1.9.10
Dñ
Me envía Álvaro Ron una foto titulada Mi amigo Eddie, y dice que es un souvenir (o un souvolver, añade). La veo y no me reconozco. Me reconozco y no me reconozco, me recuerdo al tipo éste, Emilio Estévez, y me pregunto dónde diablos estoy, cuándo demonios se hizo esa foto y por qué infiernos tengo esa cara de capullo a punto de estornudar. Que el tiempo ha pasado es evidente, como muestra el gesto de jovenzuelo aún algo timorato con la vida. Jovenzuelo aún inmerso en esa nebulosa de la que habla, creo, Ramón Gómez de la Serna. Sí, amigos, quizá la juventud sea eso, una nebulosa del patín.
Me inquieta también ese chubasquero arrealista, a todas luces ajeno a mi propiedad, y atado extrañamente hasta la base de la nuez, cual Jordi Hurtado de las camisas. ¿Y ese marco, ese contexto entre carcelario y como de pesadilla vasca? Últimamente, jugueteo con la idea de escribir una novela a lo Auster, con tramas, personajes y pequeños misterios. Una punto de partida podría ser éste, la de un tipo que recibe una foto en la que no se reconoce. Vale, es él, ve su inconfundible careto, pero hay elementos extraños. El chubasquero, la localización que no nos resulta familiar. Elementos que nos hacen pensar en una vida no vivida, en una vida vivida por otro, dentro de nosotros, o en una vida vivida bajo un siniestro piloto automático. Estuvimos en tales sitios, vivimos tales historias, pero no los recordamos. De alguna manera, no puntuaron en nuestra memoria, y ésta los rechazó.
Son lo que podríamos llamar, siguiendo la novela neoausteriana, accesos al arrealismo. Contactos con esa realidad que niega la realidad, esa tramoya de la existencia, cuya entrada nos está vetada... excepto para unos pocos elegidos.
La foto muestra la entrada, en trance, a esa nueva realidad negada. Y la puerta, la porte, ahí está, esperando.
JAJJAA.
Gracias, Álvaro.
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30.8.10
Dn
Me acerqué hasta la Puerta del Sol, tenía entendido que Antonio López seguía inmortalizando, en plen air, aquel rincón madrileño. Salí del tragabolas, el ballenato, la pecera, como quiera que se llame la carcasa de cristal azulado que preside el centro de Madrid, pensando en encontrarme ese espectáculo pictórico inesperado. Pero en su lugar encontré la arrealista situación de una monja haciendo fotos al aire, con su cámara digital sufragada con la venta de no pocas decenas de mantecados al torno.
Después de unos días danzando por Portugal, supongo que me apetecía madrileñizarme de nuevo, quitarme esa saudade que se me había colado en los huesos, esa sensación de nostalgia de dificil definición, como aquello del spleen, que tanto le gustaba Umbral, términos de muy distintos matices, y que dejan en evidencia al gallego morriña. Las mejores palabras son las que no se pueden definir con palabras. La propia palabra palabra significa parábola, que significa cosa que significa otra cosa.
Me gusta Portugal pero tampoco me vuelve loco. Quizá por eso me guste más; no me crea la ansiedad de querer explorarlo al milímetro. Pero ahora, tras una visita con más poso que la que hice cuando la Expo del 98, Portugal ha dejado de ser esa mancha borrosa que había en el mapa. Ya no es esa farmacia que de pronto descubrimos en la plaza de toda la vida, o ese vecino del cuarto en el que apenas reparamos, pero que lleva décadas viviendo, dormitando, cocinando, rumiando, a pocos metros de nuestras vidas, sueños, recetas y rumias.
"Quién sólo conoce España, no conoce España", dijo Hugh Tomas un día de octubre de 2006, en la Casa de América. Se refería a la España de ultramar, que forma parte también de España, como una prolongación que no se puede ignorar. Algo parecido, creo, sucede con Portugal. Quien no lo conoce, no sabe muy bien qué significa España, ni la península ibérica, ni nada. Cuando entrevisté al artista navarro Carlos Irijalba, me habló de un concepto que no recuerdo cómo llamaba, pero que tenía que ver con hábitos ubicacionales, digamos. En otros palabras, que nunca nos subíamos al armario del dormitorio (excepto los amantes muy atléticos), para contemplar la perspectiva que nos rodeaba. Para introducir una nueva visión en esa habitación de ángulos trillados, pero no por ello más completos, exactos o fieles a la realidad.
Ir a Portugal, conocer Lisboa, tiene algo de esa subida al armario, o de esas pesquisas vecinales. Esta mañana, me fijé en una boca del metro madrileña, tan plana, tan desprovista de cualquier ornamento embellecedor, tan jodidamente feo. Lo práctico suele ser feo. Habrá quien opine lo contrario, que sólo lo funcional es bello. A mí, contemplar esas barriadas comunistas de lo que fue Berlín Este me acarreó un considerable anti-síndrome Stendhal. Pero España es muy así, o abigarramiento excesivo, procesiones sevillanas y así, que se note que todo es muy bonito, muy ornamentado, muy dorado, muy precioso, o la planicie de esos letreros del metro. Berlín, ciudad antes citada y acusada a menudo de germánica en el sentido pragmático del término, tiene los letreros de metro más hermosos que recuerdo. La Potsdamer Platz (no Postdamer, vive dios) es buen ejemplo de ello.
