25.2.17

Escuelas infantiles

Antes se les llamaba manicomios... Y eran locos de atar. Escoria a la que se confinaba. Todo cuenta.

22.2.17

Retrofechas

El día de la inauguración de Woodstock, un viernes 15 de agosto de 1969, mi padre cumplía 20 años. 

19.2.17

Actor viejo

Hace casi cinco años que no le llaman para hacer ningún papel. Es curioso, ahora que es viejo ya no tendría que envejecerse artificialmente, pero el teléfono no suena. Mira su cuello, apergaminado, sobre el que décadas antes pegaban una falsa piel, una catálogo de falsas arrugas, que desprendían al final de la jornada con dulce dolor. No valoraba entonces que antes de lo que pensaba la falsa piel ya no se podría despegar. 

18.2.17

En todas las cosas

Lo divino está en todas las cosas, incluso en un grano de arena. Esta cita la encontré en forma de frase de letras pegadas en una exposición de la Juan March. ¿El pegador de letras habría reparado en ella? ¿Le parecerían divinas esas letras o, al contrario, infernales por no llegar su pegamiento a las condiciones salariales mínimas para garantizar cierta dignidad que no entiende de subliminadas? Aún así, lo divino seguiría estando allí. En un grano de arena o en un bidón de plomo vacío en el potadero de Bleturge. O en esa sensación que sobreviene para cambiar de tema en una conversación. ¿Quién rige eso? 

17.2.17

La vecina loca

Me la encuentro al menos una vez por semana. Ella se alegra mucho y desde muy lejos empieza a saludarme. Hoy llegaba con las cuencas mojadas de lágrimas, no sé si por el frío o por que la vida le emociona. Me habló de que se había perdido pero que Dios le había indicado el camino de vuelta a casa. Yo también estaba perdido, preperdido, antes de ir a una clase de inglés en la calle del Oso y, apunto de tomar el atajo fácil de la tecnología, le he preguntado a mi vecina loca por la calle del Oso. Quería que acertara en su respuesta, porque me iba a parecer muy violento desdecir sus orientaciones y tirar por el lado de la derecha, como era mi intución, pero ella en efecto ha dicho que, sí, por la derecha y luego plaza Lavapiés, calle Caravaca y después Embajadores y calle del Oso. «Dios te bendiga», gritaba. Y yo: «¡Gracias!». Lo de Caravaca me ha sonado a delirio, a confusión con otra calle más lejana y sin ce, mas no; tras la clase de inglés me ha saltado al ojo la calle Caravaca y la ruta más precisa del mundo y a punto han estado mis cuencas de acoger su hiperestésica, milagrosa, humedad.
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