19.3.10

Cl

Podrán solicitar su participación, de forma individual o colectiva (hasta un máximo de seis componentes), en las modalidades artísticas convocadas, las personas físicas de nacionalidad española y todas aquellas con residencia legal en España que no superen los 30 años de edad el día 31 de diciembre del año 2010

Vaya, me estaba planteando seriamente enviar mis recién conclusas andanzas cubanas al concurso de Narrativa del Injuve (Instituto pa' la Juventud) y me he sentido como un niño que no da la talla para subirse al Dragon Khan, pero al revés. Porque un niño que no da la talla para subir al Dragon Khan sabe, a no ser que provenga del pueblo pigmeo, que algún día la dará, y podrá disfrutar de esos loopings frenéticos en el atardecer de las afueras de Vilaseca. Como al chaval al que le deniegan la entrada en una discoteca, o el que tiene que pedirle que le compre tabaco a un señor desconocido, pero simpático, o el que aún ve la democracia como un juego al que no le han invitado todavía.

Leo y releo las bases de ese concurso estatal y compruebo, ay, que el 31 de diciembre de 2010 superaré los 30 años, por poco, pero los superaré. Y la juventud, oh, ya te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer, no podrá ser recuperada porque pasó, como la fecha caducada de un yogur caducado cualquiera.

Quizá sea un acicate, entonces, no aspirar a premios que se dan porque eres joven, y realmente las plazas hay que ganárselas más allá de la conmiseración pública por ser mozalbete o algún otra masa social a la que las instituciones se proponen echar cables. Me acuerdo ahora, no sé por qué, de Manuel Altolaguirre cuando es llamado a filas, un tipo que no había cogido un fúsil en su vida. Pensaba que los escritores, los poetas, estaban exentos de ir a la guerra, por su calidad de artistas. Que el arte, decía, como la belleza salva a la mujer y la fragilidad al niño, le colocaba en una condición distinta al resto de los mortales. Y no.

Bienvenida pues, esa edad adulta sin la compasión gubernamental hacia una juventud a la que no pertenezco en términos de boletín oficial de estado. No te temo, cá.

PD: Decían el otro día en el programa de Punset que el cerebro no está del todo formado hasta los 25 o incluso 30 años. Bien, ya estoy terminado, soy una máquina completa, conclusa, preparada para volar, para salir, para actuar. Hasta hoy, todo han sido premios injuves, indulgencias, favores, ensayos y errores. No hay excusa ya, para empezar a ser quien se es. (Lo que quiera que sea, eso.)


18.3.10

Ck

18 de marzo de 2010. ¿Puede haber un día más anodino, en la historia mundial de los días anodinos, en el Día Mundial de los Días Anodinos, que éste? Pase usted de largo, día simplón. Esta mañana pensaba, mientras ayudaba a un amigo a cargar unas maletas, antes de pincharme con el cactus que le regaló su ex novia, en esos días de primavera, gloriosos, redondos, luminosos, sobre los que nadie escribe. Pasan, se acaban, y se hunden en la colección de cosas que nadie recuerda. Todos hemos vivido varios de esos, y apenas nos queda un leve recuerdo. Belleza y felicidades pasajeras de las que no hay notarios, pero que suceden, sí, existen, pasan y los vemos ya como algo milagroso y quizá un engaño de la razón. Les esperamos, pues.

Pensaba también, en por qué me está costando más que otras veces esta nueva serie del Macropost. Normalmente, me embarco en el blog-río cuando hay desorden mental, disociación fragmentaria, pero cosas que contar, que apetece sacar a pasear. Así pensé que me encontraba, cuando de pronto me encontré como con una maraña de vacío, un tope mental del que no extraía apenas nada, a lo sumo algo de ese agüilla pegajosa que tienen los cactus en su interior.

Me preocupé, como me pasa cada cierto tiempo, y pensé en que había llegado mi momento de Sansón pelado. Que algo o alguien me había secado por dentro y que ya no era el que fui que, pese a todo, creo que más o menos me gustaba (aunque no conviene gustarse demasiado y vivir en el inmovilismo identitario). Luego me despreocupé al recordar que estabamos en marzo, mes de las mudanzas estacionarias, y que yo mismo estaba embarcado en una mudanza, de tipo doméstico. (Y la mente, en esos trances, se agosta en su faceta digamos creativa, que es todo menos práctica en el mundo animal, porque hacer una mudanza tiene algo de cosa animal, primitiva, atávica, cromañónica.)