El mismo idioma español es así. Seguridad es seguridad, mientras que en portugués seguridad es segurança, securité en francés, security en inglés. Hay algo deprimente en esa falta de musicalidad fonética. También hay quien dirá que es sobrio, recio, contundente. Yo mismo lo pienso, a veces, al escuchar a ciertos poetas sus poemas. España es a menudo así, plana, concreta, niega el matiz, es un poco como dios manda, es recta y, a mí, como a Lizano, me gustan las cosas curvas.
Estoy contento de haber incorporado a Portugal en mi nueva visión de España. Los siento ahora ahí, a la izquierda, con su liga de equipos entre ciudades cercanas, como aquel partido del Benfica-Setubal que vimos en el Ho Caldas. Con su historia, su enorme microhistoria, de la que no tenemos conciencia. Por suerte, eEstán sus escritores para acercarnos, esos escritores de los que apenas hemos leído nada, Pessoa, Torga, Queiroz... pero porque quizá no habíamos incorporado el país a nuestra esencia. Cuatro días son pocos, pero quizá los suficientes para que todo ese universo no nos resulte una mancha imprecisa, sino la puerta del vecino, o vecina, del cuarto, invitándonos a pasar.
- -
Adjunto las fotos de la monja arrealista:
Después de unos días danzando por Portugal, supongo que me apetecía madrileñizarme de nuevo, quitarme esa saudade que se me había colado en los huesos, esa sensación de nostalgia de dificil definición, como aquello del spleen, que tanto le gustaba Umbral, términos de muy distintos matices, y que dejan en evidencia al gallego morriña. Las mejores palabras son las que no se pueden definir con palabras. La propia palabra palabra significa parábola, que significa cosa que significa otra cosa.
Me gusta Portugal pero tampoco me vuelve loco. Quizá por eso me guste más; no me crea la ansiedad de querer explorarlo al milímetro. Pero ahora, tras una visita con más poso que la que hice cuando la Expo del 98, Portugal ha dejado de ser esa mancha borrosa que había en el mapa. Ya no es esa farmacia que de pronto descubrimos en la plaza de toda la vida, o ese vecino del cuarto en el que apenas reparamos, pero que lleva décadas viviendo, dormitando, cocinando, rumiando, a pocos metros de nuestras vidas, sueños, recetas y rumias.
"Quién sólo conoce España, no conoce España", dijo Hugh Tomas un día de octubre de 2006, en la Casa de América. Se refería a la España de ultramar, que forma parte también de España, como una prolongación que no se puede ignorar. Algo parecido, creo, sucede con Portugal. Quien no lo conoce, no sabe muy bien qué significa España, ni la península ibérica, ni nada. Cuando entrevisté al artista navarro Carlos Irijalba, me habló de un concepto que no recuerdo cómo llamaba, pero que tenía que ver con hábitos ubicacionales, digamos. En otros palabras, que nunca nos subíamos al armario del dormitorio (excepto los amantes muy atléticos), para contemplar la perspectiva que nos rodeaba. Para introducir una nueva visión en esa habitación de ángulos trillados, pero no por ello más completos, exactos o fieles a la realidad.
Ir a Portugal, conocer Lisboa, tiene algo de esa subida al armario, o de esas pesquisas vecinales. Esta mañana, me fijé en una boca del metro madrileña, tan plana, tan desprovista de cualquier ornamento embellecedor, tan jodidamente feo. Lo práctico suele ser feo. Habrá quien opine lo contrario, que sólo lo funcional es bello. A mí, contemplar esas barriadas comunistas de lo que fue Berlín Este me acarreó un considerable anti-síndrome Stendhal. Pero España es muy así, o abigarramiento excesivo, procesiones sevillanas y así, que se note que todo es muy bonito, muy ornamentado, muy dorado, muy precioso, o la planicie de esos letreros del metro. Berlín, ciudad antes citada y acusada a menudo de germánica en el sentido pragmático del término, tiene los letreros de metro más hermosos que recuerdo. La Potsdamer Platz (no Postdamer, vive dios) es buen ejemplo de ello.
El mismo idioma español es así. Seguridad es seguridad, mientras que en portugués seguridad es segurança, securité en francés, security en inglés. Hay algo deprimente en esa falta de musicalidad fonética. También hay quien dirá que es sobrio, recio, contundente. Yo mismo lo pienso, a veces, al escuchar a ciertos poetas sus poemas. España es a menudo así, plana, concreta, niega el matiz, es un poco como dios manda, es recta y, a mí, como a Lizano, me gustan las cosas curvas.
