11.2.16

Inverno

Me vine aquí a escribir una novela y llevo varios días sin hacerlo. Hoy lo he visto claro: no es la novela, ni soy yo, ni eres tú, ni él. Yotuel, se llamaba un cantante de Orishas. Es el invierno de la novela, ese momento vallesco que no cuenta con el entusiasmo de los arranques ni el orgullo de los finales. Un tiempo en que sólo las fuerzas de flaqueza son capaces de mover esa bola de nieve que por un momento se ha quedado quieta. Se necesita esa fuerza invisible, quizá fe, quizá tesón, quizá contumacia. Vivamos en el intento. No queda otra. Y, como cantaba Battiato, que no De André, sabes que en el invierno se vive bien, sí, sí, como en primavera. Hoy me valgo del segundo para insuflarme ese impulso necesario.


10.2.16

Rara productividad

Redactar largas entradas de un diario que no sabes si publicarás y que tampoco sabes si conservarás, las entradas, digo, una vez pases el filtro autocensor.  

9.2.16

1950

Veo el final de Apartado de Correos 1001, película española de 1950 de sorprendente factura hollywodiense, cine negro, gángsters con botines blancos. Me interesa sobre todo por ver la España de 1950. El cine es una máquina del tiempo. Dos mujeres juegan a frontenis en lo que entiendo será el Beti-Jai. Todo tiempo es una muerte de una época y el nacimiento de otra nueva. Un funeral y un parto. Toda época es un arrastrar los fardos del pasado y un dejarse deslumbrar por los relumbrones del futuro hecho ya presente. Pienso, en ese mejunje, en mi abuelo León, testigo biográfico del siglo XX. En 1950 tenía cuarenta años.

5.2.16

Lista negra

Leí hace poco a Fernando Vallejo, escritor del que lo desconozco todo y en cuya entrevista babélica insistía tanto en que no creía en Dios y que los curas eran como la peste y tal, que al final me pareció tan previsible y gratuito, esa colleja al tonto de la clase, que decidí no leerlo jamás en la vida, aunque soltó una respuesta que me gustó. Tenía que ver con la lista de muertos que llevaba, paradójicamente, en vida. Lista de seres más o menos queridos, más o menos conocidos, más o menos tratados, más o menos añorados. Ochocientos y pico.

4.2.16

Vida de Pepín

Fue el amigo de los artistas, pero había un artista en él. Un ágrafo, un pintor sin pinceles. Si no, no se entiende que fuera capaz de vivir quince años sin casi salir de casa, en la soledad absoluta de Burgos. El primer hikikomori. Español y en pleno franquismo. Sin tecnologías. Con zapatillas de andar por casa. La mayoría de los abuelos de esa época lo eran, por otra parte. Viudas que no salían de casa. Abuelos enganchados al transistor los domingos como toda emoción. 

Pienso en ese Pepín Bello náufrago de sí mismo, exiliado interior de una sociedad que, muertos o exiliados o ya demasiado estrellas, sus amigos, no encontró mucha razón para vivir. Montó una peletería y un autocine que fueron un fiasco, así que se refugió en una vida austera, en un sobrevivir en clave baja donde quizá encontrar una paz que la noria de la vida le negaba.

La idea de vivir retirado dentro de tu propia ciudad. No en Burgos, sino en un epicentro social como puede ser Madrid. Y mentir sobre tu geolocalización. Finisterre. Y aparecer por sorpresa para ver a tal ser querido. Y que esa sorpresa sea bien recibida. Y cortar con la dinámica del compromiso. Aduciendo tu vida retirada, no se te echaría en cara tu ausencia, el flagrante egoísmo de no poder contar contigo. Una especie de Alexander Selkirk dentro del mundo. Aquí me quedo: en el centro de todo. Un Thoreau en la city recibido con jacarandas cada vez que, él y sólo él, decidiera bajar de la montaña.


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