25.1.12

1979

Después de la entrevista con Manuel Vilas, un tipo muy simpático, me cayó bien, se podía hablar a gusto, me contagió un gran entusiasmo por la vida, la vida, sitio en el que estar el mayor tiempo posible, y, ya puestos, sin que nadie nos putee, joder, qué simple y cuán sabio..., después de la entrevista, digo, me encontré con maese Holzer en la calle Preciados. No es tan raro encontrarse a amigos por Madrid, pero el encuentro de ayer fue extraño, por serlo entre la multitud, por darnos casi de bruces. Uno de esos encuentros cinematográficos, en el que se pilla al otro en una situación embarazosa. Quedando con la amante, o saliendo de un putiferio crepuscular. 

Entramos en la sección de El Cortes Inglés de libros y me hice, por comprar algo, con un librito de esos con los acontecimientos que tuvieron lugar en tu año. La tendencia autobiográfica puede ser egocéntrica, pero también ayuda a ver la realidad desde un punto de vista, se toma una referencia, y eso siempre es una manera legítima de observar el mundo. 

Veo que entonces un periódico costaba 20 pesetas. Un kilo de limones, 57 pesetas. Un chalé en zona costera, algo más de un millón de pelas. Precios en general baratujos, vistos hoy, a excepción de los pantalones vaqueros. ¡3.900 cucas un par! Joder, han pasado casi 33 años y aún valen prácticamente lo mismo, qué extraño fenómeno. No los americanos, pero sí uno de cadena de ropa 'rápida', donde por 24 euros hay cosas decentes. 

1 zapatos de vestir: 4.600 pts.

¡Qué carez!

Claro que esos zapatos te podían durar hasta la jubilación. 

El coche del año, entonces, fue el Talbot Horizon, quizá el coche más FEO que jamás haya diseñado nadie. Qué duros, estéticamente, fueron ese final de los setenta y comienzo de los ochenta, una etapa en la que creo que se vivió la concentración de feísmo más grande de la historia de España. En ese contexto, nací yo.



También nació entonces Sarah Polley, actriz/cinesta de la que Agus Alonso me hablaba día sí, día también. 

Gobiernan: en España, Adolfo Suárez; en EEUU, Jimmy Carter; en Francia; Giscard d'Estaing, en Rusia, Brezhnev.

En literatura, gana el Nobel un tal O. Elitis, griego, del que jamás he oído hablar. 

La sensación, también, de que la gente ya estaba haciendo las cosas, muchas cosas, cuando tú como mucho te cagabas en los pañales. Woody Allen presenta en San Sebastián 'Manhattan', y a Fernando Ónega le entregan un premio Ondas por su trabajo en la SER. Severiano Ballesteros, ya ganaba sus trofeos en golf. Y una noticia que bien podría ser de ahora mismo: los jugadores de fútbol profesional hacen huelga para protestar por el dinero que les adeudan los clubes. Se suspende la liga, marzo de 1979. 

Pequeño repaso a un año cualquiera, que me hace conocer más cosas sobre ese año, pero también sobre mí mismo. Soy lo que el mundo es, era, también.

Ah, nací un martes (19 de junio). No tenía ni idea, o no me acordaba, de haber nacido un martes. 

¿Qué día naciste? Miralo aquí.

24.1.12

Notas de invierno

Tengo ganas de leer 'Diario de invierno', de Paul Auster. Desde hace varios años, uno de mis rituales culturales anuales es la lectura de la última novela de Auster, y la última peli de Woody Allen. A Auster no le he fallado desde 'El libro de las ilusiones', de 2003. Bueno sí, le fallé en 'Viajes por el Scriptorium'. Desde entonces, han caído seis libros, no son tantos. A parte de esos, leí 'Leviatán', que me dejó muy buen recuerdo, en el que hay un prerretrato profético del que luego sería, está siendo, el Jonathan Franzen de 'Libertad'. A Woody le he fallado más ('Cassandra's Dream', 'Melinda y Melinda'..).

Todo esto para soltar unas notas invernales. Escribir por escribir. 24 de enero, san Francisco de Sales, patrón de los periodistas, pero también escritores. Este martes entrevisto a Manuel Vilas. Su novela 'Los inmortales' me estaba gustando mucho ayer, hoy no tanto. Las novelas tan basadas en el humor tienen ese problema, el problema de la página 100. Le preguntaré sobre esto. Igual el problema no es suyo sino mío, que ayer estaba de buen humor y hoy no tanto, como incubando un no sé qué. La gripe es desorden. No sé si tengo gripe, pero creo que sí un cierto desorden. 

