31.8.15

Fotografía

La gente pone me gustas a la nueva foto de perfil donde sale radiante. La felicidad se nota en una sonrisa distendida, en unos labios que se arquean de modo natural, obedeciendo a los impulsos que provocan ese ángulo, como el perro agita el rabo obedeciendo a parecidos impulsos. Reconozco esa foto porque fui yo quien la hice y quien estaba frente a esa sonrisa. Puede que la provocara, en parte, yo, como también provocaría, en parte, yo también, lloros posteriores cuando toco acabó, quizá abruptamente. Es una foto de hace algunos años ya. ¿Por qué rescatarla? ¿Un ataque de nostalgia? ¿Un intento de revivir algo común, aunque sea mediante el pálido contacto que puede provocar esa puesta en común de un instante feliz que solo los dos conocemos? La idea de pensar que aquella historia, que uno creía ubicada en el estante de los capítulos pasados, no lo estuviera. Al menos por su parte. 

Me sorprende ese rescate documental. Me agrada comprobar que no hubo una pira en plaza pública de todos los testimonios de esa efímera fase de nuestras vidas en que nuestros días, cuerpos también, se fusionaron. Me genera la inquietud de no poder controlar, y menos aún conocer, cuál es el grado de presencia que uno tiene en los corazones por los que transitó. Y, como en una receta moderna, se mezclan varios ingredientes de manera audaz: la felicidad del haber vivido, querido, se funde con una salsa de remordimientos frescos, naturales, en grano, por haber hecho daño, espolvoreadas por una esencia de vanidad glass por notarse aún evocado.

28.8.15

Cansancio

Se escribe mejor descansado, lo cual tiene algo de paradójico o insostenible, porque escribir cansa.

27.8.15

Miradas salvajes

¿No lo sabías? Mi interlocutora se extraña de esa mi laguna en el curso vitalicio 'Conozca usted a las mujeres' relativo a miradas callejeras. Y lo cierto es que no. No sabía que cuando una mujer que pasea por la calle mira al chico, dentro de una pareja, está forzando un juego nada inocente, un duelo atávico. Busca una victoria mínima pero victoria al fin y al cabo, que habla de cierta competitividad fea de las mujeres, si el chico la mira. Una victoria en cuanto que insinúa que con esa mirada el hombre parece decir que podría estar con ella, con la otra, la viandante retadora, a nada que ella chasqueara los dedos, y que si está con quien está es por una cuestión meramente circunstancial que no debería suponer un obstáculo si la viandante se propusiera con afán birlarle la pareja. 

26.8.15

Más sobre la digestión cultural

Creo que estoy teniendo un flechazo digamos intelectual, pero sobre todo humano, con Roland Barthes, uno de esos autores que uno ha leído referenciado por gente a la que respeta y de los que sabe que caerá tarde o temprano, y qué bien cuando hacerlo no decepciona sino al contrario. Tengo que leer más a franceses. Y menos a sudamericanos. Por afinidad sentimental, más que nada. Por lecturas pendientes, muy también. 

Liga este libro con la idea apuntada ayer por aquí: la necesidad de digestión del contenido cultural. El cine no te da esa tregua, de ahí mis colapsos mentales, hasta el punto de quedarme dormido en títulos consagrados del séptimo arte, sin remordimiento de conciencia alguno (bueno, alguno sí). Me pasó en buena parta de 'La gran belleza'. El cine es una cinta charlatana que, si bien te guía y señala, te presenta un universo en su infinidad de detalle; la literatura acota, elige más, y el ritmo lo pones tú. El cine, y sus vástagos rubicundos las series, como tortura cultural. Y aquí la cita, extraída del muy subrayable 'Roland Barthes por Roland Barthes'.

"Resistencia ante el cine: el significante mismo es siempre en él, por naturaleza, liso, sea cual fuere la retórica de los planos; es, sin remisión, un 'continuum' de imágenes; la película (bien llamada: es una piel sin aberturas) 'sigue', como una cinta charlatana: imposibilidad estatutaria del fragmento, del haiku".


25.8.15

Más allá de la escucha

Habla el protagonista de 'El amigo del desierto', la recomendable novela de Pablo D'Ors, de una conferencia que escuchó con vivísimo interés sobre el estrambótico cristiano Charles de Foucauld. La charla, de por sí atractiva para el escuchante, vino aderezada con unas larguísimas pausas que el avezado conferenciante soltaba cada cinco o seis frases. Esto me hizo pensar en la de charlas y lecciones que hemos escuchado y que a la salida apenas no solo no recordamos sino que ni siquiera seríamos capaces de resumir en tres ideas ante el espejo. 

La oratoria como un sistema fracasado necesitado de una profunda reforma que pasara por procedimientos como ese: la gran pausa que permita que el oyente mastique, digiera y asimile el contenido de tal idea para luego poder alojar a la siguiente. La idea, tan tonta como espeluznante, de que sin ese pequeño detalle no hay charla, conferencia, ponencia, sesión TED que valga. 
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