Debería estar con mis reportajes efímeros y aquí estoy, blogueando. En fin. Leo que Paul Auster visitará España, concretamente León, el próximo 28 de diciembre. ¿Será una inocentada? Acude a esa ciudad para recibir un premio, el Premio Leteo, que entrega una comunidad de jóvenes autores. Así, a priori, suena a premio de tercera regional. Y va el tío, y lo recoge. Luego hay quien, pienso en Bob Dylan, no te recoge ni un premio ni bajo amenazas.
Desde que entregaron a Auster el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en mi opinión, rebajando su listón premiador, aunque me guste mucho Auster, puede que el escritor haya establecido cierta relación con España. Como le pasó a Woody Allen con parecido premio, que luego se puso a rodar en Barcelona.
¿Ubicará Auster sus próximas novelas no ya en París, Brooklyn o Manhattan sino en Albacete? Oh, eso sí que sería audacia literaria. Un personaje austeriano vagabundeando, roaming, por Ciudad Real, por Getafe, por Monterrubio de la Serena (Badajoz). ¿Por Pamplona? Bueno, Robinson Crusoe pasó por aquella ciudad en el literario año de 1688 y no quedó nada mal. Se encontró una ciudad nevada, en octubre.
Por cierto que en la foto de la solapa de su último libro, Invisible [observaciones críticas, aquí], creo que aparece en Barcelona, sentado sobre un banco gaudiano.
Pero yo no quería escribir sobre esto. Si no de las sensaciones de un Paul Auster, en plenas Navidades, perdido en León con unos jóvenes que él no conoce, unos jóvenes que le idolatran y que tartamudearán al dirigirse a él, en un inglés macarrónico. Se harán fotos todos juntos.
Supongo que llegará en avión a Madrid, y luego le trasladarán en tren o en coche privado a León. No podrá evitar la visión de esos paisajes hoscos de las entradas a ciertas ciudades españolas, con sus letreros lamentables, su feísmo en barbecho, sus casas al borde de las autopistas y vías del tren, tan deprimentes. Ni postpoéticas, ni arrealistas, deprimentes.
¿No sentirá Auster una melancolía sin parangón en un día cómo ese? ¿Sentirá que se ha equivocado al aceptar ese premio, y que debería haberse quedado en su casa, en el incestuoso ejercicio de escuchar los discos de su hermosa hija Sophie?
Lo cierto es que ni Auster ni nadie está libre de sufrir una implacable melancolía, cosa que no sé si reconforta o todo lo contrario. Poniéndome en su pellejo, no es descabellado que quiera pensar que ese día, 28 de diciembre en León, con un frío de mil demonios, no ha sido más que una broma pesada.
Le quedará el consuelo, como a todo escritor, que al menos podrá sacar algo en términos literarios en el futuro, de aquel extraño día.
11.12.09
10.12.09
Praga suar y Josef Sudek
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No era el puente de Carlos, en Praga, sino otro, más discreto, que conduce desde el imponente pero acogedor Café Savoy hasta el Teatro Nacional (de kafkianas reminiscencias) cuando le hablé a Bro, de Josef Sudek. El fotógrafo Josef Sudek, cuyas obras pude ver hace unos meses en el madrileño CBA. El fotógrafo Sudek, que perdió el brazo derecho en la Primera guerra mundial y que adquirió su maestría con la izquierda, dotando de un cierto deje, un deje zurdo, a sus fotos, según me matizó Bro.
Me acordé de ciertas fotos de Sudek en el CBA, fotos de la zona por la que andábamos. El río Moldava y sus accesorios, una isleta por aquí, un bosquecillo por allá. No he encontrado en internet la foto que tengo en mente. No era una foto especial, era bonita, pero me llamó la atención que era una foto nocturna, como muchas suyas, pero fijaba la hora: Praga, seis de la tarde. Algo así.
Me pareció poética la noche cuando es de noche a las seis de la tarde. Un fenómeno habitual en el otoño/invierno, pero que no deja de tener su magia. Aquella foto, con la precisión temporal, horaria, convertía la noche en otra noche. En esa tarde/noche que no tiene una palabra precisa en español, y que por aquí llamamos suar (del francés soir).
