Había pensado en escribir sobre los domingos navideños, que son el paradigma de la calma. Tiempo detenido y todo eso. Recuerdo varios domingos navideños de la infancia, de ir con madre y tías de cafeterías, el chocolate de Delicias, y luego echar una peseta a un niño Jesús de la iglesia de los Carmelitas, c/Descalzos. No había en aquella excursión ningún pío gesto, tampoco ninguna secreta intención de apostolado en mi tía Té y menos en mi madre, sino la coñita de ver cómo el querubín daba las gracias a cada peseta, con una flexión de la cabeza. Había algo entre milagroso y cómico en todo aquello, y por una escasa pela, oiga.
No hablaré de esos domingos, o lo haré, precisamente, hablando de este domingo, uno de finales de 2009. El de hoy ha tenido paseo, con Molusco, porque pasear es lo mejor que se puede hacer en estos días blandos de Nöel.
En una iniciativa un tanto bizarra, nos hemos plantado en la trasera de Cristo Rey, con intención de ver los míticos belenes de la asociación de belenistas. Había un colón de escándalo, parecido al que había a la entrada del Ayuntamiento, ante el reclamo del belén municipal. Los belenes tiran, esta visto. Por supuesto, hemos pasado de largo.
Resumiré el paseo, por abreviar, y diré que hemos acabado en la iglesia del niño de la pela (no sin antes descubrir la sorprendente ermita de la calle del Mercado, cuyo nombre no recuerdo, que nos ha dejado boquiabiertos por su gran tamaño. Oculta entre casitas, una enorme bóveda se despliega dentro, para flipe del turista de su propia ciudad. Imprimía fuerza al asunto un monje con hábitos blancos, como rezando en silencio, místico total).
Ya en la iglesia de la calle Descalzos hemos notado bastante movimiento. Señoronas recitando pasajes de la Biblia y rezos varios a todo correr. "Misterio de tal tal tal". Nos ha parecido una iglesia como muy en forma, mantenida por esos viejicos del norte que con su desaparición agostarán también el pulso eclesiástico, digo yo así a ojo. Con tanto trajín de rezos y letanías, hemos optado por no buscar al niño de la pela, que probablemente no exista ya.
Hemos fisgado por unas dependencias perfectamente preparadas para el acto confesionil. Una gran cabina de madera oscura, como una elegante barraca de la expiación, ofrecía dos opciones: Con Rejilla o Cara a Cara. He pensado que pagaría por meterme ahí, a escondidas, a escuchar los pecados de estas asuncionesgoñis de la vida. El pecado, concepto que se me difumina. El pecado. Si me pusieran delante de un cura, en ese trance, no sabría qué decir. Mi pecado es no tener conciencia de tenerlo, o algo así.
También nos ha hecho gracia, en este turismo parroquial nuestro, una regleta metálica con timbrecitos y los nombres de los confesores. Padre Pascal, Padre Marino... ¿El Padre Marino de San Cernin? Quizá. En cualquier caso, esos timbres para la redención me han parecido muy divertidos. Como un Ticket to heaven, pero hacia el perdón. Ring al perdón, digamos.
A la salida, por sentir algo, he sentido una cierta envidia sana por estas gentes de cosmología tan precisa con un culturón de siglos y una hoja de ruta tan marcada. A Molusco, más pegado al terreno, la escena le ha parecido lindante con el fanatismo, un fanatismo suave, pero vamos. ¿Cómo se puede creer tanto en algo?, creo que ha dicho.
No ha estado mal, el domingo.
A puñetazos
Hace 4 horas