¿Qué iba a decir del invierno? ¿A alguien le importa? Iba a soltar las vaguedades habituales por estos pagos. Que si me recuerda a los países del Este, que el invierno es como una gran dictadura comunista, que el invierno es la estación favorita de Sting, que se reconoce "hombre de invierno", que Sting hace el amor unas cinco veces al día, supongo que para entrar en calor. 

Recuerdo un 18 de enero de 2008, poco después de la muerte del poeta Ángel González. Hacía calor en la redacción en la que trabajábamos, a destajo, y escuché a pájaros. Sentí un golpe primaveral en mi aparato perceptivo y me dije, ah, no, no, no pienses que estás en primavera, amigo, estás en el jodido y vulgar invierno. En un ramplón enero. No te pases de listo. 

En los años posteriores, quizá cuando me he liberado de ciertos yugos (como el de un curro en el que no creía, y que me absorbía fuerza y vida), he ido cambiando de parecer. Y me he visto a mí mismo disfrutando del invierno como en otras estaciones. "Sabes que en invierno se vive bien. Sí, sí, como en primavera", dice Franco Battiato en su canción 'Alexander Platz'. Yo pensaba que Alexander Platz era un tío y no una plaza, hasta que viajé a esa plaza, abril de 2004, y descubrí cuán confuso estaba.

Hay otra canción de Battiato, 'Despertar en primavera', que ahora espero sin la ansiedad de otros tiempos. Y siento que he conquistado algo con todo esto; no sé muy bien el qué ni cómo se llama, pero me gusta.



22.1.12

Educación alternativa

Circula por internet un video que anima a cambiar los hábitos educativos, herederos de la época de la Ilustración, basados me temo, todavía, en memorizar, hacer trabajitos, ejercicios y cosas así. Se dice en el video una cosa interesante, al comparar el sistema educativo con una fábrica cualquiera. Los alumnos son poco menos que productos, colocados por fecha de nacimiento en las respectivas aulas, y a los que se aplica tal o cual proceso sobre ellos. Se marcan las horas con un timbre, como se hacía un poco, esto no lo dice el video, lo digo yo, en los campos de concentración nazis. Hay algo de humillante, pienso ahora, en ese tratamiento más cercano al que se hace a una res que al de un alumno en edad de aprendizaje. 

Opino que si hay una revolución pendiente es la educativa.

Se habla ahora del TDH, o trastorno de la concentración o déficit de atención por hiperactividad. Dicen los que saben que eso es más bien una nueva filfa, en la que como siempre estarán untados los laboratorios, cómplices de que a esos niños nerviosicos se les sede como a epilépticos atacados.

Pienso ahora en si yo era un alumno concentrado, o no. Creo que lo fui en contadas ocasiones, en COU, y creo que en 5º de EGB, que me puse las pilas después de algún que otro suspenso. Estudié como un jabato, y llegué a sacar 97 sobre 100 en Social, asignatura que había suspendido en la primera evaluación. Aún me acuerdo de cosas, que si la costa cantábrica era rocosa y rectilínea, que si el clima continental era de inviernos fríos y veranos calurosos, etc. Y que el delta del Ebro era producto de la sedimentación.

Me gustaba evadirme en clase, y dejar a mi cerebro en una suerte de estado zen, no sé si activo o en stand by. Yo diría que en una especie de barbecho, de rumia, de proceso de digestión de la existencia, en el que me encontraba particularmente a gusto. Como ese rato, al levantarnos, en que nos quedamos quietos, en silencio, como asumiendo que estamos vivos y que el mundo es una cosa extraña. 

Vivimos ahora multiconectados a mil cacharritos que nos insuflan información por todas partes, y yo noto que tengo que bajar el pistón, y leer uno, dos, quizá tres artículos, buenos, al día, y nada más. Y ver alguna peli, no todas, y leer quizá menos libros. Y hacer menos planes, escuchar menos conversaciones, tomar menos menos cañas, ver menos cosas. 

Cultivar un tipo de músculo ermitaño, que nos hace apreciar las variaciones más pequeñas, en donde encontramos fuente inagotable de placer, y al completo alcance de la mano. 