Estoy contento de haber incorporado a Portugal en mi nueva visión de España. Los siento ahora ahí, a la izquierda, con su liga de equipos entre ciudades cercanas, como aquel partido del Benfica-Setubal que vimos en el Ho Caldas. Con su historia, su enorme microhistoria, de la que no tenemos conciencia. Por suerte, eEstán sus escritores para acercarnos, esos escritores de los que apenas hemos leído nada, Pessoa, Torga, Queiroz... pero porque quizá no habíamos incorporado el país a nuestra esencia. Cuatro días son pocos, pero quizá los suficientes para que todo ese universo no nos resulte una mancha imprecisa, sino la puerta del vecino, o vecina, del cuarto, invitándonos a pasar.
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Adjunto las fotos de la monja arrealista:
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Macropost
25.8.10
Dm
Al final, agosto se acaba imponiendo. El verano se cumple, también, aunque sea en sus estertores, y llegan esos días de descanso objetivo, real, permitido, legal, oficial. Parece que ese, el descanso acotado en el calendario laboral, es el único posible. Reminiscencias escolares, quién sabe, pero se nos hace difícil descansar cuando no se nos ha concedido ese bendito privilegio. Las vacaciones, en Francia, se implantaron en 1936. Antes, eran un concepto insólito, un lujo de marqueses. Los Beatles se tomaban vacaciones, de cuando en cuando. Una sus primeras vacaciones fueron en Canarias, creo que en Tenerife, no me voy a levantar ahora, como diría Umbral.
Y noto que estos días, que van a ser lisboetas, me sabrán a poco. Y volveré el lunes con ese tópico en los bolsillos de "¿Qué tal las vacaciones? Mal, porque se acaban". Me gusta mi vida de labor, y más ahora que he decidido desembarazarme de un proyecto que, de pronto, él solito, se había convertido en marrón. Las cosas se enmarronan poco a poco, solas, y hay algo, un resorte extraño, que nos avisa. Unas mandíbulas que se entrechocan por la noche, una presión en la quijada al beber cerveza. Señales de alerta que hay que saber escuchar y luego obrar en consecuencia. Me gustan mis días de labor, pero he descubierto, de pronto, que también yo necesitaba vacaciones.
Recuerdo similar sensación en agosto de 2006. Lo dejé escrito, un intento cutre de desaparición a lo Doctor Pasavento. Estaba entonces bajo el fuerte influjo de aquel Vila-Matas que nos hablaba de la rue Vaneau, y hasta allí me fui en plan peregrinación frikil en estado puro. Siento ahora que, no sé, se ha muerto todo un poco. Que el fin de la era Gutemberg, del que habla el propio Vila-Matas en su saturada Dublinesca, nos ha matado un poco ciertos romanticismos, ciertas mitomanías.
Sin embargo, a mí, estos días, sólo me interesan los Beatles. Paul, John, George y Ringo ("Rich", como lo llama Paul) son cuatro mitos con patas que nunca dejaron de ser ellos mismos, lo cual les hacía aún más mitos. Algún ministro de Educación debería proponer la asignatura Beatlelogía, y dejarse de tonterías. Ver la amable autoridad de un Paul McCartney aún menor de 30 años en los estudios de Abbey Road, en la última época del grupo, con esa pasión intacta por la música, sirve más que todas las religiones y educaciones para las ciudadanías del mundo. Puede verse en el documental titulado Let it be.
Hace cuatro años me fui a París, y ahora me voy a Lisboa, con dos amigos. Entonces me apetecía desaparecer, cutremente, y ahora también me apetece un poco. Largarme a un pueblo de Ciudad Real, con un ordenador portátil como animal de compañía, y empapuzarme de una cultura audiovisual en la que aún ando bastante pez. Dedicar un día, por ejemplo, a ver Shoa, el documental sobre el holocausto que rodó Claude Lanzmann, en los ochenta, de nuevo horas de duración. El ordenador, ese proveedor moderno de evasión y cultura, y la guitarra, para los momentos en que el cerebro necesite desenmadejarse. También los libros que me rodean estos días, pero sin mucho afán por hacerles caso. La inmortalidad de Kundera, y La Habana, prometedora recolección de artículos de José Lezama Lima.
Ver todas las pelis de Scorsese, de Coppola, atacar por fin la filmografía de Víctor Erice, no tengo perdón, y de directores como Kapra, Lubitsch, Peckinpah o Casavettes. Pero quizá otro día, ahora me interesa seguir conociedo a los Beatles, porque, a pesar de que los conozcamos de toda la vida, no los conocemos bien. Conocer es ampliar la información que teníamos, y acercarse a ella con los ojos que intentamos reciclar cada día. Hoy vi el mítico concierto de la azotea, pero lo vi de un modo distinto a cuando lo vi en otras ocasiones.
Esa ampliación del campo de visión nos hace avanzar, no hundirnos, nos ofrece una renovada pimienta intelectual, que saboreamos felices. En YouTube, pero también en una Lisboa real, palpable, aunque al principio nos pueda dar un poco de perezuela. Los Beatles esperarán a la vuelta, están siempre ahí, como dice Paul en el documental. "Stravinski ya estaba en la música, no le hacía falta dar conciertos". Ellos ya sabían que estaban en la música pero, aún y todo, quisieron ofrecer el concierto del rooftop, porque eran generosos.
