21.8.16

Siglo XX

No sólo, al matar Nietzsche a Dios, se acabó con la trascendencia, sino que al entronizar la máquina, se acabó también con el amor a la naturaleza que figuras como Humboldt se esforzaron con denuedo en contagiarnos. Fue el siglo más nefasto de todos y dos guerras mundiales quizá fueron pocas ante tanta alienación y pérdida de referentes.

15.8.16

15 de agosto

Siempre ha tenido algo de melancólico, de hondanada en el verano que no sólo se resiste a terminar sino que se encuentra en su traca final, antes de la petite morte de septiembre, cada vez más larga en general. 15 de agosto. La mayoría de las terrazas de Madrid están de vacaciones, con sus mesas metálicas replegadas, condenadas al ostracismo de no desarrollar su función. La Gran Vía, con su desfile de turistas y cafeterías abiertas, mitiga la contundencia del agosto en su ecuador. He comido muchos 15 de agosto en Madrid, digiriendo su peso de plomo caliente. Recuerdo uno, año 2012, en que acudí a unos de esos barrios neoliberales para una entrevista de trabajo tan neocón tacón maricón que se nos citaba en tan festivo y señalado día. El trabajo consistía en entrevistar a capitostes de países bananeros y luego chantajearles para que dichas entrevistas, siempre mostrando el lado bueno, se publicaran en prestigiosos diarios británicos, en las páginas de publicidad. Con tal de saciar su megalomanía llegaban a pagar millones de euros por esos impactos. 

Todos los 15 de agosto me acuerdo de quien ya no está. Y de los días en que aún estaba. Siempre hay un último cumpleaños, un último algo, un último tango en París. Pero no son tan últimos, queramos o no, porque cada 15 de agosto te sigo recordando en los buenos 15 de agosto, como aquel, el último, en que instalamos una diana electrónica en aquella casa que tampoco existe. Muchos años antes, en el jardín de la casa del pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, colgamos una canasta de baloncesto en la pared. Aunque a menudo parecía que no estabas, en realidad sí estabas, como ahora, como cada 15 de agosto.

6.8.16

Santa Elena

La soledad de Napoleón en Santa Elena merece un poema, o un relato, una novela, incluso. Náufrago a la fuerza en una de las islas más aisladas del mundo, a principios del XIX, cuando la inexistencia del transporte aéreo hacía a las islas más islas. La isla más cercana, Tristán de Acuña, la más alejada de la Tierra, en pleno Atlántico, con la única compañía de Santa Elena a buen puñado de miles de kilómetros. Y en ese punto, el emperador que pudo haber tenido a Europa comiendo de su mano, exiliado, repudiado, desterrado, hecho isla, condenado a morir de soledad. El antirobinsón. 

4.8.16

Fernweh

Humboldt, Alexander, fue en su época tan famoso como Napoleón. Hoy, el más famoso es Usain Bolt, por su capacidad para recorrer cien metros más rápido que nadie. Humboldt, Alexander, subió él solito el Chimborazo cuando se pensaba que era la montaña más alta del mundo, medio cojo y con todos sus instrumentos de investigador joven. Entre ellos, nada menos que un cianómetro, para medir el azul del cielo. La idea de que ya no queden gestas y nos volvamos todos un poco locos por ello, como las perras en celo encerradas en pisos urbanos.

Humboldt padeció lo que los alemanes llaman Fernweh, y que es querencia por los lugares lejanos. No sé si la tengo yo en gran medida, a lo mejor a nivel mental. Ir lejos en tu interior. Ir lejos hacia tu interior. Sentir Fernweh hacia ti y aplicarlo luego, como única y ambiciosa gesta moderna.

2.8.16

Parar

Para escribir, aunque vale también para leer, basta con pararse un segundo y describir lo que uno ve, lo que uno siente. Cosa sencilla, imposible para muchos.
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