5.7.15

Chistes efímeros

—A veces siento la necesidad de un rato de silencio...
—¿Quiere que hablemos de ello?

Y otros chistes que mueren en el camino. Nacen, se cuentan y mueren.

2.7.15

Volar

Las voy recopilando en la mente y algún día debería apuntar todas esas razones por las que uno, al menos yo, era tan feliz de niño. Esta noche, al ver a dos chavales correr por la calle de la Fe, he sentido su energía. Esa que no terminaba ni aunque llegara la noche y los padres estuvieran ya repantigados en sus terrazas de copas, cigarros y probable aburrimiento mientras nosotros subíamos, bajábamos, nos escondíamos, corríamos por todas las texturas y superficies que salían a nuestro paso y exprimíamos nuestro mundo.

Teníamos energía de sobra y creíamos que la vida sería siempre así, una cascada de agua vertiginosa que horada la roca y no al revés. Corríamos tanto y tan ligeros, envueltos en nuestro sudor infantil que era como la poción mágica de Astérix, que pensábamos que si nos empeñábamos un poco seríamos capaces de volar. Quizá hoy no, pero cualquier día de estos. No sabíamos tampoco que crecer es irse desgastándose, cosa que no enseñaban en ningún cuaderno de Vacaciones Santillana ni salía en los anuncios de la tele. Aunque viéramos a la gente envejecer, nosotros no seríamos tan vulgares. Nosotros éramos capaces de volar. 

1.7.15

1 de julio

Siempre que acaba junio algo apenas perceptible, pero real, se muere dentro de mí. Cada vez que acaba junio siento que he agotado un junio más, y que el lote de junios que se me han dado son finitos, limitados, siempre escasos pues tal es la belleza de este mes soberbio y lleno de vida. Ese mes en que, de niño, leyendo en mi cama antes de dormir, trataba de congelar esa felicidad tan intensa, solo deshilachada por la finitud de unos días que, pertinaces, siempre acababan por pasar.

29.6.15

Diez años

Aunque ya había vivido en breves etapas anteriores, tres, en concreto, fue a partir de junio de 2005 que hice de Madrid mi centro de gravedad permanente. No sabría decir si ha pasado rápido o lento. Diría que llevo toda mi vida aquí. Quizá porque aquí empecé a vivirla de verdad, aunque siento que también estoy empezando a vivirla más de verdad, precisamente ahora, a los diez años de haber llegado.

27.6.15

Tarde de junio

Voy a ver la exposición de Enrique Meneses y en el último piso de esa torre antiguo canal proyectan un video sobre el Ku Klux Klan. Un líder dice que los negros son símplemente más tontos que los blancos. Que a pesar de vivir en países ricos en materias primas nunca hicieron nada, ni inventaron la rueda, ni levantaron edificios, ni construyeron hospitales. Tolera que ahora —años sesenta— se inserten en la sociedad, pero defiende la «supremacía de la raza blanca». Se queda tan ancho. De pronto pienso en que lo piense de verdad, que no haya odio sino un planteamiento tosco y rudimentario, pero planteamiento al fin y al cabo. 

En la cúspide de la atalaya hay una chica. No sé si es extranjera, lleva un ligero traje azul. Se acerca a mi lado desde el otro extremo y se coloca impúdicamnte cerca, y me muevo un metro para que no se sienta intimidada. Espero que corresponda a mi gesto civilizado acercándose un poco más, pero no lo hace.  

Veo las fotos de Meneses en Sierra Maestra, donde estuvo un mes y pienso que su verdadero acierto fue meterse en ese universo guerrillero sin tener ni idea de quiénes eran esos mozalbetes. Ni intuir que gobernarían la isla durante más de cincuenta años, y aún vive el responsable de todo ello. Un Fidel Castro, de 1,85cms, que en una de las fotos lee Kaputt, de Curzio Malaparte. 
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