Y noto que estos días, que van a ser lisboetas, me sabrán a poco. Y volveré el lunes con ese tópico en los bolsillos de "¿Qué tal las vacaciones? Mal, porque se acaban". Me gusta mi vida de labor, y más ahora que he decidido desembarazarme de un proyecto que, de pronto, él solito, se había convertido en marrón. Las cosas se enmarronan poco a poco, solas, y hay algo, un resorte extraño, que nos avisa. Unas mandíbulas que se entrechocan por la noche, una presión en la quijada al beber cerveza. Señales de alerta que hay que saber escuchar y luego obrar en consecuencia. Me gustan mis días de labor, pero he descubierto, de pronto, que también yo necesitaba vacaciones.
Recuerdo similar sensación en agosto de 2006. Lo dejé escrito, un intento cutre de desaparición a lo Doctor Pasavento. Estaba entonces bajo el fuerte influjo de aquel Vila-Matas que nos hablaba de la rue Vaneau, y hasta allí me fui en plan peregrinación frikil en estado puro. Siento ahora que, no sé, se ha muerto todo un poco. Que el fin de la era Gutemberg, del que habla el propio Vila-Matas en su saturada Dublinesca, nos ha matado un poco ciertos romanticismos, ciertas mitomanías.
Sin embargo, a mí, estos días, sólo me interesan los Beatles. Paul, John, George y Ringo ("Rich", como lo llama Paul) son cuatro mitos con patas que nunca dejaron de ser ellos mismos, lo cual les hacía aún más mitos. Algún ministro de Educación debería proponer la asignatura Beatlelogía, y dejarse de tonterías. Ver la amable autoridad de un Paul McCartney aún menor de 30 años en los estudios de Abbey Road, en la última época del grupo, con esa pasión intacta por la música, sirve más que todas las religiones y educaciones para las ciudadanías del mundo. Puede verse en el documental titulado Let it be.
Hace cuatro años me fui a París, y ahora me voy a Lisboa, con dos amigos. Entonces me apetecía desaparecer, cutremente, y ahora también me apetece un poco. Largarme a un pueblo de Ciudad Real, con un ordenador portátil como animal de compañía, y empapuzarme de una cultura audiovisual en la que aún ando bastante pez. Dedicar un día, por ejemplo, a ver Shoa, el documental sobre el holocausto que rodó Claude Lanzmann, en los ochenta, de nuevo horas de duración. El ordenador, ese proveedor moderno de evasión y cultura, y la guitarra, para los momentos en que el cerebro necesite desenmadejarse. También los libros que me rodean estos días, pero sin mucho afán por hacerles caso. La inmortalidad de Kundera, y La Habana, prometedora recolección de artículos de José Lezama Lima.
Ver todas las pelis de Scorsese, de Coppola, atacar por fin la filmografía de Víctor Erice, no tengo perdón, y de directores como Kapra, Lubitsch, Peckinpah o Casavettes. Pero quizá otro día, ahora me interesa seguir conociedo a los Beatles, porque, a pesar de que los conozcamos de toda la vida, no los conocemos bien. Conocer es ampliar la información que teníamos, y acercarse a ella con los ojos que intentamos reciclar cada día. Hoy vi el mítico concierto de la azotea, pero lo vi de un modo distinto a cuando lo vi en otras ocasiones.
Esa ampliación del campo de visión nos hace avanzar, no hundirnos, nos ofrece una renovada pimienta intelectual, que saboreamos felices. En YouTube, pero también en una Lisboa real, palpable, aunque al principio nos pueda dar un poco de perezuela. Los Beatles esperarán a la vuelta, están siempre ahí, como dice Paul en el documental. "Stravinski ya estaba en la música, no le hacía falta dar conciertos". Ellos ya sabían que estaban en la música pero, aún y todo, quisieron ofrecer el concierto del rooftop, porque eran generosos.
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18.8.10
Dl
Hablando con los compañeros sobre las diferencias salariales Francia/España. Raúl nos suelta datos que le pasó una amiga suya, jefa de recursos humanos de Carrefour, en Francia. Una cajera gana unos 1.700 euros, entiendo que en 14 pagas. El salario mínimo interprofesional en el país vecino es de 1.300 euros. Compruebo el dato en Wikipedia y veo que es cierto, aunque en bruto.
Depuis le 1er janvier 2010, la valeur du SMIC brut est de 8,86 € par heure en France ; soit, pour un travail à temps plein de 151,67 heures par mois (semaine de 35 heures), 1343,80 € brut mensuel, ce qui correspond à 1030,97 € net.
Aquí un periodista raso puede llevar veinte años en la profesión y no moverse de esa cifra. Y no trabajará 35 horas, no amigos, pongámosle 50 y bajo presión de todos los colores. Y envuelto en atmósferas tóxicas de amargamiento generalizado, que se traducen en celos, inquinas, enconos, dimes, diretes, acritudes y comemelcoños varios. Las condiciones de esta España así lo propician.