Y es que en la República Checa saben mucho de tardes/noches. Al llegar de nuevo a Madrid me sentí casi en primavera, al notar ese luzarrón de las cinco de la tarde. Debo reconocer que me sobresalté, hasta pensar en algún tipo de conspiración judeo-relojífera, en Malá Strana, cuando vi que mis manecillas marcaban las 16.52 y era noche cerrada. "Las 16, las cuatro, no puede ser noche", pensé, asustado. Al día siguiente, por el elegante barrio judío, me fijé que a las 16.24 ya era todo noche, y el fantasma de Sudek podía salir a fotografíar esa negrura de ala de murciélago.
Siempre queremos, o casi siempre, ansiamos lo que no tenemos. Y ahora me he encaprichado con esa vida dual, bicolor, blanquinegra como una nocilla ídem de las largas tardenoches praguesas. Una oscuridad que, por suerte, es finita, y que se disipa con la primavera. Hay algo en esas noches interminables, que comienzan tan pronto, que nos hacen vivir el tiempo más despacio. La noche es un tiempo congelado, más denso, interior.
Me pareció vulgar y excesiva la luz que recibí al volver a España. Supongo que, también, si viviera en Praga, estaría hasta las cejas de toda esa noche/suar de la que Sudek, Josef, se preocupó de codificar sus variables. No puedo asegurarlo. Lo que sí aseguro es que no es lo mismo la noche de las seis de la tarde, que la de las cuatro de la mañana, aunque sobre el negativo aparezcan idénticamente iguales.
En fin, fascinantes obviedades no tan obvias.
No era el puente de Carlos, en Praga, sino otro, más discreto, que conduce desde el imponente pero acogedor Café Savoy hasta el Teatro Nacional (de kafkianas reminiscencias) cuando le hablé a Bro, de Josef Sudek. El fotógrafo Josef Sudek, cuyas obras pude ver hace unos meses en el madrileño CBA. El fotógrafo Sudek, que perdió el brazo derecho en la Primera guerra mundial y que adquirió su maestría con la izquierda, dotando de un cierto deje, un deje zurdo, a sus fotos, según me matizó Bro.
Me acordé de ciertas fotos de Sudek en el CBA, fotos de la zona por la que andábamos. El río Moldava y sus accesorios, una isleta por aquí, un bosquecillo por allá. No he encontrado en internet la foto que tengo en mente. No era una foto especial, era bonita, pero me llamó la atención que era una foto nocturna, como muchas suyas, pero fijaba la hora: Praga, seis de la tarde. Algo así.
Me pareció poética la noche cuando es de noche a las seis de la tarde. Un fenómeno habitual en el otoño/invierno, pero que no deja de tener su magia. Aquella foto, con la precisión temporal, horaria, convertía la noche en otra noche. En esa tarde/noche que no tiene una palabra precisa en español, y que por aquí llamamos suar (del francés soir).
Y es que en la República Checa saben mucho de tardes/noches. Al llegar de nuevo a Madrid me sentí casi en primavera, al notar ese luzarrón de las cinco de la tarde. Debo reconocer que me sobresalté, hasta pensar en algún tipo de conspiración judeo-relojífera, en Malá Strana, cuando vi que mis manecillas marcaban las 16.52 y era noche cerrada. "Las 16, las cuatro, no puede ser noche", pensé, asustado. Al día siguiente, por el elegante barrio judío, me fijé que a las 16.24 ya era todo noche, y el fantasma de Sudek podía salir a fotografíar esa negrura de ala de murciélago.
Siempre queremos, o casi siempre, ansiamos lo que no tenemos. Y ahora me he encaprichado con esa vida dual, bicolor, blanquinegra como una nocilla ídem de las largas tardenoches praguesas. Una oscuridad que, por suerte, es finita, y que se disipa con la primavera. Hay algo en esas noches interminables, que comienzan tan pronto, que nos hacen vivir el tiempo más despacio. La noche es un tiempo congelado, más denso, interior.
Me pareció vulgar y excesiva la luz que recibí al volver a España. Supongo que, también, si viviera en Praga, estaría hasta las cejas de toda esa noche/suar de la que Sudek, Josef, se preocupó de codificar sus variables. No puedo asegurarlo. Lo que sí aseguro es que no es lo mismo la noche de las seis de la tarde, que la de las cuatro de la mañana, aunque sobre el negativo aparezcan idénticamente iguales.
