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Ventanas al río

Existe la megalomanía inmobiliaria. También padecí de eso y aún no me he curado. Consiste en considerar con cierto realismo la posibilidad de habitar una de esas casas reservadas al pequeño porcentaje de fortunones del mundo. No te hablo de una casa en Ópera, blanca, con estanterías de obra y una terraza de sol amable, sino un piso, siempre en propiedad, proyectado sobre un río inmortal. Los que contemplan el Sena y el Pont Neuf, los que dan al Arno, más en Pisa que en Florencia, aunque también. Es el contraste entre la putrida humedad del río negro en otoño y el candor que creamos desde nuestro mirador. Una réplica de las tiendas de decoración de la infancia, amplificada.

Una megalomanía romántica, con un punto hortera si queréis, que denota que aún no he madurado como un plátano abandonado.

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