en las playas extranjeras,
    ola más ola, mi pena....

    ResponderEliminar
  5. ¿Adónde van mis palabaras?
    Adónde mis sentimioentos?
    Para quién hablo perdido,
    perseguido por mis muertos?

    ResponderEliminar
  6. ¡Mar de Euzkadi, rompe en llanto,
    y en tu idioma en desbarato,
    dí, ensanchándote, qué raros
    nos sentimos hoy los vascos!

    Gabriel Celaya

    ResponderEliminar
  7. Para quien le interese, yo cada vez aplico más a los terroristas los versos que Borges dedicaba a un dictador: es menos una injuria que una piedad demorar su infinita disolución con limosnas de odio.

    ResponderEliminar
  8. Muchas gracias Eduardo por tus palabras. "Los peces de la amargura" de Fernando Aramburu es súblime. También el libro de narrarrativa "Letargo" del navarro Jokin Muñoz. Muy recomendable "Porvenir" de Iban Zaldua.

    ResponderEliminar
  9. Gracias a ti, Anónimo, y al resto de comentaristas por las vuestras. Tomo nota de las recomendaciones, no conocía a Jokin Muñoz. abrazos

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares