25.10.14

25O

El futuro no será como pensábamos en el pasado. Dentro de cien años, tendremos más dispositivos y nuevas formas de comunicarnos y hasta de relacionarnos o llevar a nuestros hijos al cole, pero seguirá habiendo bares, bares rancios, bares modernos, y casas viejas. Restos de otras civilizaciones sobre las que se construyen otras civilizaciones, algo que los totalitarismos del siglo XX quisieron destruir sin éxito. 

Madrid seguirá teniendo sus barrios con tiendas de manicura, zapatillas de andar por casa y bachata en los talleres mecánicos. Pero quizá Madrid sea más Madrid que ahora, cuando llegue un Sabino Arana con gorra de tejadillo que, cansado de cierta tendencia globalizante de una ciudad demasiado abarcelonezada, es decir, abudadizada, lanzara un contundente manifiesto para la recuperación de las esencias. Esencias que manipularía, exageraría y hasta crearía para la ocasión, y que generaría un inmediato impacto en una sociedad hastiada de la nada y los rascacielos. 

Se dirigiría inmediatamente a esa bolsa considerable de neogatos, todos aquellos que se instalaron en la ciudad allá a principios del siglo XXI, dejando a las provincias carentes de cerebros y más provincias que nunca, y que se sentían más madrileños que el cocido, a falta de otras identidades. Les seduciría con un nuevo diseño de bandera, mucho más adhesiva al alma que ese trapo rojizo con estrellas que siempre tuvo aspecto de logo de compañía petrolera. Recuperaría una vieja tonadilla de arrabal que cantara en su día Olga Ramos, la reina del cuplé, tras una investigación de cinco segundos en Google Pro, y prometería una serie de beneficios fiscales y de entradas gratis a los museos y teatros a los madrileños que acreditaran su madrileñez de años. 

Madrid dejaría entonces de ser ese lugar en que todo el mundo es de todas partes y se generaría algo parecido a lo que hubo siempre en Barcelona, esa suerte de casta burguesa y muy catalana que no acaba de juntarse con el forastero, y mucho menos si es de un pueblo castellano. Los madrileños serían entonces un grupo social diferenciado y orgulloso de sí mismos, con sus cafés tipo batzoki con vino de la región y especialidades propias y ajenas, porque el espíritu de feria de las regiones siempre se mantendría, pero sin perder su apertura al otro. Ni su afán por una solidaridad interpueblos que el fundador de este movimiento romántico-localista subrayaría en ese largo manifiesto por un Madrid más Madrid.

24.10.14

24O

Leo sobre el malogrado artista Hart Crane que en 1932, en un viaje en barco entre México y Nueva York, se tiró por la borda delante de decenas de viajeros. "¡Adiós a todos!", dijo, con un punto histriónico, ante el asombro del resto de pasajeros, que observaron atónitos como aquella alma cándida se hundía para siempre. Nunca recuperaron el cuerpo.

Pensaba antes de levantarme, en un escritor, ya en el último tercio de su vida, de provincias, que cosechara un cierto éxito, de crítica más que de público, hace años. Un escritor con toda la ambición del mundo, que apartó de su vista todo lo que significara una distracción en su carrera, como una flecha, hacia el triunfo literario. Un triunfo para el que no cabría prostitución de ningún tipo. Escribir con verdad y sin doblegarse. Ni siquiera antes las modas de la época. Uno las moldearía, si acaso.


Pero llegó el ocaso de la vida y de las fuerzas, en una progresión inversa a la deseada; mientras otros crecían y se enseñoreaban, él reducía su influencia, hasta los críticos antaño fieles se iban olvidando de él. Demasiada inversión de esfuerzos, demasiada apuesta ciega a un número, sin tener en cuenta las provisiones del alma para los inviernos más duros. Toda aquella orquestación minuciosa y quizá temeraria de gloria resultó fallida. Y la duda vidriosa de si se disfrutó en ese haciendo camino al andar. A menudo había que pisar espinas. A menudo la marcha dejaba el cuerpo extenuado. 


La única salida para no cerrar en falso su apuesta vital era la que había seguido Hart Crane. El último modo de que se recobrara el interés por el conjunto de su obra toda, la de un autor de culto que citarían dentro de cien años los estudiantes más despiertos. Era preciso el final ruso, estaba decidido. La única duda era el procedimiento técnico: una certera dosis de plomo, una romántica rotura de cuello o una discreta pero enigmática disolución de la vida previa ingesta de pastillas del adiós. 


Mientras iba a la ferretería en busca de cuerda, le dio un infarto que dinamitó su postrera y desesperada estrategia de entrada en el parnaso. 

23.10.14

23O

Lee Child es un tipo duro de la novela negra, aunque conserva sus buenos modelos británicos, pese a vivir desde 1998 en Estados Unidos. No lo conocía hasta días antes de entrevistarlo, en la azotea de un hotel madrileño situado en la Gran Vía. Ha vendido más 60 millones de novelas desde que se convirtió en escritor, con 40 años. El dinero le estimuló al principio; ahora que es millonario le da un poco más igual. Sin embargo, sigue escribiendo esas novelas 'page turner' que ahora se convierten en películas protagonizadas por un Tom Cruise que, aunque no acaba de reconocerlo, no le convence. Es demasiado bajito. ¿Por qué no se lo propusieron a Nicholas Cage? 

Pensé en que el éxito no siempre tenía que ir acompañado de una prostitución de tipo comercial, salir en la tele y cosas así. Hacer lo que mejor sabes hacer y lograr el éxito, nada más. 

Hablamos de los francotiradores. Son los únicos soldados que trabajan realmente solos. Escrutan a su objetivo durante largo tiempo, horas, días, semanas, a veces. Se van familiarizando con él, con sus hábitos, sus andares, hasta que un día se lo cargan de un seco y certero tiro. No pasa así con los soldados de las trincheras, que disparan su metralla a tontas y a locas. Por eso nadie mató a nadie en la guerra civil española. Por eso hay tan pocos testimonios de arrepentimiento por el homicidio fratricida. Se disparaba a la bullé, que decía el locutor deportivo. 

Tenía algo de francotirador solitario, Lee Child. Algo de errante, en su condición de ex, en su caso, exguionista de la BBC hasta que le dieron boleto. Decidió que esa humillación no quedaría impune, y escribió 19 novelas en 19 años. Alcanzó el éxito. Fuma porros desde hace 44 años, cinco días por semana. Desprecia la actividad física. Donde pone el ojo, pone la bala. Sus respuestas también fueron certeras, en los apenas 12 minutos que duró la entrevista. Creo que aprendí algo, desde esa azotea en la que más de un francotirador sería feliz. 

22.10.14

22O

Decía Rosa Montero sobre la entrevista que es un género teatral. El entrevistado actúa y el entrevistador actúa. Hoy tengo dos, como entrevistador. Da un poco pereza salir de la zona de confort para ponerse el traje de entrevistador pero, como todo lo que da pereza al principio, se recompensa con una satisfacción posterior, por lo airoso de la actuación. La vida es, en realidad, bastante simple.

21.10.14

Las tildes de Podemos en Vistalegre

El día que no voté a Podemos, el pasado 25 de mayo, sentí una extraña inquietud, al acostarme. El leve fustigue que traen las alertas del error. Voté con la razón, a un partido con el que no me une nada, de otra comunidad, cansado de cierta monserga homogeneizante reductora de solidaridades interpueblos. Voté con sentido del deber, ignorando otros cantos de sirena, que es como uno cree que debe votar, pero luego me arrepentí. Como si hubiera un movimiento necesario para el país al que no me hubiera sumado por un escepticismo prudentón, por soberbia incluso. Para mitigar esa sensación, y quizá reengancharme a ese movimiento y por mera curiosidad de persona que sabe que a la curiosidad hay que mimarla y regarla como a una planta delicada, fui este sábado 18 a la asamblea constituyente de Podemos en el Palacio de Vistalegre, Carabanchel. Vayan por aquí unas notas sueltas.

Lo primero que vi al llegar fue a Pablo Iglesias, allí estaba el hombre. Lo primero que sentí fue un aroma a movimiento de masas, más o menos enardecidas, que me recordó a discursos de líderes soviéticos, Trotsky y así, que hemos visto en YouTube. Me impresionó todo el despliegue, el orden de las sillas en la pista, formando una cuña perfecta. No había banderolas de ningún tipo, como mucho camisetas de Podemos, cierto orden totalitarista que me hizo pensar en la manifestación soberanista de la última Diada en Barcelona.

Fueron desfilando los representantes de los distintos equipos, Equipo Enfermeras, Sumando Podemos, Juristas Madrid, Democracia Radical... Todos ofrecían distintas versiones de lo mismo, respeto a conceptos básicos como la Declaración de los Derechos Humanos y después el recuento de una serie de medidas de control interno, como limitación salarial o de legislaturas, para acabar con los privilegios que provoca la pertenencia a la política. La casta como bestia negra. Como blanco de todas las dianas. Me gustó en ese sentido algo en lo que insistió después Juan Carlos Monedero, esa especie de tornado de la oratoria, respecto a que los políticos deben estar cuatro, ocho, o doce años como rarísima excepción con medidas de gracia mediante, y luego volver a sus trabajos, con los demás. Stop al pesebrerismo.

Me quedé con una frase de un tal Antonio Muñoz, de un equipo de Murcia: "Estamos viviendo una segunda transición".

Explicaron después cómo bajarse la aplicación appGree para poder hacer preguntas a los distintos equipos y aquello sí me pareció democrático porque la masa dejó de ser masa pasiva para hacer algo, aunque fuera juguetear con sus móviles. Un símbolo, quizá, pero con todo el poder de alterar el rol de esos miles de personas que estábamos allí para elevarlos, aunque fuera en un grado infinitesimal, de espectadores a actores.
La parte menos buena de todo esto fue una serie de problemas algo sonrojantes con las redes wifi, así como con la megafonía, que generó varias de esas situaciones nada solemnes del "¿se me oye?", "noooooo", "siiiii", "que noooo, coñooo".

Luego momentos algo tediosos en los que los distintos miembros de los equipos explicaban sus documentos éticos en un tiempo inferior a cuatro minutos y tenían su ración de púlpito y gloria pasajera. Unas intervenciones bien intencionadas y coherentes, repetitivas en su esencia como digo, que palidecieron acto seguido con la torrencial aparición de Juan Carlos Monedero y su vendaval retórico. Los espectadores-actores dejaron sus móviles y procedieron a dejar que el vello de su cuerpo se erizara, ante ese discurso que iba directamente al corazón. "Recordar significa pasar dos veces por el corazón", y a continuación tuvo palabras de homenaje, a voz en grito, para los desahuciados, los parados, los afectados por las estafas tipo Caja Madrid e incluso los 43 estudiantes desaparecidos en México. Había que ser muy frío para no dejarse llevar por esa emoción oratoria que generó los espontáneos "Sí se puede, Sí se puede", del público, y que a mí me impactó por la fe en su proyecto, por la ambición que demostró ese señor bajito con gafas republicanas.

Apunté mentalmente frases como "país de países" y "pactos a nivel estatal". Si hay algo que me gusta de Podemos es que la naturalidad con que asumen la pluralidad de España, sin dudar o tener complejos al reconocer la existencia de esta. La idea de que puedan por fin realizar ese trabajo sucio por la cohesión nacional que hasta la fecha solo han realizado Vicente del Bosque y Andrés Iniesta con su oportuno gol ante Holanda.