En fin, fascinantes obviedades no tan obvias.
Sección:
El tiempo y otras luces
9.12.09
Hiperlocal, arrealismo
El gran Molusco me manda un mail así titulado 'Hiperlocal' y el siguiente enlace a la noticia. Dice esto en el cuerpo del texto:
Pronto el arrealismo será un concepto en boca de todos y vanos y ridículos mis intentos por reclamar mi paternidad. Tengo que hacer algo.
Cierro este nanopost con el último sencillo de Battiato, Inneres Auge. Nuevo disco de Battiato, a quien me gustaria proponer como co-autor del manifiesto arrealista, un manifiesto para el que las mentes del siglo XXI aún no estamos preparados:
ya te han robado el hiperlocalismo. Haz algo antes de que te quiten el arrealismo!!
Pronto el arrealismo será un concepto en boca de todos y vanos y ridículos mis intentos por reclamar mi paternidad. Tengo que hacer algo.
Cierro este nanopost con el último sencillo de Battiato, Inneres Auge. Nuevo disco de Battiato, a quien me gustaria proponer como co-autor del manifiesto arrealista, un manifiesto para el que las mentes del siglo XXI aún no estamos preparados:
Sección:
Hiperlocalismos,
Manifiesto arrealista
Acotar
A raíz del post anterior, sobre aquello del viaje como acotación temporal de la vida, como relato corto dentro del relato largo ("cada uno lleva consigo, a cuestas, su propia novela", creo que dijo Galdós), he pedaleado algo sobre el concepto de acotar.
Acotar, poner coto a algo, delimitarlo, ubicarlo en lugar, en un tiempo, en un continente, en una forma, en unos procesos. Sin darnos cuenta, estamos todo el día acotando. Los artistas son los primeros que hacen de este concepto, el acotar, su principal recurso. Toman un fragmento de la realidad y lo enmarcan/acotan: esto es arte, te dicen. Y nosotros les agradecemos ese esfuerzo, aunque sea un mero atardecer cobrizo sobre el monasterio de los Jerónimos de Madrid. Hay arte ahí, y el paseante atento lo descubre, pero se agradece cuando ese arte, esa belleza, ha sido previamente acotada por alguien y colocado en un contexto, sala de exposición, otra acotación del arte, adecuado.
Acotar también es domesticar nuestras fuerzas, y ponerlas en un plato bonito. El escritor acota su pensamiento en la hoja de papel, en la pantalla del post, en el artículo del periódico. El hombre acota la proyección de su amor infinito en unas personas concretas, y no en todas. También acota su capacidad de hacer mal en tal guerra, tal atentado, tal crimen. Da forma y cultura al acto de hacer daño, delimita su crueldad.
También podemos acotar cosas que no surgen de nosotros, y aprovechar esa fuerza para nuestro beneficio. Acotar la fertilidad de la tierra en huertas: y aprovechar sus frutos. Acotar la fuerza del agua y crear energía hidráulica, acotar la fuerza del viento con torres eólicas, y así.
Hasta el flan que nos sirven en el menú del día llega a nosotros tras un complejo proceso de acotaciones adicionadas una sobre la otra. La fuerza láctea de las ubres de la vaca, la fuerza ponedora de la gallina, la fuerza dulcificadora del azúcar. Todo eso en un continente plástico que acoge a las mil maravillas ese contenido trémulo que se nos muestra hierático, respetable, cargado de presencia, bajo los límites del envase acotador.
El trabajo, si es digno, es otra sana forma de acotación, necesaria para no caer en la locura, en una muerte lenta. "Todo el que no está naciendo está muriendo", dijo Bob Dylan. Acotemos nuestras fuerzas, démosle la mejor forma posible, como el bailarín transforma la fuerza en gracia, y todo irá mejor.