Hablando con Iñigo sobre una película que me recomienda vivamente, Las muñecas rusas, comprobamos que el precio de esta peli en Amazon, gastos de envío incluido, es de 13 euros. En la FNAC España cuesta 13, directamente, y 6,46 de gastos de envío. Sensación de que nos están timando. De que todo esto, España, no es sino una Gürtel a gran escala, en el que todos, menos una élite, una crema crematística, somos unos parias. La dictadura aquella de la que hablaba Gabilondo. ¿Habrá revolución? ¿A quién derrocar? ¿A Emilio Botín? ¿A Santiago Fernández? ¿A Florentino Pérez?
Dan ganas de dar un volantazo profesional y meterse en otras latitudes. Aspirar a la condición de ciudadano, de honrado pequeñoburgués, y no a esta cosa endeble, inestable, en constante crisis, que es el mundo de la comunicación. Al fin y al cabo, sí, puede ser el oficio más maravilloso del mundo, pero a ratos. Lo dijo García Márquez que, no olvidemos, se sacó las castañas con la literatura, no como plumilla en eterna precariedad. Y a veces uno se cansa de ciertas chorradas y sólo quiere sacarse las castañas.
Oh, qué bien se vive en España. Los cojones. Pienso a veces en cambiar este sol madrileño que tanto por otras latitudes más dignas profesionalmente. A fin de cuentas, al sudeste de Francia el tiempo es igual o mejor. Niza, como Matisse. El retiro a la plácida provincia, después de un tiempo de brega cosmopólita. Y hacer cualquier cosa, abrir un bar de copas bienpuestas, una arrocería, una academia de baile existencial. Un máster en arrealismo a distancia, descaradamente sacacuartos.
Poco a poco mastico la idea de que, si eso pasara, no podría hablar de fracaso. Siempre que escucho a algún joven estudiante decir que la carrera no le ha enseñado nada, me deprimo. Quieren cosas prácticas, manuales teóricos, libros de instrucciones. Confunden la enseñanza superior con la formación profesional. A mí la carrera, la universidad, me enseñó a paladear el placer estético, intelectual, que puede haber en el vuelo de un colibrí. Lei el otro día sobre un tal Lichtenberg, que decía que admiraba "la capacidad del hombre para construir Louvres, pirámides eternas, basílicas de San Pedro, pero luego quedar tan o más fascinado por la celdilla de un panel de abejas, la concha de un caracol...".
Tengo en mí esa fortaleza, esa seguridad, esa confianza, ese tesoro incalculable, así que a veces considero que un volantazo, un salirme de esa dirección establecida, como ya hice en su día, efímeramente, no sería del todo un fracaso, ni un derroche de años o formación.
Algo en mi interior me dice a veces, ¡hazlo!
- -
Adjunto tabla del SMI (salario mínimo interprofesional) de los países del entorno, actualizado en 2010:
País SMI mes
------------ ---------
Luxemburgo 1.610 €
Irlanda 1.462 €
Holanda 1.357 €
Bélgica 1.336 €
Francia 1.321 €
Gran Bretaña 1.148 €
Grecia 681 €
España 600 €
Portugal 497 €
Polonia 334 €
Rumanía 137 €
Bulgaria 112 €
¡Qué bien vivimos!
Depuis le 1er janvier 2010, la valeur du SMIC brut est de 8,86 € par heure en France ; soit, pour un travail à temps plein de 151,67 heures par mois (semaine de 35 heures), 1343,80 € brut mensuel, ce qui correspond à 1030,97 € net.
Aquí un periodista raso puede llevar veinte años en la profesión y no moverse de esa cifra. Y no trabajará 35 horas, no amigos, pongámosle 50 y bajo presión de todos los colores. Y envuelto en atmósferas tóxicas de amargamiento generalizado, que se traducen en celos, inquinas, enconos, dimes, diretes, acritudes y comemelcoños varios. Las condiciones de esta España así lo propician.
Hablando con Iñigo sobre una película que me recomienda vivamente, Las muñecas rusas, comprobamos que el precio de esta peli en Amazon, gastos de envío incluido, es de 13 euros. En la FNAC España cuesta 13, directamente, y 6,46 de gastos de envío. Sensación de que nos están timando. De que todo esto, España, no es sino una Gürtel a gran escala, en el que todos, menos una élite, una crema crematística, somos unos parias. La dictadura aquella de la que hablaba Gabilondo. ¿Habrá revolución? ¿A quién derrocar? ¿A Emilio Botín? ¿A Santiago Fernández? ¿A Florentino Pérez?
Dan ganas de dar un volantazo profesional y meterse en otras latitudes. Aspirar a la condición de ciudadano, de honrado pequeñoburgués, y no a esta cosa endeble, inestable, en constante crisis, que es el mundo de la comunicación. Al fin y al cabo, sí, puede ser el oficio más maravilloso del mundo, pero a ratos. Lo dijo García Márquez que, no olvidemos, se sacó las castañas con la literatura, no como plumilla en eterna precariedad. Y a veces uno se cansa de ciertas chorradas y sólo quiere sacarse las castañas.
