25.6.16

Mañanas de sábado

La mayoría de las mañanas de sábado de mi ya no tan corta vida las he pasado dormido. No existen. Recuerdo las mañanas de sábado de finales de ochenta, cuando los preparativos de la primera comunión. Hacía sol en la Pamplona hasta entonces nublada y caminaba mayo hasta la iglesia fortaleza de San Nicolás. Allí cantábamos y hacíamos las cosas propias de los cristianos buenos y yo me sentía feliz, imbuido de una protección mística que hoy todavía me acompaña, aunque traté de matarla con la efervescencia de la razón, esa matemática turbadora, cuando la adolescencia.  

Recuerdo también las mañanas de resaca extrema de alcoholes y tabacuces veinteañeros de la universidad y la asistencia, en condiciones piltrajosas, a las clases de Algis. Cuatro horas de ejercicios de improvisación teatral que al principio venían acompañadas del aliento del infierno. Luego tomábamos café de máquina y nos volcábamos con nuestros primeros cigarrillos y volvía esa felicidad de mayo y parroquia, que tiene que ver con la creencia en algo que te supera y es bueno. Entonces era el teatro, el arte, la literatura, la filosofía. 

No ha muerto tampoco ese estudiante optimista, aunque a veces tengo levantarme los sábados por la mañana para que aflore. 

23.6.16

Lo bonito

Quizá lo bonito es aquello que está hecho, simplemente, con amor. Un criterio objetivo, pero de difícil cuantificación o registro en los libros. A partir de 1950, el amor quedó sustituido por un concepto hediendo: lo práctico. Propongo volver a 1949 y empezar de cero. Con amor.

Muelle de Tharsis, en Huelva. Foto de Mariví Vázquez Aguado.



19.6.16

Vacaciones

Venía pensando últimamente en algo que acabo de leer en el blog de Alberto Olmos y con el que coincido también y que él ha llamado vacación de la vocación, cosa que me parece muy pertinente y que me pide el cuerpo, y de la que también hablé justo ayer con Javier Serena, sobre cómo puede resultar hasta ridículo eso de querer ser escritor profesional que saca sus títulos como churros tenga o no algo que decir y qué máxima satisfacción, y la vocación sólo es cuando no se convierte en oficio, ir sacando títulos porque se tiene algo que decir y esos títulos conforman una biografía literaria con más o menos empaque, un legado del que uno se enorgullece al estirar la pata y no tanto más ruido en esta jauría de egos y contratos. Sensación de haber echado el resto durante un tiempo, en lo escrito y lo vivido, no tanto en lo publicado, por eso uno seguirá en la brecha, pero con los sentidos en barbecho por haberlos estirado demasiado en el pasado, poniendo a veces en riesgo no ya la propia felicidad, sino la propia vocación.

14.6.16

Preocupación

Sobre la cantidad de tralla que podemos someter a nuestro hemisferio izquierdo y si las labores netamente intelectuales no deberían estar limitadas a unas pocas horas del día, siendo su abuso una materia poco menos que penada por ley, autoridades sanitarias, unidas con los profesionales de la felicidad, mediante.
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