El cuerpo, con sus reglas casi matemáticas, sabe mucho más que nosotros. Es más listo que nosotros, aunque hoy le oí decir a Punset que el cerebro es más un apaño de andar por casa que la máquina más compleja y perfecta del universo.

No me gustan estos meses bisagra, estos meses mudanza, no me gusta septiembre, no me gusta marzo. Prefiero tener a mi cerebro apaño ya asentado, sobre una Pello mental más o menos fija, aunque sea en la estabilidad de la inestabilidad, que a veces es gozosamente estable y estimulante, otras un lastre que arrastramos ya desde hace demasiados años. Marzo, acaba ya, cabrón.

17.3.10

Cj

Esta tarde leía a Tabucchi, Antonio, sobre mi butaca Pello. Entraba el sol a media tarde, los obreros trabajaban en frente, con sus ropas amarillas chillonas que me recordaron a las que usa el Barça para no sé qué. Quisé hacer una foto, había algo hermoso en todo ello, el inicio de la primavera, el edificio como post-comunista hecho cascotes que se yergue de nuevo y Madrid en silencio. Me sentí feliz de, como recuerda Thoreau, poder disfrutar de mis mañanas y mis tardes, sin venderlas, aún, por un plato de lentejas. De dedicarlas, empero (odio lo de empero pero hay que reconocer que tiene su eficacia), a la lectura de un libro para luego escribir sobre ello. Dice Thoreau que hay actividades que la gente debería hacer ciertas cosas sin esperar cobrar nada por ello, y voy a buscar el libro porque me acuerdo a medias de la cita, que veo ahora que no era exactamente como decía:

Un hombre valioso hace lo que sabe hacer, tanto si la comunidad le paga por ello como si no le paga.  

Es difícil no sentirse mal, no obstante, por disfrutar de una de esas tardes y mañanas de las que habla Thoreau, sin que sea haciendo el haragán, precisamente. Llevamos toda la Revolución industrial a cuestas, y de eso no nos desprendemos de la noche a la mañana. La conquista de esa serenidad, la de quien disfruta de las mañanas y las tardes sin angustias, aunque nos lleve una vida lograrlo, quizá sea la más esencial.
Esas cosas he pensado sobre la butaca Pello, mientras leía a Tabucchi, mientras esperaba a que viniera el técnico de internet que ha realizado con éxito su feliz misión, mientras esperaba para hacer una entrevista por teléfono, mientras asumía que, conformarse con las alegrías cotidianas, pese a lo que cantaba en E ti vengo a cercare el amigo Battiato, puede estar muy bien.

16.3.10

Ci

Hoy me he comprado una libreta que parece un pasaporte, en Muji, y he apuntado dos cosas:

-Los tipos que te preparan el döner kebap tienen el mismo tono de piel que el kebap que cortan.

-Esos tipos que, aún yendo de modernetes y escuchadores de Radio 3, en el ecuador de la treintena, comen pedacitos de la barra de pan que llevan a casa, no son sino unos descomunales y putrefactos burguesones de tapadillo.

*Últimamente el concepto Macropost, que tengo más o menos claro, estaba flojeando. Me limitaré a cumplir una de sus supuestas normas, registradas en un inexistente libro estatutario: escritura diaria. Sea de lo que sea, pero diaria. (El fin de semana puede haber algún descanso.)

15.3.10

Ch

Hay un tío frente a mí, en Pepe Botella, que se mete, cada medio minuto, una porción de maíces duros en su voraz bocaza. Lleva ya dos (que yo sepa) cervezacas sin dar las dos de la tarde, y navega y navega por páginas que desconozco. El ruido que produce cada vez que presiona su mandíbula inferior y superior para desintegrar los maíces y demás frutos secos que engulle, me provoca grandes instintos asesinos y violentos, que trato de aplacar no sé muy bien cómo. Al menos, tiene cara de majete y es educado cuando pide las cañas. Le perdonaré, de momento, la vida. Le llaman por teléfono. Habla en catalán. ¿Será El último hombre que hablaba catalán? Catalán o manchego, hace mucho ruido. Hablando por teléfono y comiendo maíces, lo que le convierte, le guste o no, en otro español estridente, aparatoso, en las antípodas del gran Houdini.