Pensando en todo esto, he rebuscado en mis archivos para dar con un dibujo que hice en el cole. Era el año 95, tenía 15 años, y no prestaba atención en clase. O sí, pero a mi manera. Recuerdo, puede que por algún castigo, que era el único en todo el aula (de unos 40), que tenía un pupitre individual y no me importaba, porque podía dedicarme a mis cosas sin que nadie me hiciera preguntas impertinentes. 

Era feliz en ese jardín interior privado, como diría Bro, sumergido en otro tipo de aprendizaje, privado también, que me parecía más interesante que lo que la profesora de turno trataba de inculcarme. Fruto de aquellas horas de desatención estudiantil es este dibujo que, con un poco de pudor raro, comparto hoy con vosotros.

20.1.12

Segundo crucial

Esta mañana de viernes, me gustan las mañanas de viernes, salía de mi trabajillo tempranero cuando me he topado con un semáforo. He dudado entre cruzar en rojo, cosa que suelo hacer demasiado a menudo, o esperar. Me ha sobrevenido como una sensatez prudentona: espera, chico, que no hay prisa. Mientras cruzaba legalmente, he pensado en que quizá ese cambio de giro de mis caderas, ese segundo alterado, esa anomalía en mis hábitos (esperar, en vez de cruzar salto de mata), podría depararme alguna sorpresa, preferiblemente agradable, del azar. 

Algo puse por aquí al respecto, lo de que cada segundo cuenta. Recientemente, despedimos a una persona cercana, por un accidente de coche que se libró en una cuestión de mínimo espacio temporal. Cada segundo cuenta. 

Total que he bajado las escaleras del metro, subsumido en pensamientos que creo que tenían que ver con las recetas de El Comidista, libro que me acabo de comprar, cuando me he topado con el gran Rubén Marcos del Blanco. Un segundo antes y el encuentro habría sido imposible, porque ya habría cruzado el torno de entrada en las vías. Le he propuesto tomar un café, y nos hemos ido a ese que llevan una pareja de sesentones como sacados de los Fraggle Rock. 

Ha sido un café productivo, porque me ha dado una idea de, llamémosle, negocio, que me ha excitado sobremanera. Algo acorde a mi formación, a lo que suelo hacer, pero con un toque, llamémosle, también, transmedia, que me parece muy estimulante. En pocos minutos hemos definido las líneas básicas del asunto, y él se ha comprometido a ayudarme. Por la tarde, hemos (ha) puesto nombre, acertado nombre, a la cosa y hecho la gestión básica para fijar esa idea y que no se la lleve otro. 

A la hora de comer, no he seguido las recetas de Iturriaga, pero sí que he descorchado una botella de tintorro barato, que me ha sabido a Vega Sicilia.

19.1.12

Post de dar envidia

El miércoles por la mañana me costó levantarme. Apuré las perecitas hasta el límite de lo legal y estuve barajando, durante largos minutos, las razones que me hacían ponerme erecto, en sentido corporal, y creedme que durante un buen rato no encontré ninguna de peso. Pesaba una cierta resaca, no alcohólica, de la noche anterior, y como una ausencia de ilusiones en el plazo más inmediato, que me mantenían en posición horizontal, estático como una estatua, plano como un folio de carne. Imagino que habrá un día en que los motivos por los que levantarse no sean lo suficientemente potentes, ni siquiera esa honrilla del "ah que no hay huevos", y entonces uno no se levante, como un tumbao andaluz, como un Oblómov, como un Onetti, como un tal.

Pero me levanté y trabajé mis horas regladas con concentración casi budista y me fui al barrio de Embajadores a uno de sus bares cutrelos y españoles a escribir un rato. Y escribí unas páginas creo que felices de la novela en marcha. Me gustan esos baretos para escribir. Sentirme un personaje arrealista entre la parroquia, con mi material de literatura, boli y cuaderno, el café descafeinado ya abandonado, ¿qué coño hace ese tío? Me siento bien en esos ambientes, los siento extrañamiento míos, me jacto de ser escritor de cafetería cutre española, autor de bar Manolo, juntaletras de barrio horrible. Encuentro una curiosa inspiración, que no es otra cosa que el bienestar del literatura, la fuerza, la garra, la soltura, la agilidad, el temple con las palabras y las ideas. No me desagradan los pepes botellas y demás pero, ay, no sé, hay algo de impostado o de wanabí en los segundos.