Siguió Monedero enardeciendo a las masas, gustándose, hasta que su tiempo se agotó, pero debió de pensar, ay, que el momento merecía ampliar un poco el tiempo, saltándose la norma, para no cortar la emoción, y se encontró con un implacable coro de pitos y brazos haciendo el gesto de girar sobre sí mismos. Pilló el mensaje y, sabiendo que había incurrido en una falta más grave de lo que pudiera parecer, por creerse con más privilegios, eso es, que el resto, al rato compensó ese 'exceso' haciendo una intervención menor y cediendo ese tiempo del que se había apropiado a otros ponentes.



Dan importancia a los detalles, porque saben que la tienen. Un virus como el ébola cabe en la cabeza de un alfiler, y no deja de ser menos importante por ello. Mientras preparaban la última intervención y se iba a dar paso a las votaciones, me fijé en los paneles colgantes con palabras como Pueblo, Ciudadanía, Ilusión, Soberanía, Círculos. Son, en efecto, un partido 'atrátalo-todo', un partido que ha optado por moverse en esos mínimos que nos irritan a millones de ciudadanos. ¿Cómo no irritarse ante el gasto indiscriminado y en lujos obscenos de 15 millones de euros por parte de miembros de Caja Madrid mientras el país se desangraba y una serie de incautos abuelos caían en el error de confiar sus ahorros a esa misma lamentable institución bancaria, rescatada años después con dinero público? Saben de esa fuerza, Podemos, y por eso han decidido apartarse de actitudes políticas tan buenistas como ineficaces como ese asamblerismo utopicoide que se ensayó sobre el suelo de la Puerta del Sol, cuando del 15M. Fue precisamente ese modus operandi el que me distanció del 15M, por lo que no puedo evitar simpatizar con un proyecto quizá menos democrático en sentido estricto, pero seguramente más eficaz, como el se vota esta semana, en la lista de Pablo Iglesias. La política es, además, como dice el propio Pablo Iglesias, "cabalgar contradicciones", máxima quizá peligrosa, pero que solo un adolescente intelectual no suscribiría.

Por su capacidad de cintura, que otros llamarán veletismo o incoherencia, también me interesa este nuevo partido, el único al que le veo con verdadera vocación, en el sentido de estar llamado a, de cambiar las cosas y purgar vicios muy arraigados. Pero estábamos con los detalles, esos de los que a menudo han despreciado la ¿casta? política. Pase usted cualquier día de estos por la Puerta del Sol, por la noche, y verá el detalle de una suciedad de ciudad africana por sus rincones, detalles que desprecia la actual alcaldesa, pero que, sumados a otros, puede que le cueste la alcaldía a su partido en las próximas elecciones municipales.
En el Palacio de Vistalegre, decía, me fijé en esas palabras colgantes, Soberanía, Ilusión. Me fijé en las tildes, unos pedazos de imagino que poliespán que alguien dio orden de que se colocaran. Se los podrían haber ahorrado, nadie iba a echar de menos unas tildes cuando había otras cosas más importantes. Pero no, los organizadores del acto debieron de insistir en ello, porque había que hacer un trabajo extra, unos apaños con hilo tipo pita, para colocar, a cosa de un metro de distancia de la o, la tilde de ilusión, la tilde en la i de soberanía.


No son pocos los recelos que despierta este partido, desde la derecha, el centro y la izquierda más ortodoxa. Léase el editorial del pasado domingo, en 'El País', donde se insinuaba la posibilidad del acceso a la política vía golpe de Estado poco menos. En nuestro corrupto país, se podría decir que quedan instituciones aún no necrosadas, y que los modos chavistas no tendrían cabida en un país con más solidez democrática con España. Por otro lado, quizá sea hora de abandonar las comparaciones. La revolución de los claveles, en Portugal, fue la revolución de los claveles, y no otra cosa. Quizá ya no sirva esa máxima de quien no conoce su historia está condenado a repetirla, porque básicamente no conocemos el futuro, ni deberíamos caer en la soberbia de pensar que podemos anticiparnos a él, con tilde en la e.

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