Oh, qué bien se vive en España. Los cojones. Pienso a veces en cambiar este sol madrileño que tanto por otras latitudes más dignas profesionalmente. A fin de cuentas, al sudeste de Francia el tiempo es igual o mejor. Niza, como Matisse. El retiro a la plácida provincia, después de un tiempo de brega cosmopólita. Y hacer cualquier cosa, abrir un bar de copas bienpuestas, una arrocería, una academia de baile existencial. Un máster en arrealismo a distancia, descaradamente sacacuartos.
Poco a poco mastico la idea de que, si eso pasara, no podría hablar de fracaso. Siempre que escucho a algún joven estudiante decir que la carrera no le ha enseñado nada, me deprimo. Quieren cosas prácticas, manuales teóricos, libros de instrucciones. Confunden la enseñanza superior con la formación profesional. A mí la carrera, la universidad, me enseñó a paladear el placer estético, intelectual, que puede haber en el vuelo de un colibrí. Lei el otro día sobre un tal Lichtenberg, que decía que admiraba "la capacidad del hombre para construir Louvres, pirámides eternas, basílicas de San Pedro, pero luego quedar tan o más fascinado por la celdilla de un panel de abejas, la concha de un caracol...".
Tengo en mí esa fortaleza, esa seguridad, esa confianza, ese tesoro incalculable, así que a veces considero que un volantazo, un salirme de esa dirección establecida, como ya hice en su día, efímeramente, no sería del todo un fracaso, ni un derroche de años o formación.
Algo en mi interior me dice a veces, ¡hazlo!
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Adjunto tabla del SMI (salario mínimo interprofesional) de los países del entorno, actualizado en 2010:
País SMI mes
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Luxemburgo 1.610 €
Irlanda 1.462 €
Holanda 1.357 €
Bélgica 1.336 €
Francia 1.321 €
Gran Bretaña 1.148 €
Grecia 681 €
España 600 €
Portugal 497 €
Polonia 334 €
Rumanía 137 €
Bulgaria 112 €
¡Qué bien vivimos!
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17.8.10
Dk
Esta mañana de agosto la sentí particularmente mañana de agosto. Creo que alguna vez hablé de las mañanas de abril y mayo. Las de agosto tienen tela, también, sobre todo en una gran ciudad, sin irse, aún, de vacaciones, en eso que ahora los anglosajones, que saben hacer del lenguaje algo vivo, llaman staycation. Recuerdo especialmente las del año 93, cuando me apunté a clases de guitarra con el maestro Joaquín Zabalza, ex Iruña'ko, grupo al que se conocía también como los 'Platters navarros'. Decidieron volver a Navarra, en vez de prorrogar una gira interminable por todo el mundo, que duraba ya dos años, porque ser muy Bob Dylan para aguantar una never ending tour. Y en Navarra la gente tiene raíces, familia, cosicas. Resulta paradigmático, pienso, de cierto sentir navarro, ese no cambiar la gloria por ciertas cosas más o menos sagradas que no salen en las grandes biografías. No sabría decir si es bueno o malo. Hubo uno, no recuerdo el nombre, podría mirar, pero paso, que se quedó allá. Siguió como músico y creo que llegó a tocar con Sinatra, o tocaron todos con Sinatra, no sé. Se lo puso cara de americano, esa cara menos enjuta y seca, agradecida, con los ojos más achinados y algunas pequillas, de ciertos americanos. Deben de ser las hamburguesas. Ignacio Murillo, redactor de Diario de Navarra, publicó hace poco un libro con las andanzas de estos músicos rutilantes que podrián haber sido... lo que fueron.
Mi formación artística, por decirlo de algún modo, fue autogestionada, digamos. Nadie me dijo "Apúntate a ésto". No sé, tampoco, si es bueno o malo. Un verano sentí la pulsión de tocar una guitarra (Admira, modelo Paloma), que llevaba un año aporreando, sin saber ni siquiera cómo se afinaba. Busqué en los anuncios clasificados de ese Diario de Navarra, sección Enseñanza, y encontré Clases de Guitarra. Calle Mayor, 55, tfno 948 227271 (aprox.). Llamé y me contestó una voz agradable, no-joven. No sabía muy bien dónde me metía, y fue una sorpresa comprobar que había elegido al mejor profesor posible. Sus temas no eran de Guns&Roses, ni Extreme, ni Nirvana, sino aires uruguayos y piezas hiperlocales, entre las que recuerdo el Chorus de Villalobos, la Jota de Aoiz, Amorada, o Zorba el griego. Aquello no era lo más transgresos del panorama musical, pero servía para aprender. También el Tico-Tico, el jodido Tico-Tico, del que he olvidado la mitad, pero que a veces trato de tocar emulando a aquel fenómeno llamado Rayito que, por lo visto, después de ser niño se convirtió en decadencia, digo, así, sin tener ni idea.
