3.3.15

'Sacrificio' de Román Piña Valls

No recuerdo que me haya pasado antes lo de acostarme con un libro y querer despertar, y dar vueltas en la cama, y tener cierta ansiedad, para que llegue el nuevo día y pueda retomar la lectura. Claro que esto puede ser consecuencia de unas anginas que me han atacado a contrapié y con las defensas bajas, y a lo mejor era una inquietud propia del malaise.

Pero me inclino a pensar lo primero, sobre todo porque las novelas cortas no se pueden dejar a medias; parecen concebidas para ser leídas de una tacada, y no hacerlo te puede generar ansiedad lectora, muy de yonki cultural, como si estuvieras traicionando o haciendo un feo al autor.

Sacrificio es una novela negra sui generis, que a mí me ha divertido en todo momento, y en la presentación se planteó si alguien se podía divertirse, o si era lícito hacerlo, con un libro que incluye fases tirando a desagradables con acceso a ciertos registros gore. Pero es que hay un tono jocoso que impregna cada una de las 120 páginas de esta novela, la número 64 del catálogo de Salto de Página, pero de una jocosidad natural, no estirada cual chicle de la jacaranda ni nacida para epatar o para decir qué guay soy y qué genial y cómo molo. Así, me ha recordado más al Eduardo Mendoza de toda la vida que al excesivo Manuel Vilas de Aire Nuestro o Los Inmortales, cuya comicidad me resultó a la postre estomagante, propia de un exceso de cafeína y chirigota maña posmoderna algo provinciana en el fondo.

Quizá debería matar a ciertas influencias, Román Piña, como el citado Mendoza, a la hora de bautizar, por ejemplo, a los personajes, porque ese Horacio Topp recuerda demasiado al Horacio Dos del autor de Sin noticias de Gurb, pero pongamos este pero en el capítulo de cosas menores.





En el de aciertos apuntaré ese humor algo cáustico que brilla en frases como: «Me pasé la lengua por los dientes, para acabar de limpiar los restos de anacardos mientras rumiaba todo aquello». Un humor que funciona como lubricante para avanzar por la trama, de la que apuntaremos el caso de un escritor/gurú de éxito, feo, tullido e impedido pero que aún así sostiene que la vida es maravillosa. Quizá un remedo, inconsciente o no, del exitoso Albert Espinosa, cabeza de turco por cierto de no pocas coñas virtuales algo crueles. 

Un tullido llamado Horacio Topp cuya novela sobre esos descarnados y espeluznantes días de cautiverio servirá para que uno de los protagonistas de Sacrificio, Raúl Palmer, exprofesor metido a editor y particular alter ego del propio Román Piña (Palma de Mallorca, 1966, profesor de griego y fundador de la editorial Sloper), manifieste unos de los dilemas del oficio editorial: ¿Hasta qué punto vender tu alma a cambio de un pelotazo?

Hay unas ácidas reflexiones sobre el negocio editorial, sobre la docencia, que salpimentan esa trama detectivesca con algún acceso erótico-sexual que también se agradece y que he leído con gusto por dos razones principales. En primer lugar, por la implicación autobiográfica, más o menos caricaturizada y deformada del autor, como cuando Raúl Palmer habla de su padre, ciclista retirado considerado «una institución», que tiene algo del propio padre del escritor, elemento que sirve para cierto matar al padre en clave simpaticorra. Y en segundo lugar, por el tono cómico pero sin pasarse, sin postureos estridentes, que me recordó a otro título reciente de esta editorial, la estupenda Deudas vencidas, de Recaredo Veredas, que he leído con similar placer, pese a lo macabro —y esto daría para largos debates— de la trama. 



2.3.15

El Tayer - IV edición


23.2.15

El polvo de las piedras

Quizá se llamaran guijarros, pero para mí eran piedras, redondeadas como los caramelos Mentos, piedras de patio que alguna vez nos metíamos en la boca para descubrir que tenían una película de polvo, como las polillas tienen a su vez un polvo que no sabemos para qué sirve. En algún momento dado, con una frecuencia de al menos dos o tres veces por año, me viene aquel olor a párvulos, un color creo que a cola de pegar, con la que hacíamos esas obritas de arte infantiles, yo que sé, pegar manzanas a un árbol. 

Recuerdo una discusión sobre la perspectiva que tuve en ese parvulitos del colegio del Tenis, y pongo esto como medallita del mago Andreu porque yo no debía tener más de cuatro años. Una compañera se extrañaba de que dibujara la casa con la parte de atrás, que no me limitara a la fachada. «Si no, se caería», trataba de explicarle, pero ella no parecía entender mi lógica, transgresora además por salirse de la ortodoxia de las casas-fachada que todo el mundo dibujaba iguales. Quizá ese fue el primer día en que me sentí diferente al resto, y que en ello encontré un placer, salirme de la vulgaridad de la clase, ir por mi propia senda, un paso adelante en esa actitud que ya empecé a juzgar borreguil, autómata, bruta. 

Había un profesor que se llamaba Roque, y que quizá fuera cura, pero que me llamaba más la atención por su nombre parecido a un personaje de dibujos animados: Roque. Había también una clase, en el sótano, dedicada a la música, en la que una vez la profesora, siempre la misma para todos, y que nos hablaba en francés, sacó un triángulo. 