Bueno.

Yo quería hablar de cantautores. De Moustaki y de Leonard Cohen. El cantautor es un músico que alcanza su identidad pasados los treinta. Hay pocos cantautores quinceañeros, y si los hay, son malos, impostados. Me diréis que Bob Dylan empezó a cantautorear con veintipocós y yo diré que bien, pero vamos. El cantautor medio suele salir del armario de la canción pasados los treinta. Sobre músicos y biografías, no dejen de leer La nota rota, de Francisco Javier Irazoki.

Esta mañana, tocando la guitarra en vez de atender mis obligaciones, pensé en Moustaki y en Leonard Cohen. En Moustaki, por haber sido periodista ante que músico, y en Cohen por haber sido novelista antes que músico. ¿Y si me hiciera cantautor? ¿Y si, en realidad, fuera un cantautor a punto de romper el cascarón y no me hubiera dado cuenta? El sábado me aferré a unos micrófonos extremeños que desembocaban en el SingStar y me dijeron que no lo hacía mal. Bueno, pasa la circunstancia de que si hay una cosa que no sé hacer en la vida, y alguna vez lo he intentado, es componer una canción. En mi faceta de cantautor me tendría que quedar sólo con lo de cant-, y eso haciéndolo tirando a malillamente.

No obstante, jugueteo con la idea de verme dentro de dos años, sin casi haberme dado cuenta, en la sección de discos de la FNAC y actuando en el Libertad 8. Y todo ello sin quererlo realmente, porque el mundo del cantautor, del músico, es vecino de la depresión más honda, del alcoholismo más desgarrador y de la soledad más ruinosa.

Un tipo sentado a mi derecha dice que en octubre llega el apocalipsis y que el mundo se va a acabar.

12.3.10

Cg

(¿pj?)

Vi a Punset en el Canal 24 horas (qué bien esto de volver a ver la tele), con Vicente Vallés, que es un tipo como que nunca pierde el interés y el entusiasmo por las cosas que cuenta. De Punset, Eduard, yo diría que me gustaría que fuera mi padre, mi abuelo, mi hermano, mi cuñado, mi suegro, mi vecino, mi casero, mi profesor, mi algo. Qué bien me cae, qué bien nos cae, Punset.

Habló de muchas cosas, pero que quedé con una, la del hipocampo de los taxistas. Punset, que vivió en Londres (landan, en inglés) durante doce años, sabe que es una ciudad conformada por distintos pueblos que se han ido sumando a la urbe, hasta crear un dédalo de "infinitas" calles. Llegar a ser taxista, dijo, cuesta unos tres años, porque hay que saberse el callejero con una mínima soltura antes de sentarse al volante de una de esas hermosas black cabs. (Supongo que con la llegada del GPS, todo esto ha cambiado.)

Pues bien, en un experimento de estos que hacen los investigadores, se descubrió que el hipocampo (parte del cerebro que supongo que servirá para la ubicación espacial y cosas así) de los taxistas se había expandido y desarrollado más que el del resto de los mortales londinenses. Los hijos de esos taxistas, pues, sin quererlo ni beberlo, recibirán en herencia genética un hipocampo nada desdeñable, que les permitirá ser los mejores taxistas de la capital inglesa o, no sé, promisorios arquitectos o cosas así (siempre que no abusen del GPS, verdadero atrofiador de hipocampos londinenses).

El cerebro se puede, amigos, moldear y desarrollar con el tiempo. Perfeccionar, mejorar. Quizá suene a obvio, pero no lo es tanto. A veces pienso en la posibilidad de crear una red de gimnasios mentales. Busco socios inversores. Razón, aquí mismo.

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Les recomiendo este enlace para conocer a esos taxistas de Londinium, acompañados por los mejores músicos del momento.

11.3.10

Cf

"No leáis el Times, leed el Eternidades".

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Henry D. Thoreau (1817-1862)

(HDT, mi nuevo maestro)