19.7.14

Jirones de fiesta

Veo una foto en las redes con la noria de los Sanfermines aún instalada y en funcionamiento. Un fin de fiesta mitigado. Eran esos días en Pamplona, o así los recuerdo, como una constatación del silencio, la calma tras la tormenta, una plenitud de vacío que le hacía fijarse a uno en detalles como las gárgolas de los edificios fascistas o las pelucas de las tiendas de pelucas, esos lugares tan tristes, que diría Patxi Irurzun, en seria rivalidad con una carnicería de pueblo abierta un sábado por la tarde, en otoño. 

Acababan los Sanfermines con el inequívoco acto del Pobre de Mí, que no dejaba lugar a dudas: the game is over. No pasaba así con las Navidades y de niño quizá hubiera envidiado un Pobre de Mí el día de Reyes, ese día que empezaba pletórico y luego se iba tiñendo de la melancolía de los finales y la inexorable vuelta a rutinas no siempre agradables. Ante esa falta de un ritual de conclusión, un antichupinazo, el árbol de Navidad podía prolongar su vida en casa hasta febrero. 

Acababan los Sanfermines y se iban los feriantes con la diversión a otra parte. Recuerdo haberme colado un día por las traseras de la Casa del Terror, donde tenían sus casas rodantes y fijarme en una ventana con visillos. Vi la vida en esas cortinillas castizas de quien llevaba otra existencia, ambulante, sin horarios, quizá más libre que mi encorsetada biografía de niño bien, y podría decir que sentí envidia, pero no estoy seguro.

Se iban las "barracas", como las llamábamos, pero aún resistía una pequeña selección. Algunos autos de choque o los aplastadores mecánicos de vino Cariñena. El circo era el último en marcharse; empezaba el primero con sus espectáculos y acababa el último. Nunca fui al circo, pero su presencia era evidente en toda la ciudad en forma de mil y un carteles desplegados. Hoy anuncian a todo trapo al ligre, el extraordinario y fascinante cruce entre un león y un tigre.

Quedaba una resaca de ruidos y una planicie que invadía toda la ciudad, superviviente un año más de la locura colectiva. Se iba la gente y quedaba el escenario, una osamenta un tanto triste ahora, reducida a su mera estructura. Como una foto de Cartier Bresson a la que le faltara algo, la mitad de la composición. Porque el fotógrafo primero elegía un escenario, una plaza, una escalera de caracol, al que luego le añadía una pantalla. El elemento esencial, el que daba vida, el que testimoniaba un instante decisivo. Ese que, en la tímida canícula de julio pamplonés, sería tan difícil de encontrar ahora. 


Cartier Bresson, que murió hace diez años, por cierto

15.7.14

Lentillas contumaces

Desde los 12 a los 25 años llevé lentillas. Siempre fui torpe poniéndomelas, nunca me informé bien, no sabía que había un lado bueno y otro malo para ponérselas. Dormía con ellas, porque estaban diseñadas para ello, una tecnología lentillil denostada hoy día y mirada con escándalo por no pocos ópticos y ópticas a quienes se lo comento. Pero yo me las ponía al azar, al margen de la regla del "cuenco redondo" y "la vasija egipcia", y así que había días, sábados sobre todo, día de la semana destinado a aquel penoso trance, en que el ojo sufría por la presencia de ese cuerpo extraño, hasta que uno de los dos ganaba. Solía ser el ojo, que lograba domeñar, y dominar también, a la película de sofisticado plástico Acuvue hasta que se amoldara, nunca mejor dicho, a la curvatura ocular. 

Muchos años después decidí llevar gafas y olvidarme de esos toqueteos en el ojo. Luego me aburrí y volví a las lentillas. Me explicaron entonces lo del "cuenco redondo" y "la vasija egipcia" y, cojones, descubrí cuán sencillo era colocarse esos jodidos plásticos en la base del ojo. Qué maravilla. Me compré mis nuevos paquetes de "lentillas de día" encantado de la vida. 

Ayer, después de mucha piscina, sol y ejercicio visual (uno, que es voyeur) noté una borrosidad, cansancio y nubarrones en la visión muy cansinos. Estrés. Mi compañera de sardinas al espeto me sugirió la posibilidad de probar lentillas mensuales, las que ella usa, con buenos resultados. Mucho más baratas, además de tener una mejor calidad y aguante. ¿Por qué hasta entonces no me había enterado? ¿Por qué todos esos años de contumacia y perseverancia en el error oftalmológico? 

Inquieta, por no decir, acojona, pensar en la cantidad de contumacias en otros órdenes de la vida que uno ha podido acumular. Errores de los que uno ni siquiera es consciente y que, con el tiempo, uno descubre con cierto sonrojo y cara de tonto. Muchos se habrán ido a la tumba sin saber siquiera que fueron profesionales del error, en una ignorancia a la que no se aplica el ojos que no ven, corazón que no siente, sino que genera una desazón que seguramente se podía haber evitado con un abrir un poco más los oídos, las narices, los ojos, con o sin lentillas, a la vida.
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