Esperaba ahí a maese Holzer, con el que tenía fijada una de esas partidas de pádel que jugamos periódicamente desde hace varios años. Luego, el paisaje desierto de las pistas a media mañana, como si de pronto no existiera paro en España, o los parados no tuvieran el coraje de irse al practicar el deporte favorito de Aznar. Antes, encuentro con Tali para que me devolviera la pala, y charla al sol durante un buen rato como dos viejos que hablan de asuntos prácticos de su incumbencia. En nuestro caso, cosas de ivas, irpfs, autónomos, colaboraciones y demás. Que qué mal está el periodismo, chico. 

El primer set ha sido mío, 6-0. Pero en el segundo mi rival se ha recompuesto, y me ha calzado un 6-3. Después hemos ido al bar de siempre, al bar del post-partido, donde yo he bebido un Aquarius y él un Bitter Kas, acompañado de unos torreznos. Nos los han cobrado, los cabrones, por cierto. 

He aprendido que la palabra carajillo viene de coraje, de corajillo, que era el bebedizo que los soldados españoles se metían entre pecho y espalda cuando lo de la guerra de Cuba. Lo hacían para envalentonarse, café y ron, los productos típicos de la isla, y pienso ahora que algo parecido hacen los miles de currelas antes de enfrentarse a sus respectivos curros con mambises con camisa dispuestos a saltarse en la yugular.

Me he sentido un poco Julian Schnabel de poca monta, en el metro, de vuelta a casa, con mis garrillas al aire, las zapatillas con suspensión (o amortiguación) y el abrigo que se puede ver en la foto de mi avatar. No hacía casi frío y lucía un sol que indignaría a cualquier belga y he sentido entonces que sí que merecía la pena levantarse, todos los días incluso, y también he pensado que al día siguiente probablemente me costaría menos.

No tengo un chavo pero, como dice Vecinita, vivo como un rey. Y me ha gustado sentirme un pequeño rey, un reíto, protagonista quizá de la secuela nunca escrita del famoso relato de Saint-Éxupery.

12.1.12

Exciclista

Leo que la Vuelta Ciclista a España arrancará en Pamplona el próximo 18 de agosto. Los ciclistas recorrerán el tramo del encierro y concluirán la etapa en la plaza de toros. La curva de Telefónica será al sprint, y no al quite de los cuernos de la ganadería de turno. Semanas antes, se celebrará un renovado encierro de la villavesa, que desde hace unos años lo protagoniza un falso Induráin, montando en una réplica de la mítica Spada.

Pero no quiero hablar de ciclismo, sino de exciclistas. Pensaba el otro día, mientras fregaba cacharros, esa rutina triste de hombre solo, en Miguel Induráin. En qué estaría haciendo, a esa hora de la tarde/noche, velada, anochecida, soir. Pensé en que hay muchos deportistas que no saben retomar su vida lejos de los flashes deportivos, de la épica de fin de semana, que no encuentran motivación en hacerse asesores, comentaristas deportivos y demás actividades domesticadas. Quizá es que no consiguieron en su etapa de deportistas activos todas las gestas que se propusieron. A lo mejor ahí reside el valor de ganar o perder, en los recuerdos y la tranquilidad posterior del deportista retirado. Puede que, pensandolo así, no me parezcan tan ridículos los deportistas cuando celebran, con danzas simiescas, el enésimo título que engrosará una estantería de trofeos ya de por sí ostentosa. 

En Induráin, con sus cinco tours y sus varios récords a la espalda, con la épica y nobleza derrochada en las carreteras francesas, no creo que haya nada de eso que llevó a Jesús Rollán a quitarse la vida. Sino la tranquilidad del vencedor. La tranquilidad de quien hizo todo (y seguramente más, quizá, ay, no lo sabremos, quizá mejor así, bordeando lo legal) lo que estaba en su mano, la calma de quien dio todo lo que tenía, cuando tenía que hacerlo. 

De pronto, quitando la mugre de una sopa instantánea pegorroteada, sentí una extraña calma en mí de ciclista retirado. Como si durante estos años pasados hubiera hecho lo que estaba en mí para conquistar ciertas metas, mucho más discretas e invisibles que las de Miguelón. Como si tocara relajarse un poco, aliviar un poco la tensión de la pedalada, como si llegara el momento de cambiar de desarrollo, y mecerse en la suavidad del llano. 

Una nueva paz me invadió entonces, y me sentí satisfecho de las etapas realizadas, de ciertos esfuerzos llevados a cabo, y que fueron llevados a cabo cuando tocaba. Unos esfuerzos que puede que incluyan trofeos con otros esfuerzos posteriores, pero esos no me infunden tanto respeto.