Acotar, poner coto a algo, delimitarlo, ubicarlo en lugar, en un tiempo, en un continente, en una forma, en unos procesos. Sin darnos cuenta, estamos todo el día acotando. Los artistas son los primeros que hacen de este concepto, el acotar, su principal recurso. Toman un fragmento de la realidad y lo enmarcan/acotan: esto es arte, te dicen. Y nosotros les agradecemos ese esfuerzo, aunque sea un mero atardecer cobrizo sobre el monasterio de los Jerónimos de Madrid. Hay arte ahí, y el paseante atento lo descubre, pero se agradece cuando ese arte, esa belleza, ha sido previamente acotada por alguien y colocado en un contexto, sala de exposición, otra acotación del arte, adecuado.
Acotar también es domesticar nuestras fuerzas, y ponerlas en un plato bonito. El escritor acota su pensamiento en la hoja de papel, en la pantalla del post, en el artículo del periódico. El hombre acota la proyección de su amor infinito en unas personas concretas, y no en todas. También acota su capacidad de hacer mal en tal guerra, tal atentado, tal crimen. Da forma y cultura al acto de hacer daño, delimita su crueldad.
También podemos acotar cosas que no surgen de nosotros, y aprovechar esa fuerza para nuestro beneficio. Acotar la fertilidad de la tierra en huertas: y aprovechar sus frutos. Acotar la fuerza del agua y crear energía hidráulica, acotar la fuerza del viento con torres eólicas, y así.
Hasta el flan que nos sirven en el menú del día llega a nosotros tras un complejo proceso de acotaciones adicionadas una sobre la otra. La fuerza láctea de las ubres de la vaca, la fuerza ponedora de la gallina, la fuerza dulcificadora del azúcar. Todo eso en un continente plástico que acoge a las mil maravillas ese contenido trémulo que se nos muestra hierático, respetable, cargado de presencia, bajo los límites del envase acotador.
El trabajo, si es digno, es otra sana forma de acotación, necesaria para no caer en la locura, en una muerte lenta. "Todo el que no está naciendo está muriendo", dijo Bob Dylan. Acotemos nuestras fuerzas, démosle la mejor forma posible, como el bailarín transforma la fuerza en gracia, y todo irá mejor.
Objetos acotados
Sección:
Desde el Mirador de Selkirk
8.12.09
Libros de viaje
No me refiero a la literatura de viajes, a Los anillos de Saturno de W.G. Sebald, ni a La isla de Juan Fernández, de MSO. Tampoco a Atrapados en el paraíso, de Patxi Irurzun, ni a Habana 2009, título provisional, que estoy escribiendo. Me refiero a los libros que uno lee cuando está de viaje.
Los libros que uno lee cuando está de viaje son libros que te apartan del viaje. Son viajes dentro del viaje, un doble viaje, y eso es un doble placer. No así la doble ficción, esto es, cuando un amigo te cuenta un sueño (relato ficticio de otro relato) o cuando en una novela (ficción) te cuentan una peli (ficción), cosa cansina ésta hasta el extremo.
Hay que leer durante los viajes, aunque sean cuatro páginas al día. La lectura durante el viaje te separa, un rato, del viaje. Olvidas que estás en tal sitio y cuando cierras el libro, recuerdas que estás en tal sitio. El viaje es acotación del tiempo, de la vida, un paréntesis sagrado en unas coordenadas espacio-temporales determinadas; un viaje es como una novela, un relato, una ficción. Tiene principio y final, tiene un escenario, unos personajes. Tiene complicaciones, sorpresas, puntos de giro, grados de intensidad. Un libro, lo mismo. Leer es viajar, viajar es escribir la propia vida (para luego leerla). Por eso, leer durante el viaje es una experiencia muy interesante.
En estos recientes días en Praga leí Invisible de Paul Auster. Me metí un rato en un bar, alejado un rato de mi familia viajera, pagué 33 eslotis checos (euro y poco) por una pinta de cerveza y me puse a leer esas guarradas austerianas de Adam Walker tirándose a su hermana Gwyn Walker, en 1967. Otra vez que estuve en Praga, leí Mis amigos, de Emmanuel Bove, ese Walser afrancesado. En Bruselas, La última estación, de Jay Parini, sobre los últimos días de Lev Tolstoi, huyendo de su histérica esposa y abrazando la austeridad en la cabañuela de Astopovo, Rusia. En Croacia me metí en el mundo sobrio, tenue, triste, robinsoniano, de Coetzee en Vida y época de Michael K. Otro día, en un camarote de barco mediterráneo, leí Insomnio de Fernando Chivite. En el París de mis veinte años, leí París era una fiesta, de Hem, y L'étranger, de Camus.
