27.1.09

Aburrimiento made in Disney

Ayer me entró hambre audiovisual. Pensé que tenía esa paz interior necesaria para consumir cine, pero me equivoqué. En realidad estaba tenso por dentro, sólo que cansado por fuera. Una tensión que me acompaña a menudo y se traduce en un castañetear los dientes nocturno que no sé a qué responde pero que me agobia ya. Creo que está relacionado a un exceso de vida social con su consiguiente ingesta del lubricante de las relaciones humanas.

Tengo grandes carencias en cultura Disney. Lagunas filmográficas de las que no me avergüenzo, pero que a ciertas personas, sobre todo mujeres, les causa perplejidad y hasta ofensa. ¿Qué no has visto El Jorobado de Nôtre Dame? ¿Cómo que no has visto El Rey León? ¿No lloraste con La Bella y la bestia? (Sí, de Gaza a Disney, así es este blog, así es Internet, así es el s. XXI y el mundo fragmentario.)

Para paliar ese vacío, ayer me dispuse a ver, con mi señora, El Jorobado de Nôtre Dame. Al principio me pareció que aquello prometía, con ese París bajomedieval de gárgolas y barrios de comerciantes. Pronto se pusieron a cantar y cantar y caí en la cuenta de que esa película, como tantas otras de Disney, no son más que musicales con el argumento intercalado entre canción y canción. ¿Y qué son las canciones? Relleno. Y un coñazo. El cine de Disney es relleno. Y una cursilada infumable. Espero que, si llego a padre, se imponga otra corriente en la industria dibujil, pues no seré yo quien se trague tan soporíferos espectáculos animados.

En esas interminables canciones, le da tiempo a uno a pensar en muchas cosas. Wittgenstein esbozó su Tractatus viendo El libro de la selva. Yo no fui tan lejos. Me acordé, simplemente, de cómo me aburrían las canciones en general y de Disney en particular cuando era pequeño. En ese ir fijando los conceptos de la infancia, acoté perfectamente el de Aburrimiento en las canciones de las pelis que nos teníamos que tragar. Sí, incluso las de Mary Poppins. Y la Bruja novata. Canción=relleno=rollo. Más aún cuando cantaban en inglés, que era como un idioma de chicle, monótono, jeroglífico, indescifrable y aparecían unos subtitulos en amarillo. Como si nos interesara las letras de esas canciones, que no tenían nada que decirnos.

Llámenme Scrooge, pero creo que la industria Disney ha llenado sus arcas de una manera algo vil, explotando la ñoñería cantarina con melodías, por otra parte, más simples musicalmente que Au clair de la lune. Mucho más, qué digo, las canciones de Disney no son tales, son diálogos tarareados. No osaré teorizar al respecto, sólo diré que no veré otra peli suya como que me llamo el náuGrafo.
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