Recuerdo pensar en las chicas y asumir su drama: así como todos íbamos a morir, ellas también pasarían algún día por el duro aro de parir, un niño saldría por uno de esos agujeros profundos que tenían. Aunque este recuerdo quizá lo añadí posteriormente, porque es posible que aún no tuviera claro el funcionamiento de la procreación. 

Recuerdo que un día junté mi lengua con la de otro chico. Puede que se llamara Javier. No fue un beso, sino una toma de contacto diferente. Me sentí algo raro, no volvimos a repetir la experiencia. Recuerdo también una tarde, en esa hora un poco laxa en que esperabas a que llegara el autobús, en que sentí el aliento de la muerte al introducir la cabeza del chupachups de cocacola en mi garganta de niño. Fueron apenas unos segundos que nunca conté a nadie, pero de haber ingerido aquella chuchería letal quizá no lo estuviera contando. Puede que fuera la primera vez que pensara en la posibilidad, real, de mi propia muerte. 

No morí, pero sí murió aquel colegio, vendido y demolido a la especulación inmobiliaria de los ochenta, quedando su recuerdo como algo volátil, apenas asible en escritos como este, flotando en el aire con la discreción del polvo de las piedras. 



20.2.15

Salones secundarios

Escribir sobre lo que nadie ha escrito nunca. Aunque seguramente no sea así, todo está escrito, dice un viejo proverbio, que un amigo lleva tatuado por cierto en su brazo. Salones secundarios, esos espacios en penumbra que se descubren cuando uno baja a los servicios, con tres o cuatro cervezas en la vejiga, y repara en ellos. Son teatros apagados, escenarios interinos que solo brillarán en ocasiones especiales, cuando la parte de arriba del bar o restaurante no dé abasto, y entonces se descorran las cortinas de su ostracismo y las conversaciones maten la costra de silencio de las paredes. 

Quizá haya personas así, matrimonios así, espíritu de salón secundario que solo brilla cuando los astros se alinean a su favor. Mientras, viven como esperando, como el tercer portero suplente, lejos de los focos, testigos de la vida de los demás, pero igual o más preparados que ellos para entrar en acción cuando fuera menester. 

Salones secundarios como espacios candidatos a una felicidad que quizá no llegue, o llega poco, como llega pocas veces el teatro a esa ciudad de provincias, que ni es capital y pertenece a una de esas comunidades acomplejadas. Salones secundarios como una suplencia eterna que, a pesar de su condición de segundones, asumen con entereza, en silencio, sin quejarse, ese papel en extremo discreto que se les ha asignado.

17.2.15

Una habitación cualquiera

Me acerco hasta la Residencia de Estudiantes para ver la exposición 'Redes internacionales de la cultura española: 1914-1939', que habla de aquellos años en que, gracias a instituciones como la Junta de Ampliación de Estudios, España parecía a ratos europea. Hasta esa colina de los chopos se acercaban a perorar gentes como Einstein –un 2 de marzo de 1923–, LeCorbusier o H.G. Wells. Se concedían permisos —ampliación de estudios— a puntales de la ciencia como un joven de 23 años llamado Severo Ochoa que quería continuar sus investigación en Alemania. O a un tal Josep Pijoan, que lograba un permiso para dar clases de español en la universidad de Toronto mientras concluía su 'Historia del arte'. 

Salvador Dalí era portada de la revista Time, con foto de Man Ray, cuando ya se empezaba a joder todo, un 14 de diciembre de 1936. Sorolla triunfaba en la Hispanic Society de Nueva York. Zuloaga era una leyenda en vida cuya presencia se rifaban en galería de Viena, Zúrich, Milán y Oslo. Ortega y Gasset fundaba la Revista de Occidente, los literatos seguían con sus literaturas de peso específico, resistentes a las modas: Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, Unamuno. Las mujeres empezaban a descollar. Carmen de Burgos, Colombine, que por cierto fue mujer, o pareja, o algo de Ramón Gómez de la Serna, y sus críticas, crónicas y ensayos. María de Maeztu difundía sus conocimientos, cocidos a fuego lento en la Residencia de Estudiantes, en sus viajes por América. Manuel de Falla estrenaba 'La vida breve'. Albéniz hacía sus cosas. Robert Delaunay y su mujer, Sonia, se refugiaban, y no serían los únicos, en Madrid, huyendo de la guerra mundial.

Pero las tinieblas llegaron para quedarse, durante unos treinta y seis años que se dirían cuarenta, y aún seguimos renqueantes. 

Veo esa habitación, una habitación cualquiera, dice la placa, de las de la Resi, y envidio ese tiempo en que aún el país no contaba con todo ese arsenal de capítulos ominosos a sus espaldas. Siento una envidia sana, o insana, no sé, de aquellos Lorca, Dalí, Buñuel, José Moreno Villa, el de La vida en claro, Manuel Altolaguirre y compañia, que pasaban ahí sus despreocupadas tardes, mantenidos sea como fuere, y dirigidos, con apoyo estatal y familiar, para el desarrollo de su arte, para la explosión de su vocación. Y bien que lo consiguieron. Veo esa habitación y siento una historia de éxito, de éxitos personales hasta que se pudo. Qué pena que todo tenga su parte oscura, su mugre, esa putrefacción que dirían los residentes. Qué pena que a todo ese esplendor le siguiera aquella gazmoñería violenta y zarrapastrosa de la que aún no nos hemos recuperado. 

Pero ahí están esos logros, esas actitudes, todo ese talento, que de alguna manera reconforta hasta al más cenizo. 



Habitación 'tipo' de la Residencia de Estudiantes (17/02/2015)

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