Los libros, como complementos a la vida, al viaje de la vida. Para eso están.
Los libros que uno lee cuando está de viaje son libros que te apartan del viaje. Son viajes dentro del viaje, un doble viaje, y eso es un doble placer. No así la doble ficción, esto es, cuando un amigo te cuenta un sueño (relato ficticio de otro relato) o cuando en una novela (ficción) te cuentan una peli (ficción), cosa cansina ésta hasta el extremo.
Hay que leer durante los viajes, aunque sean cuatro páginas al día. La lectura durante el viaje te separa, un rato, del viaje. Olvidas que estás en tal sitio y cuando cierras el libro, recuerdas que estás en tal sitio. El viaje es acotación del tiempo, de la vida, un paréntesis sagrado en unas coordenadas espacio-temporales determinadas; un viaje es como una novela, un relato, una ficción. Tiene principio y final, tiene un escenario, unos personajes. Tiene complicaciones, sorpresas, puntos de giro, grados de intensidad. Un libro, lo mismo. Leer es viajar, viajar es escribir la propia vida (para luego leerla). Por eso, leer durante el viaje es una experiencia muy interesante.
En estos recientes días en Praga leí Invisible de Paul Auster. Me metí un rato en un bar, alejado un rato de mi familia viajera, pagué 33 eslotis checos (euro y poco) por una pinta de cerveza y me puse a leer esas guarradas austerianas de Adam Walker tirándose a su hermana Gwyn Walker, en 1967. Otra vez que estuve en Praga, leí Mis amigos, de Emmanuel Bove, ese Walser afrancesado. En Bruselas, La última estación, de Jay Parini, sobre los últimos días de Lev Tolstoi, huyendo de su histérica esposa y abrazando la austeridad en la cabañuela de Astopovo, Rusia. En Croacia me metí en el mundo sobrio, tenue, triste, robinsoniano, de Coetzee en Vida y época de Michael K. Otro día, en un camarote de barco mediterráneo, leí Insomnio de Fernando Chivite. En el París de mis veinte años, leí París era una fiesta, de Hem, y L'étranger, de Camus.
Los libros, como complementos a la vida, al viaje de la vida. Para eso están.
Sección:
Husma literaria
3.12.09
Publipost: Pagos de Araiz
Hace unas semanas recibí un mail de tipo publicitario de las bodegas navarras Pagos de Aráiz, enclavadas en la capital del vino foral, Olite. Acepté esa pequeña intromisión en la privacidad de mi inbox a cambio de que me enviaran una muestra de ese vino. Como el pacto me parecía excesivo a mi favor, les prometí un breve comentario en mi blog y aquí estoy. Día de Navarra, hablando de un buen vino navarro, Pagos de Araiz, qué nivel.
Recibí el caldo en cuestión perfectamente embalado en mi casa de Madrid, un Pagos de Araiz 2006, nuevo vino 'singular'. Aprovechando que el fin de semana me iba a un pueblo de Extremadura con unos amigos, me lo llevé conmigo. El sábado-suar, es decir, en esa hora algo nostálgica, porque sabe algo a domingo, de las ocho/nueve de la tarde, preparamos una barbacoa casera y rural, en chimenea: panceta, costillas de cerdo y alguna que otra carnaza. Descorchamos antes la botella de Pagos de Araiz 2006, tinto, de cuya etiqueta leí antes lo siguiente:
Lo corroboramos. Aquel vino se bebía sólo. Tenía presencia, pero no era pesado; tenía sabor, pero no era dulzón, quizá un lejanísimo recuerdo a mantequilla, quizá una remotísima evocación a bayas. En general, una armonía de sensaciones. Tanto como "elegante" no sé, pero lo que sí me pareció fue un vino que se podía beber solo. No me refiero a beber en soledad, el vino sabe mejor en compañía, sino a que su consumo no urgía a acompañarlo de viandas varias para darle sentido. Se podría uno arreglar la botella entera sin darse cuenta. No pasa eso con cualquier vino, ni con muchos de supuesta solera.