De pocas cosas me he sentido tan orgulloso como de apuntarme a esas clases. Fue un agosto, y luego se prolongó más adelante, y nos hicimos muy amigos de Joaquín, y su muerte en marzo de 2005 nos dejó a todos un poco tristes. Recuerdo alguna vez habérmelo cruzado en algunos pabellones nada halagüeños del Hospital de Navarra, y los dos nos hacíamos un poco los suecos. Su sitio estaba en aquella buhardilla que era todo un museo, con las fotos, premios y carteles de las actuaciones de aquellos míticos Iruña'ko.
Quería hablar del silencio de una mañana como la de este martes, idea que también se le ha ocurrido a César, y he terminado hablando de la música de Zabalza&Cía.
Había silencio, sí, un silencio anacrónico, un silencio que me ha hecho pensar que el silencio ha sido secuestrado por la modernidad. Sólo en días muy extraños, un martes de agosto sobre las once, se puede intuir toda la sonoridad de una capital española a finales, pongamos, del siglo XIX. Aquellos escritores del 98, Baroja, Azorín, Unamuno, caminarían desde su casa a las tertulias que frecuentaban en ese ambiente de silencio, que hoy nos resulta tan arrealista. Sí, un silencio que nos enseña la trampa de la ciudad, la trampa de todo, ese artificio que llamamos vida pero al que, de alguna manera que todavía no hemos alcanzado a descubrir, nos vemos abocados.
Mi formación artística, por decirlo de algún modo, fue autogestionada, digamos. Nadie me dijo "Apúntate a ésto". No sé, tampoco, si es bueno o malo. Un verano sentí la pulsión de tocar una guitarra (Admira, modelo Paloma), que llevaba un año aporreando, sin saber ni siquiera cómo se afinaba. Busqué en los anuncios clasificados de ese Diario de Navarra, sección Enseñanza, y encontré Clases de Guitarra. Calle Mayor, 55, tfno 948 227271 (aprox.). Llamé y me contestó una voz agradable, no-joven. No sabía muy bien dónde me metía, y fue una sorpresa comprobar que había elegido al mejor profesor posible. Sus temas no eran de Guns&Roses, ni Extreme, ni Nirvana, sino aires uruguayos y piezas hiperlocales, entre las que recuerdo el Chorus de Villalobos, la Jota de Aoiz, Amorada, o Zorba el griego. Aquello no era lo más transgresos del panorama musical, pero servía para aprender. También el Tico-Tico, el jodido Tico-Tico, del que he olvidado la mitad, pero que a veces trato de tocar emulando a aquel fenómeno llamado Rayito que, por lo visto, después de ser niño se convirtió en decadencia, digo, así, sin tener ni idea.
De pocas cosas me he sentido tan orgulloso como de apuntarme a esas clases. Fue un agosto, y luego se prolongó más adelante, y nos hicimos muy amigos de Joaquín, y su muerte en marzo de 2005 nos dejó a todos un poco tristes. Recuerdo alguna vez habérmelo cruzado en algunos pabellones nada halagüeños del Hospital de Navarra, y los dos nos hacíamos un poco los suecos. Su sitio estaba en aquella buhardilla que era todo un museo, con las fotos, premios y carteles de las actuaciones de aquellos míticos Iruña'ko.
Quería hablar del silencio de una mañana como la de este martes, idea que también se le ha ocurrido a César, y he terminado hablando de la música de Zabalza&Cía.
Había silencio, sí, un silencio anacrónico, un silencio que me ha hecho pensar que el silencio ha sido secuestrado por la modernidad. Sólo en días muy extraños, un martes de agosto sobre las once, se puede intuir toda la sonoridad de una capital española a finales, pongamos, del siglo XIX. Aquellos escritores del 98, Baroja, Azorín, Unamuno, caminarían desde su casa a las tertulias que frecuentaban en ese ambiente de silencio, que hoy nos resulta tan arrealista. Sí, un silencio que nos enseña la trampa de la ciudad, la trampa de todo, ese artificio que llamamos vida pero al que, de alguna manera que todavía no hemos alcanzado a descubrir, nos vemos abocados.
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16.8.10
Dj
Ha sido uno de los fines de semana con menos muertos en las carreteras españolas de las últimas operaciones salidas. Diez. En la radio decían que no sé qué responsable se "felicitaba" de la noticia. Siempre que oigo esas "buenas noticias", no puedo evitar ponerme en la piel de las diez familias descojonadas por tan alegres nuevas. No caeré en la demagogia, o sí, lo cierto es que es una buena noticia que muera menos gente en las carreteras, pero no sé, habría que inventar otro término otro enfoque, porque a las diez familias afectadas no les hará ni puta la gracia la cosa. Algo como "Este año ha habido menos muertos en carreteras. Hay menos malas noticias que dar. En este caso, diez".
