23.4.14

Hb

Esas dos letras me resultaron especialmente antipáticas en mi infancia y representaban todo lo que entonces, y supongo que ahora, he despreciado: la tosquedad, el fanatismo, el recurso a la violencia sin reparar en daños colaterales o si los hay casi mejor, para que se nos oiga más, el odio como arma política, el aldeanismo mental como filosofía de vida, el rechazo al diferente, al cambio, la apuesta no ya por la evolución sino por una involución, por volver poco menos que al Paleolítico creyendo que así se conquista una especie de paraíso perdido y arrebatado por el Estado opresor, siempre es el otro, el vecino, el que tiene la culpa. 

Los cachorros del terrorismo nos jodieron un poco el sol de la infancia, que diría Camus, pero en fin, ese mismo sol, que diría otra vez Camus, me libra de todo resentimiento, y así es, y fin de la historia.

Hoy quería hablar de libros, en este Día del Libro en el que todo el mundo habla de libros y cabría preguntarse si luego se compran y si, y esto es lo más complicado, se leen. Quería hablar de cómo me he acercado a la Fnac, y lo he hecho con ganas, quería ir a la Fnac y no a cualquier otra librería pequeña y con encanto, de barrio y trato humano. No, quería el anonimato de esos dependientes modernetes cuyo sueldo me provoca vergüenza ajena y de todos los tipos, [dejo en suspenso mi opinión al respecto, hasta leer con detalle este artículo], pasearme por los pasillos y dejar caer la mirada en uno y otro título. Sí, un extraño imán me atraía hacia esa gran superficie, pasando por encima una conciencia social que a veces queda como en barbecho por culpa de un escepticismo de dimensiones a veces catedralicias y que me acecha con preguntas del tipo: ¿Y si les pagan tan poco, por qué no se largan? La idea de que largándose escapen de una jaula no ya de oro, sino de estaño, y que con ello aspiren realmente a una vida mejor, y no con una rácana subida laboral que seguramente seguirá siendo insuficiente. 

Pensaba en esa pequeña traición al espíritu del buen lector, en esa querencia mía por la gran superficie, que me asalta de cuando en cuando. Porque en mi descargo diré que acudo con asiduidad a librerías y librebares de pequeño formato y humano trato y ahí suelo dejarme los cuartos cotidianos. Diré en mi descargo también que en esos locales pequeños y entrañables no conocen las tarjetas de fidelización, con descuentos ad hoc, y que no sería mala idea que las adoptaran en sus negocios. 

Pero creo que la cosa tiene más vuelos. La de una mezcla entre el romano invasor y creador de magnas obras civiles, siempre en expansión de su imperio, y el vascón que se conforma con su austera existencia prerromana, sin termas, sin acueductos, sin lupanares, pero con la capacidad para el disfrute de cosas más básicas intacta.

Hablo ahora con el periodista David Melero, que me requiere para unos comentarios sobre Chaves Nogales para un reportaje monográfico que prepara para Uni Radio. David cambió su Madrid natal hace unos cuantos años por Punta Umbría, Huelva. "Prefiero ser cabeza de ratón a cola de león". Le digo que en cierta manera envidio esa capacidad, y escucho atento la descripción de su vida allá, donde tiene su grupo de amigos, sus actividades periodísticas, su red de influencias. Quizá un mundo más palpable y valioso que el del escurridizo Madrid. 

Pero algo me impide, al menos de momento, irme a una Punta Umbría y soy feliz aceptando la dulce condena, la de querer vivir encaramado al nodo de red, a la punta de lanza, puede que haya algo del deseo, errático, de "estar allí", por citar al famoso periodista. 

Todo eso, que como dice Homer Simpson con el alcohol, es origen y solución de nuestros problemas. Sustento y enemigo al mismo tiempo de la dicha propia. 

Acabo de ver La vida de Adèle. Me identifico más con Emma que con Adèle. El eterno debate entre aceptar el estado de cosas con sabiduría o perseguir un ideal, aunque sea la zanahoria del burro. Elijo la segunda opción. Quizá no sea del todo incompatible con la primera.

22.4.14

Ha

Recordé un comentario, ¿consejo? de mi padre. Mis padres no me dieron muchos consejos. O quizá lo hicieron de manera silenciosa, que es otra manera de dar consejos. Tampoco dijeron frases memorables en momentos delicados en los que uno espera, por las películas y las novelas, que se digan frases memorables. Pero ayer me vino a la cabeza ese consejo-comentario de mi padre. Fue cuando le dije que iba a tocar el bajo en un grupo, mediados los noventa, pequeño retroceso en mi carrera musical, porque de guitarra pasaba a bajo. ¿No prefieres ser el solista?, me dijo. El cantante, guitarra en ristre, el líder. El Loquillo que viaja con Los Trogloditas y se hospeda en hoteles distintos, de más categoría.

Me extrañó ese comentario en él, en las antípodas del padre coñazo que arenga a su hijo delanterito del equipo de fútbol del colegio y se enfrenta con el entrenador porque no le da los suficientes minutos. Me extrañó pero de alguna manera lo encajé bien. Y si ahora aflora es porque puede que me encuentre en la antesala de algo, un cambio, no sé de qué tipo, y se me plantee la posibilidad de ser bajista, ese ser un tanto pusilánime, anulado musicalmente a lo Adam Clayton, o el que lleva la batuta.

Pensé también en mi abuelo Jean, en su soledad de jubilado pero con todo ya hecho. Quizá vengan de ahí algunos estreses recientes. De tener todo un poco por hacer. ¿Qué quiero hacer? Envidié de pronto esa calma chicha del abuelo que hace, antes de cenar, o justo después, ese repaso telefónico por hijos y nietos, repartidos todos por el Hexágono y más allá. Esa soledad de quien lo ha hecho todo, o todo lo que consideraba que tenía que hacer, y que se puede permitir disfrutar del presente y refugiarse de vez en cuando en el siempre acogedor regreso a los recuerdos.

¿Cómo será vivir sin esperar o pedir nada del futuro, más allá de un día más con vida, con salud? Siempre he observado a los viejos con algo de misterio, con un punto de admiración incluso, pasean cada día por el filo de la muerte pero no parece temblarles el pulso por ello. Tampoco te cuentan, con los ojos húmedos, que hoy también sobrevivieron. Se acostumbran, imagino, a ese baile cara a cara con la muerte que, de tenerla en el cogote día sí día también, se convierte en una compañera a la que se le pierde el respeto.

Recuerdo también una cena, en mi primer viaje a Londres, cerca de Sloane Square, en que se me hacía raro ver a mis padres moderar sus pulsiones sexuales. Se me hacía raro, en mi mente de diez años que despertaba incipiente al sexo, que un hombre y una mujer casados no estuvieran en la cama todo el día. A todo se acostumbra uno, a la fogosidad de la carne, a la inminencia de la muerte.

La cosa, quizá, pasa por no acostumbrarse de todo a esas realidades implacables. Y, disfrutar, en la senectud, de esa bola extra, ese día que se le ha ganado a la muerte, como una secreta fiesta antes de echar el telón, siempre eso, sí, que uno no esté hasta los huevos de uno u otro achaque. La idea de que, como nos aseguramos el futuro con planes de pensiones y aportaciones a la Seguridad Social, una apuesta por la moderación en el presente se recompense con una plácida vejez.
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