Ah, y lo de "sedoso y aterciopelado", ya digo, no me pareció ninguna hipérbole del catador. Si tengo un baremo básico para medir la calidad del vino, dentro de mis rudimentarios conocimientos sobre el tema, es que no rasque gargantas. Quizá no fuera un vino complejo, eso sí, pero tampoco estaba exento de matices. Un vino agradecido, también, con el que acertar como anfitrión en una reunión de paladares heterogéneos.
Leo que esta joven bodega, que empezó con sus cultivos en 2000, practica lo que ellos llaman "enología del siglo XXI", con tecnología puntera al servicio del vino. Tecnología capaz de desarrollar, ojo al hermoso palabro, bazuqueadores automáticos, amén de otros muchos adelantos como, atención, "depósitos en acero inoxidable autovaciantes de doble compartimento dotados de bombas de remontado continuo y camisas refrigerantes".
Leo también que practican la dendrometría, una disciplina de última generación para conocer el estado de la viña a partir de tres variables: la planta, el clima y el suelo.
Veo en cualquier caso, un talante moderno a la hora de hacer vino que luego se nota en el paladar.
Esperaba que el vino me gustara porque poner a caldo un ídem que amablemente te han obsequiado; por suerte, no ha tenido que ser así. Lo recomiendo vivamente.
- -
Más información:
http://www.bodegaspagosdearaiz.com/
info@bodegaspagosdearaiz.com
Tfno: 948 399 182
Fax: 948 399 192
Recibí el caldo en cuestión perfectamente embalado en mi casa de Madrid, un Pagos de Araiz 2006, nuevo vino 'singular'. Aprovechando que el fin de semana me iba a un pueblo de Extremadura con unos amigos, me lo llevé conmigo. El sábado-suar, es decir, en esa hora algo nostálgica, porque sabe algo a domingo, de las ocho/nueve de la tarde, preparamos una barbacoa casera y rural, en chimenea: panceta, costillas de cerdo y alguna que otra carnaza. Descorchamos antes la botella de Pagos de Araiz 2006, tinto, de cuya etiqueta leí antes lo siguiente:
En cata, Pagos de Araiz 2006, se muestra como un vino aromático, elegante, de caractar sedoso y aterciopelado y redondo en el paladar.
Lo corroboramos. Aquel vino se bebía sólo. Tenía presencia, pero no era pesado; tenía sabor, pero no era dulzón, quizá un lejanísimo recuerdo a mantequilla, quizá una remotísima evocación a bayas. En general, una armonía de sensaciones. Tanto como "elegante" no sé, pero lo que sí me pareció fue un vino que se podía beber solo. No me refiero a beber en soledad, el vino sabe mejor en compañía, sino a que su consumo no urgía a acompañarlo de viandas varias para darle sentido. Se podría uno arreglar la botella entera sin darse cuenta. No pasa eso con cualquier vino, ni con muchos de supuesta solera.
Ah, y lo de "sedoso y aterciopelado", ya digo, no me pareció ninguna hipérbole del catador. Si tengo un baremo básico para medir la calidad del vino, dentro de mis rudimentarios conocimientos sobre el tema, es que no rasque gargantas. Quizá no fuera un vino complejo, eso sí, pero tampoco estaba exento de matices. Un vino agradecido, también, con el que acertar como anfitrión en una reunión de paladares heterogéneos.
Leo que esta joven bodega, que empezó con sus cultivos en 2000, practica lo que ellos llaman "enología del siglo XXI", con tecnología puntera al servicio del vino. Tecnología capaz de desarrollar, ojo al hermoso palabro, bazuqueadores automáticos, amén de otros muchos adelantos como, atención, "depósitos en acero inoxidable autovaciantes de doble compartimento dotados de bombas de remontado continuo y camisas refrigerantes".
Leo también que practican la dendrometría, una disciplina de última generación para conocer el estado de la viña a partir de tres variables: la planta, el clima y el suelo.
Veo en cualquier caso, un talante moderno a la hora de hacer vino que luego se nota en el paladar.
Esperaba que el vino me gustara porque poner a caldo un ídem que amablemente te han obsequiado; por suerte, no ha tenido que ser así. Lo recomiendo vivamente.
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Más información:
http://www.bodegaspagosdearaiz.com/
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Tfno: 948 399 182
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