El otro día vi un reportaje sobre una labor que ciertos guardiaciviles realizan, y que es bastante delicada. La actual campaña de la DGT, precisamente, muestra esa actividad penosa y agriamarga que cada fin de semana llevan a cabo estos agentes. La llamada. Avisar a ese nombre común, Jacinta Navascués Ripoll, de que su marido ha muerto al chocar contra un camión que se salió del carril, a la altura de Almazán. La madre de John Lennon, Julia, murió un 15 de julio de 1958 cuando se estampó contra un coche conducido por un policía fuera de servicio. Alguien llamó a la familia de John (el padre, Alfred, les abandonó siendo éste un niño) y les comunicó la fatal noticia. Ahí empezó el germen de Julia y Mother.
Ayer fueron diez los muertos, y hoy habrá diez funerales, diez encargos de esquela, diez coronas de flores, días fechas que algún empleado de cementerio rural picará sobre la lápida, 15 de agosto de 2010. Sirva este efímero post como pequeño recuerdo a esas diez personas cuya vida se ha truncado, en una noticia que nunca dejará de ser mala.
El otro día vi un reportaje sobre una labor que ciertos guardiaciviles realizan, y que es bastante delicada. La actual campaña de la DGT, precisamente, muestra esa actividad penosa y agriamarga que cada fin de semana llevan a cabo estos agentes. La llamada. Avisar a ese nombre común, Jacinta Navascués Ripoll, de que su marido ha muerto al chocar contra un camión que se salió del carril, a la altura de Almazán. La madre de John Lennon, Julia, murió un 15 de julio de 1958 cuando se estampó contra un coche conducido por un policía fuera de servicio. Alguien llamó a la familia de John (el padre, Alfred, les abandonó siendo éste un niño) y les comunicó la fatal noticia. Ahí empezó el germen de Julia y Mother.
Ayer fueron diez los muertos, y hoy habrá diez funerales, diez encargos de esquela, diez coronas de flores, días fechas que algún empleado de cementerio rural picará sobre la lápida, 15 de agosto de 2010. Sirva este efímero post como pequeño recuerdo a esas diez personas cuya vida se ha truncado, en una noticia que nunca dejará de ser mala.
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13.8.10
Di
No tengo mucho tiempo para redactar esta entrada. Pero quería dejar constancia de mi asombro, y de mi pequeña preocupación. El domingo tomamos unas cañas en el Mesón de Urbiola, un pueblito cerca de Estella, en el que me recojo de cuando en cuando, bajo un calor familiar que nada tiene que ver con píxeles. Nos atendió una señora, rubia, de unos cincuenta, con notable amabilidad. Sin venir a cuento, nos ofreció una bolsa de patatas, como obsequio y, más tarde, unas galletitas con paté.
El dia anterior, sábado, entramos al mediodía, después de un efímero paso por una huerta, para beber también cerveza de barril. Nos atendió el marido de esa señora, al que interrumpimos mientras ultimaba unas costillas. Lo vi aburrido, cómo no estarlo, a esas horas, con ese silencio, esa canícula, ese hastío que a veces inunda la vida en los pueblos. Nos atendió con sobriedad, su vida no era un escándalo de dicha. Ahora está desesperado. Su mujer lleva varios días desaparecido y hasta la buscan con helicóptero por la zona. No sabe qué le puede haber pasado ni cuáles pueden ser las razones de una presunta fuga. De ser así, sólo quiere que se lo haga saber, para acabar con este sufrimiento, esta angustia, esta imposibilidad de vivir que genera tan siniestra incertidumbre.
Personajes anónimos, unos de tantos, que de pronto cobran un extraño protagonismo. Vidas que parecen planas, que de pronto cobran un extraño comportamiento. Ahora sé sus nombres, conozco sus dramas, y una pequeña inquietud me nace, de pronto. Mi prima Itziar me ha comunicado esta mañana la noticia, que me ha provocado no poca sorpresa.
El dia anterior, sábado, entramos al mediodía, después de un efímero paso por una huerta, para beber también cerveza de barril. Nos atendió el marido de esa señora, al que interrumpimos mientras ultimaba unas costillas. Lo vi aburrido, cómo no estarlo, a esas horas, con ese silencio, esa canícula, ese hastío que a veces inunda la vida en los pueblos. Nos atendió con sobriedad, su vida no era un escándalo de dicha. Ahora está desesperado. Su mujer lleva varios días desaparecido y hasta la buscan con helicóptero por la zona. No sabe qué le puede haber pasado ni cuáles pueden ser las razones de una presunta fuga. De ser así, sólo quiere que se lo haga saber, para acabar con este sufrimiento, esta angustia, esta imposibilidad de vivir que genera tan siniestra incertidumbre.
Personajes anónimos, unos de tantos, que de pronto cobran un extraño protagonismo. Vidas que parecen planas, que de pronto cobran un extraño comportamiento. Ahora sé sus nombres, conozco sus dramas, y una pequeña inquietud me nace, de pronto. Mi prima Itziar me ha comunicado esta mañana la noticia, que me ha provocado no poca sorpresa.
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